Cada vez quedamos menos

Sábado. 27 Septiembre, 2008 at 19:26 | In Cine | 6 Comments
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Paul Newman, 1925-2008

Hoy ha muerto Paul Newman. Cada vez quedamos menos hombres guapos en el mundo.

Por qué Hawaii se llama Hawaii

Viernes. 26 Septiembre, 2008 at 20:09 | In Bachillerato, Educación, Lengua | 14 Comments
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Estos días hemos estado hablando de los signos, su definición y sus características. Hemos definido el signo como aquello que está en lugar de otra cosa, a la cual representa. Os he puesto como ejemplo un conocido cuadro del belga René Magritte (1898-1967), uno de los pintores más importantes del movimiento surrealista. Le voilà:

«La trahison des images» (1928-1929)

«La traición de las imágenes» es su título, aunque todo el mundo lo recuerda por la leyenda que aparece en la parte inferior del cuadro: «Esto no es una pipa». Y es verdad. Es la representación pictórica de una pipa, en cuyo lugar se encuentra. Ahora, mientras buscaba información para escribir esto, me he enterado de que el propio Magritte, en una entrevista, aludía en serio a algo sobre lo que yo he estado bromeando con vosotros: la imposibilidad de fumarse esa “pipa”:

¿La famosa pipa? No se cansaron de hacerme reproches. Pero, ¿puede Ud. llenarla? No, claro, se trata de una mera representación. Si hubiese puesto debajo de mi cuadro «Esto es una pipa», habría dicho una mentira.

Es, por lo tanto, un signo. En este caso, de carácter icónico.

Y entre las características del signo que hemos consignado está el que, muchas veces, los signos no guardan relación alguna con el objeto al que representan, esto es: son arbitrarios. Es el caso de los signos lingüísticos.

Pero no es el caso de «Cita en Hawaii». Algunos de vosotros me habéis preguntado estos días el motivo del nombre que elegí para mi blog, incluso acabo de contestar al último comentario que he recibido, que vuelve a ello. Vale. Parece que eso de deciros que busquéis entre las entradas más antiguas no ha sido muy útil, así que lo escribo de nuevo (lo expliqué en la primera entrada del blog).

«Cita en Hawaii» es una canción del grupo La Mode. Concretamente, la segunda canción de la cara A (pues sí, resulta que hubo un tiempo en que un disco era un disco, un objeto físico, perceptible por los sentidos, y tenían cara A y cara B, y no como ahora, que es un concepto abstracto); os decía que era la segunda canción de la cara A de su primer LP, titulado El eterno femenino (1982).

Es una canción que me trae muchos y buenos recuerdos, a pesar de que su letra nos sitúa en ese momento doloroso en que, de pronto, nos hacemos una pregunta terrible: ¿por qué dejamos de amar a la persona sin la cual, hasta hace un minuto, no podíamos vivir? O peor aún: ¿por qué esa persona ha dejado de amarnos a nosotros? ¿Dónde teníamos la cabeza, que no nos hemos enterado de nada?

Como os digo, La Mode siempre ha sido uno de mis grupos favoritos de aquella época, cuando era (aún más) joven, que pasó a la historia reciente de nuestra cultura con la etiqueta de «la movida (madrileña)», y «Cita en Hawaii» siempre ha sido una de mis canciones preferidas de entre las suyas, y por eso Hawaii se llama Hawaii. No hay otro motivo.

Bueno, quizás sí: deep in the cell of my heart, no quería que mi blog fuera el típico sitio sobre literatura que escribe el típico profesor de literatura (¿lo soy?), y, por supuesto, no quería que tuviera el típico nombre que tienen los sitios dedicados a la literatura en Internet.

Ésas son las razones.

