El fondo del cielo

Jueves. 26 Noviembre, 2009 at 2:23 | In Literatura | Leave a Comment
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Kurt Vonnegut.

Philip K. Dick.

The Kinks.

George Clooney (el auténtico).

J. G. Ballard.

Dante Alighieri.

Lloyd Cole.

Vladimir Nabokov.

John Cheever.

François Truffaut.

Stanley Kubrick.

Las Torres Gemelas.

Bob Dylan.

Marcel Proust.

La Cienciología.

Jarvis Cocker.

El 11-S.

Pink Floyd.

David Lynch.

Mark Rothko.

Xenófanes de Colofón.

El Coyote y el Correcaminos.

David Foster Wallace.

Franco Battiato.

La invasión de Irak.

The Beatles.

Adolfo Bioy Casares.

Ray Bradbury.

Todo esto -y mucho más- se concentra en El fondo del cielo (Ed. Mondadori), la última novela, recién publicada, de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), uno de esos novelistas sobre los que se acumulan tópicos críticos mil veces leídos en las revistas y los suplementos literarios, tópicos que suelen echar para atrás al lector avezado, que tiende a sospechar si detrás de tanto halago no se encuentra, una vez más, la habitual maniobra publicitaria de unas editoriales que tienen que vender libros como otros tienen que vender yogures, ponderando las cualidades de su producto sobre los de la competencia, y haciendo de cada novedad editorial “la obra que la literatura estaba esperando“, “la novela que cambia radicalmente la narrativa de nuestros tiempos” o “el libro sin cuya lectura no se puede afrontar la experiencia de vivir en estos tiempos convulsos que nos han tocado en suerte“. En fin.

Y sin embargo…

A veces ocurre que cuanto se dice se corresponde exacta y milimétricamente con la realidad de lo que uno lee, y resulta que todo encomio es poco. Es el caso de Rodrigo Fresán, autor afincado en Barcelona a quien descubrí en 2003 a raíz de la lectura de su anterior novela, Jardines de Kensington (2003), que me puso tras la pista de uno de esos escritores a los que se ama y se odia con idéntica pasión: amor devoto que se les profesa por brindarte la oportunidad de leer una obra cuya lectura marca un antes y un después en tu experiencia como lector; odio sin paliativos porque esas novelas, esos relatos siempre son escritos por otro que no eres tú, que nunca vas a llegar a nada… En otro lado escribió Fresán sobre esto mismo, pero con más misericordia:

«existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.
Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? Y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!» (de «Apuntes para una teoría del lector», en La velocidad de las cosas, 1998; cito por la edición de Mondadori, 2002, pág. 15)

En un lugar distinto (Mantra, Ed. Mondadori, año 2001, pág. 127) ya había dejado escrito que:

«La literatura, si se lo piensa un poco, es la más democrática de las artes. Todos cuentan con los mismos medios. Lo único que se necesita es saber leer y escribir. El resto corre por cuenta de cada uno.»

Pues eso…

Rodrigo Fresán

¿Que qué ha escrito este hombre? Bueno, pues es autor de tres libros de relatos:

También de una recopilación de textos publicados en prensa:

Y de tres novelas, que ahora ya son cuatro:

El fondo del cielo no es una novela de ciencia-ficción, aunque toda ella aparece atravesada por la sci-fi. Como dice su autor, «es una novela con ciencia-ficción.» (pág. 263), producto de la devoción por un género del que Fresán se confiesa lector empedernido. Tiempo y espacio, pasado, presente y futuro, son ingredientes básicos de una novela que, lo confieso, no me ha captado en las primeras páginas, pero que después me ha agarrado por el cuello y me ha obligado a leerla de un tirón.

«Y es que en el pasado —llegando allí tanto tiempo después, porque lo terrible del pasado es que sólo podemos verlo desde el futuro— todos somos más sabios.
Viajando a lo que ya fue, comprendemos sin esfuerzo y contemplamos claramente errores que, es cierto, ya no podemos ni podremos corregir. Pero al menos accedemos al premio consuelo o al desconsolador castigo de saber exactamente cómo lo habríamos hecho mejor, cómo habrían cambiado para bien los resultados de haber podido alterar ciertos factores o tomado otras decisiones. De ahí que sean muchos los que, antes de hacer uso y, tal vez, volverse adictos a la poderosa droga del pasado, optan por otra droga: la del olvido.» (pág. 22)

Si me preguntáis por el argumento del libro, no sabría muy bien qué decir. Fresán escribe:

«Me gusta pensar en El fondo del cielo como en un conjunto de mensajes simultáneamente emitidos, como una trama que sólo quiere ser una sucesión de momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo.» (pág. 264)

Sé que hay dos protagonistas, Isaac Goldman y Ezra Leventhal, que son primos y están unidos por el amor a la ciencia-ficción, que les ofrece el refugio o el consuelo que la realidad les niega:

«hay otros —demasiados— como nosotros: jóvenes a los que el presente se les hace insoportable y entonces se evaden al futuro, a muchos futuros; porque la idea de que sólo exista un futuro se les hace insuficiente, insoportable. [...] Éramos pésimos deportistas, nos poníamos tan nerviosos en público, así que volábamos con nuestras mentes.» (págs. 68-69)

«nuestro amor por el futuro se debía a una ausencia absoluta de presente y no, como sucedió décadas después, a la presencia de un ahora que parecía invulnerable y eterno en su quietud y permanencia.» (pág. 104)

Como en todo buen relato que se precie, hay también una «ella», y os podéis imaginar que su imagen se clava en los tiernos corazones de ambos primos:

«se puede sobrevivir a la certeza de que una determinada mujer es la más hermosa que jamás se ha visto, sí; pero es tanto más difícil seguir viviendo luego de experimentar el convencimiento absoluto de que esa mujer es y será, también, la más hermosa que jamás se verá en toda la vida.» ( pág. 80 )

Aparece también un tal Jefferson Franklin Washington Darlingskill, tocado de delirios de grandeza y sobrino de Phineas Elsinore Darlingskill, un oscuro escritor de culto (Fresán tira de ironía: «hoy casi todo es un clásico de algo o un clásico para alguien», pág. 65). También está Evasión, una novela… Ajá, lo habéis adivinado: de culto. Y hay otros planetas, y otros mundos, y el fin del mundo, y muchos posibles finales del mundo, y una invasión alienígena aplazada sine die y todas esas cosas que dije al principio, y de regalo muchas otras cosas que hacen de la arquitectura de esta novela -como del resto de la obra de Fresán- un perfecto artefacto pop -y debéis entender cuánta admiración encierro en esta palabra- en cuya escritura, nacida de una imaginación desbocada y de un ilimitado poder literario, se ensamblan a la perfección recreaciones de películas, citas de libros y de versos y/o títulos de poemas y canciones -desde The Beatles o The Kinks a Lloyd Cole, pasando por Leonard Cohen, Pink Floyd, Talking Heads o Bob Dylan-, que trufan la lectura de guiños que, por lo demás, no estorban a quien no los pille y que, sin embargo, crean una cómplice cercanía entre lector y autor conforme se van sucediendo los distintos niveles de anagnórisis.

El tiempo -en cualquiera de sus versiones, identidades o máscaras- es otra de los temas recurrentes en El fondo…:

«Si el pasado es un país extranjero, entonces el futuro es una estrella lejana.» (pág. 69)

«Entonces, el feliz espanto de ver a alguien a quien no se ha visto hace mucho. Ver a alguien a quien no vemos desde hace años equivale a ver el tiempo. El tiempo que pasó, el tiempo que no deja de pasar.
La misma impresión que se siente al contemplar, por primera vez, el milagro creíble de un reloj abierto […] Ahí, todas esas minúsculas piezas, esos engranajes y resortes y tornillos impulsando, dentro de un espacio tan frágil y pequeño, la sólida inmensidad de los siglos.
Así, ver a alguien después de tantos años es como contemplar otra parte de ese mismo mecanismo. Una parte invisible pero que está allí, que no estaba al principio pero que no ha dejado de crecer: la parte que muestra lo que el tiempo le ha hecho a ese mecanismo. La brutal erosión de una caricia de años, una caricia que no cesa de acariciar sobre un rostro y una sonrisa.» (pág. 114)

En otro sitio (Jardines de Kensington, pág. 232) escribía Fresán sobre el carácter de lo literario en nuestros días:

«la literatura ha adquirido, como todo, la velocidad de lo pop y [...] los autores duran cada vez menos y se parecen cada vez más a rockers fugaces y descartables y aquí viene uno más, uno nuevo, uno más nuevo.»

Pues bien, Rodrigo Fresán parece decidido a desmentirse a sí mismo, porque, desde luego, no da la impresión de ser uno de esos one hit wonder, uno de esos autores imprescindibles un año y absolutamente olvidados al siguiente. La suya no puede ser considerada ya sino como sólida carrera literaria y cada libro que publica no hace más que confirmar su voz como una de las más ricas e interesantes (¡¡ay, caray, los manidos tópicos crítico-literarios!!) de la narrativa contemporánea, si no la que más. Abigarrado. Delirante. Alucinado. Culto. Tremendo. Pop. Pura literatura de ley de alguien que proclama con orgullo:

«Ser escritor no es una opción, es un destino.» (Jardines…, pág. 143)

Alguien que tiene la enorme capacidad de expresar en un puñado de líneas aquello que uno lleva media vida peleando por meteros en la sesera:

«Ya está.
Ya se apagó.
No hay más batería.
Out.
Off.
K.O.
Cierro el móvil y abro el libro y los libros nunca se descargan, los libros siempre funcionan, los libros siempre están tan dispuestos a ser leídos… Máquinas unplugged que se conectan instantáneamente a nuestros cerebros y nos poseen y nos invaden. Tal vez, ahora que lo pienso, los libros sean organismos extraterrestres. Seres que nos abducen y nos llevan a otros mundos, a mundos mejores, a mundos tanto mejor escritos que el nuestro.» (pág. 195)

