Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Una mirada sobre los años 80

Ahora que por mor del concierto de Echo & The Bunnymen han salido a pasear algunos fantasmas, una lúcida descripción de la efervescencia musical que se vivió en España durante los primeros años ochenta. Y un repasito a los que se aprovecharon de ella. La cita es muy larga, lo sé, pero es lo que hay. Y ojalá levante ampollas.

De El idioma imposible, la tercera parte de El día del Watusi, del irremisiblemente perdido Francisco Casavella (Barcelona, Mondadori, 2003, págs. 92-96):

«Lo cierto es que un poco antes y, sobre todo, después de aquel año 81, miles de jóvenes de toda España se precipitaron a recuperar un tiempo que ellos no habían perdido. Era el modo de vivir, con métodos bastardos, el instante de la sensación verdadera; la intuición de que nadie puede aguantar una existencia más allá de la música. Un trabajo sucio, en efecto, pero alguien tenía que hacerlo. Por eso los muchachos siguieron el cauce de ese canal de aguas residuales donde flotan las anémonas, los detritos y los mosquitos zapateros de la cultura popular ajena, convertida en piscina probática a fuerza de voluntad y delirio. Al amparo de la noche, fueron a husmear en la basura del imperio, que llegaba en forma de revistas, discos, películas, en hiperbólico relato de algún viajero y, desde luego, como leyenda; y no sólo una leyenda de gestas y gestos, sino una verdadera propensión al mito. […] Y volvía a ser la Edad de Oro “1977”, en “Nueva York”, en el “CBGB”. Eran esas comillas, esas fotos de mujeres seductoras y tipos con aura en portadas de cartón, las que, evaporadas de los surcos del disco, de la cinta del casete, se volvían fuente de espirales que se desarrollaban en hélices y una nueva vida. Si muchos pensaban igual, no es extraño que los grupos musicales brotaran como hongos en ese inmenso vertedero de felicidad posible. Todo el mundo quería formar un grupo, cruzar el límite de ese tiempo y espacio peculiares. Los sótanos se llenaron de ilusos haciendo ruido; los chicos y chicas corrieron por la calle cuando su maqueta o su primer y único single sonaron en la radio por primera y última vez. […] La mayoría de los posibles artistas se reunían en las mismas habitaciones donde sus hermanos mayores o sus tíos arreglaban el mundo unos años antes sin saber que lo de mandar iba en serio, que les tocaba a ellos. No quedaba más remedio, pues, que ceder a los taxistas la intención de reforma mundial y el cuarto de juegos leninista-católico a hermanos menores y sobrinos para que lo convirtiesen en local de ensayo. Ahora, en esas habitaciones se discutía el número de integrantes del futuro grupo, el tipo de música que deseaban hacer, la maravilla en que estaban a punto de convertirse: una posibilidad que no tenía nada que ver con el éxito, ni mucho menos con vivir de aquello, ni con casi nada que no fuera la posibilidad de vanidad o frenesí o neblina. Luego se pensaba mucho en las circunstancias del grupo, sobre todo en el nombre, su aval primero; y casi siempre, los hipotéticos miembros de la no consumada formación, después de emborracharse juntos un par de noches, se separaban entre insultos o evasivas […] Es muy significativo que en los perseverantes, muchos pese a todo, los nombres de sus grupos fueran mejores que las canciones, por no mencionar la ejecución con arbitrario talento de esas mismas canciones. […]
Los nombres de los grupos eran manifiestos de una personalidad quimérica: Rebeldes, Negativos, Secretos, Canguros, Zombis, Ilegales, Enemigos, Burros, Mestizos, Ratones, Especialistas, Novios, Vulpes, Rápidos, Decibelios, Coyotes, Nikis… O eran cinematográficos, o televisivos: Alphaville, Polansky y el Ardor, La Frontera, Gabinete Caligari, Los Intocables, Los Persuasores, Melodrama, Dinarama. O eran una llamada a lo primitivo: Trogloditas, Hombre de Pekín. O eran acrónimos, o su remedo, iniciales sin las cuales no hay quien pueda declarar una guerra sucia: UA, TNT, PVP, KK de Luxe, PP Tan Sólo. O eran futuristas: Alphaville, Oviformia Sci, La Fundación, Radio Futura, New Buildings, Esplendor Geométrico, Aviador Dro y sus Obreros Especializados. O restablecían paraísos perdidos: Berlín, Objetivo Birmania, Brighton 64, Minuit Polonia. O explotaban las técnicas de un desquiciado apetito humano: Kamembert, Mermelada, Glutamato Yeyé, Ultratuita, Semen-Up. Y en esa línea irracional, otros abogaban, tal que una amiga mía, por ser invencibles en el desastre: Johnny Juerga y Los Que Remontan El Pisuerga, Psicópatas del Norte, Claustrofobia, Kakao P’al Mono, Dios, Danza Invisible, Un Pingüino En Mi Ascensor, 091, Toreros Muertos. O, finalmente, con ayuda del cutrerío empresarial, de la frase hecha, o del ingenio dopado, buscaban una utópica empresa binaria: Derribos Arias, Siniestro Total, Golpes Bajos, Parálisis Permanente, Ejecutivos Agresivos, Gatos Locos, Nervios Rotos, Delincuencia Sonora, Seres Vacíos, Nacha Pop, Liquid Car, Último Resorte, Peor Imposible, Sindicato Malone, Aerolíneas Federales, Disciplina Inglesa, Quinto Congreso… Cuando a partir de la noche de octubre del 82 en que […] los progres […] empezaron a mandar, vieron que necesitaban un barniz moderno para paliar la irritante turbación del que no está en la onda. […] Ése fue el motivo de que algunos administradores culturales en todos los grados de la escala administrativa fingieran tomarse en serio lo que esos grupos y su entorno estaban haciendo, ya que la ética de la responsabilidad a la que se aferraban permitía ciertas alegrías, además de la buena mesa y la puta cara. […] Los verdaderos amos del desastre se tomaron en serio los juegos de los niños, los ensalzaron con la tentación de que si ellos, los izquierdistas indomables, eran de rebeldía fungible, también lo iba a ser la de esos mocosos, a quienes sólo ellos podían ver como rebeldes. Luego los ridiculizaron hablando del asunto y los destruyeron como si el crear un enemigo o un tonto útil para enseguida acabar con él en una periodística, escolástica y nula demostración circense signifique que se ha entendido algo.»

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