Justine, Balthazar, Mountolive y Clea

Martes. 29 Julio, 2008 at 15:27 | In Literatura | 6 Comments
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Son los títulos de las cuatro novelas que componen una de los empeños novelísticos más importantes de la literatura del siglo XX: El cuarteto de Alejandría (1957-1960), de Lawrence Durrell.

Ahí va una sucinta biografía (pincha aquí si quieres algo más completo, pero en inglés):

Hijo de un ingeniero inglés, Lawrence Durrell nació en la India el 27 de febrero de 1912. A los doce años su familia lo envió a estudiar a la metrópolis, aunque no parece que aprovechara demasiado su estancia en distintos colegios británicos. En 1935 la familia se traslada a la isla griega de Corfú, donde se manifiesta su pasión desmedida por lo mediterráneo (adobado con lo clásico y lo oriental). Ese año publica su primera novela, Pied piper of lovers. Entabló amistad con Henry Miller y Anaïs Nin, y éstos le publicaron en París El libro negro (1938), rechazado por las editoriales británicas al considerarlo ”obsceno”. Durante la II Guerra Mundial se instaló en Alejandría, donde conoció a Yvette Cohen, sobre cuya figura modelaría a su Justine. Pasada la guerra, desempeñó diversos cargos diplomáticos, que lo llevaron a residir en Córdoba (Argentina), Belgrado, Nicosia y, finalmente, Sommières, un pueblecito en la Provenza donde falleció el 7 de noviembre de 1990. Nos dejó un buen puñado de novelas y poemas, así como deliciosos libros de viajes y estampas de las islas griegas, donde afirmaba haber hallado su paraíso en la tierra.

El cuarteto de Alejandría fue considerado, desde su aparición, como una de las obras más importantes de la narrativa del siglo XX (se rumoreó que había hecho a su autor acreedor al Nobel de Literatura). Se compone de cuatro novelas: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958), y Clea (1960). Las tres primeras desarrollan, básicamente, la misma historia, pero cada una de ellas desde el punto de vista de uno de los personajes implicados en la trama, lo que proporciona al lector un panorama más rico y complejo de lo narrado. Sólo la cuarta avanza en la trama. Esta estructura es deudora, según el propio Durrell, de la teoría de la relatividad. La segunda novela, Balthazar, se abre con una nota del autor en la que desvela sus premisas de partida:

Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de relatividad.
Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo. Las cuatro novelas siguen este esquema.
Sin embargo, las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Sólo la última parte representará el tiempo y será una verdadera sucesora.
La relación sujeto-objeto es tan importante para la relatividad que he debido emplear los dos tonos: el subjetivo y el objetivo. La tercera parte, Mountolive, es una novela estrictamente naturalista en la cual el narrador de Justine y Balthazar se convierte en objeto, es decir, en personaje.
Este método no debe nada ni a Proust ni a Joyce, pues a mi entender sus métodos ilustran la noción de “duración” de Bergson, no la relación “espacio-tiempo”.
El tema central del libro es una investigación del amor moderno.

Darley, un profesor inglés recién llegado a Alejandría; Justine, hermosa, turbadora , con «el cálido perfume estival de su ropa y su piel, perfume que se llamaba, no sé por qué, Jamais de la vie.» (Justine, pág. 23); su marido, el copto Nessim; Balthazar, que solía recorrer los cafés con «El Poeta de la Ciudad» (máscara que no sirve para ocultar la identidad de Constantino Cavafis); Mountolive, el futuro embajador; Clea, la artista… Todos figuras de un fresco en el que el único personaje importante, de verdad, es Alejandría, la Ciudad:

Retrocedo paso a paso en el camino del recuerdo para llegar a la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría.
¡He tenido que venir tan lejos para comprenderlo todo! En este desolado promontorio que Arcturo arranca noche a noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo que ocurrió entonces. La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio. (Justine, pág. 11)

