Antonio Machado, setenta años
Domingo. 22 Febrero, 2009 at 20:42 | In Literatura | 9 CommentsTags: Antonio Machado, Literatura, Poesía
Hace setenta años, el 22 de febrero de 1939, el poeta Antonio Machado murió en Collioure (Francia).
LXXV
Yo, como Anacreonte,
quiero cantar, reír y echar al viento
las sabias amarguras
y los graves consejos,
y quiero, sobre todo, emborracharme,
ya lo sabéis… ¡Grotesco!
Pura fe en el morir, pobre alegría
y macabro danzar antes de tiempo. (Soledades, 1889-1907)
100 años del Futurismo (I)
Viernes. 20 Febrero, 2009 at 22:45 | In Literatura | Leave a CommentTags: F. T. Marinetti, Futurismo, Literatura
Filippo Tommaso Marinetti, «Le Futurisme» (texto completo del también conocido como «Primer Manifiesto Futurista»), 20 de febrero de 1909. Primera página del diario parisino Le Figaro:
«Mis amigos y yo habíamos velado toda la noche bajo las lámparas de la mezquita de cobrizas cúpulas agujereadas y revolcábamos nuestra pereza nativa sobre los opulentos tapices persas. Habíamos discutido hasta los límites extremos de la lógica y arañado el papel de locas escrituras.
Un inmenso orgullo hinchaba nuestros pechos al sentirnos solos, erguidos como faros o como centinelas avanzados frente al jército de estrellas enemigas que acampaban en sus vivacs celestes. ¡A solas con los mecánicos en las fraguas infernales de nuestros navíos, a solas con los negros fantasmas que forrajean en el vientre rojo de las locomotoras enloquecidas, a solas con los embriagantes batires de alas contra los muros!
Y henos aquí bruscamente distraídos por el rodar de enormes tranvías de doble piso que pasan estridentes agujereados de luz, tales como caseríos en fiesta que el Po desbordado conmoviera y exterminara súbitamente arrastrándolos en cascadas y remolinos de diluvio hasta el mar.
Después se adensó el silencio. Y escuchando la oración extenuada del viejo canal y el crujir de huesos de los palacios moribundos decorados de verdín, de repente rugieron bajo nuestras ventanas los automóviles hambrientos.
-¡Partamos, amigos! -dije yo-. Al fin la Mitología y el Ideal místico han sido superados. Vamos a asistir al nacimiento del Centauro y veremos muy pronto volar los primeros ángeles. Será preciso forzar las puertas de la vida para probar los goznes y los cerrojos. ¡Partamos! He aquí el primer sol alboreando sobre la tierra… Nada iguala al resplandor de su espada roja que se esgrime por primera vez entre nuestras tinieblas milenarias.
Nos aproximamos a las tres máquinas refunfuñantes para acariciar sus petrales. Yo me tendí sobre la mía como un cadáver sobre su ataúd, pero resucité súbito bajo su volante -cuchillo de guillotina- que amenazaba cortar mi estómago.
La gran escoba de la locura nos saca de quicio y nos impele a cruzar las calles escarpadas y profundas como torrentes desecados. Aquí y allá lámparas agoreras en los cuadros de las ventanas nos enseñan a despreciar nuestros ojos matemáticos.
-¡A las fieras -grité yo- les basta con su olfato!
Y cazábamos -como leones jóvenes- la Muerte que corría ante nosotros en el vasto ambiente malva, palpitante y vivo.
Y sin embargo, no teníamos Señora ideal irguiendo su talle hasta las nubes ni Reina cruel a quien ofrecer nuestros cadáveres torcidos en ondas bizantinas. Nada por quien morir, sino es por el deseo de desprendernos al fin de nuestro valor audaz.
Íbamos aplastando contra el umbral de las casas a los perros guardianes, que quedaban estrujados bajo nuestros neumáticos quemantes como un cortafuegos.
La Muerte acariciada me salía a cada viraje para ofrecerme gentilmente la mano, y en seguida se tendía a ras de tierra con un ruido de mandíbulas estridentes, reflejando sus miradas en el fondo de los charcos.
-¡Salgamos de la Sabiduría como de una horrorosa llaga y entremos, como frutas coloreadas de orgullo, en la boca inmensa del viento! ¡Démonos como manjar a lo desconocido, no por desesperación, sino sencillamente para enriquecer las reservas insondables de lo absurdo!
