Imprecación reload

Domingo. 30 Agosto, 2009 at 19:22 | In Figuras retóricas, Literatura | 14 Comments
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Ya lo dije el año pasado, pero no me importa repetirme:

Me cago en elcortinglés y en la puta vueltalcole.

Y añado al carrefú y a la gripe A.

Qué asco.

La vida perra de Juanita Narboni

Domingo. 23 Agosto, 2009 at 19:57 | In Literatura | 8 Comments
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La vida perra de Juanita Narboni es uno de los títulos “malditos” de nuestra literatura, y su autor, Ángel Vázquez (Tánger, 1929 – Madrid, 1980), uno de los grandes desconocidos de la novelística española del último tercio del siglo XX. Si nos atenemos a la información que podemos hallar en el omnipresente Google, constataremos con desolación que sólo cinco “resultados” se ocupan del escritor nacido en el mítico Tánger internacional del período de entreguerras. Y si la búsqueda es sobre La vida perra…, la práctica totalidad de los sitios hacen referencia a la segunda (y, hasta ahora, última) adaptación cinematográfica que se ha hecho de la novela (en 2005), excepto un par de ellos que nos llevan a webs de venta de libros por internet y otros cuantos que repiten como papagayos el texto de la contraportada de la edición de Virginia Trueba para la Editorial Cátedra, que es la única disponible actualmente. Lo dicho: desolador.

Ángel Vázquez

Ángel Vázquez (1929-1980)

Y, sin embargo, no me cabe duda de que estamos ante una obra capital de la novelística española contemporánea, uno de esos casos en que casi cada nuevo lector que se acerca a la novela se convierte, ipso facto, en adepto. O en adicto. Y que se pregunta con asombro qué es lo que ha impedido a La vida perra… convertirse en un clásico ineludible para cualquiera que aspire a considerarse a sí mismo lector culto en nuestra lengua.

Porque lo tiene todo: un personaje inolvidable, una historia desgarradora y un lenguaje apabullante. La vida perra… es un monumento al español, particularmente al español meridional hablado por el pueblo, pero también es el arcón donde se ha guardado el yaquetía, «aquel castellano popular hablado en Tánger […] alimentado por la Baja Andalucía y, sobre todo, por los hebreos sefarditas […] que se alimenta del árabe y el hebreo, del caldeo en menor escala, y también del portugués, el francés y el inglés.» (pág. 36), y que no sé si actualmente se seguirá hablando todavía, pero que se me antoja ya extinto, como la presencia española en aquellos lares. El propio Vázquez afirma en la introducción al texto:

«Si esta novela ha sido escrita en un castellano nada ortodoxo es porque, precisamente, mi intención no ha sido otra que la de restituir, en lo posible, el lenguaje inmediato -el lenguaje hablado- de unos muy concretos y característicos habitantes de la ciudad de Tánger. [...] Según los eruditos, en el yaquetía se entremezclan, a decir verdad con muchísimo salero, el castellano antiguo con el hebreo, salpicado de árabe y de portugués [...] lo único que he hecho al escribir las desventuras de Juanita Narboni ha sido procurar recoger en directo -en lenguaje inmediato- lo que de yaquetía pueda haber en el hablar de un tangerino típico. Y he preferido que sea una mujer, una tangerina, porque de todos es sabido que las tradiciones suelen conservarse, al menos hasta hoy, más por vía femenina que por vía masculina.» (págs. 119-120)

De padres malagueños, Antonio Vázquez Molina (nombre verdadero de Ángel Vázquez) nació en Tánger el 3 de junio de 1929, hijo único de un hombre de carácter violento que pronto abandonó a la familia y de una mujer que sacó adelante su casa regentando un negocio de sombrerería que llegó a ser muy popular en la ciudad. Fue un niño de constitución enfermiza, tímido y solitario, que prefería quedarse en la tienda a salir a jugar con los otros chiquillos. Allí, oyendo la cháchara cotidiana de su madre, de sus amigas y clientas, se empapó de yaquetía.

