Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Memoria de Grecia

En los pocos días que llevamos con Grecia y con Roma os habéis mostrado tan entusiasmadas que he decidido recuperar unos textos que escribí hace muchos años, en otra vida.

Fue después del primer viaje que hice al país heleno. Como ya sabéis, porque os lo he contado en clase, fue un viaje de estudios con alumnos de 3º de B.U.P. (el equivalente a vuestro actual 1º de Bachillerato), en el año 1996. Al año siguiente, como había dudas sobré qué país visitar en el correspondiente viaje, se me ocurrió organizar una exposición con algunas de las mejores fotos que habíamos tomado, tanto alumnos como profesores acompañantes (mi compañera Elisa y un servidor), para ver si así el personal se decidía a volver al Egeo o tomaban otros rumbos.

No guardo las fotos ajenas, sí las mías. Y también los textos que escribí para acompañar cada una de ellas, organizadas como un diario de viaje de nuestro periplo. Helos aquí. Espero que os gusten.

11 de Junio de 1996

«Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.”»

CONSTANTINO CAVAFIS, «La ciudad»

«Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
[…] y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes.»

CONSTANTINO CAVAFIS, «Ítaca»

«Los compañeros eran bravos muchachos,
ni la fatiga ni la sed ni las heladas
los hacían gritar,
tenían los modales de los árboles y de las olas
que acogen al viento y a la lluvia
acogen a la noche y al sol
sin cambiar en medio de los cambios.
Eran bravos muchachos»

YORGOS SEFERIS, «Argonautas»

12 de Junio de 1996

El corredor solitario que aparece en la foto… Y el caso es que ninguno recordamos haber visto a nadie en el interior del Estadio, sólo los turistas que, como nosotros, hacen fotos desde fuera…
¿Tu cámara ha tenido una visión, Esther?

Que no sean mis palabras quienes vengan a erosionar aún más las piedras sagradas de la Acrópolis.

Sabed sólo que estuvimos allí. Y que de nuestro paso no quedó más huella que la que dejamos grabada en el aire.

Atenea nos lo agradeció enviándonos a Céfiro con un soplo de brisa en sus labios.

La caída de la tarde nos sorprendió dejándonos el alma por las escaleras del barrio de Kolonaki, en la subida al Monte Licabeto. Allí inundamos la pequeña ermita y encendimos velas devotas al patrón ortodoxo de la ciudad, San Jorge. Creo que le gustó nuestro gesto, y él y Atenea nos concedieron la visión de la ciudad encendida en el atardecer, la sonrisa que iluminó nuestros rostros y la amistad que nos une desde aquel momento.

Y también la protección de dos deidades menores que, encarnadas en la figura de dos perros, guiaron y cuidaron nuestros pasos desde el Monte Licabeto hasta que nos recogimos en el hotel.

13 de Junio de 1996

Tú que peregrinas a Delfos con la duda y la esperanza, detén un momento tu jornada y descansa; bebe un poco de agua fresca y oye historias que otros viajeros dejaron a la sombra de este olivo:

No sé si será verdad, pero como me lo contaron lo cuento, y juzgue cada cual según le pareciere: queriendo Zeus hallar el centro de la tierra, dicen los antiguos que dejó dos águilas volar por los dos extremos del mundo, y que se encontraron aquí, en el ombligo del mundo. Verdad y Hermosura son dos conceptos tan lejanos la mayoría de las veces…

Sabe, oh noble peregrino de polvorientas sandalias, que es Apolo dios muy hermoso, alto, notable especialmente por sus largos bucles negros de reflejos azulados como los pétalos del pensamiento. De ese pensamiento que ha de llevarte a la sabiduría por caminos inextricables y penosos, pero que encontrarás lleno de satisfacciones en el descubrimiento de cada gema oculta.

Por ello, peregrino, los antiguos construyeron este santuario al modo de una sierpe dolorida que se arrastra con dificultad hacia la cima del monte, allí donde la satisfacción de haberlo coronado con éxito y las vistas han de quitarte el aliento.

Sepa quien afronte el camino de la sabiduría que su mirada habrá de detenerse en rincones cuya sola presencia nunca antes había considerado; su visión de las cosas habrá de ser tan global cuanto insaciable sea su sed de conocimiento.

Sepa quien se disponga a subir al santuario que sus ojos se detendrán sin remedio en cada recodo del camino. Y que deseará que ese camino no conozca un fin.

Los olivos verde plata del valle del Pleistos inundarán tus pupilas, peregrino.

Y quién sabe: si tienes suerte, puede que Apolo te conceda presenciar el concurso de las Musas, allí en el monte Parnaso, pero antes habrás de purificarte en la fuente Castalia y alabar tres veces el nombre del dios mordiendo una hoja de laurel con bocados menudos como besos de mujer enamorada.

14 de Junio de 1996

Fue a la caída de la tarde, y apenas si se sentía más que el rumor de nuestros pasos callados, perdidos en la fuga de la perspectiva.

Pensábamos en los filósofos que recorrieron estas galerías llevando prendidos de su conversación a unos discípulos ávidos de ser personas; en los comerciantes que llegaban de todo el Mediterráneo para ofrecer al ateniense las más exquisitas mercancías: dátiles del Líbano, pieles de leones libios, dientes de cocodrilos del Nilo o uvas moscatel del lejano emporio de Malaka; pensábamos en los ciudadanos que condenaron al mejor de entre todos ellos, aquel Sócrates que prefirió beber la cicuta por respetar las leyes de la ciudad y advertir del peligro que la mejor de las leyes representa cuando se deja a los tiranos su ejecución.

De pronto, las sombras fugaces de unas túnicas blancas se cruzaron en nuestros pensamientos y una animada charla vino a romper aquel silencio. Nos mirábamos perplejos porque no acertábamos a ver el origen del nuevo bullicio.