Dichas estas palabras, viré bruscamente sobre mí mismo con la rabiosa embriaguez de los perrillos que se muerden la cola, y he aquí que, súbitamente, dos ciclistas me obstruyeron el paso titubeando ante mí como dos razonamientos persuasivos y sin embargo contradictorios. ¡Un fastidio! ¡Puah! Yo viré en corto, disgustado, y di de refilón en un gran bache.
¡Oh, fosa maternal medio llena de agua fangosa! He saboreado a boca llena el cieno fortificante que me recuerda el santo pezón negro de mi nodriza sudanesa.
Cuando enderecé mi cuerpo fangoso y maloliente, sentí el hierro rojo de la alegría cosquilleándome deliciosamente el corazón.
Una multitud de pescadores de caña y de naturalistas gotosos estaba sobrecogida de espanto alrededor del milagro.
Con un anhelo desconocido elevaron muy altos enormes gavilanes de hierro para pescar mi automóvil, semejante a un tílburi atollado.
Emergió el auto lentamente de la fosa, llena su carroserie de cieno e impoluto en su interior.
Se creyera muerto a mi tílburi; pero yo lo desperté con una sola caricia sobre su dorso potente, y hele ya resucitado corriendo a toda su velocidad.
Entonces, el rostro enmascarado con el buen hollín de las fábricas, lleno de escorias de metal, de sudores sobrantes y de azul los brazos agitados como una bandera, entre lamentos de prudentes pescadores de caña y de naturalistas maltrechos, lanzamos nuestro primer Manifiesto a todos los hombres fuertes de la tierra:
- Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y la temeridad.
- Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la audacia y la religión.
- Puesto que la literatura ha glorificado hasta hoy la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, nosotros pretendemos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso, el puñetazo y la bofetada.
- No tenemos inconveniente en declarar que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con su caja adornada de gruesos tubos que se dirían serpientes de aliento explosivo… Un automóvil de carrera, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia.
- Queremos cantar al hombre que domine el volante cuya espiga ideal atraviesa la tierra, lanzada en el circuito de su órbita.
- Es preciso que el hombre se desarrolle con calor, energía y prodigalidad para aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales.
- Ya no hay belleza más que en la lucha ni obras maestras que no tengan un carácter agresivo. La poesía debe ser un violento asalto contra las fuerzas desconocidas para hacerlas rendirse ante el hombre.
- Estamos sobre el promontorio más alto de los siglos… ¿Por qué mirar atrás, desde el momento en que nos es necesario romper los velos misteriosos de lo Imposible? El Tiempo y el Espacio han muerto ayer. Vivimos ya en lo absoluto, puesto que hemos creado la eterna velocidad omnipresente.
- Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, la acción destructora de los anarquistas, las hermosas Ideas que matan y el desprecio a la mujer.
- Deseamos demoler los museos y las bibliotecas, combatir la moralidad y todas las cobardías oportunistas y utilitarias.
- Cantaremos a las grandes multitudes agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía; a las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas; a la vibración nocturna de los arsenales y las minas bajo sus violentas lunas eléctricas, a las glotonas estaciones que se tragan serpientes fumadoras; a las fábricas colgadas de las nubes por las maromas de sus humos; a los puentes como saltos de gimnastas tendidos sobre el diabólico cabrillear de los ríos bañados por el sol; a los paquebots aventureros husmeando el horizonte; a las locomotoras de amplio petral que piafan por los rieles cual enormes caballos de acero embridados por largos tubos, y al vuelo resbaladizo de los aeroplanos, cuya hélice tiene chirridos de bandera y aplausos de multitud entusiasta.
Lanzamos en Italia este Manifiesto de violencia arrebatadora e incendiaria, basado en el cual fundamos hoy el Futurismo, porque queremos librar a nuestro país de su gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios.
Italia ha sido durante muchos años la bolsa de los chamarileros, y nosotros queremos desembarazarla de sus museos innumerables, que la cubren de innumerables cementerios.
¡Museos, cementerios!… Idénticos verdaderamente en su siniestra promiscuidad de cuerpos que no se conocen. Dormitorios públicos donde se duerme para siempre junto a otros seres odiados o desconocidos. Ferocidad recíproca de los pintores y de los escultores, destruyéndose mutuamente a líneas y pinceladas en el mismo museo.
Admitimos que se haga a estas necrópolis una visita anual… como va a verse anualmente a los muertos queridos, y hasta concebimos que se ofrenden flores a los pies de La Gioconda una vez al año… ¡Pero ir a pasear a diario por los museos nuestras tristezas, nuestros pobres arrestos y nuestra inquietud, no lo admitimos!… ¿Es que queréis envenenaros? ¿Es que queréis pudriros?
