Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Sobre la autoría del Lazarillo

La noticia saltó ayer como una bomba en las páginas de El Cultural, pero de esas bombas que te dejan todo el día con el ánimo cachondo y el cuerpo de jota: doña Mercedes Agulló, una de las paleógrafas más reputadas de nuestro tiempo, había hallado una prueba escrita de quién fue el autor del Lazarillo de Tormes. El café se me quedó frío mientras leía el relato del descubrimiento, y una nota de congoja me pellizcó el corazón al darme cuenta de que quizás ya nunca volvería a corregir aquella respuesta que tantas generaciones de españolitos terminó por convertir en clásica: «El autor del Lazarillo fue Anónimo». Y tan panchos que os quedabais algunos de vosotros.

Pero, como os decía, puede ser que, a partir de ahora y merced a la labor de doña Mercedes, no vuelva a tropezarme con dicha respuesta en ningún otro examen. Snif, snif…

¿Cómo? ¿Qué quién fue el autor del…? ¡Ah, perdón, que se me estaba yendo el santo al cielo! La respuesta, my friends, no se encontraba en el viento, mal que le pese a Dylan, sino entre unos legajos que nadie se había tomado la molestia de estudiar a fondo en todos estos siglos, pertenecientes a Juan López de Velasco, cronista y albacea de… Que sí, que ya va… Si además ya lo habéis visto en todos los telediarios: se trata de Diego Hurtado de Mendoza, uno de los escritores más singulares de nuestro Renacimiento y que, por lo demás, ha sido siempre el principal «sospechoso» de haber dado a la imprenta el relato de la vida de Lazarillo, y de sus fortunas y adversidades. Sólo que hasta ahora no se había encontrado ninguna prueba de ello, y mucho menos escrita.

A veces, en clase, me habéis preguntado cómo es posible señalar a un individuo en concreto como autor de una determinada obra anónima, y hemos hablado de algunas de las técnicas de que dispone la Filología para fijar la autoría de un texto (o, cuanto menos, para intentarlo): análisis estilístico, estudio de las fuentes, frecuencias y concordancias (léxicas, sintácticas, etc.), auxilio de otras ciencias… No hemos de contar entre dichos instrumentos la mera intuición, ni el entusiasmo más devoto o la repulsa más violenta hacia el objeto de estudio, por no ser demasiado científicos. Que a los esfuerzos investigadores se una el hallazgo de un documento escrito que se erija en prueba irrefutable es el sueño húmedo de todo filólogo de pro. Que es lo que acaba de ocurrir.

La obra más conocida de Diego Hurtado de Mendoza es una de las cumbres de la historiografía hispana, la Historia de la guerra de Granada, publicada póstumamente en 1627. Ésta es la semblanza que Juan Luis Alborg hace de él en el tomo I de su Historia de la literatura española (Madrid, Gredos, 1966; 1970, 2ª ed.; 1986, 6ª reimp.; pág. 661):

Tipo quizá el más representativo del hombre renacentista español, diplomático y hombre de armas, poeta, bibliófilo y erudito, nació en Granada en 1503, por las mismas fechas que Garcilaso, a quien sobrevivió cuarenta años. Estudió en su ciudad natal y luego en Salamanca y en Italia. Apasionado del saber, adquirió una vastísima cultura (“Estudiemos, señor Juan Páez”, solía repetirle a su gran amigo Páez de Castro), y dominaba, además de los idiomas clásicos, el árabe y el hebreo. Ocupó importantes cargos y desempeñó capitales misiones como embajador en Inglaterra, Venecia y Roma, y representante del Emperador en el Concilio de Trento. Ya en el reinado de Felipe II un incidente provocado en palacio motivó su destierro al castillo de la Mota por orden del monarca. De allí salió para tomar parte en las guerras de Granada desatadas por el alzamiento de los moriscos. A su muerte legó al propio rey su selecta y copiosa biblioteca, que aquél incorporó a la que estaba reuniendo en El Escorial. Por su relato de la guerra de Granada ocupa Mendoza un puesto importante en la historiografía de su tiempo […] Como poeta alterna las formas tradicionales con las innovaciones italianistas. Su obra es extensa y en ella se mezclan las composiciones idealistas y graves, amorosas y filosóficas, propias de un humanista, con otras de tipo caricaturesco y satírico, de gusto popular, que llegan a veces a la procacidad. En sus obras italianistas es poeta imperfecto y desigual, de verso duro y áspero con frecuencia. Merecen destacarse, sin embargo, la epístola a Boscán, la Fábula de Adonis, Hipómenes y Atalanta que es la mejor de sus obras de asunto clásico, y algunas canciones como la que comienza «Ya el sol revuelve con dorado freno…». Mucho mejores son sus obras a la manera tradicional, en especial sus redondillas que fueron alabadas por Lope de Vega (“¿Qué cosa iguala a una redondilla de Garci-Sánchez o don Diego de Mendoza?”) y que se distinguen por su soltura y agilidad.

Y éste es su rostro, pintado por Tiziano:

Sí, fui yo. ¿Pasa algo?

