Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Con la muerte de Delibes…

Últimamente no hay un viernes que no venga cargadito de emociones literarias. Si el pasado viernes 5 fue la cara con la noticia del hallazgo de un documento que apunta casi definitivamente a Diego Hurtado de Mendoza como autor del Lazarillo de Tormes, a la semana siguiente, el viernes 12, tocó cruz con el fallecimiento de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), uno de los últimos grandes autores del siglo XX en nuestra lengua. El día que se vayan Ferlosio y alguno más, esto se va al carajo.

Con la muerte de Delibes me vais a  permitir que no me ponga profesoral ni académico, sino que tire de vena sentimental. El que quiera datos sobre el vallisoletano, que pinche en su nombre, ahí arriba, o que pinche en estas palabras, y la magia de los hiperenlaces lo llevará hasta dos sitios sumamente interesantes y muy completitos sobre la vida y la obra de Delibes. Yo, insisto, voy a tirar de recuerdos. Quien quiera seguir leyendo ya sabe a lo que se expone.

Miguel Delibes (1920-2010)

En mi vida, el nombre de Miguel Delibes está indefectiblemente unido a la ya desaparecida Casa de la Cultura, que yacía a los pies de la Alcazaba. Yo andaba por la (pre)adolescencia, o casi. Cada sábado, en cuanto me levantaba (que solía ser temprano), cogía el autobús para ir al centro. El primero que pasara: el de la Térmica, o el de la Misericordia; otras veces también los del Nuevo San Andrés o Dos Hermanas. Todos iban hasta el Parque y dejaban frente al antiguo edificio de Correos. Ya sólo quedaba subir la empinada Travesía Pintor Nogales, que arribaba a la calle Alcazabilla, y pasear bajo los naranjos, orillando las ruinas de Teatro Romano, para llegar a aquella venerable e imponente mole que tantas horas de mi juventud de estudiante vio consumirse entre sus muros.

Otras veces, si hacía bueno, me iba andando desde esa Carretera de Cádiz que ya empezaba a convertirse en el monstruo post-desarrollista que llegó a ser, a despecho del principesco nombre de mi barrio. Dejaba atrás el Jardín de la Abadía, con su calle Goya, su calle Amadeo Vives y su calle Maestro Chapí, y enfilaba Héroe de Sostoa abajo camino de la Estación. El niño que yo era concebía aquella caminata como una Vuelta Ciclista, por etapas, casi todas en llano, aunque yo no era un sprinter.

La primera etapa, que recorría esa vía cuyo nombre tantos malagueños decimos mal (es en singular, «Héroe», no en plural), culminaba al cruzar las vías del tren, cicatriz indeleble en el rostro a veces amable de mi ciudad. La segunda corría paralela, por la orilla izquierda, al muro de la Estación, ese lienzo insuperable en el que generaciones de artísticos malagueños insatisfechos y cabreados, incluso algún que otro salido y puede que uno o dos enamorados, fueron dejando constancia gráfica de sus  protestas, reivindicaciones, caricaturas, sueños y maldiciones a lo largo de generaciones sin cuento. Costumbre extinguida de raíz en cuanto lo echaron abajo para acometer las obras de la nueva y horrorosa estación. Raro era el día que no traía una nueva pintada. Era una de las etapas más emocionantes, al par que exigentes: no sólo iba atento a localizar cualquier nuevo texto que la inspiración hubiera arrebatado a algún paisano a plasmar en aquella kilométrica y nunca inmaculada superficie, sino que, por mor de su misma longitud, recorrer el trecho aquél se convertía en una suerte de travesía del desierto. Un desierto feo y desangelado que se extendía entre los arrabales al oeste de la ciudad, aquella zona de expansión que aún no ha parado de extenderse, y aquellos barrios pobres que una vez quedaron extramuros y cuyas calles anuncian la proximidad del río de la ciudad, el Guadalmedina, la verdadera frontera para los que nos acercábamos desde más allá de la Industria. Un desierto en el que sólo se encontraba alivio, allá en la orilla derecha, con la contemplación de la gigantesca araucaria plantada en la calle Juana Jugán, entre la entrada principal de la fábrica de Lapeira y la trasera, con perdón, de las Hermanitas de los Pobres, edificios ambos venerablemente austeros.