El cuarteto fue publicado por primera vez en España por la editorial Edhasa en 1978, en una muy buena traducción de Matilde Horne. Yo llegué a él durante el mes de julio de 1985, a mis veinte años recién cumplidos, en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando (Cádiz), haciendo como que servía a la patria. Las largas horas vacías me encaminaron hacia la biblioteca del cuartel en cuanto supe que existía (y que estaba muy dignamente surtida), y allí tropecé con el primer volumen, Justine. ¡Qué le vamos a hacer, uno no puede evitar ser el que es! A mi vuelta a casa (que se produjo muy pocos días después: siempre he sido un inútil, no me quisieron ni para hacer la mili), adquirí la tetralogía completa no bien tuve la oportunidad, y desde entonces he vuelto a ella en distintas ocasiones a lo largo de mis vidas anteriores. Nunca he dejado de percibirla como una obra perturbadora, pegajosa, sensual, arrebatadora, sudorosa, perfumada pero apestosa, criminal y mística… En una sola palabra: fascinante.

Rebuscando, rebuscando, he dado con algunos sitios muy interesantes, cuyos enlaces os dejo:

 

 

P.S.: Este post se lo dedico a McQueen, compañero del alma, que este verano no ha dejado pasar ocasión de insistirme para que escribiera sobre El cuarteto.

Code is poetry

Sábado. 19 Julio, 2008 at 23:36 | In Internet, Literatura | 4 Comments
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Cuando empecé con el blog, tropecé con esta imagen-lema en algún rincón de wordpress.com:

Pues sí, completamente de acuerdo: el código es la poesía de la modernidad, la última frontera de la creación artística. Poesía nueva creada por y para los nuevos seres inteligentes, que son los únicos capacitados para leerla, a pesar de que con ella han inundado todos y cada uno de los rincones de nuestro planeta (y parte del extranjero).

Lejos queda ya el célebre «No escribas, telefonea» con el que Umberto Eco pudo resumir el paradigma moderno de su tiempo en la segunda mitad del siglo XX. Hoy, cuando la primera década del XXI está dando ya sus últimas boqueadas, lo suyo sería decir: «No escribas (nada que no sean líneas de código)». Pero si en ingeniería de software hasta tienen su «métrica» y todo…

Las líneas de código son omnipresentes (y, a lo que se ve, van camino de ser omniscientes y omnipotentes; ¡tiembla, Dios!). Vivimos sumergidos en un vastísimo océano de líneas de código. Respiramos líneas de código. Ergo, respiramos poesía. ¡Coño, si al final va a resultar que lo de la informática no iba a ser tan dañino para los de Letras!

En 1924, en uno de sus manifiestos, Tristan Tzara hizo públicas sus famosas instrucciones para escribir poemas dadaístas:

VIII

PARA HACER UN POEMA DADAÍSTA

Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.

Pues más fácil aún es escribir un poema con líneas de código. Sólo tenéis que seguir las siguientes instrucciones…

PARA ESCRIBIR UN POEMA CON LÍNEAS DE CÓDIGO

Encienda su PC o Mac.
Compruebe que se ha establecido de manera satisfactoria su conexión telefónica a redes.
Inicie su navegador de Internet predeterminado (puede ser Internet Explorer, Mozilla Firefox, Safari, Netscape, Opera).
Use su motor de búsqueda habitual (míreme a los ojos: casi apostaría a que es Google) para localizar alguna web relacionada con el asunto que piensa tratar en su poema.
No sea perezoso: no se limite a entrar en la primera web que le ofrezca Google. Prueba varias hasta encontrar una de su total agrado.
Dirija el puntero de su ratón hacia la Barra de Menús.
Entre en la opción Ver (o Visualización).
Despliegue el Menú pertinente haciendo click sobre él con el botón izquierdo de su ratón.
Vaya bajando hasta encontrar el comando que le permite ver el Código Fuente del sitio elegido.
Vuelva a hacer click con el botón izquierdo de su ratón.
Una cascada de poesía nueva debería estar ahora ante sus ojos.
Ahora, simplemente Seleccione aquella(s) parte(s) que mejor se acomode(n) a su inspiración poética inicial y Cópiela(s) al Portapapeles.
Ya sólo le queda Pegar lo que ha copiado en un nuevo Documento de Texto y, si aún no lo ha hecho, ponerle un título al poema.
Y como dijo el clásico:
«El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.»