Tuvo que dejar los estudios por causas económicas y desde entonces se convirtió en un autodidacta que leía constantemente cuanto caía en sus manos. Su otra gran pasión fue el cine, y de ella dejó muestras sobradas en sus novelas y cuentos («El hombre que estuvo enamorado de Bette Davis», 1966, p.e.). Mientras tanto, fue acumulando todo tipo de empleos, a cual más precario, y que intentaba compaginar con una ya irrefrenable necesidad de escribir. El alcohol es una constante en su vida.

En 1962 ganó el premio Planeta con Se enciende y se apaga una luz, si bien sus críticos nunca dejan de apuntar que fue de rebote; en efecto, otra había sido la obra ganadora, pero se supo que la autora había comprometido sus derechos con otra editorial y fue despojada del galardón, que pasó entonces a la novela finalista, la de Ángel Vázquez.

Con 1964 llega su segunda novela, Fiesta para una mujer sola. Pero es también el año en que fallece su madre y él se ve forzado a abandonar la casa familiar. Acogido por algunos amigos, acaba por abandonar un Tánger que ya distaba mucho de ese paraíso mítico de su infancia y adolescencia. Alcoholizado, sin dinero, con la ropa puesta y tres maletas llenas de libros, deja Tánger en 1965 y, después de andar por diversos lugares, se instala en Madrid, donde el cariño y la lealtad de un puñado de amigos incondicionales intentarán hacer su vida más llevadera.

Hacia finales de 1972 empieza a escribir La vida perra de Juanita Narboni, que verá la luz en 1976 y que, aunque seleccionada para el Premio de la Crítica de ese año, pronto cae en el olvido.

Pasa sus últimos años de vida con la salud cada vez más deteriorada y en una penuria económica irremediable. El 25 de febrero de 1980 quema dos novelas que no consigue terminar. Esa misma noche, un ataque al corazón se lo lleva por delante. Años después de su muerte, alguien escribió: «nadie se apercibió de que se acababa de morir el último escritor maldito de España» (José A. Gabriel y Galán, 1982).

No han cambiado demasiado las cosas desde entonces: Ángel Vázquez sigue siendo hoy carne de especialistas, un escritor prácticamente desconocido para el público hispánico, a pesar de la excelente edición de Virginia Trueba para la colección Letras Hispánicas de la Editorial Cátedra (de la que he extraído las citas y buena parte de los datos biográficos expuestos). ¿A qué se debe? Bueno, a lo mejor habría que ir a rebuscar en otros cajones los motivos de este si no aislamiento absoluto, sí al menos desconocimiento generalizado que sufren el escritor tangerino y su obra. Nos da en la nariz que tiene muchas papeletas para quedarse fuera de la foto quien siempre fue por libre, quien nunca quiso saber nada del mundillo literario, y menos viviendo en Tánger, y quien en 1976 es capaz de proclamar:

«No soy escritor político. No soy de derechas porque la derecha española la encuentro medieval, ni tampoco de izquierdas porque en España se me asemeja esta tendencia a la condesa Alexandra o a la familia Romanoff. En el fondo soy anarquista, sólo en el sentido de que hago lo que me da la gana y pretendo que me dejen en paz.» (pág. 26; lo suscribo palabra por palabra.)

Por si fuera poco, no alberga dudas en cuanto al ineludible compromiso social que se exigía a los escritores españoles de aquellos años. Describirá su primera novela (1962) en los siguientes términos (las negritas son mías):

«Novela objetiva, imaginativa, cursi y absurda, sin problema social porque soy pobre y las novelas de problemas sociales sólo las escriben los burgueses.» (pág. 30)

Si a lo anterior sumamos una conciencia atormentada pero implacablemente lúcida:

«Yo también soy un corrompido. Sin fe en Dios, egoísta y sin ninguna confianza en mí mismo. Homosexual, alcohólico, drogado, cleptómano…» (pág. 17)

…el resultado final sólo puede ser el que es: el de un escritor y una obra que han pagado con la marginación la osadía de haber rechazado toda clase de compromiso político y/o social en una época en la que éste era una categoría impuesta a la literatura que muy pocos tuvieron los arrestos de cuestionar. Va siendo hora de revisar el canon, digo yo. Que ya está bien de que la luz de los focos siga a gente -”escritores” es un término que les viene grande- cuyo mérito está más unido a unas circunstancias sociales y políticas ya superadas que a sus cualidades literarias.