¿Qué puede encontrarse en un cuadro antiguo más que la contorsión penosa del artista esforzándose por romper las barreras infranqueables a su deseo de expresar su ensueño íntegro?
Admirar un cuadro antiguo es verter nuestra sensibilidad en una urna funeraria, en lugar de lanzarla hacia adelante con ademán violento de creación y acción. ¿Queréis, pues, disipar vuestras mayores energías en una admiración inútil al pasado, de la cual habríais de salir forzosamente agotados, empequeñecidos y rendidos?
En verdad que el frecuentar a diario los museos, las bibliotecas y las academias -¡esos cementerios de esfuerzos perdidos, esos calvarios de ensueños crucificados, esos registros de impulsos rotos!…- es para los artistas lo que la tutela prolongada de los padres para los jóvenes inteligentes, ebrios de talento y voluntad ambiciosa.
En los moribundos, los inválidos y los presos podría pasar aún. Para ellos la admiración al pasado es un bálsamo a sus heridas, desde el momento en que les está vedado el porvenir… ¡Pero no para vosotros los jóvenes, los fuertes y los vivos futuristas!
¡Adelante los buenos incendiarios de dedos carbonizados! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Quemad con el fuego de vuestros rayos las bibliotecas! ¡Desviad el curso de los canales para inundar los sótanos de los museos! ¡Que naden aquí y allá los lienzos gloriosos! ¡Mano a las piquetas y a los martillos! ¡Socavad los cimientos de las ciudades venerables!
Los más viejos de nosotros tienen treinta años; tenemos, pues, diez años por lo menos para llevar a cabo nuestra tarea. Cuando tengamos cuarenta años, que nos echen los más jóvenes y valerosos al cesto de los papeles, como manuscritos inútiles… Vendrán contra nosotros desde muy lejos, desde todas partes, saltando con la cadencia ligera de sus primeros poemas, cogiendo el aire con sus dedos crispados, y husmeando, a las puertas de las academias, el buen olor de nuestros espíritus putrefactos, prometidos ya a las catacumbas de las bibliotecas.
Pero no estaremos allí entonces. Nos encontrarán finalmente una noche de invierno, en pleno campo, bajo un triste hangar batido por la lluvia monótona, acurrucados junto a nuestros aeroplanos trepidantes, en vías de calentar nuestras manos en el miserable fuego que harán nuestros actuales libros llameando bajo el resplandeciente vuelo de sus imágenes.
Nos rodearán, jadeantes de angustia y de despecho, y exasperados por nuestro orgulloso valor infatigable, se lanzarán sobre nosotros a matarnos, tanto más ensoberbecidos cuanto que su corazón rebosará de admiración y amor hacia nosotros. Y la fuerte y la sana Injusticia brillará radiosamente en sus miradas. Así, el arte no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia.
Los más viejos de nosotros tienen treinta años, y sin embargo, ya hemos derrochado tesoros, tesoros de fuerza, de amor, de valor y de áspera voluntad, a toda prisa, delirantes, sin cuento, hasta perder el aliento.
¡Y miradnos! No estamos jadeantes; nuestro corazón no siente la menor fatiga, porque se ha alimentado de fuego, de odio y de velocidad… ¿Os extraña? Es porque no sabéis lo que es vencer. ¡De pie en la cima del mundo, lanzamos aún una vez más el reto a las estrellas!
¿Vais a objetarnos?… ¡Basta, basta! Conozco vuestras objeciones. Sin embargo, sabemos lo que nuestra embustera inteligencia no s afirma. “No somos -dice- más que el resumen y la prolongación de nuestros antecesores.” ¡Tal vez!… ¿Pero qué importa, si no queremos oírlo?… Guardaos de repetir esas infames palabras y alzad bien la cabeza.
¡De pie en la cima del mundo, lanzamos aún una vez más el reto a las estrellas!»
(Filippo Tommaso Marinetti Manifiestos y textos futuristas, Barcelona, Ediciones del Cotal, 1978, págs. 125-135. Traducción de Cari Sanz).
Edgar Allan Poe: Rock y Literatura (V)
Viernes. 13 Febrero, 2009 at 0:52 | In Literatura, Música | 12 CommentsTags: Annabel Lee, Edgar Allan Poe, Literatura, Lou Reed, Música, Radio Futura, Viernes 13
Hoy nos presentamos ante ustedes con dos motivos de celebración -como mínimo; no contabilizamos ni el hecho de estar vivos, ni el de amar y, cotidiana maravilla, ser amado.
