Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Feliz Día del Libro 2013

No hace falta que os diga qué día es hoy, porque todo el mundo está saturado de la noticia, y no me vengáis con monsergas de que cualquier esfuerzo que se haga por fomentar la lectura es poco y bla, bla, bla. Empiezo a estar hasta los güitos de todo eso, y ahora después me explicaré mejor.

Hoy se me ha ocurrido hacer una prueba: a la hora de las noticias, he ido cambiando de canal y en todos ellos (entiéndase, me refiero a las grandes cadenas generalistas) estaban hablando del Día del Libro. Una información algo escasa, bien es cierto, pero qué le vamos a hacer: unos segunditos dedicados al galardonado con el Premio Cervantes de este año, José Manuel Caballero Bonald, casi nada a su discurso, pero, por supuesto, información preferente de los abucheos sufridos por los Príncipes y por el presidente del Gobierno, faltaría más… Pero es que ha habido un momento en que en todas las cadenas estaban emitiendo la noticia de la celebración en Barcelona y en todas han salido los mismos autores -tres para ser exactos y os reto a adivinar a qué grupo editorial hipermegaultramultinacional pertenecían- firmando sus libros. Me cago en su p*t* madre. ¿Por dónde empiezo? ¿Libertad de mercado? ¿Libertad de opinión? ¿Pluralidad de la información? ¿Acceso universal a la cultura? ¿…?

Así están las cosas en (el mundo del libro en) España.

Para desintoxicarme y purificar mi espíritu mortificado, le he metido mano a un librito exquisitamente publicado -como todos los que edita- por José J. de Olañeta (¡¡el tío es maravilloso, no tiene web!! -creo): El vicio de la lectura (Palma de Mallorca, 2011, traducción de Abel Vidal), de la no menos exquisita escritora (¡¡esta sí lo es!!) neoyorkina Edith Wharton (1862-1937), a quien la mayoría de nosotros recordamos por la maravillosa La edad de la inocencia. Apenas treinta paginitas (9 x 14 cms., un suspiro no más) de deliciosa, aristocrática y sentida defensa de «lector nato» frente al «lector mecánico», correspondientes a un artículo publicado originalmente en la North American Review en el año 1903. Hace ciento diez años y parece escrito esta mañana.

Antes os decía que intentaría explicar mejor mi afirmación del primer párrafo. No creo que lo consiga y, conociéndome, sé que lo único que voy a hacer es ofender a alguien, así que renuncio y me quedo calladito, que estoy más guapo (nota para los historiadores: la autocensura no desapareció con la muerte de Franco, que conste; ni siquiera la censura). Lo que voy a hacer es ceder la palabra a miss Wharton y que ella hable por mí, porque, oh casualidades de la vida, resulta que estoy completamente de acuerdo con lo que la vieja dama defiende en su artículo. Así que os dejo con unas cuantas citas, entresacadas ad hoc, evidentemente, pero no os creáis que el resto es muy diferente.

La “difusión del conocimiento”, clasificada habitualmente con entusiasmo y aprobación universal en la categoría de los progresos modernos, ha dado lugar incidentalmente a la producción de un nuevo vicio: el vicio de leer.
Ningún vicio es más difícil de erradicar que el que se considera popularmente una virtud. Entre estos vicios destaca el vicio de la lectura. Se admite de modo general que leer basura es un vicio; pero la lectura per se —el hábito de leer—, nuevo como es, ya está a la altura de virtudes tan acreditadas como el ahorro, la sobriedad, el levantarse temprano y el ejercicio regular. (págs. 17-18)

La lectura llevada a cabo deliberadamente —lo que podríamos llamar la lectura volitiva— no es lectura, al igual que la erudición no es la cultura. La lectura verdadera es una acción refleja; el lector nato lee de forma tan inconsciente como respira; y, llevando la analogía un poco más lejos, la lectura no es más una virtud que el hecho de respirar. Cuanto más meritoria se considera, más estéril se vuelve. (págs. 18-19)

