Contra la crisis, imaginación
Viernes. 26 Junio, 2009 at 18:42 | In Literatura, Música | 8 CommentsTags: Agustín Fernández Mallo, David Lynch, El Cultural, Farrah Fawcett Majors, Literatura, Música, Michael Jackson, Noche oscura del alma, San Juan de la Cruz
Hoy, la habitual colaboración («CTRL + ALT + SUPR») de Agustín Fernández Mallo en la revista El Cultural no tiene desperdicio. ¡Al loro, musikboy!
Piense en esto: se vende un disco, Dark night of the soul, firmado por el músico Danger Mouse y el grupo Sparklehorse, que está vacío. Lo abres y encuentras un CD virgen. El único valor de cambio es la flamante caja que lo envuelve, diseñada y decorada por David Lynch. Por desavenencias entre los músicos y la compañía discográfica, el comprador sólo paga el envoltorio, y dentro, junto al CD virgen, se invita a descargar las canciones en la Red. Pareciera que el título, que evoca Noche oscura de San Juan de la Cruz, fuera el mejor significante de lo que nos espera dentro. La vuelta de tuerca, sin duda genial, nos hace pensar sobre el sentido del formato físico y las descargas digitales. El consumidor es aquí un artista colateral, que va montando la obra, tipo puzzle, en un proceso en el que el valor de la obra, los significantes y significados de la música, así como el sentido de la propia compra, van saltando como gotas de agua en una freidora dadá. El medio ya no es el mensaje, sino que el proceso es el mensaje. No sólo arte conceptual, sino mercado conceptual.
Contra la crisis -o las cabronadas-, imaginación.
P.S.: Las negritas son mías. And by the way, una nube de negro duelo se cierne hoy sobre el Universo Pop. Michael Jackson y Farrah Fawcett Majors, no sé cual de los dos era más rubia, pero esto no va a ser lo mismo sin vosotros. Ella fue siempre mi ángel favorito, él regaló mis oídos con un buen número de canciones maravillosas. Ambos fueron iconos delirantes de la delirante imaginería pop. Who’s bad?
Omisiones
Lunes. 22 Junio, 2009 at 17:54 | In Literatura | 7 CommentsTags: Jaime Gil de Biedma, Literatura
«En cuanto a mí, jamás me he arrepentido de otra cosa que de mis omisiones: lo que no he hecho, lo que no hago, lo que estoy a cada momento dejando de hacer. Me remuerde la incapacidad de dedicarme, de entregarme igual y continuamente a nada, ni siquiera a la poesía, que es lo único que de verdad me importa.»
Jaime Gil de Biedma, Retrato del artista en 1956, 1991, pág. 56.
Diario del primer amor
Domingo. 21 Junio, 2009 at 19:04 | In Literatura | 2 CommentsTags: Giacomo Leopardi, Literatura, Romanticismo
Diario del primer amor es el título de un librito que acaba de publicar la editorial Errata Naturae, en su colección “La mujer cíclope” y en traducción de César Palma. Su autor es una de las figuras señeras del Romanticismo italiano y, por ende, europeo: Giacomo Leopardi (1798-1837), considerado el mayor poeta lírico del XIX en Italia.
Nacido en Recanati, en la provincia italiana de Macerata, a orillas del Mar Adriático, la infancia de Leopardi transcurrió consagrada al estudio debido a una enfermedad que lo mantenía postrado. A los once años lee a Homero (en griego, claro), a los trece escribe una tragedia, otra más a los catorce y un ensayo a los quince, edad en que había estudiado las lenguas clásicas y modernas (hablaba siete lenguas), hebreo, historia, filosofía, filología, ciencias naturales y astronomía. En 1818-1819 empieza a perder la vista. Angustiado, intenta huir de la vida en Recanati en varias ocasiones (Roma, Bolonia, Milán, Florencia), pero siempre acaba por volver. Su espíritu, cada vez más sombrío, lo mantiene sumido en un profundo pesimismo que lo lleva a anhelar la muerte. La primera edición de sus Canti (Cantos) aparece en 1831 y en 1833 marcha a Nápoles, donde morirá cuatro años después.
La obra de Leopardi nace del dolor, un dolor universal («Arcano è tutto, / Fuor che il nostro dolor»; «Arcano es todo, / menos nuestro dolor», dejará escrito en el Canto IX, «Último canto de Safo»), pero, a la vez, un dolor profundamente íntimo y personal:
XII. L’INFINITO
Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo; ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Così tra questa
Immensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.
En traducción de Diego Navarro (Cantos, Barcelona, Ed. Planeta, 1983, col. Clásicos Universales Planeta, nº 53, pág. 41):
XII. EL INFINITO
Siempre cara me fue esta yerma loma
y esta maleza, la que tanta parte
del último horizonte ver impide.
Sentado aquí, contemplo interminables
espacios detrás de ella, y sobrehumanos
silencios, y una calma profundísima
mi pensamiento finge; poco falta
para que el corazón se espante. Escucho
el viento susurrar entre estas ramas,
y comparando voy a aquel silencio
infinito, esta voz; y pienso entonces
en lo eterno, en las muertas estaciones
y en la presente, rumorosa. En esta
inmensidad se anega el pensamiento,
y el naufragar en este mar me es dulce.