O que enuncia la única bienaventuranza en la que nos sentimos incluidos los que somos… como somos:

«Bienaventurados aquellos que han leído mucho durante su infancia porque de ellos, tal vez, jamás será el reino de los cielos; pero sí podrán acceder al reino de los cielos de los otros, y allí aprender las muchas maneras de salir del propio infierno gracias a las estrategias no ficticias de personajes de ficción.» (Jardines…, pág. 39)

Una anécdota: conocí a Rodrigo Fresán en octubre de 2003, una noche en la que fue nuestro invitado en la tertulia literaria en la que milito y profeso desde hace ya… muchos años. Alto -muy alto- y afable, con gran sentido del humor y un don proverbial para la conversación. Fue un privilegio tenerlo con nosotros y charlar con él sobre la que entonces era su novela más reciente (Jardines…), y guardo alguna anecdotilla que estoy seguro él, dedicated follower de The Kinks,  no ha olvidado. Do you remember Village Green?

Aloha.

P.S.: Con éste tendría no para un capítulo, sino para un monográfico completo del universalmente aclamado coleccionable «Rock y Literatura». Amenazo: a lo mejor cualquier día me animo…

Más de cincuenta mil visitas. Un millón de gracias.

Jueves. 12 Noviembre, 2009 at 0:59 | In Literatura | 31 Comments
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Hace un año y pico -de ave, maestro Cunqueiro-, tuvimos la humorada de empezar a dibujar los contornos de un lugar que, concebido como punto de encuentro más allá del aula, sirviera para tratar de aquellos autores, obras, tópicos y/o movimientos estéticos a los que los temarios académicos que nos amarran no suelen conceder demasiada atención. A ese lugar lo llamamos Hawaii, ya sabéis por qué. Fue desde el principio territorio abierto y sus moradores sólo aspiraban a que, de vez en cuando, alguna vez, alguien tuviera la amabilidad de darse un garbeíto por allí.

Hoy vemos con pasmo y asombro infinitos que las playas, caminos y veredas de Hawaii han sido recorridas por más de… ¡¡50.000 visitantes!! Un enorme, emocionado y afectuoso GRACIAS es cuanto alcanzamos a decir en un momento que ni en nuestros sueños más delirantes habríamos podido imaginar.

Y como fuimos educados en el convencimiento de que es de bien nacidos ser agradecidos, para corresponder a tanta generosidad no se nos ocurre nada mejor que seguir compartiendo con vosotros algunas gotas de la única sangre que de verdad da calor a nuestras venas: el amor a la literatura. En esta ocasión reclamamos la compañía de uno de los más extraordinarios escritores del siglo XX, el portugués Fernando Pessoa (1888-1935), quien trae bajo el brazo su no menos extraordinario Libro del desasosiego. El texto corresponde al fragmento nº 45 y está sacado de la más reciente traducción de que disponemos hoy día, a cargo de Perfecto E. Cuadrado, publicada por la Ed. El Acantilado en 2002 (págs. 57-58):

45.
Vivir una vida desapasionada y culta, al relente de las ideas, leyendo, soñando, y pensando en escribir, una vida suficientemente lenta como para estar siempre al borde del tedio, lo bastante meditada como para no encontrarse nunca con él. Vivir esa vida lejos de las emociones y de los pensamientos, sólo en el pensamiento de las emociones y en la emoción de los pensamientos. Quedarse estancado al sol, doradamente, como un lago oscuro rodeado de flores. Tener, en la sombra, aquella hidalguía de la individualidad que consiste en no insistir en absoluto ante la vida. Ser en el agitarse de los mundos como una polvareda de flores, a la que un viento desconocido levanta en el aire de la tarde y el torpor del anochecer deposita al azar en cualquier sitio, imposible de distinguir entre cosas mayores. Ser esto con un conocimiento seguro, ni alegre ni triste, reconocido como el sol por su brillo y como las estrellas por su lejanía. No ser más, no tener más, no querer más… La música del hambriento, la canción del ciego, la reliquia del viandante desconocido, los pasos en el desierto del camello vacío sin destino…

Muy hawaiiano, ¿no?

Aloha a todos y una vez más: ¡¡mahalo!!

Vaya rachita…

Miércoles. 4 Noviembre, 2009 at 20:58 | In Cine, Literatura | 3 Comments
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El pasado 29 de septiembre, diez días antes de cumplir los cien años, el poeta José Antonio Muñoz Rojas dio su alma a quien se la dio, que decía Jorge Manrique. Y del fin de semana a hoy han ido desapareciendo el actor José Luis López Vázquez, Francisco Ayala, último miembro vivo de la Generación del 27, y Claude Lévi-Strauss, padre de la moderna antropología.