¿Quieres escuchar «Cita en Hawaii»? Pues dale al play no más (y recuerda, como he dejado escrito en otras entradas: puede que no funcione con versiones antiguas de Internet Explorer):

No he vuelto a verte
desde aquella tarde
que nos citamos en Hawaii.
Llovía a mares
sobre la avenida,
pedimos un té
con croissant.
Tus manos frías,
tu rostro mojado…
Sin hablar
me decías: “Adiós”.
Yo no sabía
y te pregunté la razón.
No respondiste,
me hiciste pucheros
y no te dejaste besar.
Por no enfadarme
miré aquellos cuadros
que recordaban
a Gauguin.
Seguías callada,
parecías buscar
el futuro en la taza de té.
Luego te fuiste,
no sé todavía por qué.
No he vuelto a verte
desde aquella tarde
que nos citamos en Hawaii.
Tú me querías.
Yo te quería.
No he vuelto a quedar
en Hawaii.
No he vuelto a verte
desde aquella tarde
que nos citamos en Hawaii.
Tú me querías.
Yo te quería.
No he vuelto a quedar
en Hawaii.

Dos curiosidades: la primera es que si pincháis en este enlace encontraréis un interesante artículo que relaciona la obra de Magritte con las ideas de ciertos filósofos, como Platón, Parménides o Hegel. Queda un tanto superficial, pero la dirección en la que apunta es muy buena.

La segunda vuelve a referirse al nombre del blog: hace un par de días descubrí, surfeando por la web, que ya existía otro blog con el mismo nombre, aunque alojado en otro sitio. Pero no parece que su creador le echara muchas ganas, porque lo creó en el año 2004, o algo así, y sólo tiene escritas dos entradas, las dos primeras, y luego -aparentemente- ya lo dejó. Como veis, no soy el único majara que anda suelto por ahí.

Hawaii te da la bienvenida

Martes. 23 Septiembre, 2008 at 21:27 | In Bachillerato | 13 Comments

Bueno, pues parece que esto ya está en marcha. Otra vez. Otro curso. Éste se inicia con la particularidad de que será el primero en que, desde el principio, esté funcionando este experimento hawaiiano que puse en marcha casi a finales del curso pasado, allá por el mes de abril.

Sé que muchos de vosotros ya habéis paseado, siquiera un ratito, por este extraño lugar, aunque muy pocos sois los que os habéis animado a dejar algún mensaje con el que dejar constancia de vuestra presencia. Bien, me gustaría que, poco a poco, eso fuera cambiando, ya que sólo así se podrá mantener este sitio vivo y entretenido (en la medida de mis posibilidades, claro).

En las primeras entradas que escribí (p.e., en la segunda de ellas, «Non nova sed nove») dejé constancia de mis intenciones y esperanzas al emprender esta tarea, y la primera de ellas era la de abrir un nuevo canal de comunicación, primero con mis alumnos y compañeros, y después con todo aquel que generosamente dedique parte de su tiempo a darse una vuelta por aquí. Pero recordemos que la comunicación, como ya hemos explicado esta mañana, se establece en dos direcciones, entre el emisor y el receptor, y vuelta, del receptor, que pasa a ser emisor, al emisor, que se convierte entonces en receptor. Ese intercambio constante y perpetuo de roles es lo que mantiene viva la comunicación entre los seres vivos, y es lo que espero yo que se produzca en este espacio: un intercambio de opiniones, dudas, reflexiones… que nos haga, a vosotros y a mí, aprender algo más en el proceso para, al final del mismo, ser mejores de lo que somos, vosotros y yo.

Así que bienvenidos todos a Hawaii: los que ya son visitantes habituales y conocen sus más hermosos rincones, los que fueron visitantes ocasionales, y los que arriben a sus costas por la vez primera durante los próximos días. Para todos, mis mejores deseos para el curso que acaba de empezar y mi gratitud por ayudarme a hacer de éste un sitio que merezca la pena visitar.