¡Eh, ciudadanos! ¿Dónde os ocultáis? Salid, sin duelo, fantasmas y habladnos…

Salí de mi ensoñación cuando me tropecé de bruces con un nutrido hormiguero japonés que intentaban robar el alma de aquellos fantasmas y capturarla en sus cámaras ultracompactas.

Las dos menos cuarto, hora de buscar un kafenión para refrescarnos y quitarnos la empanada mental de encima.

15 de Junio de 1996

Dicen que este teatro tiene la mejor acústica del mundo, y que una conversación mantenida en el centro de la escena puede ser escuchada, sin necesidad de elevar la voz, desde cualquier punto de las gradas.

Dicen que se ha conservado casi intacto gracias a que, todavía a principios de nuestro siglo, permanecía sepultado bajo tierra.

Dicen que las labores de excavación llevaron a los arqueólogos en alas de la Sorpresa conforme iban descubriendo las dimensiones de aquellas gradas que parecían no tener fin.

Dicen que en ellas caben más de 13.000 espectadores, que agotan cada verano las localidades de todas las representaciones que se dan durante el Festival de Teatro Clásico de Epidauro.

Dicen que María Callas cantó aquí Norma de Bellini. Yo sólo oí a un grupo de estudiantes de arte alemanas que entonaron bajito un vieja canción tradicional de la Selva Negra. Y aún lo guardo en el recuerdo.

Dicen que Henry Miller reconoció: «Ha sido preciso que yo viniera a Epidauro para conocer el verdadero sentido de la paz».

También se cuenta que fueron los de la raza de los Gigantes quienes pusieron las piedras de las murallas de Micenas, aquella ciudad que construyeron los aqueos de largas lanzas que, según nos cuenta el viejo Homero, vinieron a poner fin al sueño de Paris y Helena en los palacios de Troya.

Y que el alemán Schliemann sufría alucinaciones por sobredosis de piedras preñadas de historias y mitos cuando encontró en la Sala del Tesoro de Atreo una máscara de oro y decidió que era la máscara funeraria de Agamenón, cuñado de Helena, la mujer más hermosa de Grecia toda, y comandante supremo de los ejércitos griegos que durante tantos años sitiaron Troya, con el fin que todos hemos aprendido en las películas de Victor Mature.

16 de Junio de 1996

Ya nadie canta «Los niños de El Pireo», Melina.

Pero… ¡mira quién nos acompaña desde nuestra salida del puerto! ¡Sí, es él, el delfín de Apolo, que no nos ha olvidado y nos marca el rumbo que hoy ha de seguir nuestra travesía!

¿O ha venido el delfín para que nos fijemos en el color de la mar y reparemos en que, hasta el día de hoy, ninguno de nosotros sabía realmente qué era el «azul marino»?

Poros, Hydra y Egina… Preguntadles a los peregrinos, preguntadles por la belleza y la calidez de las aguas del Golfo Sarónico… Preguntadles… y decidles que la próxima vez no olviden tomarse la Biodramina, que luego salen muy feos en las fotos.

Y a mí buscadme en el puerto de Hydra, «la bien regada»… Allí me perdí y aún no he vuelto, aunque me veais entre vosotros.

17 de Junio de 1996

Sunión, el promontorio sagrado de Atenas, coronado por el templo de Poseidón, separa las aguas del mar Egeo de las del golfo Sarónico. Por ellas nos cuenta Homero que navegó Néstor, el que por privilegio de Apolo llegó a vivir tres generaciones, el sabio Néstor, tan valeroso en el campo de batalla contra los troyanos como prudente y atinado en el consejo.

También anduvo por aquí, antes que nosotros, Lord Byron, quien grabó su nombre en una de las columnas del templo. Cuentan que Poseidón no perdonó esa erosión y que, olvidando el amor que hacia aquella tierra castigada sentía el inglés, envió vientos y tempestades que minaron su salud y entregaron antes de tiempo su alma a los agudos filos de la muerte, cuando apenas si había cumplido los 36 años.

No fue tan riguroso con nosotros: se limitó a hacer que el agua estuviera fría. A cambio, nos regaló el atardecer más hermoso y la esperanza de ver el rayo verde —el último rayo que se ve a la puesta del sol, señal de cuanta buena fortuna pueda haber en el mundo esperándonos—, y nosotros correspondimos con nuestra emoción y con los deseos que, las manos cogidas en gesto de amistad, expresamos en silencio conforme el sol corría a descansar tras la línea de los montes.

¿Que si vimos el rayo verde antes de dejar Sunión? ¡Ah, mucho queréis saber, noble senado…!

18 de Junio de 1996

«¿De verdad que no podemos quedarnos?»

«¿Y si perdemos los pasaportes?»

«¡No encuentro mi billete de avión! ¡¡¡Bieeen!!!»

«No, lo siento, pero no es posible pedir asilo político entre países de la Comunidad Europea…»

«¿CUÁNDO VOLVEREMOS?»

Por favor, no me hagáis escribir sobre el día de la vuelta a la realidad.

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2 pensamientos en “Memoria de Grecia

  1. No descartes ni elimines ninguna posibilidad, Julia. Ningún viaje está completo si falta alguno de los elementos de los que hablas: monumentos sin gente, gente sin monumentos. Por no hablar de la gastronomía, las tradiciones, las fiestas…

  2. La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. – Fernando Pessoa.

    Convertirnos en viajeros y dejar de ser turistas. – Eduardo.
    ————–
    No quiero viajar para ver enormes catedrales, o inmesas plazas. Quiero viajar para ver las expresiones de la gente, la forma en la que toman café, para observar cómo pasa la vida más allá de mis fronteras.

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