Demasiadas muescas en el revólver de la Parca.

P.S.: Hawaii se está convirtiendo en la sección de necrológicas de una gacetilla de pueblo. Caray…

Adiós a Campos Reina

Lunes. 2 Noviembre, 2009 at 22:25 | In Literatura | Leave a Comment
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El pasado miércoles 28 de octubre recibimos con estupefacción y profundo dolor la noticia del fallecimiento de Juan Campos Reina, escritor cordobés (Puente Genil, 1946) afincado hace muchos años en Málaga, a quien tuve el honor de tratar en diversas ocasiones.

Juan Campos Reina.jpg

Juan Campos Reina (1946-2009)

En lo estrictamente literario, fue una de las voces más profundas y personales de la narrativa española contemporánea. Se dio a conocer con la novela Santepar (1988), y desde entonces su voz literaria fue alcanzando una riqueza de matices y hondura de difícil parangón en el panorama narrativo actual. Dos ciclos novelísticos conforman el cénit de su carrera: de una parte, la llamada Trilogía del Renacimiento, compuesta por Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996), que lo hizo merecedor del Premio de la Crítica de Andalucía, y La góndola negra (2003); de la otra, el díptico narrativo La cabeza de Orfeo, compuesta por Fuga de Orfeo (2006) y El regreso de Orfeo (2006).

En la Trilogía del Renacimiento Campos Reina puso en pie, narrando la crónica de la familia Maruján, la historia del siglo XX en tres momentos claves: las primeras décadas del siglo, la época de los terribles conflictos bélicos y el despuntar del nuevo milenio. Con estas palabras comienza El bastón del diablo:

«Cuando Joaquín Maruján supo que, de madrugada, iban a darle el paseo, al caer la tarde pidió que José Heredia, su cuñado, le trajera a la prisión una lata de jalea de membrillo y la cuchara de plata que su madre, de niño, le había regalado.
José se presentó en la cárcel de la capital ya entrada la noche, después de que todos sus intentos de lograr clemencia para Joaquín fracasaran, y sin reparar en el riesgo que pudiera suponerle el parentesco y la amistad manifiesta con un hombre que tenía fama de agitador político y de masón.»

En cuanto a La cabeza de Orfeo, ofrece una suerte de recorrido erótico-sentimental del franquismo a través de otros dos miembros de la familia Maruján, su gran hallazgo literario:

«Yo era ya un empecinado pecador, que no es otro que el que siente, en vez de arrepentimiento, nostalgia de sus vicios.» (Fuga de Orfeo, pág. 35)

No tuve la suerte de frecuentar la compañía de Campos Reina sino en contadas ocasiones y aun así la impresión de esos encuentros permanece inalterable. Era una persona de trato afable y exquisita educación, equipaje humano que completaban una inteligencia preclara y una vastísima cultura. Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza una frase de uno de sus libros, y en ella creo que se retrata fielmente al hombre que tuve el privilegio de conocer:

«la tolerancia: esa suerte suprema de la vida.» (Un desierto de seda, pág. 79).

Aquí puedes leer una hermosa semblanza de Campos Reina.

Dicen que la muerte lo sorprendió trabajando en varias obras, entre ellas un ensayo dedicado a la cultura oriental, por la que sentía una admiración sin límites. Muchos de los que soléis pasear por Hawaii, me consta, sois igualmente devotos de lo oriental, sobre todo de lo nipón; pues bien, os dejo con un texto en el que Campos Reina celebra la nueva atracción de los jóvenes hacia los asuntos que vienen del que otrora fuera Imperio del Sol Naciente. Sirva como particular homenaje y quién sabe si también como acicate para que os acerquéis a la obra de un andaluz hondo que se ha ido como vivió: sin estridencias y lejos de los focos.