Como mi aspiración secreta siempre ha sido la de ser un poeta infinitamente original (la sensibilidad hechizante la tengo de nacimiento, como cualquiera que me conozca puede atestiguar), os ofrezco mi última creación poética, basada en el código fuente de la web de la RAE:

CODE IS POETRY (Homenaje a las vanguardias)

<script type=”text/javascript”>
//<![CDATA[
if (screen.width>800){document.write('<link rel="stylesheet" type="text/css" href="style2.css" />')}
//]]>
</script>
<script type=”text/javascript”>
<!–
function submitenter(myfield,e,diccionario)
{
var keycode;
if (window.event) keycode = window.event.keyCode;
else if (e) keycode = e.which;
else return true;
 
if (keycode == 13)
{
               if (document.all) {
                               var fb = document.forms[0];
               } else {
                               if (document.layers) {
                                              var fb = document.busqueda.document.forms[0];
                               } else {
                                              var fb = document.forms[0];
                               }
               }
               var lema1, lema2;
               lema1=fb.LEMA.value;
               lema2=fb.DPD.value;
 
               if ((lema1 == “”) && (lema2 == “”))
                               alert(“Por favor, escriba la palabra que desea consultar”)
 
               if ((lema1 != “”) && (lema2 != “”))
                               sitebusca(diccionario);
              
               if ((lema1 != “”) && (lema2 == “”))
                               sitebusca(‘DRAE’);
              
               if ((lema1 == “”) && (lema2 != “”))
                               sitebusca(‘DPD’);
               return false;
}
else
               return true;
}
//–>
</script>
<script language=”JavaScript” type=”text/javascript”>
<!–
function sitebusca(diccionario){
if (document.all) {
               var fb = document.forms[0];
} else {
               if (document.layers) {
                               var fb = document.busqueda.document.forms[0];
               } else {
                               var fb = document.forms[0];
               }
}
var lema;
if (diccionario == “DRAE”)
               lema =fb.LEMA.value;
else
               lema =fb.DPD.value;
 
if (lema != “”) {
               if (diccionario == “DRAE”){
                               window.open(“http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=”+lema,”_self”);
                               fb.LEMA.value=”";
               }
               else {
                               window.open(“http://buscon.rae.es/dpdI/SrvltConsulta?lema=”+lema,”_self”);
                               fb.DPD.value=”";
               }
}else{
               alert(“Por favor, escriba la palabra que desea consultar”)
               }
}
// –>
</script>
</head>
<body lang=”ES” title=”Real Academia Española” onload=”document.forms[0].LEMA.focus()”>
<table width=”100%” border=”0″ cellpadding=”0″ cellspacing=”0″>
  <tr>
    <td width=”9%” rowspan=”2″ bgcolor=”#990000″ class=”barra”><img height=”100″ alt=”Real Academia Española” src=”images/logotop.png” width=”110″ border=”0″ /></td>
    <td width=”91%” height=”80″ valign=”bottom” bgcolor=”#272763″ ></td>
  </tr>
  <tr>
    <td bgcolor=”#9bb9f1″ class=”barra”>
        <table width=”660″  border=”0″ cellpadding=”0″ cellspacing=”3″ align=”right” class=”fcolmenu”>
          <tr align=”right”>
            <td>
            </td>
          </tr>
        </table>
      </td>
  </tr>
</table>
<div id=”Layer1″ class=”rmay” style=”Z-INDEX: 1; LEFT: 66px; WIDTH: 44px; POSITION: absolute; TOP: 23px; HEIGHT: 27px”>
  <div align=”right”>R</div>
</div>
<div id=”Layer2″ class=”realt” style=”Z-INDEX: 2; LEFT: 110px; WIDTH: 500px; POSITION: absolute; TOP: 23px; HEIGHT: 21px”>EAL
  <span class=”rmay”>A</span>CADEMIA <span class=”rmay”>E</span>SPAÑOLA</div>
 