Por un lado, con el presente post alcanzamos el número 100 en nuestra particular odisea hawaiiana, y con el contador lanzado hacia el turista número 25.000. Haremos balance entonces, pero mientras tanto simplemente nos gustaría que quedara constancia de un número tan redondito. Cien. Cent. Cento. Cem. Hundred. Hundert. Honderd. Hundrede. Sata.
Pero vamos a lo que de verdad importa. Los aficionados al género gótico (terror, misterio, suspense) de todo el mundo están de enhorabuena. Why? Pues porque en este año 2009 se celebra el doscientos aniversario del nacimiento del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1849), uno de los padres de la literatura moderna y sumo pontífice de la literatura fantástica. Y encima hoy es viernes 13. ¿Qué más se puede pedir? Os deseo una escalofriante lectura (ya veréis lo que os espera: casi tres mil setecientas palabras de vellon).
La ocasión nos viene que ni pintiparada para ofreceros la quinta entrega de nuestro universalmente famoso coleccionable «Rock y Literatura». En un extremo de la barra, Mr. Poe from Boston emborrona unas cuartillas mientras bebe. Suenan Radio Futura y Lou Reed. En la tele están reponiendo el tercer episodio de la segunda temporada de The Simpsons, y un decimonónico Homer intenta atrapar a un pajarraco que es clavadito a Bart. Va por usted, desdichado amigo.
Nacido en Boston (Massachusetts) el 19 de enero de 1809 (acaba, pues, de conmemorarse el aniversario), Edgar Poe se quedó sin padres siendo un bebé (su padre se largó en 1810 y su madre murió al año siguiente). John y Frances Allan, un matrimonio de Richmond (Virginia), se hicieron cargo de él, aunque nunca llegaron a adoptarlo oficialmente, a pesar de que Frances sintió verdadera devoción por el niño. Las relaciones con su padrastro, por el contrario, nunca fueron buenas.
La familia se trasladó a Escocia y, posteriormente, a Inglaterra entre 1815 y 1820. Conoce el folklore escocés y aprende francés y latín. En 1823, ya de vuelta en los EE.UU., se enamora de Mrs. Stannard, una mujer de gran belleza, madre de un compañero de clase, a la que dedica el poema «To Helen». Tenía catorce años y ya conocía la desesperación de perder a la persona amada.
En 1826 se matriculó en la Universidad de Virginia para estudiar lenguas, y comienza su afición por la bebida y el juego. Acumula numerosas deudas y lee todo lo que cae en sus manos. Al cabo de un año abandona la universidad y se traslada a Boston, donde malvive con trabajos ocasionales hasta que decide enrolarse en el ejército. Ese mismo año de 1827 publica su primera obra, Tamerlane and Other Poems, un libro de poemas que confiesa haber escrito antes de los catorce años y que pasó completamente desapercibido.
Por aquel entonces, la ruptura con su padrastro es prácticamente absoluta; tanto, que éste no le comunica la enfermedad que aqueja a Frances Allan hasta que ya es demasiado tarde. Edgar Allan Poe sólo alcanzó a llegar al día siguiente de su entierro.
En 1829 consigue licenciarse del ejército y se traslada a Baltimore, donde es acogido por la hermana de su padre, Maria Clemm, y la hija de ésta, Virginia Eliza Clemm. Aparece en escena la que conoceremos como Annabel Lee.
Publica su segundo libro, Al Aaraaf, Tamerlane and Minor Poems, que le proporciona sus primeras críticas positivas. En 1830 insiste en la carrera militar y se inscribe en la academia de West Point, de donde no tarda en ser expulsado. Publica un tercer libro, titulado simplemente Poems, y a partir de 1831 centra sus esfuerzos literarios en la prosa, un género que le ofrece mayores perspectivas económicas.
En 1832 consigue publicar cinco cuentos en un periódico de Filadelfia, entre ellos el primer cuento que escribió, «Metzengerstein», de corte gótico. En 1834 muere su padre sin dejarle herencia. Sus problemas económicos siguen y su alcoholismo se agudiza.
En 1835 vuelve a Baltimore y se casa en secreto con su prima Virginia. Él tenía veintiséis años; ella, trece.
Se traslada una vez más a Richmond con su familia y escribe poemas, cuentos y reseñas de libros para el Southern Literary Messenger, un periódico local que pasa de una tirada de setecientos ejemplares diarios a imprimir más de cinco mil. Poe ya empieza a ser un autor célebre en toda la nación.
