Cita en Hawaii

«A veces el amor tiene caricias frías, como navajas de barbero.»

Fahrenheit 451

La participación de Jazdan me devuelve a una de las novelas fundamentales del siglo XX, uno de esos libros que se anticiparon a su tiempo y que generaciones de lectores leen con absoluta devoción: Fahrenheit 451 (1953). Considerado un clásico de la ciencia-ficción, resulta espeluznante comprobar cuán acertado se mostró Mr. Bradbury en su anticipación a un mundo en el que los libros estarán prohibidos y su posesión será el delito más implacablemente perseguido (el título hace referencia a la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde, expresada en grados Fahrenheit). Excepto por este detalle de la prohibición de los libros (tranquilos, que todo se andará), la novela, en muchas ocasiones, se nos aparece como un texto de una actualidad desasosegante.

He estado releyendo pasajes que tengo subrayados, y es aterrador constatar que, más que una novela, en algunos momentos Fahrenheit 451 parece un reportaje o una noticia que hubiera publicado un periódico cualquiera  esta misma mañana. Así se expresa Clarisse McClellan, una joven de diecisiete años, en las primeras páginas:

todos aquellos a quienes conozco andan gritando o bailando por ahí como locos o golpeándose mutuamente. […] Temo a los jóvenes de mi edad. Se matan mutuamente. ¿Siempre ha sido así? Mi tío dice que no. Sólo en el último año, seis de mis compañeros han muerto por disparo. Otros diez han muerto en accidente de automóvil. Les temo y ellos no me quieren por este motivo. Mi tío dice que su abuelo recordaba cuando los niños no se mataban entre sí. […] la Policía no se mete con ellos con tal de que estén asegurados. Con tal de que todos tengan un seguro de diez mil, todos contentos. (pág. 40)

Beatty, el superior de Guy Montag, el protagonista, ante la sospecha de que su subalterno empieza a plantearse demasiadas preguntas incómodas:

Como las Universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios y creadores, la palabra ‘intelectual’, claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente ‘inteligente’, que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecer diferencias ni comparaciones desfavorables. ( pág. 68 )

Una de las amigas de Mrs. Montag, la esposa del protagonista:

-Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa, tres días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el ‘salón’ y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la tapadera. (pág. 107)

El propio Montag, después de haber estado a punto de ser atropellado por un coche durante su huida casi al final del libro:

Miró avenida abajo. Ahora, resultaba claro. Un vehículo lleno de chiquillos, de todas las edades, entre los doce y los dieciséis años, silbando, vociferando, vitoreando, habían visto […] a un hombre caminando […] y habían dicho: ‘Vamos a por él’, sin saber que era el fugitivo Mr. Montag. Sencillamente, cierto número de muchachos que habían salido a tragar kilómetros durante las horas de luna, con los rostros helados por el viento y que regresarían o no a casa al amanecer, vivos o sin vida. Aquello era una aventura. (pág. 139)

Y esto del desprecio de la inteligencia, de la violencia juvenil, de las locuras al volante, de la gente que arriesga su vida los sábados por la noche, de los hijos abandonados ante el televisor por unos padres que no saben qué hacer con ellos, ¿tiene algo que ver con lo que contemplamos cada día a nuestro alrededor, en nuestras casas, con lo que vivimos a diario en nuestras calles y en nuestros institutos?

Otros pasajes de la novela:

Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas? (págs. 64-65)

Vaciar los teatros […] Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos y menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio a otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior. (págs. 65-66)

Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos ‘hechos’ que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces tendrán la sensación de que piensan […] Y serán felices […] No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. […] Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con los reflejos automáticos. (pág. 71)

El televisor es ‘real’. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones, que tu mente no tiene tiempo para protestar, para gritar: ‘¡Qué tontería!’ […] ¿quién se ha arrancado alguna vez de la garra que lo sujeta una vez se ha instalado en un salón con televisor? (pág. 94)

Abandono del humanismo, exaltación de la violencia, el recurso al deporte o a los concursos televisivos como anestesia para las conciencias, poder omnímodo de la televisión… Como diría un castizo: “¡Ahí queda eso!”. Escrito hace cincuenta y cinco años, y como si estuviéramos viendo el telediario de las tres.

Por cierto, las citas corresponden a la traducción de Alfredo Crespo, publicada en la colección Ave Fénix de la Editorial Plaza & Janés en el año 1993.

Os veo en Hawaii, a ver si mejora el tiempo, que vaya fin de semana…

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2 pensamientos en “Fahrenheit 451

  1. Si me explicas con más detalle qué necesitas o sobre qué tienes que escribir, a lo mejor podría ayudarte. 🙂

  2. Hola, tengo que hacer una monografía referida a este libro. Pero no encuentro nada que tenga relación con la religión. Tal vez vos me podías ayudar. Te dejo mi mail por si querés contactarme.

Nos encantaría conocer tu opinión sobre esto…

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