Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Gracias, Steve…

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31 pensamientos en “Gracias, Steve…

  1. Cada día estaba más orgulloso de seguir con vida.

    DEP Steve Jobs

    Saludos

  2. A lo mejor algún día consigo entender esa aureola de sensatez que arrastra consigo un señor que cada vez que abre la boca nos cuesta miles de millones al resto del paisanaje, a cambio, eso sí, de sostener con su(s) voto(s) al gobierno de turno (por encima de ideologías: la suya es fácil de resumir, según título de una conocida canción de Pink Floyd). Que tenga esa fama entre su gente (a la que, por otra parte, no hace más que defender y bien que me parece), lo comprendo, pero que esa consideración lo acompañe como dogma de fe entre los demás parroquianos, a pesar de que sus palabras lo desmientan una y otra vez… No lo pillo, simplemente no lo pillo.
    Y me vais a permitir que, puesto que yo di pie a esto con mi alusión anterior, yo también cierre el hilo, no vaya a ser que terminemos hablando de política de verdad, y eso, aquí, sí que no… 😉

  3. P.S.: Ya que estamos con los tópicos: compadezcamos a Durán, que ha metido la pata. Me explico: Los levantinos, pueblo de mercaderes, han vivido siempre de productos que había que vender, en las ferias (paños) o incluso de puerta en puerta (libros). Cuando no de vender muy bien cosas producidas en otra parte (las naranjas y el arroz se producen en Sevilla, más que en Valencia). Andalucía (aceituneros altivos) vive hace mucho tiempo de fabricar, con mucho esfuerzo, cosas que, después, se venden solas (vino, jamón, aceite).

    Me explico: hablar, para ellos, debe ser rentable, mientras que a nosotros no nos hace falta, y a veces nos suele costar caro (decir, por ejemplo, “¡Que no nos falte de ná!”).

    Me extraña, sin embargo, que a uno de los pocos políticos sensatos que tenemos (por encima de las ideologías) se le haya ido la “olla” de tal forma. ¿Indicio de lo mal que van las cosas? Quién sabe.

    Tengo en mi casa un tambor
    y una estampa del Rocío,
    una guitarra, un amor,
    y amigos al “lao” mío;
    quién es más rico que yo.

    (Los Romeros de la Puebla)

    ¡Ea!

  4. Siempre he pregonado (para mí mismo, que es el único pregón que me interesa) que el mejor remedio contra los tópicos (cuando molestan, que no es siempre) es la identificación con una cultura remota (que casi siempre resulta no serlo tanto). Paso del ladino (variedad “haketía”) al yididish. Varsovia o Zaragoza (patria de Abraham Abulafia), es todo lo mismo:

    In Memoriam Abraham Tuschinski [Brzeziny (cerca de Łódź), 14 de mayo de 1886 – Auschwitz, 17 de septiembre de 1942).

    Shalom!

    Como diría Felipe (el de Mafalda): otra vez me he dejado influir por mí mismo. Buen fin de semana.

  5. Si yo te contara de qué son las espesuras por aquí… Santa Madonna, mejor me callo, que mi madre siempre me ha dicho que calladito y afeitadito estoy más guapo (menos feo, pienso yo).

  6. Hola. Dios sin duda concibió la jota al quinto día de furia creativa, pero además ya al final, cuando estaba mu’ cansao, pero mu’ cansao… En concreto, antes de irse al bar con els amics de Durán. Así le quedó, al hombre. Ya luego, con la Cruzcampo, remontó. Pero la jota no tuvo remedio. Per saecula saeculorum. El espesor de cachirulos por aquí es abrumador. Di tú que no me entero mucho, trabajo en otra parte. Si no, perdería los nervios.

  7. Es curioso cómo funcionamos a base de tópicos y estereotipos… A saber de dónde vendrá, pues, lo de la “Pilarica”… Bueno, eso, y lo de que los andaluces no pagamos impuestos y nos pasamos la vida en el bar mientras los pobres X trabajan como esclavos por nuestra culpa, culpita, pa’ pagarnos los vicios ¡¡Qué más quisiera yo, me cago en mis mueee… las!!

  8. Sí, “la Virgen”, por antonomasia. Es más, en estas tierras se suele oír “vamos a ver la Virgen”, así, con omisión de la “a” del objeto directo de persona. No siempre, claro está. En cuanto a los hipocorísticos, nunca se llama “Pilarica” a una Pilar, salvo que se hable en broma. Sí se usa, en cambio, el muy simpático –y más bien rancio– Pilarín, que va quedando arrumbado en el medio rural o para las señoras de cierta edad (y si además son joteras, ni digamos).

    En cuanto a lo otro, lleváis razón Piolín y tú: vaya cosas buenas nos han venido desde las Indias…

    Saludos.

