Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Justine, Balthazar, Mountolive y Clea

Son los títulos de las cuatro novelas que componen una de los empeños novelísticos más importantes de la literatura del siglo XX: El cuarteto de Alejandría (1957-1960), de Lawrence Durrell.

Ahí va una sucinta biografía (pincha aquí si quieres algo más completo, pero en inglés):

Hijo de un ingeniero inglés, Lawrence Durrell nació en la India el 27 de febrero de 1912. A los doce años su familia lo envió a estudiar a la metrópolis, aunque no parece que aprovechara demasiado su estancia en distintos colegios británicos. En 1935 la familia se traslada a la isla griega de Corfú, donde se manifiesta su pasión desmedida por lo mediterráneo (adobado con lo clásico y lo oriental). Ese año publica su primera novela, Pied piper of lovers. Entabló amistad con Henry Miller y Anaïs Nin, y éstos le publicaron en París El libro negro (1938), rechazado por las editoriales británicas al considerarlo “obsceno”. Durante la II Guerra Mundial se instaló en Alejandría, donde conoció a Yvette Cohen, sobre cuya figura modelaría a su Justine. Pasada la guerra, desempeñó diversos cargos diplomáticos, que lo llevaron a residir en Córdoba (Argentina), Belgrado, Nicosia y, finalmente, Sommières, un pueblecito en la Provenza donde falleció el 7 de noviembre de 1990. Nos dejó un buen puñado de novelas y poemas, así como deliciosos libros de viajes y estampas de las islas griegas, donde afirmaba haber hallado su paraíso en la tierra.

El cuarteto de Alejandría fue considerado, desde su aparición, como una de las obras más importantes de la narrativa del siglo XX (se rumoreó que había hecho a su autor acreedor al Nobel de Literatura). Se compone de cuatro novelas: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958), y Clea (1960). Las tres primeras desarrollan, básicamente, la misma historia, pero cada una de ellas desde el punto de vista de uno de los personajes implicados en la trama, lo que proporciona al lector un panorama más rico y complejo de lo narrado. Sólo la cuarta avanza en la trama. Esta estructura es deudora, según el propio Durrell, de la teoría de la relatividad. La segunda novela, Balthazar, se abre con una nota del autor en la que desvela sus premisas de partida:

Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de relatividad.
Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo. Las cuatro novelas siguen este esquema.
Sin embargo, las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Sólo la última parte representará el tiempo y será una verdadera sucesora.
La relación sujeto-objeto es tan importante para la relatividad que he debido emplear los dos tonos: el subjetivo y el objetivo. La tercera parte, Mountolive, es una novela estrictamente naturalista en la cual el narrador de Justine y Balthazar se convierte en objeto, es decir, en personaje.
Este método no debe nada ni a Proust ni a Joyce, pues a mi entender sus métodos ilustran la noción de “duración” de Bergson, no la relación “espacio-tiempo”.
El tema central del libro es una investigación del amor moderno.

Darley, un profesor inglés recién llegado a Alejandría; Justine, hermosa, turbadora , con «el cálido perfume estival de su ropa y su piel, perfume que se llamaba, no sé por qué, Jamais de la vie.» (Justine, pág. 23); su marido, el copto Nessim; Balthazar, que solía recorrer los cafés con «El Poeta de la Ciudad» (máscara que no sirve para ocultar la identidad de Constantino Cavafis); Mountolive, el futuro embajador; Clea, la artista… Todos figuras de un fresco en el que el único personaje importante, de verdad, es Alejandría, la Ciudad:

Retrocedo paso a paso en el camino del recuerdo para llegar a la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría.
¡He tenido que venir tan lejos para comprenderlo todo! En este desolado promontorio que Arcturo arranca noche a noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo que ocurrió entonces. La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio. (Justine, pág. 11)