¿Por qué deberíamos ser todos lectores? No se espera de todos nosotros que seamos músicos; pero debemos leer; y, así, los que no pueden leer creativamente leen mecánicamente… (pág. 21)

La providencia suministra incesantemente una gran cantidad de autores cuya misión evidente es, así, proteger a la literatura de los estragos provocados por los necios; y el lector mecánico solo se convierte en un peligro para las letras cuando se aparta de sus pastos predestinados. […] El deseo de estar al corriente es al parecer el incentivo más poderoso… (págs. 22-23)

El vicio de leer se convierte en una amenaza para la literatura cuando el lector mecánico, armado con este elevado concepto de su deber, invade el ámbito de las letras, es decir, discute, critica, condena o, peor aún alaba. (pág. 24)

El lector mecánico es esclavo de su punto de lectura […] El lector nato es su propio punto de lectura. Recuerda instintivamente en qué momento de la historia dejó el libro, y las páginas se abren por sí mismas en el punto que busca. (págs. 27-28)

El lector mecánico considera que su deber es leer todos los libros de los que se habla. […] Para una mentalidad de este tipo, los libros nunca hablan entre sí. (págs. 30-31)

El programa del lector mecánico lo determina la vox populi. (pág. 31)

La obligación de expresar una opinión sobre todo libro del que se habla ha conducido al hábito reprensible pero natural de apropiarse de las opiniones de otros. (pág. 34)

El que pone realmente en peligro la integridad de las letras es el lector mecánico medio. Esta acusación contra esa mayoría voraz puede parecer curiosa. ¿Cómo se puede acusar de mala voluntad contra las letras a los que crean la demanda de los cien mil ejemplares?
En el agudo estudio de caracteres que es Manouvering, Miss Edgeworth dice de uno de sus personajes: “Su mente nunca había sido inundada por un torrente de conocimientos inútiles. El que la corriente de la literatura había pasado por ella solo se manifestaba en su fertilidad”. Difícilmente se podría dar una mejor descripción de los que leen intuitivamente; y su antítesis define con igual precisión al lector mecánico. […] Es posible que si solo leyeran los que saben leer, solo producirían libros los que saben escribir. (págs. 36-38)

La nocividad del lector mecánico es cuádruple. En primer lugar, al provocar la demanda de escritura mediocre, facilita la carrera de los autores mediocres. […] En segundo lugar, su pasión por las interpretaciones “populares” de temas abstrusos y difíciles […] retrasa la verdadera cultura y reduce la cantidad potencial de obras realmente duraderas.
El hábito de confundir el juicio moral y el intelectual es la tercera causa de su nocividad para la literatura […] en su persistente ignorancia del hecho de que cualquier representación seria de la vida no debe ser juzgada por los incidentes que presenta, sino por la comprensión que tiene el autor de su importancia. El libro nocivo es el libro trivial.
Finalmente, el lector mecánico […] ha producido una criatura a su propia imagen: el crítico mecánico. […] la gente ya no tiene tiempo de leer análisis críticos de libros, lo que quiere es un resumen del contenido. […] El lector nato […] quiere el único tipo de crítica digno de ese nombre: un análisis del tema y del estilo. […] como el lector mecánico es mayoría, el resumidor mecánico de argumentos está suplantando rápidamente al crítico. […] esta pseudocrítica es nociva, ya que sitúa libros con cualidades muy diferentes en el mismo nivel de mediocridad al ignorar su verdadera intención y significación. (págs. 38-44)

Así es cómo el lector mecánico actúa sistemáticamente contra lo mejor en literatura. Evidentemente, a quien más perjudica es al escritor. (pág. 45)

Hala, a leer (el que quiera; el que no, a pasear, que hace una tarde preciosa, caray).

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Un pensamiento en “Feliz Día del Libro 2013

  1. Oye, esto tiene una pinta estupenda. Me tomo la referencia, que me interesa mucho. Y en cuanto a tu menda… ¡qué ganas de gruñir tienes, hombre! Hala, pues nos vemos “nel mezzo del cammin”, como decía aquel arriero itálico…

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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