«Son ya numerosos los jóvenes andaluces que en los últimos años se sienten atraídos por la cultura del Japón como adelantados del Oriente que viaja hacia nosotros, tal como Europa viajó hacia Oriente durante siglos. El peso de Estados Unidos sobre la cultura de vanguardia española es determinante aún, pero no es realista pensar que las cosas van a mantenerse así cuando el dominio económico vaya trasladándose al este, impulsado por China, India, Japón y Corea, y esa especie exótica de Zúrich oriental que es Singapur.
Hace más de 20 años, me ganó para su causa la delicadeza de una cultura, de la que provienen también, en sus imágenes más impactantes y populares, las geishas, y los samuráis, y un arte poético, el del haiku, que ha calado hondo en nuestro país y, en concreto, asómbrense, entre jóvenes escolares andaluces, como los del colegio Clara Campoamor, de Lucena. Más de 90 de ellos, tras sentirlo como propio, hace dos años, incluso trasladaron sus composiciones a un libro, titulado Haikus del mal amor. Lo abría Luis Felipe Comendador, un estudiante de 2º de ESO, del curso 2003-2004, que cantaba la tragedia del 11 de marzo, en Madrid: “Pasó la muerte/ y no tuvo tus ojos./ Hay esperanza”.
Algunos pensarán que todo es producto de la moda, fomentada por varios libros de éxito llevados a la pantalla por americanos. Pero se equivocan. Son muchos los que se interesan por un Japón no falseado, por su cine, su cocina o el arte de la composición floral. Si sumamos que los libros clásicos japoneses han dejado de ser marginales aquí, pues se publican ya en las principales editoriales, no importa demasiado que, por ahora, el teatro noh y el kabuki, el té ceremonial, la pintura suiboku o la jardinería japonesa, tan relevante para la Historia, permanezcan en un segundo plano. Y no debemos olvidar que con todo ello viajan infinidad de productos industriales, desde el automóvil a la electrónica.
En una sociedad globalizada, que no ofrece muchas diferencias en la vida diaria de las principales ciudades, pues al fin las mismas firmas con sus marcas comerciales dominan las calles de Nueva York, de París o de Tokio, los jóvenes más inconformistas buscan salir de la rutina, la uniformidad y la miopía que quieren imponerles. Ante ellos se abre un puente que vuela hacia la pasión y el arte, frente a la barbarie de los dioses que regresan. De ahí que fijen su mirada, por un lado, en el refinamiento de la geisha y, por otro, en el samurái, una figura compleja, equivalente en parte a la del caballero medieval en Occidente, que tenía por emblema de su vida la flor del cerezo, hermosa como ninguna aunque efímera, que arrastra consigo el primer viento de primavera.» («Japón en Andalucía», publicado en El País, 1 de junio de 2007).

Descanse en paz.

The Cure y Albert Camus: Rock y Literatura (VI)

Jueves. 22 Octubre, 2009 at 23:49 | In Literatura, Música | 12 Comments
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Bueno, bueno, bueno.

Estrenamos hoy un nuevo capítulo de Rock y Literatura. Después de unos meses en barbecho, vuestra serie favorita regresa con más fuerza que nunca en su sexta entrega. En esta ocasión vamos a unir los nombres de dos de los grandes: los reyes siniestros por antonomasia, The Cure, y el Premio Nobel Albert Camus (1913-1960). Metámonos en faena con un breve apunte bio-bibliográfico del gran intelectual francés.

Albert Camus

Albert Camus (1913-1960)

Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Dréan (conocida en la época colonial como Mondovi), en Argelia, en el seno de una familia de humildes colonos franceses. Su padre muere durante la Primera Guerra Mundial, cuando el pequeño Albert aún no lleva ni siquiera un año in hac lachrymarum valle, y la madre arrambla con él hasta Argel. Estudia gracias a su maestro de la escuela primaria, Louis Germain (a quien siempre guardará eterna gratitud, hasta el punto de que, años después, le dedicará su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura), quien le da clases particulares de manera gratuita y le consigue una beca (aunque su familia hubiera preferido que el niño se pusiera a trabajar y se dejara de estudios ni zarandajas). Al acabar el bachillerato se diploma en Filosofía. Una tuberculosis le impide presentarse al examen de licenciatura.

Su primera obra, L’envers et l’endroit (El revés y el derecho), data de 1937. En esos años funda diversas compañías de teatro con las que recorre los pueblos representando obras de teatro clásico para los trabajadores. Por otro lado, se produce su abandono del Partido Comunista. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial intenta alistarse como voluntario pero es excluido por culpa de su delicada salud.

En 1940 se casa y se traslada con su esposa a París, donde trabaja en el periódico Paris-Soir. En 1943 empieza a dirigir Combat, el periódico clandestino de la Resistencia francesa. Un año antes publica una de sus obras más importantes, L’étranger (El extranjero), que es la que hoy nos convoca a esta mesa. En 1944 inicia su amistad con Jean-Paul Sartre, uno de los popes del existencialismo francés. El 8 de agosto de 1945, dos días después de los hechos y uno antes de que Nagasaki sufriera idéntica tragedia, Camus clama en un célebre artículo contra el bombardeo nuclear de la ciudad japonesa de Hiroshima. Es el único de entre los intelectuales occidentales que lo hace. Camus logra sustraerse a la locura colectiva que se desató en el mundo para proclamar: «Il va falloir choisir, dans un avenir plus ou moins proche, entre le suicide collectif ou l’utilisation intelligente des conquêtes scientifiques.»

En 1952 se rompe su amistad con Sartre. Para entonces, Camus ya ha publicado algunas de sus obras fundamentales, como Caligula (Calígula, drama, 1944), La peste (La peste, novela, 1947), L’état de siège (Estado de sitio, drama, 1948) o L’homme révolté (El hombre rebelde, ensayo, 1951).

Paso por alto algunos episodios fundamentales de la biografía de Camus (su posición en la guerra franco-argelina, v.g., que hizo de él un apestado para los dos bandos en lucha). En 1956 publica La chute (La caída, novela) y al año siguiente, en 1957, recibe el Premio Nobel de Literatura. El 4 de enero de 1960 se mata en un accidente de coche. Fue enterrado en Lourmarin, un pueblecito del sur de Francia, donde descansan sus restos.