Juanita Narboni

Dibujo de Ángel Vázquez

La vida perra de Juanita Narboni (1976) se ambienta, como queda dicho, en el Tánger internacional de los primeros decenios del pasado siglo, a cuya decadencia -como a la de la protagonista misma- asistimos a través de los ojos de Juanita.

«esta maldita casa que es como una tumba, en esta ciudad que es un cementerio, y yo una enterrada viva.» (pág. 382)

Víctima de una educación represiva y burguesa -una señorita de buena familia no puede…, una señorita de buena familia no debe…-, es una mujer que no ha conocido el amor y que ha terminado por convertirse en una solterona llena de prejuicios, pero también de sueños; de temores, pero también de anhelos; presa fácil de la cursilería, pero al mismo tiempo capaz de una estremecedora lucidez.

«La invención de mí misma es algo así como si yo me viera a través de un espejo: una tontona. Y por dentro… ¡Si supierais cómo soy por dentro! ¡Y la importancia que para mí tienen las pequeñas cosas y todo aquello que ha quedado atrás!» (pág. 243)

«Y si vieras la pena que siento por dentro, un estúpido amargor de boca y una sensación imbécil de desperdicio. Lo he desperdiciado todo: el tiempo, las palabras, y siempre por lo mismo, porque nunca me he atrevido a decir lo que siento. Es culpa mía. […] acabaré convirtiéndome en un personaje ridículo. Uno más de esta ciudad.» (pág. 170)

«Todo lo que estoy pasando ha sido siempre por culpa mía. Yo tengo la culpa de todo. […] Mejor que estoy no merezco estar.» (pág. 353)

Se trata de uno de los personajes más conmovedores de nuestra narrativa, y asistimos a su degradación con una mezcla de espanto y conmiseración no exenta, en ocasiones, de rechazo. La vida se le escapa a Juanita y ella se muestra incapaz de hacer nada por evitarlo. Siempre pendiente de las formas y del qué dirán, su vida es una sucesión de convencionalismos ante los que se muestra inerme.

«La tonta he sido yo, y no por prejuicios, sino por miedo. Miedo al qué dirán.» (pág. 244)

Juanita vive rodeada de espectros: el de una madre fallecida por la que profesa una veneración incondicional; el de un padre al que ella tilda de disoluto y que sólo le inspira desprecio; y el de una hermana huida de casa a la que reprocha su desparpajo social y el haber sido objeto de todos los mimos y caprichos por parte de su padre mientras vivía. La soledad en que vive Juanita, aliviada sólo por la presencia de Hamruch, la asistenta, va siendo cada vez más absoluta y es tanto más profunda cuanto que carece en todo momento del contrapunto de la voz ajena.

«tu vida ha sido siempre un teatrito de sombras chinescas. La mía, en cambio, sombras del pasado» (pág. 129)

«eres muy mala, Juani, muy mala y muy pérfida, y no mereces la amistad de nadie, ni el amparo de nadie, ni la ayuda de nadie, sólo mereces una cosa, sí, una cosa que te espanta más que los gatos, los cuervos y el viento: soledad.» (pág. 309)

En efecto, el rasgo discursivo más característico de La vida perra… viene representado por un monólogo dialogado que permanece inalterado a lo largo de toda la obra y en el que terminan por converger la voz interior de la protagonista y la voz externa, la social, hasta que las palabras que pronuncia Juanita se funden con las que piensa, en una suerte de magma lingüístico que se precipita hacia el delirio. Incluso cuando habla con otros personajes, la voz de la tangerina es la única que nos es dado conocer en toda la obra: sólo conocemos su mundo por lo que dice de él.

«Marinita, un beso. Perdona. No, no tengo prisa, atiende a esta señora. Anita, ¿quién es? ¡Ah, ya, la mujer del cónsul de Bélgica, Madame Cléron! Pachucha, gracias, mi reina, por preguntar por mi salud, muy mala cara debo de tener yo cuando tú me ofreces una silla. Si tú supieras…» (pág. 236)

A más de sola, Juanita es una mujer sexualmente frustrada, lo que la lleva a envidiar, incluso a odiar, a quienes, como su hermana, sí han disfrutado de los placeres -y las amarguras- del amor.

