Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Los días contados

Alguna vez he comentado que hace tiempo que «milito» en una tertulia literaria. El último jueves de cada mes, desde hace años (diez, el próximo enero), nos reunimos un puñado de lectores para compartir impresiones y experiencias en torno a la lectura de un determinado libro. En estos muchos meses ha habido momentos espléndidos de discusión apasionada, y hemos tenido la suerte de descubrir autores cuyas obras han ampliado nuestros horizontes literarios. También, empero, hemos padecido otros «de cuyo nombre no quiero acordarme», que decía el de Alcalá.

De entre los primeros -que han sido, que son mayoría, gracias sean dadas a los dioses-, guardamos especial memoria de aquellos en que hemos tenido la oportunidad de ser acompañados por el autor del libro. No hace mucho hacía mención a ello cuando os hablaba de las tertulias con Rodrigo Fresán o con Campos Reina. Pues bien, en la última que hemos celebrado, el pasado 29 de abril, volvimos a ser honrados con la presencia de Luis Miguel Solano, editor de Libros del Asteroide, una editorial que en apenas cinco años han conseguido poner en el mercado editorial hispánico un catálogo de obras y autores de una calidad abrumadora. En 2008, con apenas tres años de andadura, ya le fue concedido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial. Creedme si os digo que probablemente estemos ante una de las empresas editoriales de más largo y ambicioso aliento de nuestro panorama literario, y que lleva camino de convertirse en una editorial de referencia para todo aquel que aspire a considerarse a sí mismo como lector culto en nuestros días.

Luis Miguel Solano (Foto de: El País)

Decía que «volvimos a ser honrados» porque esta ocasión es la segunda en que Luis nos visita. La primera fue a finales de enero de 2009, con motivo de la lectura de El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein, obra profundamente triste y conmovedora -pero, paradójicamente y al mismo tiempo, divertidísima- cuya huella en Hawaii ha sido más que recurrente, y que, personalmente, constituyó una revelación literaria. Pinchad aquí, aquíaquí y lo comprobaréis.

«Si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales»

En aquella tertulia, el propio Luis nos comentaba que estaba a punto de publicar una obra que él mismo consideraba como la más importante de cuantas había publicado nunca, la obra de un autor húngaro desconocido en nuestra lengua y que, prohibida durante más de cuarenta años por los regímenes comunistas, había vuelto a la imprenta a raíz de una traducción al inglés que estaba maravillando a sus afortunados lectores. Nos estaba hablando de Los días contados, de Miklós Bánffy.

«Mene, mene, Tekel, Uparsin» (Libro de Daniel, 5:26)

De ese encuentro salió el compromiso -cumplido, como os digo, hace un par de semanas- de reunirnos de nuevo para hablar de Los días… cuando estuviera ya publicado. Sobre la tertulia en sí, os contaré que fue un placer y un privilegio que Luis compartiera con nosotros algunos de sus «secretos profesionales» en lo que se refiere al proceso de elección del libro, traducción, edición, portada… Sobre el libro, os diré que las expectativas no sólo no se defraudaron, sino que se han visto superadas con creces: Los días contados es una obra monumental (y no sólo por su volumen de páginas, que también), y su lectura, un festival para los sentidos literarios.

Vayamos por partes.

Empecemos por ocuparnos de la figura del autor, Miklós Bánffy. Descendiente de una de las dinastías aristocráticas más importantes de Transilvania, Miklós Bánffy, conde de Losoncz, nació en Kolozsvár, Hungría (hoy Cluj-Napoca, Rumanía), en 1873. Como le correspondía por su linaje, desempeñó diversos cargos políticos, el más importante de los cuales fue el de ministro de Asuntos Exteriores de Hungría. Pero también fue músico, director de ópera, dramaturgo novedoso y escenógrafo vanguardista, fundador de editoriales e impulsor de las letras, pintor y escultor, amén de modernizador de la agricultura de su país y experto criador de caballos.