<div style=”CLEAR: both”></div>
<div id=”name”> </div>
</div>
</body>

</html>

Helena o el mar del verano

Jueves. 17 Julio, 2008 at 22:21 | In Literatura | 10 Comments
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Por la tarde la playa estaba llena de sol color naranja y había nubes blancas y olía a tortilla de patata.
Y había cangrejos que se escondían entre las peñas y los niños éramos los encargados de enterrar las botellas de sidra en la arena húmeda para que no se calentasen.
Y todos decían: «Qué tarde más preciosa», y los novios se sentaban apartados y cuando empezaba a oscurecer y todo estaba lila y morado estaban con las caras muy juntas sin hablar nada, como confesando.
Pero lo mejor era el baño por la tarde, cuando el sol bajaba y estaba grande y cada vez más encarnado, y el mar estaba primero verde y luego verde más oscuro, y luego azul, y luego añil, y luego casi negro. Y el agua estaba caliente, caliente, y había bandos de peces muy pequeñinos nadando entre las algas rojizas.
Y daba gusto bucear y pellizcar a las mujeres en las piernas para que gritasen. Y luego que papá y tío Arturo y el marido de tita Josefina nos subiesen sobre los hombros y nos dejaran tirarnos desde allí al agua. (págs. 15-16)

El texto pertenece a una de las novelas más hermosas de nuestro siglo XX: Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta (1919-1996). Sus poco menos de noventa páginas han sido uno de los secretos mejor guardados de nuestra narrativa desde que se publicara en 1952. Entonces soplaban en la literatura española los a menudo áridos vientos del realismo social, del compromiso, y Helena o el mar del verano corrió similar suerte a otros títulos que escapaban de tan asfixiante etiqueta, como las obras de Álvaro Cunqueiro o la primera novela de Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951): pocos se enteraron. Eso sí, los que lo hicieron lo convirtieron en eso que hoy se llama libro de culto (que a mí siempre me ha sonado a Biblia o a misal).

Hace algunos años, en el 2000, la reedición que hizo la editorial El Acantilado (que, à propos, ofrece al lector un catálogo absolutamente imprescindible) sirvió como justa reivindicación de la novela ante el lector contemporáneo. Pincha aquí si quieres leer una reseña más completa de la misma. También aquí.

 Helena o el mar del verano fue la única novela de su autor. Nacido en Gijón hijo de una familia acomodada (muy vinculada, por ejemplo, con el club de fútbol Real Sporting de Gijón) , Julián Ayesta fue diplomático de carrera. Como escritor, dejó una obra escasa: varias obras de teatro y algunos relatos y poemas, que distintas editoriales están recuperando.

La poesía impregna las páginas de la novela, que comienza con dos citas, una de la «Égloga I» de Garcilaso y otra de Vicente Aleixandre («Poderío de la noche», Sombra del paraíso, 1944):

Pero lejos están los remotos días
en que el amor se confundía con la pujanza de la
     naturaleza radiante
y en que un mediodía feliz y poderoso
henchía un pecho, con un mundo a sus plantas.

Ayesta regala al lector gemas como «Helena iba a mi lado con el pelo desnudo de dulcísima alerta.» (pág. 69), o «Hacía calor, un calor como música, que olía a cirio amarillo.» (pág. 77). Recuperación del territorio mítico de la infancia que deja de serlo para derivar en adolescencia, Helena o el mar del verano es una de esas obras con las que sueña todo lector (y digo yo que también todo escritor), una obra que asombra, que atrapa, una obra a la que volver siempre.