«Ahora, cuando me toco las tetitas, me siento como disminuida. Y no soy tortillera, bien lo sabe Dios, que me gustan los hombres. Pero en silencio, con discreción, no como a mi hermana, que es de las que se meten en los portales.  Una buscona. Eso es lo que es.» (pág. 144)

«Sigo virgen, intocada. Ningún hombre me ha puesto sus asquerosas manos encima, ninguno.» (pág. 186)

Aflora entonces un apabullante sentimiento de culpa «por no ser como los demás, por no ser moderna, por pensar al revés, por no saber explicar ni entender nada, por ser torpe, por carecer de cultura, por su cobardía.» (pág. 50) que funciona en las dos direcciones: Juanita se culpa a sí misma por no ser como los otros, pero también culpa a los otros por haber convertido su vida en un cúmulo de exigencias al tiempo que de deseos insatisfechos.

«Lo que nunca fue asunto mío fue mi propia vida; ésa quedó destrozada, hecha jirones por los demás, que poquito a poco y a su modo, cada uno puso su granito de arena.» (pág. 371)

Enajenada, pero entre estremecedores destellos de lucidez, Juanita acabará por vivir una vida de ilusiones, entre espejismos del pasado y presencias fantasmales que impondrán su presencia en cada uno de sus actos, a cada minuto del día, hasta desembocar en un desgarrador final que deja al lector emocionalmente exhausto.

«Tú y yo, hija, somos las novias de la Muerte.» (pág. 263)

«No, no hay nada que hacer. Estás sola como la una. ¿Qué puedes esperar? No, no esperes nunca nada. Porque nada vendrá. ¡Qué ingenua eres, Juani! Te pasas la vida esperando. […] Juani, ¿cuándo te vas a dar cuenta de la realidad?» (pág. 337)

A pesar de lo dicho, en los últimos años se alzan cada vez más voces reclamando para Ángel Vázquez y su obra el lugar que en justicia les corresponde. Así, además de la edición de La vida perra… disponible en la Editorial Cátedra, el mercado editorial se ha visto enriquecido con El cuarto de los niños y otros cuentos (Ed. Pre-Textos, 2008), que recopila sus mejores cuentos, y hace pocos meses que la segunda novela de Vázquez, Fiesta para una mujer sola, ha conocido una nueva edición (Ed. Rey Lear, 2009), lamentablemente cuajada de erratas. Las cosas hay que hacerlas bien, caray… A ello hay que sumar la esporádica aparición, tanto en prensa especializada como en diarios de información general, de artículos que abordan, desde distintas perspectivas, la figura del autor y su escasa obra. Destaca en este sentido el magnífico acercamiento que supuso el monográfico «Ángel Vázquez y La vida perra de Juanita Narboni», emitido el 14 de abril de 2008 dentro del programa radiofónico Documentos RNE, de Radio Nacional de España. Puedes escucharlo íntegramente pulsando el reproductor (te recuerdo que puede que no funcione con versiones antiguas de Internet Explorer).

Mención aparte merece la web de Domingo del Pino, casado con una prima del malogrado autor, ya que en ella nos topamos de bruces con «Bárbara y los cisnes», un cuento inédito de Vázquez (finalmente incorporado a El cuarto de los niños…), amén de una recopilación de reseñas y artículos sobre su vida y su obra (sin enlaces, mera información bibliográfica) y unas cuantas fotos de carácter personal y familiar. Del Pino también reseña brevemente la publicación de El cuarto de los niños… y abre su archivo para compartir una carta privada de Vázquez (fechada en febrero de 1975), aunque su lectura sea un tanto dificultosa.