Un aristócrata transilvano

Como ministro le tocó vivir en 1920 la firma del Pacto de Trianon, que ponía fin a la Primera Guerra Mundial y, de paso, a la existencia de siglos del Imperio Austro-Húngaro, de cuyas ruptura y liquidación nacieron nuevos estados independientes (Austria, Hungría, Yugoslavia, Polonia…). Transilvania, patria chica de Bánffy, pasó a formar parte de Rumanía. Sus tierras fueron expropiadas y, cuando al cabo, se le permita volver a ellas, será con la condición de no asumir cargo político alguno durante diez años.

En esa etapa de su vida Bánffy se dedica intensamente a fomentar la lengua y la cultura húngaras en Transilvania, ahora territorio rumano. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, y tras la reanexión de Transilvania por Hungría, Bánffy vuelve a la escena política de manera activa. Cuando acaba la guerra, y con Transilvania de nuevo rumana, las autoridades le permiten a Bánffy refugiarse en una de las habitaciones del servicio que ha sobrevivido a la quema del castillo familiar. En ella malvive hasta que la situación se vuelve desesperada y en 1947 abandona su tierra transilvana para no volver jamás. Pobre y olvidado de todos, muere en 1950.

El régimen comunista impuso un velo de silencio sobre la figura y la obra del aristócrata -y, por ende, enemigo del pueblo- Miklós Bánffy, y generaciones de lectores ignoraron su existencia hasta que en 1982 volvió a ser editado en Transilvania. En Hungría tuvieron que esperar a 2006. En nuestra lengua, Bánffy, simple y llanamente, ha sido un desconocido hasta ahora.

En cuanto a su obra, queda dicho que fue variada: le dio a casi todos los palos literarios. La que nos reunió a unos cuantos amigos es Los días contados (1934), primera parte de la llamada Trilogía transilvana, compuesta además por las novelas Las almas juzgadas (1937) y El reino dividido (1940). A falta de la lectura del último volumen, aún en proceso de traducción, os puedo asegurar que se trata de «un impresionante fresco de la sociedad y la política húngara inmediatamente anterior a la primera guerra mundial.» Son palabras extraídas de la solapilla del libro, pero que, en este caso, se corresponden con lo leído. Lo juro. Hasta el punto de que, después de meterme entre pecho y espalda las seiscientas sesenta y seis páginas del primer volumen, corrí a comprar el segundo. Quinientas veintiocho páginas que devoré en un sábado y la mañana del domingo, porque no me resistía a dejarlo.

La novela se centra en tres personajes: «el joven conde Bálint Abády, que acaba de regresar de un puesto diplomático en el extranjero para asumir las responsabilidades políticas y económicas propias de su posición; su primo László Gyerőffy, prometedor artista; y su amiga Adrienne Miloth, infelizmente casada». Sus peripecias vitales le servirán a Bánffy para desplegar ante nuestros ojos asombrados toda la inconsciencia de una sociedad, la aristocracia gobernante de los años finales del Imperio Austro-Húngaro, fascinante en su decadencia suicida, ajena a los acontecimientos que ocurrían en Europa en los años primeros del siglo XX:

Entre los miembros de la alta sociedad de Budapest, sólo unos pocos se dedicaban en cuerpo y alma a la política. Había otros asuntos más importantes, o al menos igual de importantes. Por ejemplo, la competición hípica, que era tan interesante y apasionante como la cacería otoñal. Para convocar al Parlamento, una reunión de partidos o al comité del casino, en verano había que tener en cuenta la caza de la perdiz, en septiembre la del ciervo, a principios de invierno la del faisán, y en primavera los días de carrera, para poder intercalar las asambleas entre estos acontecimientos. Cuando acababan las carreras en Budapest comenzaba la temporada de derbis en Viena, que atraía a mucha gente. Por tal razón, se descartaba esa época del año para organizar eventos importantes. (pág. 378).

Suntuosos bailes, emocionantes cacerías, duelos por honor, opíparas cenas y pantagruélicos almuerzos, rondas nocturnas, hipócritas galanteos, interminables partidas de naipes… ocupan las noches y los días de una clase que acumulaba en sí todos los privilegios y que se mostraba ciega ante los cambios sociales y los acontecimientos políticos que desembocarían en el asesinato en Sarajevo de Franz Ferdinand, el heredero del trono, suceso con el que, como todos sabéis, se origina la Primera Guerra Mundial:

Era un abundante desayuno transilvano: carne, tocino, ahumado, buñuelos, pan frito, pasteles, mantequilla, miel líquida y en panalillos, fruta y, naturalmente, café con leche de búfala. La condesa Róza apenas saboreó esas delicias, sólo tomó café y fresas; pero puesto que consideraba que las cosas no debían cambiar nunca, mandaba que la señora Baczó pusiera la mesa todas las mañanas como si esperara a un regimiento. (págs. 456-457; las negritas son mías, comme d’habitude).