Situado al margen de las corrientes filosóficas de su tiempo (¡¡Anacharsis, ten piedad de mí por lo que pueda escribir a continuación!!), Camus se opuso tanto al cristianismo como al marxismo o el existencialismo. Cima de la conciencia moral del siglo XX ante una sociedad abocada al nihilismo (pensad en cómo quedó el mundo después de la Segunda Guerra Mundia, con las ciudades y los campos arrasados, los millones de muertos y el nuevo terror nuclear), el pensador francés luchó contra toda ideología que tendiera a corromper la esencia de lo humano, resistiéndose particularmente a la etiqueta de existencialista.

El pensamiento de Camus plantea una cuestión básica, el absurdo, ante la que sólo cabe oponer la rebelión. El absurdo nace del conflicto entre la necesidad humana de conocer su razón de ser y la ausencia de respuesta que el hombre obtiene del mundo en el que vive, cuyo sentido ignora por completo. El absurdo, vendrá a decir en El mito de Sísifo (1942), es la conciencia de la fractura entre el mundo y el espíritu. La manera de vivir el absurdo será, para Camus, la rebelión. La rebelión es conocer nuestro destino fatal y, sin embargo, enfrentarse a él. Es estar condenado a muerte pero negarse al suicidio.

«Aujourd'hui, maman est morte.»

«Aujourd'hui, maman est morte.»

La obra que hoy nos ocupa pasa por ser una de las más conocidas y, al mismo tiempo, polémicas de Albert Camus: L’étranger (El extranjero). Publicada en 1942, pronto se erige en uno de los clásicos fundamentales de la literatura del siglo XX (los franceses, tan modestos siempre, la eligieron en una encuesta el mejor libro del pasado siglo). Se trata de una de esas obras que no cesan de generar todo tipo de interpretaciones, debates y opiniones, no siempre a favor, of course. Su argumento es el siguiente:

Meursault, un hombre gris que lleva una existencia igualmente gris en un Argel aún francés, recibe un telegrama que le comunica la muerte de su madre. Fastidiado por la alteración de su rutina diaria que ello representa, se traslada hasta la residencia en la que ha fallecido la anciana, a un puñado de kilómetros de la ciudad. Allí asiste a los ritos funerarios sin demostrar la pena que se supone que aflige a un hijo que acaba de perder a su anciana madre. Al contrario, se muestra más bien indiferente, cuando no claramente molesto:

«Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas [...] el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá.» (pág. 17; cito por la novena edición de Alianza Ed., Madrid, 1979; la traducción es de Bonifacio del Carril. Las negritas son mías, as usual).

De vuelta en Argel, aprovecha los días que tiene de permiso para ir a la playa. Nada parece conmoverlo («Nunca se es completamente desgraciado», pág. 132). Traba algo parecido a la amistad con Raymond, un proxeneta que vive en su mismo edificio y que sostiene una terrible discusión con una de las prostitutas musulmanas a las que explota, y a la cual acaba apaleando brutalmente. Pasan los días y son todos iguales, como igual es la indiferencia de Meursault, incapaz no ya de sentir, sino ni siquiera de expresar o manifestar el mínimo sentimiento por nada o por nadie (cuando María, la chica con la que suele salir, le pregunte si quiere casarse con ella, su respuesta será: “Dije que me era indiferente y que podríamos hacerlo si lo quería“, pág. 52).

En el capítulo que cierra la primera de las dos partes de que consta el libro, la voz de Meursault cuenta que Raymond, María y él se dirigen a la playa a pasar el día. Hasta allí los sigue un grupo de tres árabes entre los que se encuentra el hermano de la prostituta a la que Raymond había maltratado. Se reúnen con Masson, un amigo del proxeneta, y los tres hombres caminan por la playa, hasta que se encuentran con los árabes. La pelea es inevitable, y Raymond, herido, es llevado al hospital por los otros. Cuando salen, vuelven a la playa y Meursault, bajo un sol de justicia -omnipresente en la novela-, sale otra vez a pasear. Porta consigo el revólver de Raymond, que se lo había dado antes de la primera pelea. Se tropieza nuevamente con el árabe que había herido a Raymond:

