Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Bret Easton Ellis strikes again

Sweetness, sweetness I was only joking
when I said I’d like to smash every tooth
in your head

Oh… Sweetness, sweetness, I was only joking
when I said by rights you should be
bludgeoned in your bed

Que viene a decir:

Cariño, cariño, solo bromeaba
cuando dije que me gustaría partirte
la cara.

Oh… Cariño, cariño, solo bromeaba
cuando dije que merecerías ser
apaleado en la cama.

Saco a colación estas primeras estrofas de «Bigmouth strikes again» (1986), de The Smiths (grupo al que ya sabéis que profeso algo más que admiración) para hablar de Bret Easton Ellis (Los Angeles, 1964). Porque, además de ser otro dedicated follower de los de Manchester, él también se ha señalado en más de una ocasión como un bocazas de categoría. Y porque, si el asunto va de romper bocas y apalear, poca gente ha descrito con mayor crudeza la crueldad y la saña con que puede emplearse el ser humano contra sus semejantes. Anda que no hay gente por ahí que no pudo terminar de leer American Psycho (1991). Pero, como diría Patrick Bateman, vayamos por partes.

«DESAPAREZCA AQUÍ»

Viene esto a cuento de que no hace mucho que se ha publicado la última novela de Ellis, Imperial bedrooms, que aquí se ha traducido como Suites imperiales (Mondadori, 2010). Y como se trata de un autor al que sigo desde la noche de los tiempos, no quería dejar pasar el envite. Lo primero que llama la atención es que ha vuelto a elegir como título de una de sus novelas el de una canción de Elvis Costello. Si en 1985 acudió al primer LP de Costello, My aim is true (1977), concretamente a la segunda canción de la cara B, «Less than zero», para titular su primera novela, ahora se fija en el título del LP que aquel editó en 1982. «Imperial bedroom» es también el título de una canción, pero que no formó parte del LP, sino que fue la cara B del single «Man out of time» (1982). Posteriormente, fue incluida en un recopilatorio de 1987, Out of our idiot.

Ya lo sé, la portada es fea de coj****

Además, los primeros versos de «Beyond belief», la canción con que empieza el disco de Costello, son también los que abren la novela:

History repeats the old conceits
The glib replies, the same defeats

Las palabras no pueden ser más adecuadas a lo que nos aguarda en el libro. Porque lo que hace Ellis es retomar las vidas de los protagonistas de Less than zero. Han pasado veinticinco años y, como entonces, asistimos a la vuelta a casa de Clay, el protagonista. Ayer, con dieciocho años, manifestaba en algún momento:

no encuentro nada que me apetezca y no tenga ya. (pág. 84; cito por la edición de Anagrama, 1992)

O:

ya no hay muchas cosas que hacer. (pág. 112)

Hoy, con cuarenta y cinco, y asumida su falta de talento, sabe que su mundo:

Es un mundo donde ponerte ciego es la única opción. (pág. 61)

En Less than zero (que fue saludada por la crítica como El guardián entre el centeno de la generación de los 80), Clay mantiene una relación -o algo así- con Blair, pero se muestra incapaz de sentir nada por nadie. La novela transcurre en un baño de fiestas, drogas, sexo y violencia. Es un tarado emocional, pero los que lo rodean no parecen mucho mejores. Este diálogo de Clay con Rip, su camello, resume a la perfección la actitud del grupo de pobres niños ricos cuyas vidas disecciona Ellis con maestría:

—Pero tú no necesitas nada. Lo tienes todo —le digo.
Rip me mira.
—No es cierto.
—¿Qué?
—No lo tengo todo.
Hay una pausa y luego pregunto:
—Mierda, Rip, ¿y qué es lo que no tienes?
—No tengo nada que perder. (págs. 166-167)

Sus padres están separados, y Clay pasa las vacaciones en la mansión familiar, con su madre y sus dos hermanas, de trece y quince años de edad. Sus relaciones tampoco tienen desperdicio:

—Mamá, dile que me conteste. ¿Por qué cierras la puerta con llave, Clay?
Me doy la vuelta.
—Porque vosotras dos me robasteis cinco gramos de cocaína la última vez que dejé la puerta abierta. Por eso.
Mis hermanas no dicen nada. De la radio surge «Enfermeras adolescentes en esclavitud» por un grupo que se llama Gatita Asesina, y mi madre dice que si tenemos que oír aquello, y nadie dice nada hasta que se termina la canción. Cuando llegamos a casa, mi hermana menor me dice al pasar junto a la piscina:
—Eso es mentira. Puedo conseguirme mi propia cocaína. (págs. 23-24)