En cuanto a la obrita que nos ocupa (que va seguida de las impresiones, reflexiones y notas que constituyen sus Recuerdos de infancia y de adolescencia), me vais a permitir que para presentarla me remita al texto que aparece en la contraportada:
«Escritas entre el 14 de diciembre de 1817 y el 2 de enero de 1818, las páginas de este Diario del primer amor narran el enamoramiento del joven Leopardi de “una dama de Pesaro”, Gertrude Cassi, prima de su padre. En este diario [...] el poeta registra todas las variaciones del sentimiento amoroso que comienza a nacer, analizándolas con una precisión, franqueza y claridad absolutamente reveladoras. Perfectamente consciente de las contradicciones inherentes a este “tormento” hasta entonces desconocido, este muchacho que habría de convertirse en una de las figuras fundamentales del Romanticismo, se reconoce ya esclavo de esta nueva e inmensa pasión y, a un tiempo, nos presenta el camino que él mismo recorrerá hacia la construcción de una nueva sensibilidad artística y vital en la Europa del S.XIX.»
Leopardi va levantando acta, casi a la usanza notarial, de los devastadores efectos que este primer amor causa en su cuerpo (pesadillas, insomnio, inapetencia…) y en su espíritu (melancolía, angustia, ensimismamiento, abandono del hábito de estudio…). A pesar de ello:
«mi alma es más grande y noble de lo que suele, y mi corazón está más abierto a las pasiones.» (pág. 26)
La agudeza de su análisis parte de sus mismas preferencias en materia sentimental:
«Primero, los rasgos marcados (siempre que se combinen con la delicadeza y la gracia, y no sean viriles), los ojos y los cabellos negros, la vivacidad del rostro, el cuerpo grande; [...] Segundo, las maneras graciosas y benévolas pero nada afectadas, y sobre todo sin contoneos, sin gestos muy melindrosos, sin ningún remilgo…» (pág. 27)
A su «querido dolor», a la «misma desgana para comer y el deleite», a la «persistente melancolía», a la «misma meditación honda y persistente», al «mismo desasosiego» y a la «misma congoja» que siente en los últimos días, el poeta suma un «deseo de gozar más tiempo y con una voracidad ciega e insaciable» (pág. 32), que se aviene mal con el retiro y la dedicación que exigen sus estudios:
«con el alma vacía o, más bien, llena de tedio [...] seguiré pensando siempre que hay algo más deleitoso que el estudio, y que ese algo ya lo he experimentado.» (págs. 34-35)
Sin embargo, el joven proyecto de gran poeta constata que, por mor de la ausencia de la amada, «la pasión se va desvaneciendo [...] mengua la pasión por falta de sustento» (pág. 39).
La lucidez que muestra Leopardi en estas páginas lo lleva a achacar este primer arrebato amoroso a su bisoñez en materia amorosa:
«mi pasión nació porque, siendo yo del todo inexperto, jugué y conversé muy familiarmente con una persona de aspecto bastante bello, y de formas y maneras hechas para mi corazón; si bien esta segunda razón es realmente secundaria, toda vez que considero que por mi inexperiencia, otro rostro bello, que hubiera hablado y tratado conmigo del mismo modo, me habría cautivado igualmente, aun cuando sus actos y sus facciones hubiesen sido del todo diferentes.» (pág. 42)
Aun así, no se avergüenza de sus sentimientos:
«Por lo demás, estoy muy lejos de avergonzarme de mi pasión, pues, desde el instante mismo en que nació, me he felicitado por ella, y me sigo felicitando, y me alegra sentir cualquiera de los afectos sin los cuales uno no puede engrandecerse, y saber afligirme por cosas que no son del cuerpo, y haberme demostrado que mi corazón es sobremanera tierno y sensible, gracias al cual tal vez alguna vez haga y escriba algo que permanezca en el recuerdo» (págs. 43-44)
Y sí, gracias a su corazón «sobremanera tierno y sensible», ese corazón que encontró su mejor definición en un profundo pesimismo de raíz existencialista, Giacomo Leopardi llegó a convertirse en una de las voces poéticas más importantes de la lírica europea.
Hoy, casi doscientos años después, sus palabras sobre el primer amor abren brecha en el frágil muro tras el que se agazapan un sinfín de recuerdos asociados a un nombre, a un juego, a un pupitre, a un sabor, a una mirada. Al roce involuntario de unos dedos tímidos y siempre sudados.
Se llamaba…
Tras el rastro de nuestros místicos
Lunes. 1 Junio, 2009 at 23:51 | In Bachillerato, Educación, Literatura | 10 CommentsTags: fray Luis de León, Literatura, Mística, Poesía, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús
Hace algunos años no se me ocurrió mejor cosa que recorrer las mesetas castellanas en pleno verano, aprovechando la fresquita. Buenas viandas, excelentes quesos y vinos recios a cada vuelta del camino (¡así me puse, voto al chápiro verde!). Y doquiera la cabeza tornase, huellas de algunos de nuestros escritores clásicos, de las cuales, como os comenté en clase, ofrezco aquí testimonio gráfico. Disculpad la calidad de algunas fotos, pues no fueron disparadas en las mejores condiciones de luz (y yo tampoco soy Robert Capa).
Estatua de fray Luis de León (Cuenca):