Lo cierto es que, como queda dicho, no es la primera vez, ni mucho menos, que el dedo acusador señala al granaíno. El propio Juan Luis Alborg repasa los principales argumentos empleados en el correr de los siglos en la discusión acerca de la autoría del Lazarillo (íbidem, págs. 772-773; como siempre, las negritas son mías):

Las primeras ediciones del Lazarillo aparecieron anónimas […] La primera referencia a un autor determinado data de 1605, fecha en que el P. José de Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo lo atribuyó a fray Juan de Ortega, general de la Orden, que lo escribió, según dice, en su juventud, siendo estudiante en Salamanca; y asegura que el manuscrito autógrafo de la obra se había hallado en su celda. Dos años más tarde, [en 1603] el belga Valerio Andrés Taxandro en su Catalogus clarorum Hispaniae scriptorum atribuyó por vez primera el Lazarillo a Diego Hurtado de Mendoza, que lo había escrito asimismo siendo estudiante de Derecho en Salamanca […] La atribución a fray Juan de Ortega mereció escasa atención; en cambio, la paternidad de Hurtado de Mendoza fue generalmente aceptada, y la mayoría de las ediciones, hasta tiempos recientes, fueron apareciendo a su nombre. Morel-Fatio fue el primero que rechazó decididamente la atribución a Mendoza; algunas de sus razones son evidentemente débiles — como el suponer que un aristócrata tuviera que ignorar el género de realidad que se describe en el Lazarillo—, pero otras son más convincentes; a don Diego, que había adquirido buena fama de escritor atrevido y panfletario, se le atribuyeron —como había de suceder un año más tarde con Quevedo— numerosas obras jocosas y aun obscenas […] porque su nombre aseguraba el éxito a cualquier libelo que su autor no se atreviera o no quisiera firmar.

Así las cosas, la disputa sobre quién fue el autor del Lazarillo no ha sido asunto baladí en todos estos siglos; a fin de cuentas, se trata tan sólo de determinar una cosilla de nada, una bagatela, una fruslería: reconocer al genio literario que indicó el camino que habría de recorrer la novelística moderna en todo el universo mundo, desde Cervantes hasta Joyce, desde Galdós hasta Kafka. Y que lo hizo con una obrita tan breve como larga -y engañosa- en su alcance y significación.

Con mayor o menor insistencia, pues, la paternidad del Lazarillo ha sido atribuida a un buen número de candidatos, además de los ya mentados. Hipótesis más o menos cimentadas han ido señalando a Pedro de Rúa, a Sebastián de Horozco (padre del famoso Sebastián de Covarrubias) y, por encima de todos los demás nombres, a Alfonso de Valdés, uno de los más destacados de entre los humanistas españoles. Tal es así que en los últimos años todo parecía apuntar, de un modo definitivo, a Valdés como autor del Lazarillo, como propugna la doctora Rosa Navarro Durán en una concienzuda y convincente tesis, expuesta de manera más que brillante en el libro Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes (Madrid, Gredos, 2003) y en la web www.elazarillo.net, así como en la edición de la obra misma que publicó en la Editorial Octaedro (2003) ya bajo el nombre del humanista.

Así que, como podéis ver, el nombre de Mendoza dista de ser nuevo en la discusión. De hecho, cuando ayer lo estuvimos comentando en el Departamento, a ninguno de nosotros nos extrañó que, finalmente, el caballo ganador fuera el de la cuadra Mendoza. Lo que sí nos llamó la atención fue el hecho de que la prueba escrita haya estado todo el tiempo en un sitio tan poco oculto, a priori, como puedan ser los papeles de aquel López de Velasco que no sólo fue el albacea testamentario de don Diego, sino que, además, fue el encargado oficial «de “castigar” el Lazarillo en 1573, es decir, de podarlo y censurarlo para poder sacarlo del Catálogo de los libros prohibidos.»

Mercedes Agulló publicará pronto el resultado de sus investigaciones en un libro que se va a titular A vueltas con el autor del Lazarillo, en la Editorial Calambur. Y como siempre ocurre en estos casos, habrá que esperar a ver la reacción del mundillo de la «cultura oficial» ante las conclusiones de la doctora Agulló. A nadie se le escapa que acaba de entablarse una lucha, nos tememos que desigual, contra una tradición -filológica, cultural, editorial, escolar…- firmemente asentada en el imaginario colectivo, y que no van a faltar las voces que pretendan desacreditar dichas conclusiones o, cuanto menos, dejarlas en barbecho en espera de «nuevos y más rigurosos estudios».

Mientras todo eso llega, y en espera de tener el libro en nuestras manos (y de que escampe, qué añito de lluvias, por todos los dioses), lo que nadie va a poder discutirle a Mercedes Agulló es el haber sido la primera en encontrar la prueba documental escrita que está haciendo que el resto de cuantos filólogos en el mundo han sido estemos mordiéndonos las uñas de impaciencia… y de envidia.

Aloha.

P.S.: Por cierto, en estos enlaces tenéis cumplida cuenta de lo que publicó ayer viernes El Cultural:

Ahora sí: aloha.