Algunas veces mi amor -que era Helena, tan hermosa, con la piel tan morena y el pelo rubio y los ojos azules y tan libre y valiente- se paraba otra vez a coger zarzamoras y se pinchaba con una espina. Entonces me ofrecía su dedo ensangrentado y yo le chupaba la sangre, que era tan roja, tan salada, tan hermosa centelleando al sol. Después me besaba y me lavaba con sus labios la sangre que había quedado en los míos. Y después de hacerlo nos entraba como un miedo raro. Porque aquello era un rito secreto, secretísimo, como una especie de pecado; nadie sabía por qué. Helena se apretaba contra mí como una gata misteriosa, y con los ojos llenos de lágrimas murmuraba: «Tengo miedo.» Y yo, lleno de una ternura y un amor que casi me hacían llenárseme los ojos de lágrimas, la apretaba más aún contra mí y la mantenía así, con mis labios sobre su pelo, tiempo y tiempo, hasta que Helena separaba la cabeza de mi pecho y me miraba todavía con lágrimas, pero sonriéndose de amor y de felicidad. Entonces seguíamos andando abrazados, con la cabeza de Helena apoyada en mi hombro. Y así seguíamos hasta el mar.

El surf también existe

Sábado. 12 Julio, 2008 at 15:36 | In Música | 2 Comments
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Mi amigo Ramón ha escrito un comentario muy interesante en Rock y Literatura (II). Pero lo mejor es que ha dejado unos enlaces para descargarse una antología de surf music que elaboró hace algunos años (¡tengo copia en cassette!), algo que acostumbra a hacer de vez en cuando. El título que le puso: El surfff también existe (magnífica paráfrasis de un título de Serrat). Música para disfrutar del verano. No os lo perdáis.

Evolucionismo y creacionismo

Jueves. 10 Julio, 2008 at 14:12 | In General, Literatura | 6 Comments
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Cuando tratamos en clase el tema de las literaturas realista y naturalista, es inevitable hablar de la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin. Una de las cosas que suelo contaros es el escandalazo que se montó a raíz de la difusión de los dos postulados básicos de dicha teoría, a saber:

  • evolucionismo: que las formas de vida actuales sobre la Tierra son el resultado de una evolución de las distintas especies a lo largo de millones de años (particularmente escandaloso resultó lo de que el hombre proviene de los primates, esto es: del mono);
  • determinismo: que en esa evolución han sobrevivido los más fuertes y/o los que mejor se han adaptado al medio en que viven, para lo cual son fundamentales tanto la herencia genética del individuo como el ambiente en que se desarrolla su vida (herencia y medio son los dos factores que determinan el discurrir vital de los seres vivos).

Esto, explicado de manera patatera. Bien.

Recordarán también Vuesas Mercedes que una de las lecturas que solemos tener en 4º es Doña Perfecta (1876), de Benito Pérez Galdós, dos de cuyos personajes principales, el joven ingeniero Pepe Rey y el canónigo de la catedral de Orbajosa, don Inocencio, encarnan, respectivamente, la aceptación científica y progresista y el rechazo religioso y reaccionario de la teoría de Darwin.

Bueno, pues no sólo no se ha apaciguado el debate en torno a las tesis darwinistas, sino que en algunos países, como EE.UU., está más abierto que nunca. Desde casi el mismo momento de su aparición, el darwinismo fue combatido por el llamado creacionismo, que propugna que la Tierra y todo lo que contiene es producto de la creación de un ser superior y obedece a un propósito divino. Sin embargo, en los últimos años, esta tesis (que se presenta ahora con el nombre de Diseño Inteligente) ha adquirido nuevo impulso por mor de las leyes educativas impuestas por grupos ultrarreligiosos en algunos estados de los EE.UU. (como Kansas), dirigidas, básicamente, a combatir la tesis evolutiva y presentarla como una simple teoría, una más de las que intentan explicar el origen de la vida sobre la Tierra.

