Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Amadís de Gaula: 500 años

El número de diciembre de la revista La Aventura de la Historia dedica su portada y artículos de fondo al V Centenario de la publicación del Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo.

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«el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto»

Por su parte, la Biblioteca Nacional lo celebra con la exposición «Amadís de Gaula (1508): Quinientos años de libros de caballerías», que estará abierta hasta el 18 de enero de 2009.

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Abierta hasta el 18 de enero.

El 30 de octubre de 1508 se terminaron de imprimir en Zaragoza, en la imprenta de Jorge Coci, Los quatro libros del famoso cavallero Amadís de Gaula: complidos, refundidos por Garci Rodríguez de Montalvo. Se trata de uno de los libros más influyentes de los Siglos de Oro, y su éxito fue tal que dio comienzo al género literario y editorial más celebrado de su época: el de los libros de caballerías.

Poco sabemos de su autor, Garci Rodríguez de Montalvo, quien posiblemente fue de origen judeoconverso. Partidario de Isabel la Católica, llegó a ser Regidor de Medina del Campo. Con toda seguridad, terminó de reescribir su Amadís entre 1495 y 1497, a partir de un texto caballeresco que había gozado de un enorme éxito desde principios del siglo XIV: el anónimo Amadís de Gaula medieval, introduciendo un cuarto libro y una continuación: las Sergas de Esplandián. El Amadís de Montalvo debió publicarse a finales del siglo XV, pero de esta primera edición no hemos conservado ningún ejemplar; por su parte, el único que se conserva de la edición de 1508 se custodia en el British Museum de Londres.

«Aquí comiença el primero libro del esforçado y virtuoso cavallero Amadís, hijo del rey Perión de Gaula y de la reina Helisena, el cual fue corregido y emendado por el honrado y virtuoso cavallero Garci-Rodríguez de Montalvo, regidor de la noble villa del Medina del Campo, y corregióle de los antiguos originales que estaban corruptos y mal compuestos en antiguo estilo, por falta de los diferentes y malos escriptores, quitando muchas palabras superfluas y poniendo otras de más polido y elegante estilo tocantes a la cavallería y actos della.» (Amadís de Gaula, Barcelona, Planeta, 1991, edición de Victoria Cirlot y José Enrique Ruiz Doménec, pág. 7).

El argumento de la obra es el siguiente:

«La novela consta de cuatro partes o ‘libros’:
I. De paso por la Pequeña Bretaña, Perión, rey de Gaula, se enamora de Elisena, la hija menor del rey Garínter. Fruto de sus ilícitas relaciones nace Amadís. Para escapar a la deshonra, Elisena coloca a su hijo dentro de un arca, junto a un pergamino que certifica su estirpe real, y lo abandona en la corriente de un río. En el mar lo encuentra el escudero Gandales de Escocia, por lo que lo llamará ‘El Doncel del Mar’. Amadís se educa como un miembro más de la familia escocesa. Conoce en su adolescencia a la princesa Oriana, hija de Lisuarte, rey de la Gran Bretaña, y un amor mutuo surgirá entre los jóvenes para siempre. Una vez armado caballero inicia sus aventuras en compañía de su amigo y escudero Gandalín, hijo de Gandales. Primero consigue escapar, con la ayuda de dos doncellas de Urganda la Desconocida, de la prisión y hechizo a que lo había sometido Arcalaus el Encantador. Más tarde, tras ser reconocido por sus padres, que hacía tiempo pudieron unirse en matrimonio, combate, por instigación de una mujer, contra Galaor hasta que un caballero les revela que son hermanos. Por último, libera a Lisuarte y a su hija también encantados por Arcalaus. Oriana, enamorada agradecida, entrega su cuerpo al caballero en el secreto del bosque.
II. Las relaciones de Amadís y la doncella Briolanja, a la que el héroe devuelve el reino que le había usurpado su tío Abiseos, provoca los celos de Oriana, que en sus cartas acusa de traición al caballero. Pero el corazón de Amadís sigue fiel a Oriana y para ganar de nuevo su favor hace penitencia en la Peña Pobre adoptando el nombre de Beltenebros. Así permanece hasta que la propia Oriana acude a reconciliarse, casándolos en secreto el ermitaño Andalod. De regreso a la vida caballeresca, ahora con el título de Caballero de la Verde Espada, continúa sus triunfos sobre enemigos y jayanes, pero la envidia de los intrigantes Gandadel y Brocadán lo enemistan con el rey Lisuarte, y Amadís tiene que instalarse con quinientos seguidores en la Ínsula Firme, no sin antes superar con éxito la prueba del Arco de los Leales Amadores.
III. Oriana, ocultando su embarazo, da a luz al hijo de Amadís. El niño nació con unas palabras latinas y griegas grabadas de forma natural en su pecho. Cuando es llevado por emisarios de Oriana a un lugar lejano, éstos son atacados por una leona y abandonan al pequeño en un bosque. La fortuna hace que el ermitaño Nasciano lo encuentre y se entregue sin desánimo a su crianza, amamantando al recién nacido con la leche de una leona, una cabra y una oveja. Nasciano bautiza al niño y le pone el nombre que se leía en su pecho: Esplandián. Por su parte, Amadís, utilizando distintos nombres, desarrolla un largo camino de victorias por toda Europa, hasta llegar a Constantinopla. Salva a su hermano Galaor de las garras del gigante Madarque. Escapa milagrosamente de un segundo encantamiento de Arcalaus. Por fin, emprende la aventura de rescatar a Oriana, que su padre pretendía entregar en matrimonio al Emperador Romano. Los dos amantes se instalan en la Ínsula Firme.
IV. Amadís y el rey Lisuarte, después de penosas luchas y de que el caballero venciera al rey, se reconcilian, gracias sobre todo a la mediación del ermitaño Nasciano. Con la ratificación en ceremonia pública del matrimonio de Amadís y Oriana -que legitima el origen de Esplandián- y los esponsales de Briolanja y Galaor, y de otras parejas de la historia termina la novela. Urganda la Desconocida pronostica las hazañas y la fama futura de Esplandián.» (tomado de E. Pérez-Rasilla Bayo y J. M. Joya Torres, Obras clave de la narrativa española, Madrid, Ciclo, 1990, págs. 47-48).