Por lo demás, y dejando de lado lo sorprendente de que un texto tan poco conocido haya dado lugar a dos adaptaciones al cine (la primera, dirigida en 1982 por Javier Aguirre e interpretada de manera estremecedora por la grandísima Esperanza Roy, es otra joya maldita de nuestra ¿cultura?; de la segunda no opino porque no la he visto), la sombra de La vida perra… se alarga, como en las horas finales de la tarde, hasta nuestros días, y el último ejemplo lo encontramos en Ganas de hablar, la más reciente novela de Eduardo Mendicutti (febrero de 2008), que se abre con una cita extraída de la obra de Ángel Vázquez: «¿Es que no te has dado cuenta que llevas años y años hablando con una muerta?» (pág. 387), y que, al igual que La vida perra…, se construye única y exclusivamente a partir de la voz de su protagonista, en este caso un viejo homosexual que atiende por Cigala. Mendicutti no ha perdido de vista el libro de Vázquez a lo largo de las trescientas siete páginas de su novela, lo cual no le resta mérito, antes al contrario, la dignifica en la grandeza de su modelo.

Aloha.

Cinco años

Miércoles. 19 Agosto, 2009 at 23:19 | In Literatura | 11 Comments

Cinco años son los que han pasado desde que el cáncer cercenó la vida de una de las mejores personas a las que he tenido el privilegio de llamar amigo, maestro, cómplice, consuelo. Éstas son las primeras palabras que escribo al respecto porque, simplemente, en todo este tiempo no me han salido.

Cinco años sin la generosidad infinita de tu corazón.

Cinco años sin compartir lecturas en noches que parecían no acabarse.

Cinco años en que ya nadie aboga por la vuelta a una literatura viril.

Cinco años sin “footin’ tonight”.

Cinco años que no nos pimplamos una botella de whisky en la paz de tu jardín.

Cinco años sin el refugio de tu hospitalidad.

Cinco años que no fumo John Player Special.

Cinco años en que no he vuelto a recitar poesía en público.

Cinco años sin una tumba a la que llevarte un ramo de flores.

Cinco años que sin tu amistad parecen una estafa.

Lou Reed compuso esta canción cuando murió el poeta Delmore Schwartz, con quien tanto quería. Hoy es para ti, Manolo.

MY HOUSE

The image of the poet’s in the breeze
Canadian geese are flying above the trees
A mist is hanging gently on the lake
My house is very beautiful at night

My friend and teacher occupies a spare room
He’s dead —at peace at last the wandering jew
Other friends had put stones on his grave
He was the first great man that I had ever met

Sylvia and I got out our Ouija Board
To dial a spirit —across the room it soared
We were happy and amazed at what we saw
Blazing stood the proud and regal name Delmore

Delmore, I missed all your funny ways
I missed your jokes and the brilliant things you said
My Dedalus to your Bloom, was such a perfect wit
And to find you in my house makes things perfect

I’ve really got a lucky life
My writing, my motorcycle and my wife
And to top it all off a spirit of pure poetry
Is living in this stone and wood house with me

The image of the poet’s in the breeze
Canadian geese are flying above the trees
A mist is hanging gently on the lake
Our house is very beautiful at night

La traducción, de Javier Calvo y Cruz Rodríguez Juiz, está tomada (sin permiso, por supuesto) del libro Lou Reed, atraviesa el fuego. Todas las canciones (Ed. Mondadori, 2000, pág. 242), y dice así:

MI CASA

La brisa trae la imagen del poeta
Gansos del Canadá sobrevuelan los árboles
Una neblina flota suavemente sobre el lago
Mi casa es muy bonita de noche

Mi amigo y profesor ocupa una habitación libre
Está muerto: por fin descansa en paz el judío errante
Otros amigos han llevado piedras a su tumba
Fue el primer gran hombre que conocí

Sylvia y yo sacamos la tabla de ouija
Para comunicarnos con un espíritu: planeó por toda la habitación
Nos divirtió y sorprendió lo que vimos
El orgulloso y regio nombre de Delmore resplandeciendo

Delmore, añoro tus curiosas costumbres
Añoro tus bromas y tus comentarios brillantes
Mi Dedalus a tu Bloom, ¡qué ingenio!
Encontrarte en mi casa hace que todo sea perfecto

En verdad, llevo una vida afortunada
Mi escritura, mi moto y mi esposa
Y para redondearlo, un espíritu de poesía pura
Habita conmigo en esta casa de piedra y madera

La brisa trae la imagen del poeta
Gansos del Canadá sobrevuelan los árboles
Una neblina flota suavemente sobre el lago
Mi casa es muy bonita de noche

Fue un privilegio.