Nos vemos en Hawaii. :)

New look

Lunes. 22 Septiembre, 2008 at 14:05 | In General | 3 Comments

No lo tenía previsto, pero al llegar a casa he decidido cambiar el paisaje de Hawaii. Me ha dado la ventolera por ahí. Será por la ponientada que hace hoy, no lo sé…

Dejamos los relajantes tonos verdosos de «Connections», el tema que he estado usando hasta ahora, y nos pasamos a la gama de los azules de «Pool», más acorde con el espíritu hawaiiano y con mi propio gusto.

Espero que os guste el new look. Ya me contaréis.

Una cita de Robertson Davies

Domingo. 21 Septiembre, 2008 at 21:02 | In Literatura | Leave a Comment
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Robertson Davies, Mantícora, 1972 (Libros del Asteroide, Barcelona, 2006, pág. 349; traducción de Miguel Martínez-Lage):

Toda esa modestia personal forma parte de la personalidad evasiva de nuestro tiempo. No sabes si eres un héroe o no, pero estás decidido a no averiguarlo jamás, porque te da miedo el peso que habrás de sobrellevar si lo eres y te da miedo la certeza de no serlo.

Syd Barrett y James Joyce: Rock y Literatura (III)

Jueves. 18 Septiembre, 2008 at 22:37 | In Literatura, Música | 4 Comments
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Attention, mesdames et messieurs, avec vous -¡por fin!- la tercera entrega de nuestro unánimemente aclamado coleccionable «Rock y Literatura». La excusa de hoy nos la proporciona un muerto.

Huuummm, esto suena fatal… Vale, me explico.

Este pasado lunes, 15 de septiembre, fallecía repentinamente, a causa de un cáncer fulminante, Richard William Wright, miembro fundador y teclista de la archifamosa banda de rock Pink Floyd. Tenía 65 años recién cumplidos y trabajaba en un nuevo disco en solitario.

La noticia de su muerte me llevó a acordarme de uno de los personajes más influyentes de la cultura popular del siglo XX: Roger Keith Barrett. Pero bueno, espera… Muy pocos lo identificarán por su nombre verdadero, ¿no? Pero la cosa cambia -debería- si utilizamos su nombre artístico. En efecto, me estoy refiriendo a Syd Barrett, el mítico miembro de Pink Floyd que dejó -a quien sus compañeros forzaron a dejar, mejor dicho- la banda en 1968, debido a los problemas que ocasionaban su afición a las drogas y, por ende, su estado mental, muy afectado por aquélla. Después de militar en la banda cuyo solo nombre es sinónimo de experimentación y psicodelia, Barrett se vio de patitas en la calle y sin nadie a quien culpar del fracaso de sus ensayos drogo-sonoros. Grabó un par de discos, siguió metiéndose de todo, pintó, colaboró con otros músicos y se vio convertido en un icono del underground, aunque parece que nunca fue demasiado consciente de ello. En esos años se había refugiado en su familia, y su salud se había ido deteriorando cada vez más, y más, y más… Finalmente, falleció en 2006, convertido en un mito, en otro mártir del rock’n'roll, quizás el más doliente de todos, porque murió dos veces: una, físicamente, el 7 de julio de 2006; otra, mentalmente, en algún momento de los primeros años 60, arrebatado por el LSD y tantas otras drogas como se metió.

Syd Barrett durante el período 1969-1972

Richard Wright, del que no me he olvidado, participó en los dos únicos discos en solitario que grabó Barrett, The madcap laughs y Barrett, publicados ambos en 1970.

Casi sin sentirlo nos hemos acercado a la parte literaria de todo esto: la octava canción de The madcap laughs se titula «Golden hair» y es una versión musical de un poema del irlandés James Joyce, el novelista más importante del siglo XX (quien, según algunos, estaba casi tan “grillado” como el otro).

James Joyce

En 1907 Joyce publica , su primer libro: Chamber music. No se trataba de una novela, género que estaba destinado a revolucionar para siempre, sino de un libro de poesía. Tardará veinte años en publicar otro, Pomes penyeach (1927). Junto a otros poemas sueltos, se encuentran ambos traducidos al español en Poesía completa (Madrid, Ed. Visor, 2007). La edición y la traducción son de José Antonio Álvarez Amorós.

