Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Adiós a Campos Reina

El pasado miércoles 28 de octubre recibimos con estupefacción y profundo dolor la noticia del fallecimiento de Juan Campos Reina, escritor cordobés (Puente Genil, 1946) afincado hace muchos años en Málaga, a quien tuve el honor de tratar en diversas ocasiones.

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Juan Campos Reina (1946-2009)

En lo estrictamente literario, fue una de las voces más profundas y personales de la narrativa española contemporánea. Se dio a conocer con la novela Santepar (1988), y desde entonces su voz literaria fue alcanzando una riqueza de matices y hondura de difícil parangón en el panorama narrativo actual. Dos ciclos novelísticos conforman el cénit de su carrera: de una parte, la llamada Trilogía del Renacimiento, compuesta por Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996), que lo hizo merecedor del Premio de la Crítica de Andalucía, y La góndola negra (2003); de la otra, el díptico narrativo La cabeza de Orfeo, compuesta por Fuga de Orfeo (2006) y El regreso de Orfeo (2006).

En la Trilogía del Renacimiento Campos Reina puso en pie, narrando la crónica de la familia Maruján, la historia del siglo XX en tres momentos claves: las primeras décadas del siglo, la época de los terribles conflictos bélicos y el despuntar del nuevo milenio. Con estas palabras comienza El bastón del diablo:

«Cuando Joaquín Maruján supo que, de madrugada, iban a darle el paseo, al caer la tarde pidió que José Heredia, su cuñado, le trajera a la prisión una lata de jalea de membrillo y la cuchara de plata que su madre, de niño, le había regalado.
José se presentó en la cárcel de la capital ya entrada la noche, después de que todos sus intentos de lograr clemencia para Joaquín fracasaran, y sin reparar en el riesgo que pudiera suponerle el parentesco y la amistad manifiesta con un hombre que tenía fama de agitador político y de masón.»

En cuanto a La cabeza de Orfeo, ofrece una suerte de recorrido erótico-sentimental del franquismo a través de otros dos miembros de la familia Maruján, su gran hallazgo literario:

«Yo era ya un empecinado pecador, que no es otro que el que siente, en vez de arrepentimiento, nostalgia de sus vicios.» (Fuga de Orfeo, pág. 35)

No tuve la suerte de frecuentar la compañía de Campos Reina sino en contadas ocasiones y aun así la impresión de esos encuentros permanece inalterable. Era una persona de trato afable y exquisita educación, equipaje humano que completaban una inteligencia preclara y una vastísima cultura. Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza una frase de uno de sus libros, y en ella creo que se retrata fielmente al hombre que tuve el privilegio de conocer:

«la tolerancia: esa suerte suprema de la vida.» (Un desierto de seda, pág. 79).

Aquí puedes leer una hermosa semblanza de Campos Reina.

Dicen que la muerte lo sorprendió trabajando en varias obras, entre ellas un ensayo dedicado a la cultura oriental, por la que sentía una admiración sin límites. Muchos de los que soléis pasear por Hawaii, me consta, sois igualmente devotos de lo oriental, sobre todo de lo nipón; pues bien, os dejo con un texto en el que Campos Reina celebra la nueva atracción de los jóvenes hacia los asuntos que vienen del que otrora fuera Imperio del Sol Naciente. Sirva como particular homenaje y quién sabe si también como acicate para que os acerquéis a la obra de un andaluz hondo que se ha ido como vivió: sin estridencias y lejos de los focos.

«Son ya numerosos los jóvenes andaluces que en los últimos años se sienten atraídos por la cultura del Japón como adelantados del Oriente que viaja hacia nosotros, tal como Europa viajó hacia Oriente durante siglos. El peso de Estados Unidos sobre la cultura de vanguardia española es determinante aún, pero no es realista pensar que las cosas van a mantenerse así cuando el dominio económico vaya trasladándose al este, impulsado por China, India, Japón y Corea, y esa especie exótica de Zúrich oriental que es Singapur.
Hace más de 20 años, me ganó para su causa la delicadeza de una cultura, de la que provienen también, en sus imágenes más impactantes y populares, las geishas, y los samuráis, y un arte poético, el del haiku, que ha calado hondo en nuestro país y, en concreto, asómbrense, entre jóvenes escolares andaluces, como los del colegio Clara Campoamor, de Lucena. Más de 90 de ellos, tras sentirlo como propio, hace dos años, incluso trasladaron sus composiciones a un libro, titulado Haikus del mal amor. Lo abría Luis Felipe Comendador, un estudiante de 2º de ESO, del curso 2003-2004, que cantaba la tragedia del 11 de marzo, en Madrid: “Pasó la muerte/ y no tuvo tus ojos./ Hay esperanza”.
Algunos pensarán que todo es producto de la moda, fomentada por varios libros de éxito llevados a la pantalla por americanos. Pero se equivocan. Son muchos los que se interesan por un Japón no falseado, por su cine, su cocina o el arte de la composición floral. Si sumamos que los libros clásicos japoneses han dejado de ser marginales aquí, pues se publican ya en las principales editoriales, no importa demasiado que, por ahora, el teatro noh y el kabuki, el té ceremonial, la pintura suiboku o la jardinería japonesa, tan relevante para la Historia, permanezcan en un segundo plano. Y no debemos olvidar que con todo ello viajan infinidad de productos industriales, desde el automóvil a la electrónica.
En una sociedad globalizada, que no ofrece muchas diferencias en la vida diaria de las principales ciudades, pues al fin las mismas firmas con sus marcas comerciales dominan las calles de Nueva York, de París o de Tokio, los jóvenes más inconformistas buscan salir de la rutina, la uniformidad y la miopía que quieren imponerles. Ante ellos se abre un puente que vuela hacia la pasión y el arte, frente a la barbarie de los dioses que regresan. De ahí que fijen su mirada, por un lado, en el refinamiento de la geisha y, por otro, en el samurái, una figura compleja, equivalente en parte a la del caballero medieval en Occidente, que tenía por emblema de su vida la flor del cerezo, hermosa como ninguna aunque efímera, que arrastra consigo el primer viento de primavera.» («Japón en Andalucía», publicado en El País, 1 de junio de 2007).

Descanse en paz.

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2 pensamientos en “Adiós a Campos Reina

  1. Enrique Schussler en dijo:

    Gracias, Eduardo, por verbalizar lo que sentimos quienes tuvimos la fortuna de poder acercarnos a Juan Campos Reina. Aun siendo contadas las ocasiones en que pude hablar con él, casi siempre en el escenario de Rayuela, me ha ganado el cariño y sencillez con el que era capaz de transmitir su sabiduría, haciéndote partícipe como un igual,de su amor por la literatura y el conocimiento. De ahí mi respeto y dolor por su pérdida.
    Enrique Schussler

  2. Yo, que tuve la inmensa suerte de compartir con Juan Campos Reina muchas horas de conversación sobre la literatura, no podría definir mejor su persona y su obra que con las palabras que Eduardo le dedica en este espacio. Palabras que comparto en su totalidad. Tan solo puedo añadir el profundo agradecimiento que le tengo por todo lo que recibí de él.

    Juan Manuel Cruz

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