«Pensé que me bastaba dar media vuelta y todo quedaría concluido. Pero toda una playa vibrante de sol apretábase detrás de mí. Di algunos pasos hacia el manantial. El árabe no se movió. A pesar de todo, estaba todavía bastante lejos. Parecía reírse, quizá por el efecto de las sombras sobre el rostro. Esperé. El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las gotas de sudor amontonárseme en las cejas. Era el mismo sol del día en que había enterrado a mamá y, como entonces, sobre todo me dolían la frente y todas las venas juntas bajo la piel. Impelido por este ardor que no podía soportar más, hice un movimiento hacia adelante. Sabía que era estúpido, que no iba a librarme del sol desplazándome un paso. Pero di un paso, un solo paso hacia adelante. Y esta vez, sin levantarse, el árabe sacó el cuchillo y me lo mostró bajo el sol. La luz se inyectó en el acero y era como una larga hoja centelleante que me alcanzara en la frente. En el mismo instante el sudor amontonado en las cejas corrió de golpe sobre mis párpados y los recubrió con un velo tibio y espeso. Tenía los ojos ciegos detrás de esta cortina de lágrimas y de sal. No sentía más que los címbalos del sol sobre la frente e, indiscutiblemente, la refulgente lámina surgida del cuchillo, siempre delante de mí. La espada ardiente me roía las cejas y me penetraba en los ojos doloridos. Entonces todo vaciló. El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara. Y era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia.» (págs. 71-72)

La segunda parte se centra en el procesamiento al que es sometido un Meursault que debe rendir cuentas de su crimen ante la justicia y que sigue mostrándose indiferente ante todo lo que lo rodea: interrogatorios, abogado defensor, juez, testigos… Nada parece alterar su profundo hastío, el cual, no obstante, será uno de los instrumentos que, ante el tribunal, el fiscal usará más eficazmente en contra del reo, hasta el punto de que el propio Meursault reparará, durante el juicio, en que pesa más su condición de mal hijo que el crimen que ha cometido. También constatará que él, en cuanto reo, apenas importa para una maquinaria judicial puesta en marcha de manera inexorable:

«En cierto modo parecían tratar el asunto prescindiendo de mí. Todo se desarrollaba sin mi intervención. Mi suerte se decidía sin pedirme opinión.» (págs. 114-115)

Una maquinaria perversa capaz de tornar en agravante lo que fuera de una sala de tribunal sería considerado una virtud digna de encomio:

«Yo escuchaba y oía que se me juzgaba inteligente. Pero no comprendía bien cómo las cualidades de un hombre común podían convertirse en cargos aplastantes contra un culpable.» (págs. 116-117)

La lucidez con que afronta cuanto le está ocurriendo termina por devolver a Meursault a su anterior indiferencia:

«Me subió entonces a la garganta toda la inutilidad de lo que estaba haciendo en ese lugar, y no tuve sino una urgencia: que terminaran cuanto antes para volver a la celda a dormir.» (pág. 122)

Condenado a morir en la guillotina, fantasea en su celda con la idea de escapar o de recibir un indulto que nunca llega. Se niega a recibir confesión y rechaza cualquier intento de consuelo por parte del capellán:

«Y su voz tampoco vaciló cuando me dijo: “¿No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir por entero?” “Sí”, le respondí.
Bajó entonces la cabeza y volvió a sentarse. Me dijo que me compadecía. Juzgaba imposible que un hombre pudiese soportar esto. Yo sentí solamente que él comenzaba a aburrirme.» (pág. 137)

Ante la insistencia del sacerdote, Meursault termina por estallar en un arrebato de ira en el que, por fin, muestra sus sentimientos:

«Entonces, no sé por qué, algo se rompió dentro de mí. Me puse a gritar a voz en cuello y lo insulté y le dije que no rogara y que más le valía arder que desaparecer. Lo había tomado por el cuello de la sotana. Vaciaba sobre él todo el fondo de mi corazón con impulsos en que se mezclaban el gozo y la cólera. Parecía estar tan seguro, ¿no es cierto? Sin embargo, ninguna de sus certezas valía lo que un cabello de mujer. Ni siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía tener las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y hubiera podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto… y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años […] ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era privilegiado. No había más que privilegiados. También a los otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? [...] Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.» (págs. 140-142)

Agotado, ya sólo le queda esperar a que amanezca para que todo concluya. Las palabras que cierran el libro son sobrecogedoras:

«En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. […] Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.» (págs. 142-143)

Si habéis llegado hasta aquí, os estaréis preguntando qué tiene esto que ver con The Cure. Bien.

Me imagino que muchos de vosotros ya habréis ido a ver He’s just not that into you, una película que se exhibe estos días en nuestros cines y que algún lumbrera de los que tan sobrados andamos en España ha rebautizado como Qué les pasa a los hombres (dirigida por Ken Kwapis e interpretada por Jennifer Aniston, Ben Affleck, Drew Barrymore y Jennifer Connelly, entre otros).

Voy a suponer también que sabéis que la banda sonora de esta película  incluye «Friday, I’m in love», uno de los grandes éxitos de la carrera de The Cure. Es la que han usado en el tráiler, y era la primera canción de la cara A del segundo disco del doble LP Wish (1992). ¡Toma ya!

Lo que a lo mejor ya no sabéis es que el primer single que publicaron The Cure, allá por diciembre de 1978, se titulaba «Killing an arab» y estaba directamente inspirado por L’étranger, la novela de Camus de la que acabamos de hablar.