La batalla está siendo dura, pues en algunos estados se ha prohibido, incluso, que se explique en las escuelas, institutos y universidades, y muchos profesores lo sienten como un ataque directo contra su libertad de cátedra.

Os estaréis preguntando que a qué viene todo este rollo. Viene a que esta mañana he encontrado un blog (www.oldearth.wordpress.com) en el que se tratan estos asuntos (mucho mejor y más en profundidad que esto), y uno de cuyos posts recoge las pegatinas de tipo creacionista que se obliga a poner en los libros de texto que tratan de Darwin y, también, aquellas otras pro-evolucionismo que se proponen para combatir las primeras. Pincha aquí si quieres ver cómo están las cosas. Te ofrezco un aperitivo.

Pegatina que los creacionistas han conseguido que se imprima en los libros de ciencia:

Pegatina que los evolucionistas pretenden que se imprima con la Biblia:

Hay quien se toma la cosa con humor, como los pastafaris, seguidores de la Church of the Flying Spaghetti Monster. Se trata de la religión de mayor crecimiento en número de adeptos de los últimos años (Internet, cómo no), y surgió cuando un licenciado en Física llamado Bobby Henderson envió una carta abierta al organismo encargado de la educación en Kansas (está en inglés, pero da igual: pincha); en ella denunciaba las constantes concesiones de las autoridades educativas a los grupos de presión religiosos en detrimento de una enseñanza científica no basada en la mera creencia, proclamaba la existencia de una nueva fe, la de los pastafaris, y exigía que también dicha fe fuera incluida en los programas educativos.

Los pastafaris rinden culto al Flying Spaghetti Monster (the FSM), que es «volador, omnipotente, invisible y muy poderoso» (así es definido en el Evangelio Pastafari), y cuya apariencia, inspirada en las rastas de Bob Marley, es la de una buena ración de espaguetis omnipotentes con dos enormes albóndigas sagradas:

El FSM creó el mundo (una montaña, cuatro árboles y un enano) en un día, empleó otros tres en crear el resto del universo y se pasó descansando los tres restantes.

Para un buen pastafari, los piratas son seres sagrados: proclaman que el llamado calentamiento global está en relación directa con el brutal descenso del número de piratas que surcan los siete mares desde 1800 (el ser humano comparte el 95% del ADN con los primates y el 99, 9% con los piratas).

Un buen pastafari considera sagrado el viernes.

En cuanto a la vida del más allá, lo más destacado es que en el Cielo de los pastafaris hay volcanes de cerveza en todo cuanto abarca la vista y una fábrica de strippers.

Si queréis saber más, podéis encontrar todo lo relacionado con la Church of the Flying Spaghetti Monster y los pastafaris en www.venganza.org, de donde he sacado este texto que, mal que bien, os traduzco:

Aunque ha llevado una existencia secreta durante cientos de años, la Iglesia del Monstruoso Spaghetti Volador [Church of the Flying Spaghetti Monster, Church of the FSM] ha salido a la luz pública cuando esta carta se publicó en mayo de 2005.

Con millones, si no miles, de devotos seguidores la Iglesia del MSV está ampliamente considerada como una religión legítima, incluso por sus oponentes -una mayoría de cristianos fundamentalistas que han aceptado que nuestro Dios tiene las pelotas más gordas que el suyo.

Algunos alegan que la Iglesia es simplemente un experimento, una sátira, para ilustrar que el Diseño Inteligente no es ciencia, sino una pseudociencia manufacturada por los cristianos para imponer el Creacionismo en las escuelas públicas. Esa gente se equivoca. La Iglesia del MSV es real, totalmente legítima, y promovida por una ciencia exigente. Cualquier cosa que se entienda como humor o sátira es pura coincidencia.