Bánffy nos muestra ese mundo terminal a través de la mirada atónita del conde Bálint Abády, personaje tras el que apenas se oculta el propio autor. Abády, enamorado irremisiblemente de la hermosa y malmaridada Adrienne, es un hijo de su tiempo y de su clase, pero parece ser el único que percibe las señales de descomposición que van a desembocar en la catástrofe de la Gran Guerra. Acompañamos a Abády en su natural devenir por el mundo alocado y placentero de la clase social a la que pertenece, adorando galantemente a Adrienne, brillando en los bailes de temporada. Pero también lo veremos ocupándose de sus tierras, en las que quiere introducir los métodos de la moderna agricultura, y estaremos junto a él cuando participe en las sesiones del parlamento húngaro, en el que se discute vivamente sobre cuestiones que parecen insignificantes, pero de las que, en el momento oportuno, se hará casus belli con tales inquina y encono, si se me permite la floritura, que arrastrarán a todo el mundo hacia el abismo de la guerra:

Un aire pesimista y fúnebre, de fatalidad, muerte y renuncia inevitable y anunciada, en sombrío contraste con el frenesí de un ambiente de loca, despreocupada e inagotable alegría, del que parecen no lograr desligarse ni hallar consuelo posible los jóvenes y románticos protagonistas de Los días contados, antihéroes cada uno a su manera, inmersos en una amalgama de ilusiones perdidas, amores frustrados, políticas indefendibles con sensatez, sueños de regeneración y modernización evaporados  y carreras artísticas brutalmente cercenadas. (pág. XIII del Prólogo).

En una novela de casi setecientas páginas (que son, no lo olvidemos, solo un tercio del total de la historia) hay lugar para mucho. Al principio, cuesta recordar los nombres e identificarlos, por ser el húngaro una lengua tan ajena a la nuestra, pero poco a poco se consigue. Y el esfuerzo deja paso a la fascinación, no sólo por la historia que se nos cuenta, que también, sino, sobre todo, por la forma magistral en que se hace. Periódicamente se publicita tal o cual libro como la obra cumbre de…, o la novela que cambia la historia literaria de…, y uno, perro viejo ya en estas lides, tiende a desconfiar de tales anuncios, y casi siempre con razón. No es el caso que nos ocupa: Los días contados, ya lo he dicho, es una obra maestra, que se prolonga en Las almas juzgadas, y supongo que también en la tercera parte y última de la trilogía. Al hablar de Miklós Bánffy, la crítica ha invocado los nombres de Tólstoi, de Musil, de Proust o de Lampedusa. No es exagerado. En absoluto. Estamos ante un autor que, con una obra deslumbrante bajo el brazo, irrumpe en el banquete donde concurren los más grandes novelistas del siglo XX y ocupa su lugar entre ellos con naturalidad y pleno derecho. Y que es recibido con jolgorio.

La lectura de Los dias contados y de Las almas juzgadas me ha devuelto por sorpresa a mis primeras experiencias lectoras, una sensación perdida en el correr de los años y en la acumulación de libros, no todos merecedores del tiempo que les dediqué. A ver si me explico. Esta novela es, en sentido estricto, una novedad editorial. Es una obra absolutamente inédita en nuestro mercado editorial y, por ende, en nuestro panorama lector. A ver si no: que levanten la mano los españolitos más que medianamente cultos que sabían de la existencia de Miklós Bánffy. Pues eso.