  9. Vale, vale, maestro. Eso me pasa por escribir los comentarios antes de cenar.
    Y que viva Aragón, cómo no (ya sé que “este es un sitio pop”, pero a estas alturas…):

  10. …Y el rock and roll, Borges, Mae West, Antonio Carlos Jobim, Scott Fitzgerald, Zico, Cortázar, el jazz, las mulatas, el ron, el chocolate, Sinatra, Barrio Sésamo, el café, el Ford Mustang, Ava Gardner…

  11. ¿La Virgen? ¿Pili? ¿Piluca? ¿Piluchi? ¿Simplemente María… digo, Pilar?

  12. Bueno, tampoco es cuestión de asustarlo. Ese era el último de mis discursos sobre máquinas de escribir.
    Un cordial saludo.

    ¡Viva el Almirante de la Mar Océana, que nos trajo esta festividad! (y las patatas, los tomates…)

  13. Gracias. Te han faltado oes, “maño” se pronuncia con más oes, y Zaragoza es las única palabra del castellano con todas sus sílabas tónicas, como ya sabrás. Ah, y aquí nadie dice “Pilarica”. Te lo aseguro.

    Por ahí anda la familia, de paseo, enfundados en trajes de baturro/a, como manda la tradición. No es mi caso. Los posmodernos, ya se sabe…

  14. En efessssto…
    Por cierto, felicidades por la Pilarica, mañooooo.

  15. El bueno de Eduardo ya no asoma… Yo creo que tras nuestras peroratas nos da por imposibles, he, he, he.

  16. Aprendí a escribir a máquina en esa Olivetti, lo que me ha servido para que el teclado del ordenador me parezca una especie de nave espacial. Es lo mismo que los coches: el inyector en lugar del carburador, los cambios “casi” automáticos de ahora… y la ventanita eléctrica para evitar la cara de “tonto dándole a la manivela”. Supongo que todo eso me hace la vida más fácil porque aprendí con la maquinaria “dura”. Sé que el argumento es débil, porque lo mismo podrían decir los que sufrieron el extinto Servicio Militar, o se curaron la sífilis con Salvarsán (y de hecho muchos lo dicen, a la menor ocasión).

    Ángel, si tú no sabes qué hacer con tu máquina de escribir, yo sí. A ver si un día nos encontramos en el mundo físico y te lo cuento. Mientras tanto, podrías consultar a los célebres investigadores Biedermeier & Schuster, «Notizen sur die Untersuchungen über das Geschichte des Schreibmaschinen Museen im Südspanien» (vol. II, “Die zwanzigsten Jahrhunderts“; Seiten 180-188; Frankfurt, StierKampf Verlag, 1950)… si tal libro existiera, en cuyo caso confirmaría, en nota al pie de la página 35, las atinadas reflexiones de De Marinis sobre la ruina de Olivetti.

    Está claro que los ordenadores son muchísimo más cómodos, dónde va a parar. A pesar de las actualizaciones, los cuelgues y demás inconvenientes, que me hacen pensar en un cierto balance global acierto/error que nos llevaría por los terrenos de la metafísica y más allá («Graviora quaedum sunt remedia periculus»); y que muchas de las cosas que estos aparatos pueden hacer las inventó Jobs (que viene a ser como llamarse Curro’s). Eso no se discute.

    Eternamente agradecido a Jobs, pero primero, por este orden, a Benjamin Franklin, Alexander Fleming y Charles Goodyear (otro apellido profético).

    Yours faithfully, etc.

  17. Tienes razón, Eduardo. De hecho, te escribo ahora desde un Mac. Anoche desde un portátil PC. Todo esto no se podía hacer con una máquina de escribir. Evidente. Yo no tengo nostalgia de las máquinas de escribir, ni manía a Jobs: por ahí arriba canté las loas de los Mac pequeñitos, de la tipografía variada que ahora tenemos –como muy justamente señalas– tenemos al alcance de la manita, etc. Se trata, simplemente, de otra cosa. Me gustan las máquinas de escribir como, supongamos, las calculadoras mecánicas u otros cachivaches que no utilizo. Seguro que si miras a tu alrededor tienes alguno puesto por ahí encima. También entra algún ingrediente de melancolía –que no de nostalgia–, a qué negarlo. Pero en mi caso más bien poquitos…

