Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

No hay que perderse a Antonio Orejudo

El próximo jueves 9 de octubre, a las 20:00 horas, en la tienda que la cadena FNAC acaba de inaugurar en Málaga capital,  va a tener lugar un encuentro con uno de los mejores escritores españoles del momento: el madrileño Antonio Orejudo (1963).

Seguramente no os sonará. A mí tampoco hasta no hace mucho. Reconozco que lo descubrí el año pasado, pero mi fascinación fue absoluta desde la primera página suya que leí:

¿Y si después de todo no era un genio? Las famosas vidas ajenas presentaban siempre centenares de marcas. En la suya, sin embargo, nunca lograba encontrar ninguna. Su infancia no fue difícil ni estuvo marcada por la miseria o por el sino de la fatalidad; todo lo contrario: primogénito, varón, niño de buena familia, padres leídos y tío inmortal. ¡Y tío inmortal! Bueno, ¿y qué? Nada de eso incapacitaba para la genialidad, que él supiera. Proust no descendía de mineros precisamente, sino más bien de una familia que había comido buena carne en todas sus generaciones, aunque eso le hubiera lucido bien poco al jovern Marcel, que se había pasado en cama media vida. Pasarse en cama media vida, ¿veía él? ¡Ahí estaba la marca! En cuanto indagaba un poco en la vida de los grandes escritores, enseguida encontraba los signos de la genialidad, las cruces de tiza con que la naturaleza había querido marcarlos desde su nacimiento para que no tuvieran dudas en los momentos de tribulación. Pasarse en cama media vida era un síntoma inequívoco de genialidad. ¿Qué marcas tenía él para escapar de su propio Huerto de Getsemaní? ¿Qué sucedería si decidiera no levantarse mañana y no quitarse el camisón hasta haber culminado varios tomos de una obra maestra? […] Proust había sufrido una [enfermedad]: la tuberculosis. ¿Veía él? ¡Otra marca! ¡Qué fácil sería todo si él tuviera tuberculosis! O cualquier otra señal. Sade era rico y perverso; Baudelaire tenía una frente sobrenatural; Galdós era canario; Poe, alcohólico; y Cervantes, manco. […] Una tara física como ésa tenía que proporcionar todo el resentimiento que se necesitaba para culminar una obra de arte. ¿Sería él capaz de cortarse un brazo para, de ese modo, poder escribir una novela que cambiara el rumbo de la literatura occidental? Él creía que sí; pero en la vida, antes de hacer algo irreversible, había que pensar muy bien los pros y los contras. (págs. 13-14)

Quien así se debate en la angustia que provocan las dudas sobre el propio talento es Martiniano, uno de los tres jóvenes que protagonizan Fabulosas narraciones por historias, la deslumbrante, ácida e iconoclasta primera novela de Orejudo. Con ella ganó el XX Premio Tigre Juan en 1997, y fue publicada entonces por la editorial Lengua de Trapo. Sin embargo, la novela llegó a muy poca gente y se convirtió en un secreto para iniciados. Como he dicho, yo no estaba entre ellos: en la vorágine de novedades que inundan a diario el mercado editorial ocurre cada vez con mayor frecuencia que libros importantes te pasen absolutamente desapercibidos. Y eso me ocurrió con Fabulosas narraciones por historias. Hasta ahora.

En septiembre de 2007 la editoria Tusquets reeditó Fabulosas… y finalmente obtuvo el reconocimiento de la crítica y el respaldo del público. Diez años después. Este enlace te lleva hasta una interesantísima entrevista (errata de las gordas incluida: hablan de “Humberto Eco”; en fin…) con Antonio Orejudo en la que el autor desvela algunos de los motivos por los cuales en el año 1997 (casi) nadie le prestó atención a su opera prima.

«En presencia de la eterna juventud»

Es de esas novelas que no dejan indiferente a nadie, y mucho menos si eres, como Antonio Orejudo, como yo mismo, profesor de literatura y te dedicas, año tras año, a (intentar) explicar qué fue la Generación del 27. La impresión que te llevas conforme vas devorando las páginas es de órdago: por ellas desfilan toda suerte de camarillas literarias, las rencillas más enconadas, las conspiraciones más secretas, el surgimiento de los fascismos, la violencia más desatada, el sexo más atroz… Sé de algunos, muy serios y pagados de sí mismos, muy «profesorales», que abominaron del libro sin llegar siquiera a terminarlo. Bueno. Pues vale. Ellos se lo pierden. Pásate media vida explicando a tus alumnos figuras literarias como la ironía, analizando para ellos los rasgos del género novelístico en cuanto el de mayor potencialidad para la creación de una realidad distinta a la cotidiana, esto es: FABULADORA. Dátelas de rebelde y rompedor, de profesor extravagante, para que cuando llegue hasta tus manos una novela como ésta tu reacción sea la de una vieja beata y poco menos que pidas la cabeza del autor en una bandeja, como una Salomé o una Judith cualesquiera. ¡Señor, Señor, lo que hay que ver!