El caso es que cuando estás ya «maleado» como lector, esto es, formado, te enfrentas a las novedades con una cierta predisposición de ánimo sobre lo que te espera nada más abrir el libro. Hoy se escribe de una determinada forma, como en el siglo XVI se escribía de otra, o en el XIX de otra bien distinta, y es normal que así sea. El golpe, inesperado y gozoso, viene cuando la novedad literaria te devuelve repentinamente una forma de escribir hoy por hoy prácticamente desaparecida: el júbilo de descubrir un clásico cuando ya uno pensaba que ese era otro de los placeres de juventud arrebatados por «la edad ligera». Es como si de pronto surgiera un nuevo autor que escribiera como, qué sé yo, Galdós, pongamos por caso. Pues ésa fue la impresión que me llevé al empezar a leer Los días contados:

Una tarde soleada de principios de septiembre. La luz brilla tanto que las alondras, embriagadas por el resplandor, suben hacia el cielo diáfano, batiendo sus diminutas alas por unos momentos en las alturas, para luego caer en picado, pasar por el suelo en vuelo rasante y volver a subir una y otra vez. Tal vez piensan que sigue siendo verano.
El campo está todavía verde, incluso los montones amarillos de rastrojo están cubiertos por una fina capa de moho, llenos de menudas espigas gualdas que se mecen junto a las amapolas tardías de color carmesí.
Las suaves colinas del río Maros bajan por una ribera hacia el camino real, por la otra se elevan a la derecha detrás de los prados; los frutales de las lomas y los bosques que coronan los tesos están aún verdes. Nada indica todavía la inminente llegada del otoño; sólo la fruta madura del bonetero decora con gotas anaranjadas las hojas marchitas, mientras el follaje comienza a teñirse de color sangre. (pág. 7).

Si a lo anterior unimos la visión casi bucólica de una naturaleza edénica, la sensación de mundo vivido (no estará de más recordar que Bánffy vivió una vida muy parecida a la que describe en las páginas de su novela: lo que hace no es sino dar cuenta del que fue su hábitat natural) y la lucidez e ironía -más que teñidas ambas de la melancolía de quien ha presenciado los últimos estertores de un mundo que agonizaba sin reparar en ello y que ahora vive para contarlos- con que el autor se enfrenta a sus fantasmas, el resultado es, como decía al principio, una fiesta para los sentidos literarios que uno no puede sino recomendar. Quien bien te quiere, te hará leer.

Hay algo más. La lectura de Los días contados y, sobre todo, de Las almas juzgadas provoca un extraño malestar al pasar aquellas páginas en que el autor va desgranando los acontecimientos de la política austro-húngara y, por extensión, europea de aquellos años. Hay actitudes, triquiñuelas de partido, reivindicaciones sociales, políticas, lingüísticas… que al lector español, tan aparentemente ajeno a ese mundo, le suenan a más que conocidas… Porque, aunque parezca mentira, se corresponden punto por punto con ciertas actitudes, triquiñuelas de partido, reivindicaciones sociales, políticas, lingüísticas… que vivimos a diario en el parlamento nacional y en los parlamentos autonómicos. Es pasmoso, y la sensación, como digo, es, en primer lugar, de reconocimiento, y después, de malestar.

En este punto, tal vez sería menester traer a colación un libro publicado hace tres años: El estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España, de Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor (Madrid, Editorial Trotta, 2007). En esta obra se describe el conglomerado de pueblos, naciones y lenguas sobre el que se asentó el Imperio Austro-Húngaro, el cual se basó en un modelo «dual» siempre puesto a prueba por las constantes reivindicaciones de  unos y otros. El asombro viene cuando se descubre que, a finales del siglo XIX y principios del XX, el nacionalismo periférico en España se acoge a este modelo para plantear sus relaciones con el Estado. Y lo que es más asombroso aún: que es el que se sigue invocando hoy día (España como «nación de naciones», la idea de España como «concepto discutido y discutible»), aun conociendo exactamente en qué vino a resultar dicho modelo. Especialmente interesante es el capítulo dedicado a la cuestión lingüística. Da susto.

Por cierto, también constituyen una pieza digna de atención las diez páginas del prólogo, debidas a Mercedes Monmany, que sitúan perfectamente la figura y la obra de Bánffy en el contexto de la literatura europea del periodo de entreguerras.

Vale. Ya me callo. Pero todavía una última cosa. Dicen que de bien nacidos es ser agradecidos, y yo me tengo por tal. Ya tuve la ocasión de hacerlo en persona, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de dejar constancia escrita: Luis, una vez más, gracias. Como lector y como ciudadano.

Aloha.