  18. Entiendo perfectamente el arrechucho de nostalgia que os ha dado a los dos con las Olivetti, yo también tuve una (but remember: Terminator Mother…), y buenos servicios que prestó a la causa filológica, sí señor. Estoy también de acuerdo en que son unas máquinas hermosas, cargadas de resonancias, de matices, de recuerdos… Sin ninguna duda. Estupendo todo. Pero yo preferiría no tener que volver a usar una. Lo reconozco: yo soy uno de esos seres miserables que están encantados de que existan los procesadores de texto, y de que me permitan editar mis propias paridas a mi gusto, con la tipografía que me dé la gana (por cierto, uno de los inventos del Sr. Jobs, ese de poner a disposición del usuario diferentes tipos, con sus correspondientes variantes en negrita, cursiva et alia) y con los márgenes, espaciados, sangrías y notas a pie de página que se me pongan en la santa voluntad, por no hablar del socorrido cortar y pegar, o de la inserción de imágenes, de tablas, de columnas y hasta del retrato de bodas del Oso Yogui y el puñetero Bubu si se me peta. ¡¡Ah!! Y de imprimir después todas las copias que necesite sin tener que estar tirando de papel carbón, que, no lo olviden Vuestras Mercedes, exigía no equivocarse al teclear, porque en la primera hoja la cosa todavía tenía arreglo con el típex, pero en la(s) de abajo ya no había Dios que lo apañara sin que saliera un churretón.
    ¿Que eso lo inventó Fulano o Mengano? Me importa un pimiento, en la misma medida en que me importa otro pimiento quién diseñó o inventó el airbag de mi coche, o el cierre centralizado, o el ABS, o las luces largas. Lo que hago es disfrutar de todo eso mientras conduzco. De igual modo, lo que me fascina es la posibilidad de tener a mi alcance todas las características que mencionaba antes y unas cuantas más, y a ser posible, en un aparato que no se quede “colgado” cada dos por tres, o que me exija constantes actualizaciones de seguridad, o que… Y ahí convendrán conmigo en que el finado (él mismo -mediante alguna de las 313 patentes registradas a su nombre- o la compañía que fundó) fue uno de los tipos que hicieron que todo lo anterior estuviera al alcance de cualquier persona en el mundo, y eso es lo que yo valoro. Uno no necesita ser mecánico para conducir, igual que uno ya no necesita ser informático para disfrutar de todas las posibilidades que una computadora ofrece (y para sufrir sus inconvenientes). ¿Que no ha sido el único que…? Coño, claro, nos ha fastidiado. Pero es que el que se ha muerto ha sido él. Otros tendrán su momento de duelo -y de gloria- cuando les llegue la hora… O no.

  19. Hola. Pues la casa Olivetti se me hace aún más simpática por cuanto se dice que, a la llegada de los ordenadores personales, intentó evitar el trauma de los despidos masivos reconvirtiendo a sus mecánicos en operarios de montaje informático… y claro, aquello acabó como acabó: crac. Pero, si es cierto, se trata de un detalle conmovedor. (Podría aducir en mi apoyo la documentada obra de Salvatore De Marinis, Strategie della grande industria metalmeccanica italiana lungo il Novecento, Milano, Fioriture, pp. 232-254, pero mentiría si lo hiciera).

    En un piso de segunda mano me encontré –literalmente– una máquina antigua, estilo Underwood, aunque de otra marca que no recuerdo. Escribía perfectamente. Sólo le faltaba el muelle de una de las teclas auxiliares. Todavía la tengo por algún rincón, y no sé qué hacer con ella. La pobre…

    De la figura de Jobs no sé bien qué pensar. Pero a mí eso me sucede con casi todo…

    Saludos.

  20. Otro tebeo. Que lo disfrutes.
    Un abrazo,
    Buen fin de semana.

  21. Desde luego, cuando os ponéis cultos, vaya tela… ¡¡Si seguís así, no juego!! ¡¡Que yo no paso del Marca, hombre!!

  22. Hmmm…, el tema de los tebeos perdidos ya aparece en los seguidores tempranos de Freud [cf. Kaminski et al., “La sustracción edípica de imágenes: bosquejo de un estudio sobre la adquisición del lenguaje en la fase oral”; Analen der Psychanalischen Schriffen, III (1923) , p. 417 y ss.; Bundes Verlag, Dortmund-am-Zee, 1935], y se insinúa en Marx [cf. Schukherhaller & Verbotinsky, “Das Kapital and The Stolen Cartoon; a study case of Prototypical Working Class Education in Sheffield during the 19th Century”, en Proceedings of the International Congress on Education Through Labour (Wroclaw, 1970), vol. II, pp. 59-70.; Clarendon Press, Oxford, 1971].

    Por no hablar de la importancia dada por Wittgenstein a la imagen (das Bild) en el Tractatus: ahí seguro que también, si escarbamos un poco…

    STGM (Sic Transit Gloria, Mafalda)

    P.S. Total solidaridad con Ángel en lo de guardar las Olivetti.

  23. Que yo no malgastaba, caray, que yo era un chiquillo. En todo caso, la que malgastaba era ella, que era la cotizante, con lo que, ahora que lo pienso, supongo que estaba en su derecho de tirar todo lo que quisiera, que para eso lo había pagado ella… Huummm, qué extraña forma de justicia poética, ¿no?