«Béseme de besos de su boca; que buenos son tus amores más que el vino.»
Huellas de Santa Teresa de Jesús en Segovia:

«No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos.»

«Nada te turbe, nada te espante. / Todo se pasa. Dios no se muda. / La paciencia todo lo alcanza.»

«Vuestra soy, para Vos nací, / ¿qué mandáis hacer de mí?»
Celda de Santa Teresa de Jesús (Monasterio de la Encarnación, Ávila):

«Pues todos temen la muerte, / ¿cómo te es dulce el morir?»
Cueva en la que San Juan de la Cruz pasó cerca de un año como eremita (Convento del Carmen, Pastrana, Guadalajara):

«Sin arrimo y con arrimo, / sin luz y a oscuras viviendo / todo me voy consumiendo.»

«Y aunque tinieblas padezco / en esta vida mortal / no es tan crecido mi mal»
Antiguo sepulcro de San Juan de la Cruz (Convento de los Carmelitas Descalzos, Segovia):

«Por toda la hermosura / nunca yo me perderé, / sino por un no sé qué / que se alcanza por ventura.»
Actual sepulcro de San Juan de la Cruz (Convento de los Carmelitas Descalzos, Segovia):

«Aquesta viva fuente que deseo / en este pan de vida yo la veo / aunque es de noche.»
Dulces y místicos sueños. Dejaos arrebatar por el éxtasis… espiritual.
Nos vemos en Hawaii.
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