Su primera novela, The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket llega en 1838. La familia vive ahora en Filadelfia y pasa constantes estrecheces económicas. En 1839 trabaja para el Burton’s Gentleman’s Magazine, en el que publica muchos de sus textos. Su fama se incrementa, pero la bolsa sigue igual de vacía. Entrega a la imprenta los dos volúmenes de una obra capital que fue recibida con división de opiniones: Tales of the Grotesque and Arabesque, que contiene algunos de sus relatos más importantes: «La caída de la Casa Usher», «Manuscrito encontrado en una botella», «Ligeia»…
En 1842, Virginia muestra los primeros síntomas de tuberculosis, la enfermedad que habría de segar su vida. La ansiedad por la salud de su esposa postran al escritor en un estado de casi constante embriaguez.
Intenta fundar su propio periódico, pero sin éxito. Los trabajos se suceden. Se mudan a Nueva York, y allí trabaja para el Evening Mirror, que el 29 de enero de 1845 le publica «The Raven» («El cuervo»), su primer gran éxito popular, pero que sólo le reportó nueve dólares de ganancias.
Son años literariamente fecundos: en 1843 se publica The Prose Romances of Edgar A. Poe, que contiene el mítico «Los crímenes de la Calle Morgue», y en 1845 ve la luz Tales, que incluye «El escarabajo de oro», «El gato negro», «La caída de la Casa Usher» o, de nuevo, «Los crímenes…».
En esos años, el matrimonio Poe se ve envuelto en un pequeño escándalo sentimental que salpica a varias personas. Se mudan a una casita en el Bronx, donde finalmente Virginia Poe fallece un 30 de enero de 1847. Tenía veinticuatro años. Tras su madre, su primer amor y su madrastra, Virginia-Annabel era su cuarta amada muerta. El poeta nunca lo superó.
Comienza el período más errático de su vida, marcado por el abuso del alcohol y por los intentos de reconstruir una vida sentimental absolutamente desastrosa.
Sus últimos días son un misterio: no se sabe a ciencia cierta qué fue de Edgar Allan Poe entre el 27 de septiembre de 1849 y el 3 de octubre, cuando fue encontrado tirado en las calles de Baltimore en un estado penoso. Murió cuatro días después, el 7 de octubre de 1849. Apenas contaba 40 años de edad.
Aunque se ha aducido desde el alcohol a la tuberculosis, pasando por la congestión cerebral, el cólera, las drogas, la rabia, un fallo cardíaco o, en última instancia, el suicidio, lo cierto es que la causa exacta de su muerte nunca ha sido del todo aclarada. Incluso se afirma que pudo ser emborrachado hasta la intoxicación por agentes electorales sin escrúpulos (práctica habitual en la época: cogían a los desgraciados y los invitaban a beber para que votaran varias veces por un determinado candidato).
Parece probado, sin embargo, que el último poema que escribió fue «Annabel Lee», del que se conserva un manuscrito fechado en mayo de 1849, y que se publicó por primera vez el 9 de octubre de ese mismo año, en el obituario aparecido en el New York Daily Tribune dos días después de la muerte del poeta.
It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.She was a child and I was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love
I and my Annabel Lee
With a love that the wingéd seraphs in Heaven
Coveted her and me.And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her high-born kinsmen came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre,
In this kingdom by the sea.The angels, not half so happy in Heaven,
Went envying her and me
Yes! That was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we
Of many far wiser than we
And neither the angels in Heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee:For the moon never beams, without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee:
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling, my darling, my life and my bride,
In her sepulchre there by the sea
In her tomb by the sounding sea.
Por cierto, y como ejemplo del mal fario que acompañó a Edgar Allan Poe hasta el último de sus días, el antedicho obituario lo firmaba un tal «Ludwig», cuya identidad se reveló pronto: se trataba de un miserable que respondía al nombre de Rufus Wilmot Griswold, enemigo declarado y acérrimo de Poe que, nadie sabe cómo, terminó por convertirse en su albacea literario, y que dedicó todos sus afanes a destruir la figura del desdichado escritor. Así, escribió un deleznable artículo que sirvió como introducción al primer intento de recopilación de unas obras completas de Poe (The Works of The Late Edgar Allan Poe, 1850-1856) donde lo tilda de borracho, drogadicto, perturbado, moralmente depravado… Aporta como prueba de sus afirmaciones algunas de las cartas escritas por Poe. Y ésa es la imagen que prevaleció entre el público, que se sentía morbosamente atraído por la posibilidad de leer las obras de un ser tan malvado. Hace mucho tiempo que se sabe que las cartas no eran más que burdas falsificaciones… Si hay justicia, el tal Griswold estará ardiendo en el Octavo Círculo del Inferno de Dante, en el que se apiñan los acusados de fraudulentos: los seductores, los aduladores, los simoníacos, los adivinos, los barateros, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los sembradores de escándalos y los falsificadores.