El cuarteto fue publicado por primera vez en España por la editorial Edhasa en 1978, en una muy buena traducción de Matilde Horne. Yo llegué a él durante el mes de julio de 1985, a mis veinte años recién cumplidos, en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando (Cádiz), haciendo como que servía a la patria. Las largas horas vacías me encaminaron hacia la biblioteca del cuartel en cuanto supe que existía (y que estaba muy dignamente surtida), y allí tropecé con el primer volumen, Justine. ¡Qué le vamos a hacer, uno no puede evitar ser el que es! A mi vuelta a casa (que se produjo muy pocos días después: siempre he sido un inútil, no me quisieron ni para hacer la mili), adquirí la tetralogía completa no bien tuve la oportunidad, y desde entonces he vuelto a ella en distintas ocasiones a lo largo de mis vidas anteriores. Nunca he dejado de percibirla como una obra perturbadora, pegajosa, sensual, arrebatadora, sudorosa, perfumada pero apestosa, criminal y mística… En una sola palabra: fascinante.

Rebuscando, rebuscando, he dado con algunos sitios muy interesantes, cuyos enlaces os dejo:

P.S.: Este post se lo dedico a McQueen, compañero del alma, que este verano no ha dejado pasar ocasión de insistirme para que escribiera sobre El cuarteto.

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15 pensamientos en “Justine, Balthazar, Mountolive y Clea

  1. Tutto capito. Tu entrada era nítida y cristalina.
    Un buen día, todos nosotros dejaremos para siempre Alejandría.
    Unos antes y otros después.
    Unos, presurosos, abandonarán blasfemando la ciudad podrida. Otros, sin saberlo aún, nunca regresarán ya a la urbe que, a veces, les iluminaba el rostro.

    (De un inédito de Kavafis que me encontré el otro día al fondo de un cajón).

  2. No, no, si te creo, vaya que sí…

    Como te habrás dado cuenta, amigo Ángel, me abstengo de rebatir o confirmar tus argumentos literarios porque lo cierto es que no me acuerdo como para hacerlo, ni en un sentido ni en el contrario. Esta fue un entrada escrita (casi “por encargo”) a partir de recuerdos y sensaciones, y como ya dije, no he vuelto al libro por miedo a que aquellos se me chafen.
    Esta obra la leí cuando yo era otro distinto al que ahora soy, probablemente mucho peor (y mira que eso tiene un mérito, eh), y empezaba a descubrir el mundo, y casi siempre lo hacía a través de los ojos de la literatura. Me trae recuerdos de amigos, de amores, de tristezas que pasaron por mi vida, nombres, rostros, voces cuyas cicatrices quedaron asociadas a las huellas de esta lectura.
    Y en mi memoria lo que quedó fue el deslumbramiento y la fascinación de una primera lectura comenzada en unas circunstancia tan adversas (Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando, Cádiz, recluido en la enfermería más de ocho horas al día) que en mi ánimo pesó más la posibilidad de la evasión que la capacidad de un análisis literario para el que probablemente no estaba capacitado.
    Luego, al cabo de los años, en homenaje a mi liberación y como boutade de jovencito (in)conscientemente pedante, volví en varias ocasiones al Cuarteto, hasta que ya nunca más regresé a las calles de Alejandría.
    Pero sí que es cierto que nunca he sentido esa indigestión de la que tú hablas, supongo que condicionado por aquella primera lectura… que no tengo intención de repetir, al menos por el momento. Espero haber acertado a explicar por qué.
    Un abrazo, compadre.

  3. Eduardo, como en el chiste aquel: no me toques palmas, que me conozco…
    Por otra parte, hablaba perfectamente en serio. Aún me dejé la pasmarotada de referirse al “Poeta de la Ciudad”, ¡qué cursilería petulante! ¡Y que mezclasen al bueno de Kavafis en eso…! A propósito, ahí no le daba nadie un palo al agua, empezando por el desganado profezó de inglé, el tal Darley, un vago de tomo y lomo que no sé de dónde saca pa’ tanto como destaca.
    Pero dejando al margen ese desastre de Justine, te aseguro que lo de aventar literalmente un libro malhadado no es exageración. Y la verdad, se queda uno a gusto.

