Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Quince años de tertulia en Librería Rayuela

Fue el 25 de enero de 2001, jueves último del mes, sobre las ocho y media de la noche. Juan Manuel Cruz, de Librería Rayuela, de Málaga, había convocado en tal fecha a nueve personas que no se conocían entre sí. Todas ellas tenían un único punto en común: su amor a los libros, que él, como librero de raza, había venteado. Yo formé parte de aquel grupo. La intención era la de poner en marcha una tertulia en la que, mensualmente, compartir nuestras experiencias como lectores de un texto que iríamos proponiendo por turnos, o por apetencias, o por cualquier otro motivo.

Ya han pasado quince años desde entonces y, salvo las temporadas estivales y alguna navidad, no ha faltado mes en el que hayamos dejado de reunirnos. De aquellos diez —contando a Juanma— seguimos en la militancia activa tres. Otros muchos han ido pasando por la tertulia, algunos firmemente asentados, otros de fugaz paso, pero todos con el mismo nexo compartido de los orígenes.

Anoche celebramos esos quince años, excepcionalmente en viernes, por aquello de no andar pendientes del reloj y de los madrugones en una noche tan particular. El libro propuesto para la lectura fue el Quijote. Ya podéis adivinar quién estuvo detrás de la propuesta.

La soirée trajo tremenda tormenta (más de mil rayos han caido en Málaga esta noche) y sorpresa mayúscula: la reincorporación de dos de los miembros de la tertulia primera, tan queridos como añorados. No hubo nostalgia (no la necesita quien siempre está rodeado de lo que más quiere), pero sí hubo lugar tanto para el anecdotario como para el recuerdo de algunos compañeros que, por diferentes motivos no pudieron estar con nosotros: Gema, Inma, José Luis, Loreto, Paco Torres, Paco Martín, Santiago…

Empapados, pero felices, cenamos como marajás: Anne, Carmen, Emilio, Enrique, José Antonio, Juanma, Mar, Marta, Miguel, Patricia, Rafa y servidor (en orden alfabético, que es el orden natural de las cosas, como sabemos los de letras). Yo quise celebrar estos quince años con unas palabras que mis compinches, tan amables siempre conmigo, insistieron en que leyera a los postres. Va por vosotros, amigos.

QUINCE AÑOS DE TERTULIA EN RAYUELA

Con la venia…

Permitan Vuestras Mercedes que tome la palabra en esta ocasión que, si bien no la más alta que vieron los siglos pasados (ni los presentes, ni esperan ver los venideros), es harto señalada y merece albricias y parabienes, sano regocijo y esparcimiento decente.

Ciento son los meses, y ochenta —lo que en la cuenta de la vieja vienen siendo quince años—, que el amor al libro nos congrega su jueves último alrededor de una mesa, ciertamente humilde, mas siempre bien abastada de generosos caldos y mejores manises, con sus buenas raciones de tubérculos fritos y oleosas almendras, sin que hayamos echado en falta los tostados anacardos.

Ciento son los meses, y ochenta —maguer sepamos que aqueste número es licencia matemática, ca no es exacto en su cifra, mas sí redondo en nuestros corazones—, que el amor al libro nos congrega en Librería Rayuela, por impulso generoso y cordial de Juan Manuel, por quien la cuasi extinta orden de los libreros gana cuantas honra y prez puedan alcanzarse en este mundo furioso. Yo llevo a gala llamarlo hermano, y es su amistad laurel que corona en triunfo nuestras sienes.

Ciento son los meses, y ochenta, y muchas, muchísimas, más las noches que se nos han pasado —y las que te rondaré, morena— de claro en claro, con sus días de turbio en turbio, enfrascados en la lectura, a pesar de lo cual, hasta donde nosotros sabemos, no es esta la hora en que alguno de los presentes, ni ninguno de los ausentes, haya perdido el juicio y dado en locura. No hemos vendido las hanegas de tierra que heredamos de nuestros deudos, ni aun olvidado la administración de nuestras haciendas, o arrinconado el ejercicio de la caza, el tai-chi o el pilates.

Ciento son los meses, y ochenta, los que han tenido que transcurrir para que me decida a proponerles el único libro cuya lectura, en mis pocas luces, estimo inexcusable. Solían los antiguos pintar a la diosa Ocasión escasa de pilosidades, como servidor, y qué mejor coyuntura que esta en la que no ha mucho que hemos conmemorado el inicio de sus andanzas por el anchuroso mundo en el año de Nuestro Señor de dos mil y quince, ya pasado. Por no abundar en que en este, que eleva la suma ya a dos mil y diez y seis, recién estrenado, y en no más de tres meses, nos encontraremos recordando otro centenario, el de la muerte de quien a don Quijote dio la vida, el simpar complutense que tan triste vida arrastró.

Permítanme Vuestras Mercedes una confidencia: no ciento y ochenta, sino cuatro veces ciento y sesenta y aun ocho son los meses que llevo compartiendo mi vida con este libro, al que tantas veces he regresado, y regreso. Y ahora que me hallo, como el Dante, nel mezzo del camin di nostra vita, encuentro haber llegado de él a lo mejor, que es su tristeza, infinita y resignada, paradójica por cuanto su autor quiso escribir obra de burla. No hay nada más triste que la belleza, porque es escasa y anda amenazada por el feo mundo. Pero más desoladora es la muerte de don Quijote, que todo lo arrasa y que deja al lector inerme frente a la verdad única: que incluso el más bravo, el más generoso, el más enamorado de los caballeros andantes hubo de hincarse de hinojos ante el poder omnímodo del Mal, que otros llaman realidad, o sentido común.

Murió el primero, porque su autor no quiso que nadie más manoseara su triste figura. Murió el original, pero no el único: a don Quijote muerto, lectores puestos. Más que nunca, que la fuerza de vuestro brazo no desfallezca y sostenga siempre un libro en ristre. Más que nunca, encomendaos a vuestra amada, la Literatura, y pronunciad su sacro nombre antes de entrar en singular combate con los follones y malandrines que nos salen al paso, con los desaforados gigantes que tratan de intimidarnos agitando sus luengos brazos, que suelen tener algunos de hasta dos leguas. Recordad que es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. Como el viejo manchego cuya memoria honramos, hacedlo por merecer el amor de Ella, la dueña de vuestros corazones y tirana de vuestros destinos.

¡Hermanos en los libros, feliz aniversario Décimo Quinto (que, como muy atinadamente ha observado Patricia, tiene nombre de romano… como ella)!

¡Salve!

Eduardo J.U.

28 de enero de 2016

Aloha.

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