En Chamber music «la tradición literaria pesa poderosamente. [...] Las imágenes, el estilo, la pureza poética y el emparentamiento con Shakespeare, con la poesía isabelina, con la Biblia hacen de este libro un homenaje al pasado.» (Amorós, pág. 26). Es un libro «nacido de la imaginación juvenil de Joyce y de su deseo por mostrar su habilidad técnica y su dominio del pasado literario. Observamos la escasez de sentido que conllevan sus poemas: son grandes tópicos amorosos, vistazos a la tradición bajo el prisma convencional por ella establecido. Todo el libro es técnica y, en su interior, todo es música.» (Amorós, pág. 28).

A pesar de este (neo)clasicismo, el título del libro parece esconder un juego de palabras tan intraducible como escatológico: esa «música de cámara» sería en realidad el ruido producido al orinar en un «chamber pot», es decir, en un orinal. ¡Qué cochino!

Conste que lo anterior no me lo he inventado yo; lo explica Amorós en la pág. 36 de la edición de Visor y se apoya tanto en las tesis de William York Tindall (uno de los especialistas en Joyce más reconocidos), como en algunos pasajes de la obra con la que el irlandés se ganó la inmortalidad, la novela Ulysses (1921). De todas formas, el propio Amorós aclara poco después que esta teoría «no parece haber merecido mucho crédito. En primer lugar, Stanislaus Joyce [hermano de James y principal causante de la publicación de Ch. M.] refuta la interpretación irónica del título, que él mismo había sugerido a su hermano sin la menor intención de doblez de sentido.» (Amorós, pág. 37). Va bene.

El poema V de Chamber music dice así:

Lean out of the window,
Goldenhair,
I heard you singing
A merry air.

My book is closed;
I read no more,
Watching the fire dance
On the floor.

I have left my book;
I have left my room:
For I heard you singing
Through the gloom,

Singing and singing
A merry air.
Lean out of the window,
Goldenhair.

La traducción que propone Álvarez Amorós es:

Asómate a la ventana,
Cabellos de oro,
Te oí cantar
Una copla jovial.

Mi libro está cerrado;
Más ya no leo
Viendo danzar el fuego
Sobre el suelo.

He dejado mi libro,
He dejado mi alcoba
Pues te escuché cantar
Entre tinieblas.

Cantando y cantando
Una copla jovial.
Asómate a la ventana,
Cabellos de oro.

Syd Barrett canta algo ligeramente distinto: sustituye el «a merry air» del cuarto verso por «in the midnight air». La versión que finalmente apareció en el LP fue la toma número 11, y se grabó el 12 de junio de 1969. Además del propio Barrett cantando y a la guitarra, suenan un órgano, un vibráfono, platillos y otra voz de fondo, al parecer responsabilidad todo ello de Richard Wright.

He completado la pirueta: de Richard Wright a Syd Barrett, y de éste a James Joyce y vuelta a Richard Wright. Pas mal du tout, eh? De unos “pelúos” que protagonizaron una aventura narco-musical sin precedente en la historia del rock’n'roll, a un señor que, bajo su semblante adusto, se atrevió a poner patas arriba la novelística del siglo XX y revolucionó el modo en que tanto autor como crítico y lector se habrían de enfrentar en adelante a eso que una vez se llamó «novela».

Una última cosa acerca de Chamber music : su relación con la música popular no se agota en Syd Barrett. No. Por ahí arriba he dejado escrito una cita de Álvarez Amorós en la que afirmaba que «Todo el libro es técnica y, en su interior, todo es música.». Pues parece que unas cuantas bandas indies se han dado cita para confirmarlo: acaba de publicarse un doble CD titulado Chamber music. James Joyce (1907) 1-36, un proyecto en el que treinta y seis grupos y solistas han puesto música a los treinta y seis poemas que componen el librito del irlandés. Gente como Monica Queen, Virgin Passages, Minus 5, The Lovetones o Mercury Rev. En este enlace hay una reseña muy completa, en español y con la posibilidad de reproducir algunas de las canciones. Que lo disfrutéis.