Edgar Allan Poe renovó la novela de estirpe gótica y creó el llamado «relato detestivesco» en cuentos como «Los crímenes…», «El misterio de Marie Rôget» o «La carta robada», protagonizados por el que es considerado primer detective privado de la literatura, Auguste Dupin (modelo sobre el que Arthur Conan Doyle esculpió a su Sherlock Holmes). Ejerció una enorme influencia en la literatura simbolista francesa y, a través de ésta, en el surrealismo. Confiesan su deuda con Poe autores tan dispares e importantes como Charles Baudelaire, Fedor Dostoyevski, Franz Kafka, H. P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Guy de Maupassant, Thomas Mann, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Son innumerables las adaptaciones que se han hecho de su obra en cine (imposible imaginar a Roger Corman sin Poe; mira aquí algunas imágenes de pelis suyas basadas en textos de Poe), radio, televisión…
En cuanto a la música, tanto «culta» como «popular», la lista de obras adaptadas también daría para mucho, empezando por el compositor francés Claude Debussy, quien se propuso escribir una ópera -nunca acabada, por otro lado- a partir de «La caída de la Casa Usher». Bob Dylan, The Beatles, Alan Parsons Project, The Smithereens, Green Day, el mismísimo Marilyn Manson… son algunos de los que han versioneado temas de Edgar Allan Poe o han confesado la influencia de su obra en sus composiciones. Ahí lo tenéis en la portada del Sgt. Peppers, justo al lado de Carl G. Jung y encima de Marilyn Monroe y William Burroughs.
Pero habíamos dicho que íbamos a hablar de Radio Futura y de Lou Reed. Pues bien, en 1987 se publica La canción de Juan Perro, cuarto LP de RF. El tercer single que se extrae del álbum es «Annabel Lee / Lluvia del porvenir»:
Desde su publicación, fue uno de los mayores éxitos del grupo. La música evoca un decadente romanticismo y la sensación opresiva de la pérdida. Los dioses bendigan la guitarra de Enrique Sierra. En cuanto a la letra, la traducción del poema es de Santiago Auserón:
Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee,
y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mí.Éramos sólo dos niños, mas tan grande nuestro amor
que los ángeles del cielo nos cogieron envidia,
pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad,
como todo el mundo sabe en aquel reino junto al mar.Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche
para helar el corazón de la hermosa Annabel Lee.
Y luego vino a llevársela su noble parentela
para encerrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar.No luce la luna sin traérmela en sueños,
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos.
Y así paso la noche acostado con ella,
mi querida, hermosa, mi vida, mi esposa.Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores,
que saben más, como dicen de las cosas de la vida.
Y ni los ángeles del cielo, ni los demonios del mar
separarán jamás mi alma del alma de Annabel Lee.No luce la luna sin traérmela en sueños,
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos.
Y así paso la noche acostado con ella,
mi querida, hermosa, mi vida, mi esposa.En aquel sepulcro junto al mar
en su tumba junto al mar ruidoso.Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee,
y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mí.
[Por cierto, me gustaría compartir con vosotros un descubrimiento que he hecho mientras preparaba esto: se trata de un blog íntegramente dedicado a las portadas de los discos de RF. Una mirada distinta siempre se agradece, y el amigo se lo ha currado. Congratulations, folk.]
Por lo que respecta al viejo tío Louie, en el año 2003 se desmarcó con The raven, un trabajo conceptual (doble CD en edición limitada) en el que pone música a distintos textos -relatos y poemas- de Edgar Allan Poe y los mezcla con nuevos temas y versiones de otros antiguos suyos, como «Perfect day». Nacido como un encargo destinado al teatro, Lou Reed afirma en los créditos del disco:
«Sin duda, Edgar Allan Poe es el más clásico de los escritores americanos -un escritor más en sintonía con el pulso de nuestro siglo de lo que nunca lo estuviera con el suyo. Obsesiones, paranoia, deliberados actos de autodestrucción nos rodean constantemente. Aunque envejecemos, aún oímos los gritos de aquéllos para los que la atracción por el luctuoso caos es monumental. He releído y reescrito a Poe para volver a hacerme las mismas preguntas. ¿Quién soy? ¿Por qué me siento atraído a hacer lo que no debo? [...] ¿Por qué hacemos lo que no debemos? ¿Por qué amamos lo que no podemos tener? ¿Por qué nos apasiona justo lo que está mal? ¿Qué quiere decir “mal”?» (Traducción de Teresa Jiménez, amiga dilecta).