  24. Eduardo, si no hubieras malgastado el dinero en tebeícos ahora tendrías para nuevos chismes ad memoriam Steve Jobs. De todas formas, acepta mi donativo de tres mil mortadelos y dos billetes verdes del Monopoly para tus vicios, sean estos cualesquiera que sean. A mí el iPod… soy tan poco musical…

    En cuanto al modelo de máquina de escribir que sale ahí, es pistonudo. En la casa paterna se conservan dos Olivetti perfectamente usables, y de hecho, una de ella usada casi a diario por mi santo progenitor, que empieza a tener dificultades para encontrar cintas… pero las encuentra aún. No como los viejos disquetes y no digamos los zip, etc.

  25. Mis condolencias. Teníamos una vecina así, que ni siquiera distinguía entre libros y tebeos: todo material impreso ya leído iba a la basura. A veces te lo quitaba de las manos antes de tiempo, lo que daba mayor suspense, si cabe, a las novelas de Marcial Lafuente Estefanía.

    Su casa tenía un aire siniestro de sala de espera: impoluta como un mausoleo (mármol, Lladró y caoba), con su saloncito “para las visitas” y todo.

    Tampoco abría nunca las ventanas (vivíamos en el campo), sino que tiraba de “Air Wick”. Era como volver a Tiempo de silencio (las influencias se notan, así que más vale reconocerlas), pero en plena era pop (1980).

    Para compensar, había otra vecina que compraba todas las colecciones de libros que encontraba encuadernadas en poli-piel (premios Planeta, Obras Maestras de la Literatura Contemporánea de Seix Barral…). Y que no los leía, por supuesto: yo los tomaba prestados sin que se diera cuenta (también era mucho de Lladró y cuadritos de payasos, “pierrots” y polichinelas).

    De ahí mi cultura, fragmentaria pero vehemente.

  26. La manzana de Eva, la de Newton… y la tercera, dicen, tiene el nombre de Steve. Me da penita que se lo haya llevado el cáncer, pero a mí me van a seguir gustando más los Motorola, que se caen en un cubo de agua y siguen “furulando”.

    Por cierto, hola.

  27. Eso es porque no has tenido una Madre-Terminator de última generación, diseñada y programada para eliminar cualquier vestigio de vida humana, vegetativa o cibernética que tuviera más de… ¿cinco días de antigüedad? (incluyendo colecciones completas, en blanco y negro y a color, de Spiderman -¡¡¡¡el número 1 en español, tío, el número 1!!!!-, Cuatro Fantásticos, Capitán América, Capitán Trueno, Guerrero del Antifaz, Patrulla X e tanti quanti… Snif, snif.

  28. Todavía la tengo. Es de 1965. Y funciona (no está a la venta):

    (ya que estamos…).

  29. Mis primeros recuerdos de un Mac son de la época en que aún estaba en la Facultad, o quizás poco después de acabar. La informática se estaba introduciendo en el ámbito académico y casi todo lo que había eran Macs. Tenía un amigo fanático perdido, pero creo que porque él siguió como becario y pudo usarlos, mientras que para los demás, una vez terminamos los estudios, simplemente eran demasiado caros.
    Luego llegó el boom de Windows, los PC’s, los clónicos… El resto es historia.

    Por cierto, a mí me encantan los chismes, como tú dices. Me encanta llevar (casi) toda mi discoteca en los 120 GB de mi iPod, es una alegría cuando te tiras muchas horas de carretera, por ejemplo. Me encanta la función aleatoria, es casi mágica: creo que el pequeño cabr** sabe perfectamente qué música conviene a cada momento del día, y casi nunca me decepciona. Y lo siguiente va a ser un iPad, tarde o temprano. Por cierto, eso me recuerda que mi santo es la próxima semana… por si alguien se da por aludido y organiza una colecta, je, je, je…

  30. Con un Mac pequeñajo comenzó uno sus trajines informáticos. Había quien los llamaba “cabezones”. Nunca olvidaré lo bien que rulaba aquello, lo fácil que era todo, lo chulo que quedaba en pantalla… Y el software era pistonudo. Ay, Señor, lo que yo daría por que Word 4 pudiese correr todavía… Y las impresoras de chorro de tinta… No he tenido otra como la Style Writer, qué perfección en el dibujo de Palatino, qué finura…

    Os aseguro que no es melancolía. ¡Aquello iba de maravilla! Sobre todo en comparación con los IBM. ¡Si es que Windows apenas se estaba introduciendo en España!

    Todo esto os lo dice alguien que no profesa de maquero, en absoluto. Pa’ sectas no estoy ya. Y si he de comprarles chismes, menos aún.

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