Publicado por el sello Green Ufos

Por cierto, que el poema V lo versionea Venture Lift, nombre bajo el que se agazapa el vocalista y multiinstrumentista Stanton Warren, nacido en Woodstock, NY, y criado junto a las universalmente famosas cataratas de Niágara. No sé si me gusta más ésta o la de Syd Barrett, aunque la verdad es que la sombra del inglés está demasiado presente y parece que el texto del poema no es más que una excusa para una larguísima digresión musical… Como suele ser habitual, entre el original y la copia, uno tiende a quedarse con el original, sobre todo si la copia no lo mejora.

Pues hasta aquí mi post nº 60. El próximo comentario que llegue (que, by the way, hace mucho que nadie me escribe, sniff, sniff…) será el que haga el nº 300. Hoy va de números redondos. Nos vemos en Hawaii.

Antología de poetas suicidas (I): Cesare Pavese y Sylvia Plath

Jueves. 11 Septiembre, 2008 at 14:02 | In Literatura | 2 Comments
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Cuando explicamos el Romanticismo en clase, siempre acabamos hablando del suicidio. Es inevitable. En él encontraron los románticos la última vía de escape, la última y radical posibilidad de huida de un mundo mediocre e hipócrita que los asfixiaba con su vulgaridad y su medianía. La angustia provocada por esa desesperación se tradujo en muchos casos en un pistoletazo en la sien. Ejemplos no faltan.

Hace algunos años se publicó un libro que pronto fue considerado de culto, sobre todo entre ciertos sectores del público lector más joven y arriesgado de entonces: la Antología de poetas suicidas. 1770-1985, a cargo de José Luis Gallero (Madrid, Fugaz Ediciones Universitarias, 1989). Autores como Heinrich von Kleist, Gérard de Nerval, Georg Trakl, Paul Celan o nuestro Ángel Ganivet eran recogidos por el antólogo en una compilación que, desde luego, no agotaba la nómina de poetas que se han quitado la vida.

Y entre esos poetas están dos que, por motivos diferentes, son noticia en estos días: Cesare Pavese y Sylvia Plath. Del nacimiento del uno hace dos días que se han cumplido cien años (9 de septiembre de 1908); y Bartleby Editores publica por primera vez en español la Poesía completa de la otra, con más de un centenar de textos inéditos en nuestra lengua, según publica el diario El Mundo en su edición impresa de hoy.

El autor de El bello verano (1949) es una de las voces más importantes de la literatura italiana moderna, un escritor de los que surge uno cada muchos años; Plath es autora de Ariel (1965), uno de los libros de poesía más vendidos de la segunda mitad del siglo XX. Ambos quedan huérfanos de padre en su primera infancia.

Esta breve nota biográfica de José Luis Gallero abre el capítulo dedicado a Pavese en la Antología…:

Cesare Pavese (Santo Stefano, 9 de septiembre de 1908 / Turín, 27 de agosto de 1950)

«Se me escapan las ganas cada día más -escribe Pavese a los diecinueve años, en una carta a su amigo Sturani-, pero cuando esté por perderlas del todo me mataré. Tú me harás el elogio fúnebre, y te aseguro que no hay ningún motivo de risa en esto.» Autotitulado “Maestro en el arte de no gozar”, Pavese es el hombre que no se hace ninguna concesión a sí mismo. Ni siquiera el éxito o la celebridad vendrán a aliviar su absoluto desamparo. Pese a todo, escribe: «Gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de contarla, sólo pueden llegar al suicido por imprudencia.»