«The Pit and The Pendulum», «Annabel Lee», «The Bells», «The Tell-Tale Heart», «The Raven», «The Fall of the House of Usher»… Son algunas de las obras de Poe que recrea el genio musical neoyorkino. Para ello cuenta con la colaboración de actores de la talla de Willem Dafoe, Steve Buscemi o Amanda Plummer, y de músicos como Laurie Anderson, David Bowie, Antony y Ornette Coleman, amén de su banda de siempre. El resultado no es fácil de digerir, pero alcanza cotas absolutamente sobresalientes en algunos momentos. Perfecto ejemplo es la reescritura que hace Reed del clásico «The Raven». Recita Willem Dafoe:
Once upon a midnight dreary
as I pondered, weak and weary
over many a quaint and curious
volume of forgotten lore
while I nodded, nearly napping
suddenly there came a tapping
as of some one gently rapping
rapping at my chamber door
“‘Tis some visitor,” I muttered
“tapping at my chamber door
only this and nothing more.”Muttering I got up weakly
always I’ve had trouble sleeping
stumbling upright my mind racing
furtive thoughts flowing once more
I, there hoping for some sunrise
happiness would be a surprise
loneliness no longer a prize
rapping at my chamber door
seeking out the clever bore
lost in dreams forever more
only this and nothing moreHovering my pulse was racing
stale tobacco my lips tasting
scotch sitting upon my basin
remnants of the night before
came again
infernal tapping on the door
in my mind jabbing
is it in or outside rapping
calling out to me once more
the fit and fury of Lenore
nameless here forever moreAnd the silken sad uncertain
rustling of the purple curtain
thrilled me, filled me
with fantastic terrors never felt before
so that now, oh wind, stood breathing
hoping yet to calm my breathing
“‘Tis some visitor entreating
entrance at my chamber door
some lost visitor entreating
entrance at my chamber door
this it is, and nothing more.”Deep into the darkness peering
long I stood there
wondering fearing
doubting dreaming fantasies
no mortal dared to dream before
but the silence was unbroken
and the stillness gave no token
and the only word there spoken
was the whispered name, “Lenore.”
this I thought
and out loud whispered from my lips
the foul name festered
echoing itself
merely this, and nothing moreBack into my chamber turning
every nerve within me burning
when once again I heard a tapping
somewhat louder than before
“surely,” said I
surely that is something at my iron staircase
open the door to see what threat is
open the window, free the shutters
let us this mystery explore
oh, bursting heart be still this once
and let this mystery explore
it is the wind and nothing moreJust one epithet I muttered as inside
I gagged and shuddered
when with manly flirt and flutterin there flew a stately raven
sleek and ravenous as any foe
not the least obeisance made henot a minutes gesture towards me
of recognition or politeness
but perched above my chamber door
this fowl and salivating visage
insinuating with its knowled
geperched above my chamber door
silent sat and staring
nothing moreAskance, askew
the self’s sad fancy smiles at you I swear
at this savage viscous countenance it wears
Though you show here shorn and shaven
and I admit myself forlorn and craven
ghastly grim and ancient raven
wandering from the opiate shores
tell me what thy lordly name is
that you are not nightmare sewage
some dire powder drink or inhalation
framed from flames of downtown lore
quotes the raven, “nevermore.”And the raven sitting lonely
staring sickly at my male sex only
that one word
as if his soul in that one word
he did outpour, “pathetic.”
nothing farther than he uttered
not a feather then he fluttered
till finally was I that muttered as I stared
dully at the floor
“other friends have flown and left me
flown as each and every hope has flown before
as you no doubt will fore the morrow.”
but the bird said, “never, more.”Then I felt the air grow denser
perfumed from some unseen incense
as though accepting angelic intrusion
when in fact I felt collusion
before the guise of false memories respite
respite through the haze of cocaine’s gloryI smoke and smoke the blue vial’s glory
to forget
at once
the base Lenore
quoth the raven, “nevermore.”“Prophet,” said I, “thing of evil
prophet still, if bird or devil
by that heaven that bend above us
by that God we both ignore
tell this soul with sorrow laden
willful and destructive intent
how had lapsed a pure heart lady
to the greediest of needs
sweaty arrogant dickless liar
who ascribed to nothing higher
than a jab from prick to needle
straight to betrayal and disgrace
the conscience showing not a trace.”
