Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Todo comenzó en esta tierra

El pasado junio se hizo público el nombre del ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011Leonard Cohen. El viernes tuvo lugar la ceremonia de entrega del galardón a los premiados. Este es el hermoso discurso que pronunció el canadiense. Qué alegría que, manque sea por unos minutos, por unas horas, el nombre de España no haya estado ligado, en los teletipos de las agencias de noticias, al de los terribles momentos que vive nuestra economía, sino al de la grandeza de una cultura, la nuestra, a la que tanto debe el resto del mundo… aunque nosotros mismos nos empeñemos en ignorarla, en despreciarla, en apartarla a un lado como cosa menor. Una vez más, y por no perder las costumbres, tiene que venir alguien de fuera a recordarnos cuanto de bueno hay en nosotros.

Esta es la transcripción literal (creo) del discurso que pronunció Leonard Cohen el viernes por la tarde:

Majestad,
Altezas Reales,
Excelencias,
Miembros del Jurado,
Distinguidos Premiados,
Señoras y Señores:

Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás como el gran maestro Riccardo Mutti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero haré lo que pueda en mi desarrollo de esto como solista. Me quedé toda la noche en vela, anoche, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las barras de chocolate, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras y no creo que me tenga que referir a ellas.
Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación, pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de gratitud. Creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y lo voy a intentar. Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Angeles para venir para acá estaba un poco inquieto porque siempre he sentido cierta ambigüedad en cuando a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Es difícil aceptar un premio de una actividad que yo no controlo, es decir, si supiera de dónde vienen las canciones, haría más canciones con mayor frecuencia.
En esa situación de hacer el equipaje para venir, cogí mi guitarra, tengo una guitarra Conde que está hecha en la calle Gabenas, 7, en España. Es un instrumento de hace cuarenta años más o menos. Lo saqué de la caja, el instrumento, esta guitarra, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la puse en la cara, casi, y la miraba con lo bien diseñada que está y olía la fragancia de la madera viva, sabemos que la madera nunca llega a morir. Y oía esa fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día cuando compré la guitarra hace cuarenta años. Y la voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo, y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a quien la merece, al suelo, a la tierra, con esta fragancia, de donde viene esta frangancia”. Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer al suelo, a la tierra, a este pueblo que me ha dado tanto.
Porque un hombre no es un DNI y un país no es solo eso tampoco. Una carga, un crédito no es país. En esta fraternidad en la que estoy con el poeta Federico García Lorca, puedo decir que cuando era joven y adolescente y buscaba una voz en mí, estudiaba a los poetas ingleses y conocía bien su obra y copiaba sus estilos, pero no encontraba mi voz; solamente cuando por fin leí, aunque era una traducción, las obras de Federico García Lorca, fue entonces cuando comprendí que había una voz.
No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso, pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia, y conforme me iba haciendo mayor comprendí que las instrucciones venían con esa voz. ¿Qué instrucciones eran esas? Nunca lamentar, y si queremos, ni siquiera casualmente, ni si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos, tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Y por tanto ya había encontrado yo mi voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.
Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción. Porque era un guitarrista indiferente, yo aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes, me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebíamos y cantábamos canciones, pero en mil años nunca me vi como un músico o como cantante. Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal, que está junto a un parque, y en el parque hay una pista de tenis, y allí va mucha gente a ver a los jóvenes jugadores de tenis disfrutando de su deporte.
Fui a ese parque que conocía de mi infancia y había un joven tocando una guitarra, una guitarra flamenca, y estaba rodeado de dos o tres chicas que estaban escuchándole, y me encantaba cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivaba, yo quería tocar así, y yo sabía que nunca sería capaz de tocar así. Así que me senté allí con otras personas que escuchaban durante un rato y luego se hizo un silencio, un silencio muy apropiado. Le pregunté que si me daría clases de guitarra.
Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés, y dijo sí, te daré clases de guitarra; le dije, vivo allí, en la casa de mi madre, y quedamos, establecimos el precio de las clases, y vino a la casa de mi madre al día siguiente y dijo, déjame oírte tocar algo, yo intenté tocar algo, y dice: no tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad? Dije: no, la verdad es que no sé tocar. En primer lugar, déjame que afine la guitarra, porque está desafinada. Cogió la guitarra, la afinó, y dice: no es una mala guitarra eh, no era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió, y dice: ahora ponte a tocar.
No sabía tocar mejor, la verdad. Te voy a enseñar algunos acordes. Y cogió la guitarra y produjo un sonido de la guitarra que yo evidentemente nunca había oído. Y tocó la secuencia de acordes, así, de manera rápida, y dice: ahora hazlo tú, yo no sé hacerlo. A ver, déjame que use yo tus dedos y te vaya diciendo cómo los tienes que poner. Y los puso en el mástil, y ahora toca. Y fue un desastre, evidentemente. Vuelve mañana, me dijo.
Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la puse en mi regazo, de manera adecuada, con la postura buena, y empecé otra vez, con todos esos seis acordes. Y la progresión de seis cuerdas, muchas canciones flamencas se basan en esa progresión de seis acordes, y la verdad es que me sentía mejor ese día. Al tercer día mejoró la cosa. Pero ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos adecuadamente para producir el sonido correcto, la pauta de sonido que él quería, pero sabía los acordes, los sabía muy, muy bien, llegados a este punto.
Al día siguiente no vino, no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que estaba quedándose en Montreal y llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había suicidado, que se había suicidado. Yo no sabía nada de este señor, no sabía de qué parte de España procedía, nada. Desconocía por qué había venido en concreto a la ciudad de Montreal, por qué se quedaba en Montreal en esos momentos, por qué estaba en esa pista de tenis, no tenía ni idea de por qué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente. Pero ahora estoy contando algo que nunca había contado nunca en público.
Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra aquella, ha sido la base de todas mis canciones, de toda mi música, y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de la gratitud que yo tengo por este país. Todo lo que han encontrado favorable en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar que les he contado. Todo lo que ustedes encuentren favorable en mis canciones, en mi poesía están inspiradas por esta tierra, y por tanto les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que me han mostrado y que han mostrado por mi obra, porque es suya, y me han permitido poner mi firma en el final de la última página.
Muchas gracias, señoras y señores.