Por la lectura

Lunes. 17 Agosto, 2009 at 20:53 | In Literatura | 4 Comments
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Después de casi un mes de problemas informáticos de todo tipo (algún día alguien debería intentar convencernos de que es mera casualidad que todos los cacharros electrónicos empiecen a dar problemas exactamente a los dos años de haberlos adquirido), volvemos al tajo para difundir dos textos del gran José Luis Sampedro: el uno, a propósito del renovado interés por imponer a las bibliotecas públicas un canon de veinte céntimos de euro (0,20 €) por préstamo de libro. Un canon. Otro canon. Huuummm… ¿Os suena de algo? Hijos de la gran puta.

«Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!»

Gracias a Anne, que me lo ha pasado por correo. Y tú deberías hacer lo mismo: cópialo y pásalo. Que se entere todo el mundo. Panda de cabrones…

El otro, acerca de ese íntimo placer -del que alguna vez hemos hablado en Hawaii- que proporciona recorrer una librería en busca de ese libro que nos está esperando y en cuyas orillas estamos destinados a desembarcar.

¿Habéis navegado alguna vez en un velero a lo largo de la costa, movidos por una suave brisa que susurra en las velas, y viendo a poca distancia cómo van apareciendo y quedando atrás los detalles del litoral? Estáis viendo una playa con un círculo de casitas, blancas y rojas, al pie de un monte, pero dobláis un promontorio y el mundo cambia: es ahora un alto acantilado a pico sobre el mar con orilla de espumas embravecidas. Y más allá es un puerto, grúas alargadas al cielo, inmensos buques cargando… La vida se desliza ante nosotros.
Pues bien, ésa misma experiencia, pero mucho más rica, más llena de sorpresas, la vivo yo en las grandes librerías. Entro en una y me rodean los muros tapizados de estanterías llenas de libros y, aunque ellos no se mueven, mi lento paso va dejando atrás el universo de las matemáticas y el de la zoología, mientras se me ofrecen, en generosa variedad, los estantes de novelas extranjeras, títulos algunos que conozco, otros tan prometedores y sugestivos que me gustaría desembarcar en ellos, incluso al pasar acaricio un volumen, lo abro al azar, casi voy a caer… ¡pero es tan largo mi viaje, hay tantos horizontes alrededor que continúo! Ahora navego con cuidado, he de sortear islotes que se alzan en mi mar: mesas cubiertas de libros con portadas, fotos de autores, diseños atrayentes… No puedo remediarlo, cargo un libro en mi esquife y sigo, pues ahí veo relatos de viajes, fotos exóticas, mapas reveladores, cargo con otro: un bello recorrido por el Afganistán, sus montañas nevadas al fondo, sus caravanas en el desierto, las más preciosas sedas sobre el áspero lomo de camellos ¡me quedo con él, me quedo con él! Así podré viajar cuando quiera a donde nunca podría ir sin este libro, porque unos salvajes ya han destruido sus bellezas…
Esa navegación en la librería, en mi carabela de los descubrimientos, y esa conquista fácil de otros mundos, de otras vidas, que nunca conocería sin el libro es la fuerza, la magia, la salvadora vivencia de la lectura. Desde que, en mi infancia, Salgari me llevó a vivir entre los bucaneros del Caribe, hasta ahora en que puedo asomarme a las mitocondrias y su discutido misterio en las células, mientras yo no pierda los ojos ni la razón, la lectura llenará mis deseos, provocará otros y me descubrirá lo que no sospecho dando a mi limitada vida física perspectivas innumerables. ¡Desdichados los que se privan de estas navegaciones insustituibles, indispensables, enriquecedoras! ¡Abramos sus ojos a la lectura!

Los textos originales están a vuestra disposición en la página del autor, en la sección Miradas.

Aloha.

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