Culminada esta segunda etapa, se afrontaba el siguiente reto de manera más relajada, pues lo que tocaba era callejear por el Perchel hasta alcanzar el río. Podía seguir la ruta más directa, calle Cuarteles arriba hasta el Pasillo del Matadero y el Puente de Tetuán. O podía dejarme perder por mi otro own private Idaho, mi dédalo particular, los callejones y callecitas del Perchel que me vieron crecer, a la sombra de la Iglesia del Carmen y bajo las miradas dulces del Chiquito y la Estrella de los Mares. Pero siempre venía a cruzar la meta en el mismo sitio, el antedicho puente, desde el que se sale a la Alameda Principal, inicio de la cuarta etapa, ya en tierra cultivada.

Abrevio. Cuarta etapa, Alameda Principal-Hotel Málaga Palacio; quinta y definitiva, Hotel Málaga Palacio-Casa de la Cultura, con final en cuesta y meta al sprint. Cuando me fui haciendo mocito, establecí control de avituallamiento en la Casa del Guardia, donde me pimplaba un moscatelito o un lagrimita para el último empujón.

¿Que qué ha sido de Delibes en este relato? Paciencia, ya me conocéis y sabéis que soy premioso. Además, os lo he advertido. De todas formas, ahí viene.

Nunca he sido un lector sistemático (nunca he sido un nada sistemático). Como en tantas otras facetas de mi vida, la lectura la he llevado habitualmente a salto de mata, por impulsos. Impulsos que, como buen Géminis que soy, no suelen durarme demasiado, para qué nos vamos a engañar. Sin embargo, con Delibes, durante aquellos años, puedo decir que hice una excepción, no sé hasta qué punto consciente. Leí absolutamente todo lo que había de él en aquella biblioteca, no sé cuántos libros pudieron ser. Y además, a lo bestia, de tres en tres, que era el número máximo de libros que se podía uno llevar en préstamo, y por un período de quince días como mucho. Período que, debo decir, casi nunca agotaba. Lo normal es que volviera cada semana a reponer existencias. Leía sin sistema, sí, pero como un auténtico poseso.

De tan repetidos, los gestos llegaron a convertirse en mecánicos: iba cogiendo libros de aquí y de allí, sabiendo o, la mayoría de las veces, sin saber de qué iban o quiénes eran sus autores, y cuando ya tenía un buen montocito, me sentaba en el suelo, entre las estanterías, y los hojeaba para quedarme con los que me iba a llevar esa semana. Luego me acercaba a la mesa del bibliotecario, que nunca me pedía el carnet (me pregunto por qué…), y se producía el cotidiano rito del préstamo: el buen hombre abría el libro por la primera página, donde había un sobrecito pegado que contenía una tarjetita de color amarillento con los datos del libro (autor, título, editorial y número de registro) y una cuadrícula; en ella anotaba la fecha de préstamo, y después la de devolución en la casilla correspondiente de la cuadrícula que también se hallaba impresa en el sobre. Cuando había hecho eso con todos los libros, buscaba en un fichero mi ficha personal, de color azul, y en ella apuntaba el número de registro de los libros que me llevaba, así como su fecha de devolución. Luego me entregaba los libros con una sonrisa y ningún comentario. Ni uno solo en todos esos años. El tipo se limitaba a sonreír plácidamente y a entregarme los libros con un «Hasta la semana que viene», sabedor de que yo no habría de faltar a mi cita periódica.

Luego deshacía el camino, de vuelta hasta casa, normalmente por el procedimiento contrario al de ida, y con alguna estación de penitencia más en el itinerario: el Parque, el Puerto, la casa de mi abuela…

¿Por qué me dio por Delibes? No lo sé. Quiero decir: no recuerdo cómo llegué hasta él. No sé si fue por alguna lectura en clase (juraría que no), si fue porque lo habíamos estudiado en el colegio o si, simplemente, fue porque llegué a él huroneando entre las estanterías de la biblioteca. Lo más probable es que detuviera mi mirada en el lomo de algún libro cuyo título llamara mi atención, lo hojeara y cayera rendido allí mismo. Y a partir de ese momento, emprendí una labor de lectura sistemática impropia de mí. Fui dando cuenta de todos los libros de Delibes que tenían en la Casa de la Cultura: aparte de los más conocidos, como La sombra del ciprés es alargada (1948), El camino (1950), Las ratas (1962), Cinco horas con Mario (1966) o La hoja roja (1959), le fui hincando el diente a otras menos nombradas, como Diario de un cazador (1955), Diario de un emigrante (1958) o Parábola del náufrago (1969), cuya lectura recuerdo como uno de mis mayores esfuerzos lectores. También cayeron algunos de sus libros de caza (como Con la escopeta al hombro, 1970), de viajes (Europa: parada y fonda, 1963) y de temática miscelánea, como Viejas historias de Castilla la Vieja (1964) o Un mundo que agoniza (1979), una de sus obras más importantes y menos conocidas. Eso, que yo recuerde de lo que leí en la demolida Casa de la Cultura.