El imprescindible soporte audiovisual:

Y un mínimo homenaje:

I’ve been listening to all the dissension
I’ve been listening to all the pain
And I feel that no matter what I do for you
It’s gonna come back again
But I think that I can heal it
But I think that I can heal it
I’m a fool but but I think that I can heal it
With this song.

Que viene a ser algo así:

He escuchado toda la discordia
He escuchado todo el dolor
Y creo que no importa lo que haga por ti
Volverá a pasar
Pero pienso que puedo curarlo
Pero pienso que puedo curarlo
Soy un loco pero pienso que puedo curarlo
Con esta canción.

«Minute Prologue», de Live Songs (1973).

Aloha.

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3 pensamientos en “Todo comenzó en esta tierra

  1. Muy curioso y muy simpático el amigo Cohen (dicho sencillamente, sin ningún tipo de ironía, ni oral ni escrita).

    Te puede interesar (o no, ya que estamos) este reportaje sobre la historia de El Bulto, en el SUR de ayer (en la edición impresa era más largo y con más fotos, creo recordar):

    http://www.diariosur.es/v/20111024/malaga/origenes-bulto-cobran-vida-20111024.html

    Un abrazo.

  2. No sé si va de eso, querido amigo (¡¡es tan difícil pillar las ironías por escrito!!)…
    A mí, desde luego, no dejan de asombrarme el amor y el agradecimiento (¿pueden ir separados el uno del otro?) que destilan las palabras de Cohen, sobre todo cuando aquí mismo es difícil encontrar un sentimiento equivalente que no caiga en el exabrupto o no linde con lo tenebroso. O con la estupidez, directamente.
    A modo de ejemplo: una encuesta realizada no hace mucho entre los, no sé, veinte o treinta tíos más señalados del panorama literario español actual. La cuestión iba sobre los autores que más habían influido en su manera de escribir, en su visión de la literatura y el mundo. De entre todos, prácticamente ninguno reconocía el magisterio de algún escritor español, vivo o difunto, contemporáneo o clásico. La inmensa mayoría citaban a autores anglosajones, y en muchos casos, ante determinadas preguntas, manifestaban una supina ignorancia de la que se supone que es su propia tradición o herencia cultural (y dejemos aparte las gaitas de la globalización, el empuje de una cultura sobre otra, o zarandajas por el estilo).
    No lo sé, a lo mejor es lógico que así sea, que uno tienda a ¿rechazar? lo que tiene más cercano, eso que, precisamente por su cercanía, tiende a dejarnos entrever con más claridad los remiendos y las costuras, yo qué sé…
    En cualquier caso, lo de «Todo comenzó en esta tierra» no es cosa mía, sino que es el título que encabezaba la reproducción del discurso en el periódico. A mí simplemente me pareció hermoso y, sobre todo, me quitaba el problema de tener que pensar un título por mí mismo (cosa que, aquí entre nosotros, se me da fatal).
    Un abrazo, por cierto.

  3. Juan Miguel en dijo:

    ¡¡¡Viva España!!!

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