Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Diario del primer amor

Diario del primer amor es el título de un librito que acaba de publicar la editorial Errata Naturae, en su colección “La mujer cíclope” y en traducción de César Palma. Su autor es una de las figuras señeras del Romanticismo italiano y, por ende, europeo: Giacomo Leopardi (1798-1837), considerado el mayor poeta lírico del XIX en Italia.

Nacido en Recanati, en la provincia italiana de Macerata, a orillas del Mar Adriático, la infancia de Leopardi transcurrió consagrada al estudio debido a una enfermedad que lo mantenía postrado. A los once años lee a Homero (en griego, claro), a los trece escribe una tragedia, otra más a los catorce y un ensayo a los quince, edad en que había estudiado las lenguas clásicas y modernas (hablaba siete lenguas), hebreo, historia, filosofía, filología, ciencias naturales y astronomía. En 1818-1819 empieza a perder la vista. Angustiado, intenta huir de la vida en Recanati en varias ocasiones (Roma, Bolonia, Milán, Florencia), pero siempre acaba por volver. Su espíritu, cada vez más sombrío, lo mantiene sumido en un profundo pesimismo que lo lleva a anhelar la muerte. La primera edición de sus Canti (Cantos) aparece en 1831 y en 1833 marcha a Nápoles, donde morirá cuatro años después.

Giacomo Leopardi

Giacomo Leopardi

La obra de Leopardi nace del dolor, un dolor universal («Arcano è tutto, / Fuor che il nostro dolor»; «Arcano es todo, / menos nuestro dolor», dejará escrito en el Canto IX, «Último canto de Safo»), pero, a la vez, un dolor profundamente íntimo y personal:

XII. L’INFINITO

Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo; ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Così tra questa
Immensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.

En traducción de Diego Navarro (Cantos, Barcelona, Ed. Planeta, 1983, col. Clásicos Universales Planeta, nº 53, pág. 41):

XII. EL INFINITO

Siempre cara me fue esta yerma loma
y esta maleza, la que tanta parte
del último horizonte ver impide.
Sentado aquí, contemplo interminables
espacios detrás de ella, y sobrehumanos
silencios, y una calma profundísima
mi pensamiento finge; poco falta
para que el corazón se espante. Escucho
el viento susurrar entre estas ramas,
y comparando voy a aquel silencio
infinito, esta voz; y pienso entonces
en lo eterno, en las muertas estaciones
y en la presente, rumorosa. En esta
inmensidad se anega el pensamiento,
y el naufragar en este mar me es dulce.

En cuanto a la obrita que nos ocupa (que va seguida de las impresiones, reflexiones y notas que constituyen sus Recuerdos de infancia y de adolescencia), me vais a permitir que para presentarla me remita al texto que aparece en la contraportada:

«Escritas entre el 14 de diciembre de 1817 y el 2 de enero de 1818, las páginas de este Diario del primer amor narran el enamoramiento del joven Leopardi de “una dama de Pesaro”, Gertrude Cassi, prima de su padre. En este diario […] el poeta registra todas las variaciones del sentimiento amoroso que comienza a nacer, analizándolas con una precisión, franqueza y claridad absolutamente reveladoras. Perfectamente consciente de las contradicciones inherentes a este “tormento” hasta entonces desconocido, este muchacho que habría de convertirse en una de las figuras fundamentales del Romanticismo, se reconoce ya esclavo de esta nueva e inmensa pasión y, a un tiempo, nos presenta el camino que él mismo recorrerá hacia la construcción de una nueva sensibilidad artística y vital en la Europa del S.XIX.»

Leopardi va levantando acta, casi a la usanza notarial, de los devastadores efectos que este primer amor causa en su cuerpo (pesadillas, insomnio, inapetencia…) y en su espíritu (melancolía, angustia, ensimismamiento, abandono del hábito de estudio…). A pesar de ello:

«mi alma es más grande y noble de lo que suele, y mi corazón está más abierto a las pasiones.» (pág. 26)

La agudeza de su análisis parte de sus mismas preferencias en materia sentimental:

«Primero, los rasgos marcados (siempre que se combinen con la delicadeza y la gracia, y no sean viriles), los ojos y los cabellos negros, la vivacidad del rostro, el cuerpo grande; […] Segundo, las maneras graciosas y benévolas pero nada afectadas, y sobre todo sin contoneos, sin gestos muy melindrosos, sin ningún remilgo…» (pág. 27)

A su «querido dolor», a la «misma desgana para comer y el deleite», a la «persistente melancolía», a la «misma meditación honda y persistente», al «mismo desasosiego» y a la «misma congoja» que siente en los últimos días, el poeta suma un «deseo de gozar más tiempo y con una voracidad ciega e insaciable» (pág. 32), que se aviene mal con el retiro y la dedicación que exigen sus estudios:

«con el alma vacía o, más bien, llena de tedio […] seguiré pensando siempre que hay algo más deleitoso que el estudio, y que ese algo ya lo he experimentado.» (págs. 34-35)

Sin embargo, el joven proyecto de gran poeta constata que, por mor de la ausencia de la amada, «la pasión se va desvaneciendo […] mengua la pasión por falta de sustento» (pág. 39).

La lucidez que muestra Leopardi en estas páginas lo lleva a achacar este primer arrebato amoroso a su bisoñez en materia amorosa:

«mi pasión nació porque, siendo yo del todo inexperto, jugué y conversé muy familiarmente con una persona de aspecto bastante bello, y de formas y maneras hechas para mi corazón; si bien esta segunda razón es realmente secundaria, toda vez que considero que por mi inexperiencia, otro rostro bello, que hubiera hablado y tratado conmigo del mismo modo, me habría cautivado igualmente, aun cuando sus actos y sus facciones hubiesen sido del todo diferentes.» (pág. 42)

Aun así, no se avergüenza de sus sentimientos:

«Por lo demás, estoy muy lejos de avergonzarme de mi pasión, pues, desde el instante mismo en que nació, me he felicitado por ella, y me sigo felicitando, y me alegra sentir cualquiera de los afectos sin los cuales uno no puede engrandecerse, y saber afligirme por cosas que no son del cuerpo, y haberme demostrado que mi corazón es sobremanera tierno y sensible, gracias al cual tal vez alguna vez haga y escriba algo que permanezca en el recuerdo» (págs. 43-44)

Y sí, gracias a su corazón «sobremanera tierno y sensible», ese corazón que encontró su mejor definición en un profundo pesimismo de raíz existencialista, Giacomo Leopardi llegó a convertirse en una de las voces poéticas más importantes de la lírica europea.

Hoy, casi doscientos años después, sus palabras sobre el primer amor abren brecha en el frágil muro tras el que se agazapan un sinfín de recuerdos asociados a un nombre, a un juego, a un pupitre, a un sabor, a una mirada. Al roce involuntario de unos dedos tímidos y siempre sudados.

Se llamaba…

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2 pensamientos en “Diario del primer amor

  1. ¿Cuál? ¿La de tener diecisiete años? ¿La de tener por delante toda una vida de amores que vivir, libros que leer y países que visitar? Sí, sin ninguna duda…

  2. Ay ay ay… de quién serían esos dedos tímidos y sudados…

    Por cierto, ¿corro la misma suerte que Saray?

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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