Volviendo al libro, está ambientado en la década de los años 20, en la sacrosanta Residencia de Estudiantes. Dice la nota editorial que sacó Lengua de Trapo:

Tres muchachos inician una estrecha amistad: Patricio, sobrino de José María Pereda, que sueña con ver publicada su novela realista «Los Beatles»; Martiniano, sobrino de Azorín, azotado por el resentimiento contra la intelectualidad, y Santos, de origen rural, aficionado a la literatura pornográfica de «La Pasión» y al arrebatador erotismo de las mujeres maduras. El espíritu contestatario de los tres jóvenes pone en peligro el proyecto de La Residencia: crear una nueva generación literaria (la del 27), dirigir su difusión y controlar los beneficios editoriales derivados de todo ello […] a la sombra de Ortega y Gasset.

Por las páginas de Fabulosas… desfilan las principales personalidades de aquella época que José-Carlos Mainer denominó la «Edad de Plata» de la cultura española: los ya mentados José Mª Pereda, José Martínez Ruiz, «Azorín», y José Ortega y Gasset (¡qué pechá de Pepes, ¿no?); Miguel de Unamuno, José Moreno Villa, Alberto Jiménez Fraud, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Francisco Ayala, Gregorio Marañón, Ramón Gómez de la Serna, etc., etc., etc. Y lo cierto es que la mayoría de ellos no sale muy bien librada del envite. Un ejemplo:

En fin, siempre estoy a tiempo de ser un mal escritor, denominarme novelista singular, como Unamuno, y llegar a figura señera de las letras españolas (pág. 15)

O la propia Residencia de Estudiantes:

Bajo su apariencia de armonía, de modelo intelectual y de investigación, la Residencia es una empresa como otra cualquiera, con sus rencillas personales, con sus venganzas cicateras; con su jefe, que es un tirano, y con sus subordinados, que son unos holgazanes. (pág. 50)

O sobre los intelectuales y los artistas:

Son todos unos farsantes y son muy peligrosos para la sociedad. Nefastos. Pasan por desinteresados y racionales, pero para los intelectuales y los artistas no existe nada fuera de ellos mismos. Mirad cómo posan, mirad qué posturas. La cabeza apoyada en la mano para que veamos que su inteligencia pesa lo suyo; el dedo índice señalando a su propia sien, por donde debe entrar la bala; y el resto de los dedos sujetando la barbilla y tapando la boca. Mirad a vuestro alrededor: todos asienten a sus interlocutores, pero ninguno de ellos está escuchando. Son mezquinos y cicateros; parecen sensibles, pero son hienas. (págs. 107-108)

Es una obra demoledora. Deliciosa, perversamente demoledora. Hace saltar por los aires la imagen idílica que, curso tras curso, hemos transmitido de aquellos jovencitos que se congregaron en la Residencia de Estudiantes para dar lugar a la llamada «mejor generación poética de la literatura española». El retrato llega a ser desolador… si uno se lo toma en serio. Esto es: si uno se olvida de que está leyendo una novela y no un libro de historia de la literatura, que es lo que parece haberle pasado a más de uno. Y si uno se olvida del derecho fundamental que asiste a todo novelista: el derecho a mentir, a mixtificar, a crear. El derecho a fabular. Y eso es algo que Antonio Orejudo hace con absoluta maestría, más desconcertante aún por tratarse de su primera novela.

Habrá quien considere que hablaros de esta obra es tirar piedras contra mi propio tejado, siendo yo vuestro profesor de literatura (al menos, de una buena parte de los que leéis este blog). ¿Con qué cara os explico la Generación del 27 de aquí en adelante si os da por leer Fabulosas…? ¡Le habréis perdido todo el respeto que se les debe! Pues bueno. En primer lugar, no sé yo si con vuestra edad estáis muy por la labor de respetar las cosas que los mayores os decimos que tenéis que respetar. La lógica de las hormonas es implacable y dicta que no. En segundo lugar, y suponiendo que a alguien le diera por leer esta novela, que no sé yo: ¿y si resultara que a partir de ahí le diera a ese alguien por conocer más de cerca la obra de aquellos que desfilan por sus páginas? ¿No habría merecido entonces la pena? Estoy convencido de que sí. Y aunque ello no ocurriera, hay algo que nadie puede cambiar: estamos ante una de las novelas más importantes publicadas en español en los últimos años. Y mantengo mi opinión ante quien quiera. El jueves 9 de octubre voy a estar en la FNAC de Málaga para darme el gustazo de conocer a Antonio Orejudo y quién sabe si charlar un rato con él. ¿Alguien más se anima?

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4 pensamientos en “No hay que perderse a Antonio Orejudo

  1. Pues buen provecho, y espero que os sigáis tomando los ejercicios de lengua con tan buen humor. A ver cuánto os dura…
    Buen fin de semana para las dos apavadas (a pesar de los trillones de ejercicios).

  2. Carmen y Emily en dijo:

    ¡Hola Eduardo! (no le decimos “profe” porque si no, nuestra nota se verá afectada), llevamos dos horitas con los trillones de ejercicios que nos ha mandado, un viernes tan magnífico como éste, para dar una vuelta con los amigos, pero bueno al menos nos hemos reído con algún que otro ejercicio.
    Bueno po ahora no vamo a comé una piza pa recuperá la energía perdía, un saludo de dos adolescentes algo apavadas con un vocabulario repleto de vulgarismos.

    C & E

  3. Sólo si las cabezas son las de otros.

  4. Interesante. Puedes contar conmigo al 85%. Si cuando acabe el encuentro no nos ha gustado, ¿podemos insultarnos y tirarnos botellines de cerveza a la cabeza?

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