Nacido en un pueblecito del Piamonte, entre bosques, colinas y viñedos, queda huérfano de padre al cumplir los seis años. Tras doctorarse en Turín con una tesis sobre Whitman, se vincula a la editorial Einaudi. A lo largo de dieciséis años dará a conocer, por medio de sus traducciones, a los grandes novelistas ingleses y norteamericanos.
En 1935 es interceptada la correspondencia -de la que es intermediario- entre Tina, militante comunista y gran amor de Pavese, y su ex novio, un dirigente del partido encarcelado en Roma. Acusado de actividades antifascistas, es condenado a tres años de confinamiento en Brancaleone. Allí comienza su diario, El oficio de vivir, y entrega a la imprenta una colección de poemas, Trabajar cansa. Los ataques de asma le procuran el indulto al cabo de un año.

De regreso de Turín, recibe la noticia de que Tina, la mujer de “la voz ronca y dulce”, acaba de casarse: «Ir al exilio no es nada. Volver de allí es atroz.» Del Pavese de este período escribe Natalia Ginzburg: «No pronunciaba en toda la noche una sola palabra. No respondía a ninguna pregunta. De pronto, cogía el abrigo y se marchaba… Con los años se había creado un sistema de pensamientos y de principios, tan enmarañado e inexorable, que le impedía realizar las cosas más simples.»
En 1941 publica su primera novela [Tus pueblos (I paesi tuoi)], con la que se incorpora al renacimiento de la narrativa italiana. Un año después, bajo los bombardeos, organiza la delegación de Einaudi en Roma. Casi todos sus amigos luchan en la resistencia. Pavese se refugia en el santuario de Crea.
Al cabo de cinco años, ve terminarse sus relaciones con Fernanda Pivano, antigua alumna suya. Pavese publica novela tras novela. Llegan los premios, la consagración, el éxito mundano. Vive un corto idilio con la actriz norteamericana Constance Dawling. Hay todavía una última mujer, Pierina: «Un clavo desaloja a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz.»

El 18 de agosto de 1950 anota en su diario: «Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.» Tiene cuarenta y dos años. Ocho días más tarde reserva una habitación en el hotel Roma, junto a la estación de Turín. A lo largo de la noche hace varias llamadas telefónicas, tratando de concertar una cita. Luego vacía sus dieciséis envases de somníferos. «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.»

Póstumamente aparecerán dos libros de poemas: La Tierra y la Muerte y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. (Págs. 207-208)

Precisamente ése es el poema que he seleccionado, uno de los más conocidos del autor. Traducción de Mercedes Monmany:

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te inclinas a solas
ante el espejo. ¡Oh querida esperanza,
ese día también nosotros sabremos
que eres la vida y la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver surgir del espejo
un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Bajaremos mudos por el torbellino.

Et le voilà:

Cesare Pavese

Por cierto, que el texto de Gallero menciona a Natalia Ginzburg, en mi humilde opinión una de las mejores escritoras que he tenido la ocasión de llevarme a los ojos. La descubrí hace algunos años con Las palabras de la noche (1961; editado en español en 2001), y desde entonces cada libro suyo es una fiesta, que es más que un acontecimiento: éste no tiene por qué ser feliz, y sin embargo… qué alegría cada vez que alguien se anima a traducir un nuevo texto suyo: Las pequeñas virtudes, Querido Miguel, Sagitario, Léxico familiar… Pocas veces se nos es dado disfrutar de tanta inteligencia y tanta hondura en unos textos tan hermosos, tan bien escritos.

Y ésta es Sylvia Plath:

Sylvia Plath

De ella escribe J. L. Gallero:

Sylvia Plath (Boston, 25 de octubre de 1932 / Londres, 11 de febrero de 1963)