  4. Lo dicho: destróyer total.

    Me encanta… 🙂

  5. No, ¡ja, ja, ja!, si tu entrada está muy bien… Quizás sea cierto que me he levantado en plan destróyer, no te digo que no. Pero qué se le va a hacer, a medida que pasa el tiempo me vuelvo menos diplomático en esto de la literatura… Seguro que a veces soy injusto. Oye, y no lo digo porque no me atraiga el espesor, que antes encomiaba a Kundera, y anda, que no es denso… Pero hombre, eso de la “teoría de la relatividad”, no me j*d*s, vaya quedada con el personal… Como no llegué a Balthazar no tuve la ocasión de disfrutar (ejem) con el parrafillo. Y mejor de esta manera. Porque, si tras estomagarme con Justine, decido persistir y me encuentro con ese prólogo, mando el libro disparado por la ventana. Que no sería el primero…

    Salud.

  6. Caray, Ángel, nos hemos levantado destroyers esta mañana… Voy a ver qué puñetas escribí en esta entrada, porque ya ni me acuerdo.

    Pos no era tan grave, no…

  7. Segunda P.D.: Acabé de la pestilencia de las calles alejandrinas, de los hedores del lago Mareotis y de las bizarrías en el desierto, monje tuerto incluido, hasta los… Eso sólo se le puede ocurrir a un inglé [sic] tardocolonial. Hombre ya.

  8. P.D.: Dedicarle al Cuarteto de Durrell, no a Kundera.

  9. Hola, qué hay. Descubro ahora esta vieja entrada sobre el Cuarteto de Alejandría. Prometo relectura (me refiero a la entrada), porque sólo la he visto al bies. Durrell tendrá mucho mérito y tal, pero… no pude pasar de Justine. Ni de joven ni en una relectura que le dediqué hace unos años… Uff. Cosa más pretenciosamente decadente… Sí, sí, ya sé: hay que leerse los cuatro. Lo cierto es que me desanimó mucho Justine, y, parafraseando a mi admirado Kundera, me temo que ya no puedo dedicarle más tiempo de mi vida. ¡Hay tanto que leer!

    Ya siento poner el granito de acíbar… Es que soy de paladar más basto, I’m afraid. Por cierto, quien quiera intertextualidades abundantes con el Cuarteto, que se mire Hyperión y La caída de Hyperión, de Dan Simmons. Ciencia ficción muy currada (definitivamente, tengo el paladar poco fino).

  10. Gracias, muy amables tus palabras, chica de arena.

  11. No lo conocía y la verdad te he de dar las gracias por la entrada.
    En fin, qué decir de los juegos olímpicos que no esté dicho ya… si yo fuese atleta me lo hubiese pensado.
    Un saludoo y enhorabuena por el blog.

  12. Dijo la clásica:

    «Pratelo es pequeño, perudo, suave, tan brando por fuela que se dilía todo de argodón… Bruuuuum, bruuuuum…»

  13. Este comentario no es sobre este tema, pero se me ha perdido aquel tan comentado sobre `Platero’ y Japón. Bueno, el viernes escuché en la radio varios artistas japoneses cantando flamenco con un interés desmesurado -como todo lo que hacen estas criaturas- y en una de las canciones intervenía un grupo de animadoras del sol naciente a modo de ‘palmeras’ y decían ‘Orre, orre’. (Sin más comentarios) Te envío un link a una página donde está uno de estos mostros

    http://www.ofssevilla.com/Eguitarraamarilla.html

    Casi na.

  14. Eso es porque no lo pillaste en pleno servicio a la patria…

    Yo hace algunos años que no lo leo y, la verdad, me da reparo volver a ello, pues no sé si seguirá resistiendo el paso de mi tiempo. Casi prefiero conservar el recuerdo de aquellas primeras lecturas que me absorbieron por completo.

  15. Este libro (estos libros) es una asignatura pendiente. Lo tengo en mi biblioteca desde que tenía veintitantos (hace unos años) en una edición en un solo volumen, y he de confesar que empecé a leerlo; pero creo que todavía no estaba maduro (yo) para leerlo con interés. Intentaré sacar tiempo para leerlo.

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