Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Gongorinos del mundo, uníos

El profesor Agapito Maestre escribe hoy en el diario El Mundo la siguiente columna, que, de más está decirlo, suscribo hasta la última palabra (excepto la irritante tendencia a abusar de las comillas que exhibe el autor). Ahí va:

La Biblioteca Nacional acoge una magnífica exposición sobre Góngora [se refiere a esto]. No podía ser más oportuna esta muestra en un mundo donde la literatura está exhausta. Una «literatura» agotada, sin apenas nada que ofrecer que no sea banalidad, consumo fácil y rápido, puede hallar en Góngora el canon para su recuperación. La revitalización de la literatura solo puede venir a través de la lectura de los clásicos. Sí, soy muy escéptico sobre la producción «literaria» reciente. Huyo de quienes se presentan con originalidad adánica y al margen de nuestro Siglo de Oro. Y, sobre todo, no espero nada de una «literatura» incapaz de pedirle al lector esfuerzo de comprensión e inteligibilidad. No es serio llamar creador, autor literario, a alguien que se conforma con un lector cuya capacidad de atención no pasa de cinco líneas seguidas.
Esa carencia de esfuerzo, o peor, es no exigir buenos lectores mata a la literatura. Por lo tanto, la resurrección literaria solo puede venir marcada por el canon de Góngora: sin esfuerzo no hay disfrute literario. José Lezama Lima, uno de los grandes de la literatura del siglo pasado, lo expresó con espíritu gongorino: «Solo lo difícil es estimulante». Góngora, pues, podría ser uno de los mejores antídotos al veneno de la falsa literatura. Es menester exigir mucho del lector, como hizo el gran poeta cordobés, si no queremos que la literatura muera definitivamente. Góngora reta a los lectores de hoy, como hizo con los de su tiempo, a que tengan amor propio. Su poesía es un acicate para el estudio, la investigación y el saber sobre el mundo. Nos ofrece la posibilidad de hacernos seres instruidos, cultos y preparados sobre mil saberes, que tienen por objeto el discurso de la cultura humana, a la par que podemos disfrutar, ser felices, con el poder de sugerencia individual que hallamos en sus palabras.
La poesía es algo muy exigente, difícil y complicado. Exacto. Obliga a repetir sus palabras a otros… El poeta crea algo tan perfecto, tan bien dicho, que consigue de sus lectores algo único y singular, a saber, que «repitamos» sus palabras sin variar ni una coma. Esta operación es, además, una cuestión vital. La poesía se mide directamente con la vida sin necesidad de pasar por el concepto. Cuando logramos comprender un poema complicado de Góngora, o sea, cuando pasamos por la difícil experiencia de entenderlo, sencillamente porque nos exige conocimiento, cultura, preparación, en fin, esfuerzo, siempre diremos «ha merecido la pena».
Quien entra en la lectura de una obra poética difícil sale de ella, sin duda alguna, más vivo, con un mundo más rico. La poesía, en efecto, hay que vivirla. El resto es filfa. Engaño. Ya lo decía el autor, cuya obra, titulada Las lágrimas de Angélica, salvó Cervantes de la quema en el Quijote, Luis Barahona de Soto: «Hay tanto que saber en poesía, / que quien quisiera saber, no escribiría». El poeta lucentino sabía de lo que hablaba. También Góngora sabía, como todos los grandes maestros de la literatura, que lo enigmático y embozado del poema, todo eso que el lector debe descubrir, contribuye a mantener viva la obra. El deleite viene por la investigación, o sea por la función creadora y poética del lector, que revive el poema y lo saca del silencio mudo del papel.

Gongorinos del mundo, uníos.

«No a las palomas concedió Cupido
juntar de sus dos picos los rubíes
cuando al clavel el joven atrevido
las dos hojas le chupa carmesíes.»

Y recordad aquellos versos que dicen:

«Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
si roca de cristal no es de Neptuno,
pavón de Venus es, cisne de Juno.

Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lilios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
émula vana. El ciego dios se enoja,
y, condenado su esplendor, la deja
pender en oro al nácar de su oreja.» (Fábula de Polifemo y Galatea, 13 y 14)

Tampoco olvidéis aquestos otros:

«Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido,
restituir le hace a las arenas;
y al Sol lo extiende luego,
que, lamiéndolo apenas
su dulce lengua de templado fuego,
lento lo embiste, y con suave estilo
la menor onda chupa al menor hilo.

No bien, pues, de su luz los horizontes
—que hacían desigual, confusamente,
montes de agua y piélagos de montes—
desdorados los siente,
cuando —entregado el mísero extranjero
en lo que ya del mar redimió fiero—
entre espinas crepúsculos pisando,
riscos que aun igualara mal, volando,
veloz, intrépida ala,
—menos cansado que confuso— escala.» (Soledades, versos 34-51)

E tanti quanti

Ánimo con lo que se nos viene encima.

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2 pensamientos en “Gongorinos del mundo, uníos

  1. Gracias por el aviso, Candela. No es problema de tu móvil, se trata de que han eliminado la página a la que hacía referencia porque la exposición ya hace mucho que fue clausurada. Las cosas de internet… 😉

  2. El enlace de la palabra “esto” al principio no me dirige a ningún sitio. No sé si es problema del móvil o no. Lo dejo por aquí por si quieres comprobarlo.
    🙂
    Candela ha vuelto.

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