Sé bienvenido.

 

Crematorio

Martes. 8 Julio, 2008 at 18:47 | In Educación, Literatura | 12 Comments
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De Crematorio, la última novela de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, Valencia, 1949) y la mejor española de los últimos años. No lo digo yo (que también; es simplemente asombrosa): ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de la Crítica y el de Mejor Novela de 2007 para El Cultural:

Él nunca ha entendido eso de aprender a leer dibujando muñequitos, jugando y cantando. Claro que se acaba aprendiendo, pero se tarda infinitamente más, dice, y, además, se difunde el mensaje engañoso de que las cosas no cuestan esfuerzo, de que todo en la vida es coser y cantar. Con esos monicacos que les ponen durante cursos enteros ante los ojos como único mensaje, lo que les enseñan a los niños es a ser televidentes, que es lo que acaban siendo. Y no te digo con lo de animarlos a que dejen volar libremente la imaginación. Crean locos fantasiosos, a los que espanta cualquier contacto con la realidad. (págs. 106-107)

La Unión y Boris Vian: Rock y Literatura (II)

Martes. 8 Julio, 2008 at 2:42 | In Literatura, Música | 13 Comments
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Vuelvo a ustedes con la segunda entrega de nuestro mundialmente famoso coleccionable «Rock y Literatura» (¿Se perdió el primer capítulo? No se preocupe, puede encargarlo en su quiosco habitual; pero no, mejor todavía: pinche aquí. De nada).

En esta ocasión nos ocupamos de la amable sugerencia de Juanmi, un -entre otras cosas- devoto seguidor de nuestro programa, quien el 13 de junio (que fue viernes, by the way) nos apuntaba la canción «Lobo-Hombre en París», de La Unión, basada en un relato (no una novela: ocupa sólo trece páginas) del francés Boris Vian. Va por ti, amigo.

Boris Vian nació en Ville-d’Avray, en las afueras de París, cerca de Versalles, el 10 de marzo de 1920, en el seno de una familia adinerada. Padeció siempre de una salud precaria, tanto que murió cuando apenas contaba treinta y nueve años de edad, el 23 de junio de 1959, en circunstancias un tanto penosas: se había colado en el estreno de la versión cinematográfica de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas, de cuya producción fue apartado, y parece que su corazón no resistió lo que se estaba proyectando y murió allí mismo. Para rematar la faena, el día de su entierro estaban en huelga los empleados del cementerio, así que fueron sus propios amigos quienes tuvieron que enterrarlo.

Su vida fue corta, sí; pero su entrega al arte fue absoluta: aparte de ser ingeniero, se empeñó en tareas literarias de todo tipo (novelas, relatos, poemas, obras de teatro, traducciones), fue músico, cantante, compositor y crítico de jazz, actor y periodista; también compuso dos óperas y fue condenado por un tribunal francés por «ultraje a la moral y a las buenas costumbres» (ésa ha resultado ser una tradición muy francesa: condenar a ciertos escritores y artistas por atentar contra la moral para, años después, elevarlos a los altares laicos de la intelectualidad más snob; la jugarreta se la hicieron a unos cuantos, que hoy son los santones intocables del canon cultural francés). La causa del escándalo: la extrema violencia y el contenido sexual explícito de sus primeras novelas, que publicó con el seudónimo de Vernon Sullivan: Escupiré sobre vuestras tumbas, 1946; Todos los muertos tienen la misma piel, 1947; Que se mueran los feos, 1948; y Con las mujeres no hay manera, 1950.

En cuanto al relato que nos ocupa, su título original es «Le loup-garou», y fue escrito en 1947, si bien no se publicó hasta 1970, once años después de la muerte de su autor. En español está editado por Ed. Tusquets (hay edición de bolsillo, baratita), junto con otros doce relatos, en el volumen El lobo-hombre (1987). Cuenta la historia de Denis, «un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos» que resulta no ser lo que uno está acostumbrado a esperar de un lobo.