Luego vinieron sus obras de los ochenta en adelante, con El disputado voto del señor Cayo (1978) y la archinombrada Los santos inocentes (1981), y ahí empiezo a distanciarme de Delibes, no sé si por sobredosis, si por el típico rechazo a los modelos que experimenta el adolescente cuando empieza a madurar, o si porque en los años 80 uno tenía la cabeza en otro sitio. Ejem…

Por eso os decía que los nombres de Delibes y de la Casa de la Cultura de Málaga, para mí, siempre van unidos. Casi todo lo que he leído de él lo leí en aquellos años. Luego, claro está, he vuelto en diversas ocasiones a Delibes, bien por motivos profesionales, bien por el puro placer de la relectura. Pero creo que ya no ha vuelto a ser lo mismo. Ni yo tampoco lo soy.

Os dejo con un texto de Un mundo que agoniza (Barcelona, Plaza & Janés, 1979; págs. 22-25), obra que parte del discurso de ingreso del vallisoletano en la Real Academia Española, en la que ocupó el sillón «e». Encontramos aquí al Delibes más humanista, más comprometido con el futuro del planeta y sus habitantes. Antes de que se hablara de ecologismo, y de que éste se convirtiera en una moda de cumplimiento casi obligatorio, Delibes ya prestaba su voz a la causa de la Humanidad y de la Naturaleza de una forma honda, profundamente sentida, y con un conocimiento que sobrepasa con mucho la mera militancia de figurín. Sus palabras siguen siendo vigentes de pleno derecho:

la humanidad no tiene sino una posibilidad de supervivencia […]: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre bases diferentes a las que hasta hoy han prevalecido.
De no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo relativamente breve. […] el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradamente sin incurrir en sus errores de base.
Esto no supondría renunciar a la técnica, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de  poder de un capitalismo de Estado ni por la codicia veleidosa de una minoría de grandes capitalistas.
[…] el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia.
He aquí mi credo…

Aloha.

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7 pensamientos en “Con la muerte de Delibes…

  1. Lo vi en la tele, Laura. Una patochada como otra cualquiera, en mi humilde opinión. Aquí ya no sabemos qué inventar para ser modernos. De todas formas, gracias por el aviso.
    Un abrazo.

  2. Laura Mª Barroso R. en dijo:

    http://www.publico.es/culturas/305946/moda/literatura/unidos/europa

    No sé si has visto esta noticia, pero creo que te resultará curiosa. 🙂

  3. Gracias a ti, Irene, por pasear por Hawaii. Ya sabes, vuelve cuando quieras: aquí los locales nunca cierran.

  4. Irene Aragonés en dijo:

    Jopé… No sé por qué ha salido “incompleta”, la verdad.
    Bueno, de todas maneras gracias doblemente, por contestar por aquí y por contestarnos hoy en el instituto =D
    P.S.: Está bien esto de Hawaii…

  5. Irene: tu pregunta ha llegado “incompleta”, la primera parte me ha salido como una serie de signos aleatorios y no se entiende nada. Lo otro, no. En el libro va en cursiva para destacarlo y que así sea más fácil de estudiar.
    Lo que tienes que recordar es que en cursiva se ponen los títulos de los libros; si no, no es necesario.

    Loreto:
    Gracias a ti por la visita y por animarte a comentar, por fin. Nos vemos pronto.

  6. Irene Aragonés en dijo:

    Eduardo, una preguntilla del examen, es que hoy te iba a buscar en el instituto y se me olvidó…
    Bueno a lo que íbamos, la pregunta: lo de ¿cómo se escribe? ¿Todo en mayúscula o se puede poner en minúscula? Y lo de cansó y eso que en el libro lo pone en cursiva, ¿se escribe normal?
    Muchas gracias adelantadas =)

  7. Eduardo, gracias por esos instantes de tu adolescencia.

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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