Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Un puzzle al que le sobran piezas

Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Editorial, 1998; cito por la edición en El Libro de Bolsillo, 2001, pág. 330:

Estoy una vez más a punto de mudarme. Sobre el polvo antes oculto en rincones insospechados y ahora descubierto al cambiar los muebles de sitio, se alzan, de manera inestable, columnas de libros, semejantes a rocas esculpidas por el viento en un paisaje desértico. Mientras edifico montón tras montón de volúmenes familiares (algunos los reconozco por el color, otros por la forma, muchos por algún detalle de las sobrecubiertas cuyos títulos trato de leer cabeza abajo o desde un ángulo extraño) me pregunto, como suelo hacerlo periódicamente, por qué conservo tantos libros que, lo sé perfectamente, nunca volveré a leer. Me respondo que, cada vez que me desprendo de un libro, descubro pocos días después que era precisamente ese el que estaba buscando. Me digo que no hay libros (o muy pocos, poquísimos) en los que no haya encontrado algo que me interese. Me digo que, en primer lugar, los he traído a mi casa por alguna razón, y que esa razón puede volver a ser válida en el futuro. Recurro a excusas de exhaustividad, de rareza, de vaga erudición. Pero sé que la razón fundamental para conservar esta colección siempre en aumento es algo semejante a una voluptuosa codicia. Disfruto con el espectáculo de mis estanterías abarrotadas, llenas de nombres más o menos familiares. Me complace saber que estoy rodeado por algo que se asemeja a un inventario de mi vida dándome indicios sobre mi futuro. Me gusta descubrir, en volúmenes casi olvidados, huellas de lector que fui en otro tiempo: frases garrapateadas, billetes de autobús, trozos de papel con nombres y números misteriosos, a veces una fecha y un lugar en la solapa del libro que me hacen volver a determinado café, a una lejana habitación de hotel, a un remoto verano de otros tiempos. Podría, si tuviera que hacerlo, abandonar estos libros míos y empezar de nuevo, en algún otro sitio; lo he hecho antes, varias veces, por necesidad. Pero en tales ocasiones he tenido que reconocer una pérdida grave, irreparable. Sé que algo muere cuando renuncio a mis libros, y que mi memoria sigue volviendo a ellos con afligida nostalgia. Ahora, con el paso de los años, mi memoria recuerda cada vez menos y se parece quizás a una biblioteca desvalijada: muchas de las habitaciones están cerradas, y las que siguen abiertas y disponibles para consulta presentan grandes huecos en sus estanterías. Tomo uno de los libros que aún quedan y compruebo que varias de sus páginas han sido arrancadas por vándalos. Cuanto más decrépito es el estado de mi memoria, mayor es mi deseo de proteger este almacén de lo que he leído, esta colección de texturas y voces y perfumes. Poseer estos libros se ha convertido para mí en algo de máxima importancia; soy un celoso amante del pasado.

Ya casi todo(s) vuelve(n) a estar en su sitio. Incluso una parte de los desahuciados han sido acogidos en hogares decentes por tantos de vosotros a quienes me honro en llamar amigos. Gracias por ayudarme en este trance, aunque aún me quedan unos cuantos huerfanitos. Tristes. Desamparados.

Por no hablar de las estanterías, que yacen desmontadas en la terraza, sus baldas apiladas en espera de pasar por el contenedor de reciclamiento. Fueron las primeras que tuve: mi padre las encargó cuando se convenció de que la manía del niño de comprar libros era algo más que una fiebre pasajera. Previsor como es, la primera la encargó con más fondo de lo habitual, lo que me permitió tener los libros «en doble fila» durante un porrón de tiempo. Luego vino la otra, más oscura, y que ocupaba un testero del salón, mucho más elegante, como más «culta», no sé si me explico. Las dos han seguido mis pasos todos estos años, y hoy son ellas las que muestran las huellas del tiempo, que ha combado inmisericorde sus baldas y las ha vencido. Supongo que es justo: a mí me arrebató el flequillo, así que… De todas formas, me mueve a compasión verlas así: tantas noches pasadas junto a sus maderas, innobles pero honradas. Han visto pasar mis días, y con ellos a amigos, a mis cómplices, a mis amantes. A mis amadas.

Ojalá fuera la Noche de San Juan, para darles el digno final con que los guerreros vikingos muertos en combate emprendían el camino del Valhalla.

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9 pensamientos en “Un puzzle al que le sobran piezas

  1. No eres pesada en absoluto, tranquila. Es muy bonito lo que dices. Lo que yo siento es haberme puesto sensible esta mañana, pero se me han venido de golpe a la cabeza unos cuantos recuerdos familiares inesperados que me han abrumado. Siento el espectáculo lamentable.

  2. ¡Buenas noches!
    No fue el momento de decirlo en clase, así que aquí estoy, después de todo el día acordándome de esta entrada.
    Soy “pequeña” y sé cómo es ese sentimiendo de tristeza pero alegría a la vez al dar un libro a otra persona. Un libro que, probablemente, no iba a leer más en mi vida, pero todos mis libros tienen mis pequeñas marcas que significan demasiado para mí. No sé si yo me explico también. Pero me alegra pensar que esas personas disfrutarán al menos una pequeña parte de lo que yo disfruté con ellos.
    No sé, pero tenía que decirlo, siento ser pesada.
    Hasta mañana.

  3. Gracias…

  4. Muy bonito lo que escribiste ^^

  5. O por suerte, Laura, o por suerte.

  6. Laurita B en dijo:

    Sí, por desgracia vivir se lleva consigo el tiempo.

  7. El texto expresa perfectamente el pensamiento que me viene a la cabeza cuando la gente me pregunta por qué no soy capaz de dejar de comprar libros y pedirlos en la biblioteca, o por qué no soy capaz de desprenderme de ellos. La próxima vez que me lo pregunten les digo que lean esta entrada 🙂
    ¡Enhorabuena por haber (casi) terminado el trabajo! Es duro, “lo sé”, yo de vez en cuando me pongo a reordenar libros y cosas y se hace eterno D:
    ¡Un abrazo! 😀

  8. Gracias, Ángel, gracias. Sé que va a sonar a falsa modestia, pero si vieras el sonrojo que me produce cuando me decís ese tipo de cosas tan bonitas…
    Y conste que no me olvido de lo tuyo. Será lo siguiente.
    Un abrazo.

  9. Jopo, qué entrada más bonita te has marcado, majo. El texto de Manguel, muy cierto. Aunque cuando pienso en los libros que uno va juntando no puedo evitar recordar aquella secuencia famosa de Un perro andaluz en que un personaje tira, desesperado, de un cargamento absurdo y heteróclito: el piano, el burro muerto, los dos hermanos maristas… En eso corremos el riesgo de convertirnos (ya ves, sigue gobernándome mi saturnal vertiente libricida).

    En cuanto al texto que pones de tu cosecha, creo que se entiende perfectamente. No sólo eso: remueve el alma y la memoria.

    Enhorabuena por el fin (o casi) de la tarea.

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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