Así, Denis es descendiente «de un antiguo linaje de lobos civilizados» y

se alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos (pág. 11)

Apasionado de la mecánica, [...] soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. (pág. 12)

Sin embargo, cierta «apacible velada de agosto», mientras pasea por el Bois des Fausses-Reposes, sorprende al Mago del Siam intentando seducir a la «diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil» (pág. 12). Aunque intenta escabullirse sin ser notado, es descubierto, atacado y mordido por el Mago del Siam, que «se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo.» (pág. 13)

En la siguiente luna llena asistimos a un episodio de antropolicandría, fenómeno opuesto a la licantropía:

El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano. (pág. 15)

Ya que la cosa no tiene remedio, Denis decide pasar sus primeras horas como ser humano en París. Allí alquila una bicicleta, conoce a una señorita -«que, entre nosotros, lo había dejado ya de ser muchas más veces de las que pudiera contar», pág. 18- y, finalmente, tiene que huir perseguido por la policía al tiempo que vuelve a su ser. ¿O no? Las últimas líneas nos dejan con el anuncio de una inquietante transformación en la antaño apacible y tranquila naturaleza de Denis, fruto del cambio que acaba de operarse en él.

Hasta ahí el relato de Boris Vian.

Corría el mítico 1984 cuando un trío que responde al nombre de La Unión rompe las listas con un primer LP titulado Mil siluetas, que contiene canciones fascinantes como «Sildavia», «Eclipse total» o «La niebla». En aquellos momentos había pocos grupos en España que sonaran tan «modernos».

La cara B del disco se abre con el que sería el gran éxito del grupo, «Lobo-Hombre en París», que inmediatamente pasó a formar parte de la memoria colectiva: no hay antología de la «movida» que no incluya esta canción; del single se vendieron más de 200.000 copias y estuvo once semanas en el número uno:

Cae la noche y amanece en París.
En el día en que todo ocurrió.
Como un sueño de locos sin fin.
La fortuna se ha reído de ti.
Sorprendido espiando,
el lobo escapa aullando y
es mordido por el Mago del Siam.
La luna llena sobre París
ha transformado en hombre a Denis.
Rueda por los bares del Bulevar.
Se ha alojado en un sucio hostal.
Mientras está cenando,
junto a él se ha sentado una joven
con la que irá a contemplar
la luna llena sobre París.
Algunos francos cobra a Denis.
Lobo-Hombre en París.
Su nombre es Denis.

La letra de la canción recorre, sin apartarse apenas, los principales hitos argumentales del cuento, que acabamos de repasar. Si acaso, sólo se aleja en lo de «Algunos francos cobra a Denis». Porque, en el texto de Vian, Denis despide con cajas destempladas a la prostituta cuando, creyéndolo ella dormido, él la sorprende intentando robarle el dinero de la cartera.

¿Qué significan uno y otros para mí? Desde luego, Boris Vian más que La Unión, que nunca ha estado entre mis grupos favoritos, pero la canción sí (y otras de este primer disco; poco más). Cuando era más joven quería escribir como el Boris Vian que firmaba sus novelas como Vernon Sullivan: quería tener esa ferocidad. Hoy… escribo un blog.

Para cerrar este post, me imagino que alguno ya habrá reparado en que la sombra de Boris Vian sobre el pop español no se limita a La Unión: recuerdo ahora el cuarto LP de Siniestro Total, que se titulaba Bailaré sobre tu tumba (1985); o allá en la prehistoria, a Los Sírex cantando «Que se mueran los feos» (1965): «Yoooooo soy muy feeeo / y la ciencia, por mucho que avance, no me salvará / y la ciencia, por mucho que avance, no me cambiará». Con un par…

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