Como queda dicho, el éxito del Amadís de Montalvo atrajo a un gran número de imitadores. En trance ya de muerte, y rodeado de los suyos, don Quijote proclamará su vuelta a la «cordura» con las siguientes palabras: «Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería.» (Quijote, II, 73; el momento más triste de la historia de la literatura). Más de ochenta novelas de caballerías se escribieron entre los siglos XVI y XVII, hasta que Cervantes tomó cartas en el asunto y se propuso liquidarlos con El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (1605):

«todo él es una invectiva contra los libros de caballerías […] esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías…» (Quijote, I, Prólogo).

Propósito que, así como quien no quiere la cosa, lo llevó a la creación de la novela moderna, frente a los usos novelísticos antiguos de los que el Amadís era preclaro ejemplo. Cervantes conocía a la perfección la obra de Montalvo y no tuvo, a pesar de todo, mala opinión de ella, como queda demostrado en el capítulo 6 de la Primera Parte del Quijote, en que, aprovechando que el caballero descansa de sus primeras malandanzas, sus amigos y familiares proceden a espurgar la biblioteca de don Quijote y echan al fuego todos los libros de caballerías que caen en sus manos; cuando le llega el turno al Amadís, se produce el siguiente diálogo:

«Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio esta , porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y, así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
-Así es verdad -dijo el cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora…»

Y es, en efecto, Amadís el modelo sobre el que Alonso Quijano crea su identidad caballeresca desde el primer momento, incluso a la hora de tomar nombre:

«Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse “Amadís” a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó “Amadís de Gaula”, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse “don Quijote de la Mancha”, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.» (Quijote, I, 1).

Amadís siempre será la referencia para don Quijote:

«…quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el solo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en el mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y para todos aquellos que dijeren que se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. […] Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos.» (Quijote, I, 25).

Palabras que pronuncia cuando se interna en Sierra Morena antes de declararle a Sancho su intención de imitar la penitencia que Amadís, mudado en Beltenebros (=Bel tenebrós, Bel tenebreux, el bello tenebroso), hizo por el amor de su amada Oriana:

«Y una de las cosas en que más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre por cierto significativo y proprio para la vida que él de su voluntad había escogido. Ansí que me es a mí más fácil imitarle en esto que no en hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y pues estos lugares son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qué se deje pasar la ocasión, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas. […] Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.» (Quijote, I, 25).

Amadís, flor y espejo de los caballeros enamorados, se encomienda al nombre de su señora cada vez que va a acometer una empresa:

«-¡O, mi señora Oriana, de os me viene a mí todo el esfuerço y ardimeno; membradvos, señora, de mí a esta sazón en que tanto vuestra sabrosa membrança me es menester!» (Amadís, Libro II, cap. 44, pág. 345).

Del mismo modo procederá don Quijote con la suya:

«-¡Oh, señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla!» (Quijote, I, 8).

Podríamos aducir muchos más ejemplos, pero ya va bien. Sí que os quiero contar, para terminar y a modo de curiosidad, que Garci Rodríguez de Montalvo continuó su carrera con otra exitosa novela de caballerías, Las sergas de Esplandián (1510), quinto libro del Amadís, en la que narra las aventuras del primogénito de Amadís y Oriana. Pues bien, uno de los lugares a los que su errante destino de caballero lleva al joven Esplandián es a la isla California, donde gobierna Calafia, reina de las amazonas. Aunque una forma primitiva del nombre aparece en La chanson de Roland, éste de «California» es el nombre que toman los conquistadores españoles cuando bautizan aquella porción del Nuevo Mundo recién descubierto para los europeos:

«Sabed que a la diestra mano de las Indias ovo una isla llamada California mucho llegada a la parte del Paraíso terrenal, la cual fue poblada de mugeres negras sin que algún varón entre ellas oviesse, que casi como las amazonas era su estilo de bivir; estas eran de valientes cuerpos y esforçados y ardientes coraçones, y de grandes fuerças. La ínsola en sí, la más fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se fallava. Las sus armas eran todas de oro, y también las guarniciones de las bestias fieras en que, después de las aver amansado, cavalgavan; que en toda la isla no havía otro metal alguno. Moravan en cuevas muy bien labradas. Tenían navíos muchos en que salían a hazer sus cavalgadas; y los hombres que prendían llevávanlos consigo, dándoles las muertes que adelante oiréis. […] y si parían hembra guardávanla, y si varón luego era muerto. La causa dello, según se sabía, era porque en sus pensamientos tenían firme de apocar los varones en tan pequeño número que sin trabajo los pudiessen señorear con todas sus tierras, y guardar aquellos que entendiessen que cumplían para que la generación no pereciese.» (Las sergas de Esplandián, cap. CLVII. Ed. Castalia, edición de Carlos Sáinz de la Maza, págs. 727-728).

Parece indiscutible que los conquistadores conocían la obra de Montalvo. Con el libro llevaron el nombre, y con el nombre la saga de Amadís cruzó el Atlántico y se instaló para siempre en tierras americanas. Vale.

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