Desde su casa de campo de Devon, que compartió con Ted Hughes hasta poco antes de su muerte, Sylvia Plath contemplaba las siluetas de la luna y el tejo, recortadas sobre los muros del cementerio vecino. Pero ella veía la muerte en todas partes, en la cubierta de un barco, en la terraza de un café, y la miraba siempre con fijeza: «Deberíamos ser capaces de controlar y manipular todo tipo de experiencias, incluso las más espeluznantes.» No es extraño que su obra esté considerada como una de las más inquietantes de nuestro siglo.
Ted Hughes señala: «Sus dotes psíquicas, prácticamente siempre en acción, eran suficientemente poderosas como para que desease librarse de ellas. Tenía acceso a profundidades originalmente reservadas a los primitivos sacerdotes. Sus componentes eran extremos. A un espíritu violento, casi demoníaco, se oponía, si cabe con más intensidad, una ternura infinita por las cosas.»
A los ocho años, Sylvia Plath pierde a su padre, profesor de Biología en la Universidad de Boston. A los veintiuno, tras una estancia en Nueva York, toma unas píldoras para dormir y se esconde en el sótano de su casa, donde es encontrada al cabo de dos días: el vómito le ha salvado la vida. «El problema -escribe en La campana de cristal, su novela autobiográfica- era que yo siempre había sido inadecuada. En lo único que destacaba era en ganar becas y premios. Y esta época se acercaba a su fin. Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas.»
Durante un tiempo es sometida a tratamiento psiquiátrico con electroshock. Después de licenciarse con una tesis sobre el doble en la obra de Dostoyevski, obtiene una beca Fullbright para ampliar sus estudios en Inglaterra. Allí conoce al poeta Ted Hughes, con quien se casa unos meses más tarde. En 1957 recorren los Estados Unidos de costa a costa y tienen una hija. En 1961 compran un viejo cottage en Devon, Inglaterra, donde nace su segundo hijo.
A su regreso de un viaje por Irlanda en compañía de Ted, Sylvia, que tiene treinta años, se muda a Londres con sus hijos. Es el invierno de 1963, el más frío que ha padecido Inglaterra en los últimos años. El apartamento está vacío y helado, el teléfono sin instalar. El correo se retrasa y con él la respuesta del terapeuta con el que ha decidido ponerse en contacto.

El 11 de febrero se levanta al amanecer y prepara el desayuno de los niños. Luego se encierra en la cocina, abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno. «Debería haber un ritual para nacer dos veces: remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera.» (Págs. 233-234)

Un texto titulado «Canción de amor de la joven loca»:

Cierro los ojos y el mundo muere;
levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
sin sentir galopa la negrura:
cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
escapan serafines y soldados de satán:
cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).

Desconozco quién es el traductor. Otros poemas de la bostoniana (en español), aquí.

P.S.: Ante algo así, ¿qué podría añadir yo? Calladito estoy más guapo (o menos feo).

Internet, ginebra y televisión

Viernes. 5 Septiembre, 2008 at 11:29 | In Internet | 2 Comments
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En El Cultural de ayer jueves 4 de septiembre, este breve texto del gran Arcadi Espada:

«Ginebra, televisión y superávit cognitivo» es una conferencia del escritor Clay Shirky que está colgada en Edge. Arrancando de la hipótesis de un historiador británico según la cual sólo el consumo de ginebra pudo hacer soportable el tránsito del mundo rural al mundo urbano, Shirky aventura que, durante la sociedad de posguerra, el papel de la ginebra lo cumplió la televisión, y más concretamente la comedia (sitcom). Gracias a ella pudo neutralizarse uno de los inconvenientes más temibles del nuevo mundo: el tiempo libre. La situación (la comedia) ha durado hasta el advenimiento de internet. Por primera vez los jóvenes ven menos televisión. Globalmente, la reducción es aún insignificante. Pero dado que la población americana conectada a internet ve un billón de horas de televisión al año, cualquier pequeño mordisco es importante. Un mordisco del 1%, por ejemplo, supone el equivalente a la participación anual en 98 proyectos de Wikipedia. Shirky se pregunta con lucidez sobre lo que puede significar esta cooperación para el aumento de la inteligencia humana. Una perspectiva casi inimaginable.
Sin embargo, y observado desde el atorrante cantón ibérico, hay que reconocer que la ginebra y la televisión presentan una formidable ventaja sobre la cooperación. No dan trabajo.

Pincha aquí si quieres leer el original.

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