Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Literatura a flor de piel

Acabo de caer en la red de tattoolit, un sitio dedicado a tatuajes literarios. Cosas como:

The Amber Spyglass, de Phillip Pullman.

No solo en el costado; también en los antebrazos:

The Giving Tree, de Shel Silvertein.

En la espalda:

Invisible Monsters, de Chuck Palahniuck.

En las tierras fronterizas, entre la espalda y el costado:

Lolita, de Vladimir Nabokov

Muslos:

Alice's Adventures in Wonderland, de Lewis Carroll.

Hombro izquierdo:

The Gunslinger, de Stephen King.

Hombro derecho:

Peter Pan, de J. M. Barrie.

Hay tatuajes que ocupan sitios más interesantes, pero estamos en horario infantil… Algunos de ellos, no me cabe duda, son obras de arte. Obras de arte que se irán arrugando conforme el soporte físico -el canal– que las sustenta vaya perdiendo lozanía y juventud, tersura y suavidad. Sería curioso ver cómo habrán envejecido estos tatuajes dentro de cuarenta, cincuenta o sesenta años. Podríamos estar ante una profesión de futuro: un Ciclo Formativo de Grado Medio en Restauración de Tatuajes y Regeneración de Pigmentos; o de Grado Superior, concebido para tratar las pieles de quienes fueron turbadora, proféticamente hermosos en su juventud.

Todo esto me ha recordado una película que vi hace muchos años en el difunto Cine Echegaray, The Pillow Book (1995), de Peter Greenaway, uno de esos directores que no admiten término medio: o lo amas con pasión, o lo odias a muerte. Imaginaos en qué bando militaba yo cuando todavía me interesaba en esas cosas.

En esta película, el tema de la fusión de literatura y cuerpo alcanza grados de belleza (y de hermetismo, todo hay que decirlo) indescriptibles a través de la historia de la joven Nagiko, cuyo cuerpo termina siendo el lienzo en que se escribe un libro único.

No recuerdo mucho de la película, hace demasiado tiempo, y yo aquel día tenía la cabeza en otros asuntos, de índole menos trascendente, pero más divertida. Sí sé que salí fascinado del cine. Es el poder que emana de las películas de Greenaway, con las que a veces -muchas, no vamos ahora a pretender ser más listos de lo que somos-, tiene uno la sensación de no haberse enterado de un carajo. Pero, por todos los dioses… ¡qué imágenes! A ver si la pillo y la vuelvo a ver, hombre.

Mientras eso ocurre, era inevitable que se me apareciese otro de mis fantasmas de cabecera, que ya llevaba días rondando por la casa; estoy hablando de «Tatuaje», que inmortalizara doña Concha Piquer. La historia de aquel marinero que vino en un barco de nombre extranjero, y que era hermoso y rubio como la cerveza. Aquel marinero en cuya voz amarga había la tristeza, doliente y cansada, del acordeón. Ante dos copas de aguardiente, sobre el manchado mostrador, él fue contándole entre dientes la vieja historia de su amor:

Mira mi brazo tatuado
Con este nombre de mujer.
Es el recuerdo del pasado
Que nunca más ha de volver.
Ella me quiso y me ha olvidado;
En cambio yo, no la olvidé.
Y para siempre voy marcado
Con este nombre de mujer.

Él se fue una tarde, con rumbo ignorado, en el mismo barco que lo había depositado en esa costa ignota. Desde aquel día, ella, errante, lo busca por todos los puertos; a los marineros pregunta por él. Y nadie le dice si está vivo o muerto, y sigue en su duda, buscándolo fiel. Y va sangrando lentamente, de mostrador en mostrador, ante una copa de aguardiente, donde se ahoga su dolor:

Mira tu nombre tatuado
En la caricia de mi piel.
A fuego lento lo he marcado
Y para siempre iré con él.
Quizás ya tú me has olvidado,
En cambio yo no te olvidé,
Y hasta que no te haya encontrado
Sin descansar te buscaré.

Me encantan estas piruetas… Aloha.

P.S.: Por si hace falta decirlo, se entiende que TODOS LOS DERECHOS de estas imágenes PERTENECEN A SUS LEGÍTIMOS PROPIETARIOS (c). ¡Ah! Y por alguna razón que se me escapa, el editor de texto no me deja poner los títulos en cursiva. Misterios de la informática.

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5 pensamientos en “Literatura a flor de piel

  1. Ah, la Piquer… De jovencito la detestaba. Luego aprendí a oírla a ella, no al símbolo que (para mí y para muchos) encarnaba. Qué buena era la muy diabla… “Ay, trece, trece de mayo…”

    Saludazos.

    Ángel

  2. Como te conté, en otra vida la habría cantado -la canté- yo mismo. Pero ahora no tengo cervezas que robar ni mesa en la que subirme. Ni ganas de volver a hacer el ridículo.
    Otro para ti.

  3. Enhorabuena por este post. Sólo una sugerencia: mejor, con música. Como no todo el mundo tiene el disco, pongo gentilmente el enlace:

    Un saludo.

  4. Aquí, más importante que el hecho de tatuarse en sí, interesa el tema tatuado. Todo lo demás, son opciones personales tan dignas como cualquier otra y su contraria.
    Gracias por la visita.

  5. En fin, lo de tatuarse como lo de perforarse, por mucho que quieran parecer distintos, es solo una manera más de ser igual que la mayoría… Mi opinión, claro…

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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