P.S.: Por cierto, acabo de reparar en la involuntaria paradoja en que he incurrido al titular las dos últimas entradas: si ésta versa sobre «días contados», la anterior aludía a mis días sin fin. Qué curioso…

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11 pensamientos en “Los días contados

  1. Ahora empieza lo bueno: vivir tu vida, dedicarte a lo que siempre soñaste. Y disfrutar antes de que algún hijoputa venga a fastidiarte ese sueño.
    ¡Ah! Y trabajar mucho para pagar unos hermosos impuestos con los que costear la seguridad social de los que pronto seremos venerables ancianitos los unos, viejos verdes los otros.

  2. Sta. Ramírez en dijo:

    http://www.iesboliches.org/08_dace/Triptico%20orlas%202010.pdf

    Ya está. S’acabó. Y ahora, ¿qué? Snif…

  3. Tienes razón, Ángel, en esta ocasión no cito a Magris, aunque ya le dediqué dos entradas hace tiempo (pon ‘Magris’ en la ventanita de buscar y vas de cabeza). Hará un año o año y pico que le dedicamos una tertulia, y lo cierto es que no ha envejecido mal, por lo que yo recuerdo, aunque en algunos aspectos los acontecimientos lo hayan sobrepasado.
    Un abrazo.

  4. Pues imagínate si no te voy a guardar yo que a mí no me hayas hecho trufas en estos dos años… Que yo también tengo mi corazoncito. Y es muy rencoroso, que lo sepas…

  5. ¡¡¡Estoy indignada!!!
    ¡No te has dignado a probar mis trufas!
    Esta te la guardo…

  6. Hola. He leído al bies la entrada, pero es tan jugosa que volveré sobre ella. No conocía al húngaro, claro. Ya veo, Eduardo, que te gustan las lecturas ligericas (clin d’oeil ici). Me ha parecido que no mencionabas (si es que sí, discúlpame el despiste) un libro como “Danubio”, de Claudio Magris, estimulantísimo también por cuanto se extiende en el imperio austro-húngaro y sus virtudes federativas, acogedoras de las singularidades centroeuropeas. Llevo tiempo pensando en releerlo, para ver cómo ha resistido el paso de los años, sobre todo tras los terribles hechos de Yugoslavia (y, en menor medida, de la disolución de Checoslovaquia). Pero ¡ay!, lo que no encuentro es justamente eso, tiempo…

  7. Hola, Anne. Hola, musikboy.
    Como decían en los dibujos de la Warner: «¡Qué bueno que viniste!». Pues sí, es un problema: demasiados libros buenos que leer y muy poco tiempo para hacerlo. Pero bueno, hacemos lo que podemos para paliarlo. Me alegra saber que mi experiencia como lector puede ser de utilidad para mis amigos a la hora de orientarse en la intrincada -y peligrosísima- selva que es el mundo editorial hispánico de nuestros días. Mi piace.

  8. Buenas, hawaiiano. He estado ojeando hojeando oh geando el librito estos días y ahora que se acerca la feria del libro creo que va a ser uno de los elegidos. Otro de la misma editorial que me ha llamado la atención es Diario de una ama de casa desquiciada. También he visto El reñidero español, de un alemán que narra sus días por nuestro país durante la Guerra Civil. Hay tantos y tan poco tiempo…

  9. Salgo justo de Las almas juzgadas, con pena por haberlo acabado y por saber que hay que esperar varios meses para seguir con Abády por estas tierras húngaras… BUUUHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
    Así que me ha encantado leerte y seguir aún un poco más inmersa en el mundo de Bánffy, y el recuerdo de la deliciosa tertulia con Luis.
    ¡¡¡Gracias, Edu!!!

  10. Muy amables sus palabras, Sra. Lamb. Espero no defraudar sus expectativas y también que se sumerja en la lectura de Los días contados. Creo que no se arrepentirá.
    Vuelva por Hawaii cuando quiera.

  11. Dana Lamb en dijo:

    Felicidades. Perspicaz, agudo, apasionado, inspirador… Me refiero a tu post y no al libro, que “aún” no he leído. Aunque con críticas literarias como esta entran ganas de sumergirse en este esplédido relato y dejar todo lo demás.
    Me encanta cómo escribes.

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