¿Ha cambiado algo en estos veinticinco años? Poca cosa: todos tienen un cuarto de siglo más encima, pero siguen comportándose como los adolescentes pasados de rosca que fueron, con el agravante de que ya son más que cuarentones, y ahora es a ellos a quienes los jóvenes ven como dinosaurios. El Clay de 1985 observa sin piedad:

Uno de los chicos de la U.S.C. que estaba en la fiesta de Blair está también aquí y mira al viejo, unos cuarenta o cuarenta y cinco años… (pág. 32)

Con un atisbo de lucidez, el Clay de 2010 habla de la…

juventud, un lugar al que ya no perteneces. (pág. 23)

Y aguanta estoicamente que Rain, una «actriz tonta y putilla» (pág. 80) de segunda fila, le espete:

—Pero tú estás bien para los años que tienes —dice ella, acariciándome la cara—. Aparentas diez menos. Te has retocado, ¿verdad? (pág. 52)

Lo bueno es que él no se engaña. Sabe lo que hay:

De pronto me veo reflejado en un espejo del rincón del dormitorio: un adolescente envejecido. (pág. 60)

Clay es ahora guionista de cine. Sigue sin enterarse de nada, pero su inconsciencia es cada vez más peligrosa y el único que parece no reparar en ello es él. Blair está casada con Trent, exmodelo metido a productor cinematográfico. Julian, el mejor amigo de Clay, ha pasado de joven prostituto a discreto chulo de alto standing. Las páginas en que se describe su muerte erizan los vellos del cogote. Rip, el camello, vive ahora desfigurado por una operación de cirugía estética. Su poder y su maldad parecen no tener límites. Et caetera.

Como en la anterior novela, la voz de Clay es la que narra los acontecimientos, y lo hace con gran desapego, casi con desinterés. Sigue siendo el mismo Clay que a los dieciocho años le decía a una Blair que intentaba averiguar qué había entre ellos dos:

—No quiero que me importe nada. Si me importan las cosas es peor. Se convierten en una cosa más de las que me molestan. Es menos doloroso si no te importa nada. (pág. 179)

¿Lo ha conseguido? A duras penas. Los años le han traído una sucesión de fracasos amorosos, y, cada vez, la promesa de que esa era la última. Pero todos sabemos, y Clay sabe, que eso es imposible. Por mucho que se repita a sí mismo: «Mira bien a quién dejas entrar en tu vida.» (pág. 90). Blair acaba por confesarle:

—Siempre pensé que podría cambiarte. Todos esos años.
—Pero ¿habría sido lo que realmente querías tú? —Me paro a pensarlo— ¿O lo que realmente quería yo?
—Lo que tú realmente quieres no existe, Clay. (pág. 109)

La música popular, como en todas las de Ellis, ocupa su espacio en la novela. Entre las páginas de Imperial bedrooms resuenan, además de Elvis Costello, viejas canciones de Culture ClubDuran Duran, Altered Image, BeckDavid BowieBruce Springsteen, pero también «Racing like a pro», de The National, «How to save a life», de The Fray, o «What’s a girl to do?», de Bat For Lashes.

¿Hay algo más? Sí: vacío. Fundamentalmente, eso es lo que hay. Tras el lujo, las drogas, el sexo, los iPhones a los que se aferran, tras los gimnasios y las terapias, lo que permanece es el mismo vacío que ha acompañado las vidas de los personajes en los últimos veinticinco años. Ahora existe internet y Clay no puede dejar de mirar en YouTube un video en el que unos tipos torturan salvajemente y matan a Amanda, la compañera de piso de Rain. Los cachorros han crecido y sus colmillos se han afilado y retorcido hacia arriba, pero, en el fondo, todo sigue igual. Los Ángeles es el escenario de una interminable película de terror, y los personajes que se mueven por ella lo saben y lo asumen («Bueno, tú ya sabes cómo son las cosas por aquí» le dicen a Clay en más de una ocasión). Lo que hay es lo que hay, y más vale que lo aceptes. Y lo que hay es nada: sus vidas siguen tan hueras en la primera década del nuevo milenio como lo estuvieron en los ochenta. ¿Tendría algún sentido que hubiera sido de otra forma?

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