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10 pensamientos en “Sobre la autoría del Lazarillo

  1. Gracias, Rubia, el sentimiento es recíproco. Y ya que preguntas, hoy las cosas van un poco mejor que ayer, puesto que ya he terminado de corregir TODOS los exámenes: no volveré a practicar semejante deporte hasta dentro de unas cuantas semanas. Así que genial. Y encima, esta tarde mi padre me invita al fútbol. Como te digo, hoy todo va mejor, aunque siga lloviendo.
    Gracias por venir, y por el sentimiento. Y otro para ti.

  2. Oh my god… Paso a hacerte una visita y me encuentro con la indecencia de que el Lazarillo ya no es de Anónimo 😦
    How about your life? A pesar de vernos entre clases, no hay mucho tiempo para cruzar más allá de los típicos comentarios extraoficiales.
    Se te echa mucho de menos.

    Un beso =3

  3. Y Jumo.
    Los dos hermanos bastardos de Rómulo y Remo, nunca reconocidos por la Luppa Capitolina.

  4. Mi estado de desconexión del mundo es tal que no me he enterado de la noticia hasta que la he leido en tu blog, Eduardo. Muchos frentes la última semana… y los que todavía están en pie.
    Mi primera reacción al leer el titular ha sido la de abrir desmesuradamente los ojos. Luego llega la fría razón y te obliga a leer todo lo posible al respecto. Como todo, habrá que esperar a leer el libro de la señora filóloga, pero guantazos le van a llover por doquier. La tradición pesa, y la envidia en España más, tenga o no tenga razón.
    Lo único seguro es que el autor más prolífico del mundo, Anónimo, se va a mosquear cuando le borren una de sus obras más sobresalientes.
    Jaire.

  5. Sí, ciertamente poder movilizador han tenido. Me ha hecho gracia lo de “casta filológica”, es muy adecuado. Aunque no serán los únicos que se movilicen… Al final, lo mismo vemos a Peñafiel y Kiko Rivera debatiendo sobre el asunto (ojalá, a ver si se les pasaba la tontería).
    La verdad es que por un lado apetece ponerle cara (incluso físicamente) al autor. Pero por otro… No sé…

    Saludos.

  6. Yo sí que no me termino de creer la mala cabeza que tenemos algunos… Vaya tela, criatura…
    Digo yo: ¿no hay forma de que el sistema que gestiona blogspot te recuerde tu contraseña o te mande una nueva? Seguramente será tan sencillo como mandarles un correo. Inténtalo.
    Y cómprate una cabeza nueva, que la que usas últimamente se te está echando a perder… ¡Qué mala es la edad, señor, qué mala!

  7. Jajajajajaja, me acabo de enterar, qué curioso… Aunque yo no me lo termino de creer… El tiempo lo dirá (un poco más si puede ser, jaja).
    Pasaba para decirte que soy un desastre de mujer, y he olvidado la contraseña del correo con el que accedía al blog, y la contraseña del blog… Increíble, ¿eh?
    Pues eso, pásate por el enlace, que es mi nuevo rinconcito, y ya seguiré escribiendo ahí hasta que se me olvide la jodida contraseña de nuevo.
    ¡Un abrazo!

  8. Alejandro:
    Mensaje recibido, no te preocupes y estudia.

    Ángel:
    Efectivamente, no parece demasiada masa para hacer un pan, pero, desde luego, esas dos líneas ya son algo más sólido que cualquiera de las especulaciones que se han manejado durante estos siglos, como la peregrina argumentación de Morel-Fatio que cito en el texto, que negaba precisamente la autoría de Mendoza aduciendo que un noble como él no podía conocer el tipo de realidad que retrata la obra. ¡Toma ya, razonamiento científico!
    Son dos líneas solas, pero, reconozcámoslo: ¡qué poder tremendo de evocación han disparado entre la casta filológica!
    De todas formas, habrá que leer el libro para formarse un juicio más completo.
    Un abrazo.

  9. Alejandro Rodríguez Paz en dijo:

    Hola Eduardo, te escribo para recordarte que mañana tenías pensado hacerme el examen del tema 11 y los géneros literarios. Se me olvidó recordártelo hasta última hora pero ya no estabas. A ver si hay suerte y lo lees.
    Gracias!!!

  10. Qué razón tienes… Es un notición, desde luego, de los que a uno le alteran. Pasé el viernes un tanto aislado, y por la noche, justo cuando iba a salir de viaje, lo oí por la radio… Llegué a la estación aún medio grogui y desnortado. Pero habrá que verlo, claro, porque luego me he ido a los insertos de “El Cultural” y… si toda la tesis de Agulló se basa en esa línea documental solitaria en que, además, se emparejan Lazarillo y Propalladia, poco mimbre tenemos para hacer un cesto…

    A ver qué sale de todo esto. El tipo de “Sí, fui yo, ¿pasa algo?” tiene un físico que pega con el autor de la obra, la verdad (el argumento no es muy científico, me temo).

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