Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Por San Valentín

Para que no se diga que uno es un ser demasiado asocial, me uno a la universal celebración de San Valentín con varios poemas. Empezamos con este de Ángel García López (1935), del que, lamentablemente, no dispongo de otros datos que no sean el texto mismo:

Esta noche decido tener contigo un libro. Comienzo en ti a engendrarlo escribiendo estos versos que en tus labios he visto. Y que así, su memoria, explique a quienes lean qué de amor hubo en ello.

He decidido, libre, pedirle a estos poemas solo digan tu nombre. Y, luego, he prometido más de ti enamorarme, sabiendo de ambas cosas la segunda más fácil y las dos muy difíciles.

Nacerá con tu gesto, con tu misma sonrisa, y un temblor en los hombros donde alguna paloma se construya una casa. Pues será solo tuyo, tan a ti parecido que al mirarlo te vean.

Igual que si por dentro de ti multiplicases una lluvia gemela y, hermosa y repetida, otra vez te alumbrases. Porque tú serás sola las palabras que habiten este póstumo libro.

Porque quiero que quede constancia de lo mucho ya vivido en tus ojos. Y sepas cuántas horas, siendo infiel a tus brazos, he besado en tu pecho la lumbre imaginada de una lámpara bella.

Su historia será tu vientre, sin final, avanzando. De mí depende solo ser espejo, el principio. Tú sabes que eres parte, gran sustancia de esto. Y sabes necesito cada verso me ayudes.

Además, he tomado tu mano hoy no furtiva y he sentido que solo tú mereces mi tiempo. Por eso, lo que quede de mi vida ya es tuyo. Y nadie, ni tú misma, logrará convencerme.

Los dos hemos perdido varios siglos mirándonos. De haber antes vivido, nuestro libro hoy tendría tamaño como un árbol y un rostro parecido al que cercan tus pómulos ya gestantes y aún tímidos.

Pero sé es todavía la edad feliz, que aún puedes llevar hasta la escuela nuestro libro, comprarle zapatos y vestidos y decir al que pasa cómo al fin decidiste floreciera en tu cuerpo.

Y, un día no lejano, tal vez dirán tu nombre no creyéndolo mío. Pues sabrán es de quienes sus mitades le dimos. De las cuales la tuya porción será más plena, pues tú sola la escribes.

Cambiamos de registro. Una humorada (pero que a mí me encanta) de Juan Bonilla, titulada «Oferta de empleo» (Partes de guerra, 1994):

Preciso señorita de ojos negros,
melena negra derramada en cascada por la espalda,
uno setenta y tres de altura,
estudiante de cuarto de Arquitectura,
domiciliada en Vía Layetana, 17, octavo C, Barcelona,
su teléfono ha de ser el 3 45 67 81.

Imprescindible que haya leído tres veces
La Gran Eulalia de Paolo Capriolo
y que cumpla años (24 esta primavera)
el 17 de abril.

Se ha de llamar Marta Trullols Aymé.

Se le propone salir a tomar algo
(aunque no sea en serio).

Interesadas llamar al 4 53 17 04.

Absténganse quienes incumplan uno solo
de todos estos requisitos.

Y volvemos a cambiar. Os dejo con un clásico, un básico, un ineludible: «Si el hombre pudiera decir», de Luis Cernuda (Los placeres prohibidos, 1931). Por muy repetido, no deja de ser una cima de nuestra poesía; y me sigue removiendo las entrañas:

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Feliz Día de San Valentín.

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4 pensamientos en “Por San Valentín

  1. Gracias, Julia, celebro que te guste.
    Que pases un buen fin de semana.
    ¡Ah! Y bienvenida a Hawaii. Espero verte más por aquí.

  2. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
    cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío.”
    Bonita forma de vivir un viernes noche.

    Increíble.

  3. Malegro mucho. Objetivo cumplido, pues.

  4. Tendría que haberlos leído el día de San Valentín, aun así no pierden el encanto.
    Me gusta mucho el primer poema de García López y por supuesto el de Cernuda.
    Va, me gustan los tres.

    Vanessa.

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