quoth the raven, “nevermore.”“Be that word our sign of parting
bird or fiend,” I yelled upstarting
“get thee back into the tempest
into the smoke filled bottle’s shore
leave no black plume as a token
of the slime thy soul hath spoken
leave my loneliness unbroken
quit as those have quit before
take the talon from my heart
and see that I can care no more
whatever mattered came before
I vanish with the dead Lenore.”
quoth the raven, “nevermore.”But the raven, never flitting
still is sitting silent sitting
above a painting silent painting
of the forever silenced whore
and his eyes have all the seeming
of a demon’s that is dreaming
and the lamplight over him
streaming throws his shadow to the floor
I love she who hates me more
I love she who hates me more
and my soul shall not be lifted from that shadow
nevermore
La letra la he sacado de la siguiente dirección: http://desde-ninguna-parte.blogspot.com/2008/11/lou-reed-raven.html . Gracias, camarada.
Y también a los que habéis tenido los santos … de leer hasta aquí, claro. Una vez más, me he dejado arrastrar por esta irrefrenable facundia mía. Y eso que escribo la mitad de lo que hablo… Nadie se extrañe de que lleve más de una semana con la garganta hecha fosfatina
Os veo por Hawaii.
Por qué leer a los clásicos
Jueves. 5 Febrero, 2009 at 18:14 | In Literatura | 4 CommentsTags: Chateaubriand, Joseph Joubert, Literatura
Joseph Joubert, Sobre arte y literatura (Cáceres, Editorial Periférica, 2007; traducción de Luis Eduardo Rivera):
«En literatura, nada vuelve tan imprudente y tan atrevido al intelecto como la ignorancia de los tiempos pasados y el desprecio por los libros antiguos.» (pág. 63).
«Tres condiciones son necesarias para hacer un buen libro: el talento, el arte y el oficio. Es decir: la naturaleza, la factura y la costumbre.» (pág. 73).
«El gran inconveniente de nuestros libros nuevos es el de impedirnos leer los libros antiguos.» (pág. 74).
Y un consejo final:
«Evita comprar un libro cerrado.» (pág. 80).
Claro ejemplo de «escritor sin obra», Joseph Joubert nació en Montignac-le-Compte en 1754 y murió en Villeneuve-sur-Yonne en 1824. Entre 1768 y 1776, en Toulousse, aprende latín y griego y lee intensamente a los clásicos, especialmente a Platón. Establecido en París desde 1778, defiende fervientemente la Revolución, con algunas de cuyas instituciones colaboró, antes de sentirse defraudado por la deriva posterior de la misma. En 1800 conoció a François-René de Chateaubriand, quien se contó entre sus mejores amigos y fue el primer editor de la obra -póstuma- de Joubert. Durante el Imperio napoleónico desempeñó cargos relacionados con la universidad y la instrucción pública. A su muerte no había publicado ni una sola línea, a pesar de escribir un diario desde 1779. Lo que conocemos de su obra se debe a la devoción de su esposa y amigos, que rescataron del olvido sus papeles íntimos. De él escribió Sainte-Beuve (Portraits littéraires, 1838):
«Prosigue sus lecturas, sus sueños, sus charlas, bastón en mano, prefiriendo -fuera el tiempo que fuese- pasear diez millas que escribir diez líneas; caminar y aplazar la obra, siendo como era, de ésos que siembran y que no construyen y fundan.»
En sus aforismos prefigura el romanticismo que está por llegar; obsesionado con la búsqueda de la belleza, tanto en el arte como en la vida, se adelanta en dos siglos a las principales preocupaciones del pensamiento estético contemporáneo. Terminará confesando:
«El tiempo que antiguamente perdía en los placeres, lo pierdo hoy en los sufrimientos.»
Bien, gracias
Miércoles. 4 Febrero, 2009 at 13:17 | In Literatura | Leave a CommentTags: Angel Wagenstein, Literatura, Novela
«Si me preguntas qué tal me va, te contestaré con el corazón en la mano: estupendamente bien, porque siempre podría estar peor.»
Angel Wagenstein, El Pentateuco de Isaac, Barcelona, Libros del Asteroide, 2008, pág. 15.
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