Portada del primer single de The Cure

Portada del primer single de The Cure

Como en el caso de la novela, la canción (que no fue incluida en el primer LP de la banda) se vio envuelta en la polémica desde el primer momento. Si aquélla fue objeto de innumerables discusiones por la aparente falta de humanidad de su protagonista, ésta otra fue acusada de racismo y de incitación al odio.

Standing on a beach
With a gun in my hand
Staring at the sea
Staring at the sand
Staring down the barrel
At the arab on the ground
I see his open mouth
But I hear no sound

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

I can turn and walk away
Or I can fire the gun
Staring at the sky
Staring at the sun
Whichever I choose
It amounts to the same

Absolutely nothing

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

I feel the steel butt jump
Smooth in my hand
Staring at the sea
Staring at the sand
Staring at myself
Reflected in the eyes of
The dead man on the beach

The dead man
On the beach

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

No hay que ser muy listo para darse cuenta de con cuánta fidelidad evoca Robert Smith la escena del asesinato en la playa, que era justamente lo que pretendía. En 1991 declaró que la letra de la canción «was a short poetic attempt at condensing my impression of the key moments in L’Étranger (The Stranger) by Albert Camus». No parece que tuviera intención de atizar hoguera alguna. Sin embargo…

Vivimos unos tiempos en que a cualquier descerebrado le resulta sumamente fácil invocar presuntas intenciones injuriosas, difamatorias o ridiculizantes contra cualquier colectivo supuestamente marginado, ofendido o secularmente humillado. Ésas hogueras sí son fácilmente atizables, y pobrecito de ti si te ves en una de ellas, porque los guardianes de la corrección política imperante harán que desees no haber nacido. En el caso de la canción del grupo de Crawley, la cosa llegó a tal punto de estupidez que se vieron impelidos a poner una pegatina de advertencia en contra de la interpretación xenófoba de la canción en el disco recopilatorio que la contenía (Standing on a beach, 1986). Peor aún: hoy en día, cuando la banda toca la canción en directo, Robert Smith sustituye el verso «Killing an arab» por… ¡¡«Killing another» o «Kissing an arab»!!

En fin…

Por lo demás, desconozco si, cuando grabaron «Killing an arab», allá en los albores del movimiento punk, los miembros de The Cure eran conscientes de que estaban vinculando su nombre al del primer autor que enunción claramente el lema punk por excelencia.

¿Perdón? ¿Has dicho…?

Sí, en efecto, he dicho que la primera formulación del «No future» que los punkies escupieron con rabia sobre la sociedad británica de finales de los setenta se la debemos precisamente a Albert Camus, quien, en El mito de Sísifo. Ensayo sobre el absurdo (1942), dejó escrito:

«L’absurde m’éclaire sur ce point: il n’y a pas de lendemain. Voici désormais la raison de ma liberté profonde.»

Que viene a decir, sobre chispa más o menos:

«El absurdo me aclara este aspecto: no hay mañana. He aquí, de ahora en adelante, la razón de mi libertad profunda.»

No hay mañana: No future, avant la lettre.

Gracias por haber llegado hasta aquí. Aloha.

La velocidad del lenguaje

Domingo. 18 Octubre, 2009 at 15:20 | In Bachillerato, Educación, Lengua | 4 Comments
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El pasado viernes, 16 de octubre de 2009, el diario El Mundo publicó una noticia relacionada con un estudio que ha permitido determinar a qué velocidad se genera el lenguaje en el cerebro. Os dejo un extracto de la misma (como es habitual, las negritas son mías):

«Han pasado casi ciento cincuenta años desde que el físico francés Pierre Paul Broca descubriese en 1865 el importante papel que desempeña en el habla una pequeña parte del cerebro llamada corteza frontal inferior izquierda (conocida hoy en día como “Área de Broca”). Desde entonces apenas ha habido avances científicos en la comprensión del mecanismo neuronal responsable de esta capacidad. […]
Una investigación publicada hoy en la revista Science ha revelado que esa zona cerebral es capaz de computar las tres tareas fundamentales relacionadas con el lenguaje: la identificación de la palabra, la elección de la forma gramatical correcta y la organización de los sonidos para expresarla. Además, los investigadores de la Universidad de California-San Diego (UCSD) y de la Universidad de Harvard han determinado que el cerebro humano apenas necesita 600 milisegundos —poco más de medio segundo— para realizar todas esas funciones.
Dentro de la neurociencia, el lenguaje está menos estudiado que las sensaciones, la memoria o el control motor. Las causas son muy sencillas: no existen modelos animales para investigar la expresión hablada —el ser humano es el único animal con tal capacidad […].
Un grupo de enfermos de epilepsia brindó una oportunidad única a la ciencia para aclarar los procesos que desencadenan el lenguaje. El equipo científico dirigido por el profesor del Departamento de Radiología de la UCSD Eric Halgren tuvo la inusual ocasión de registrar la actividad neuronal de tres pacientes de esta enfermedad durante el proceso de preparación para la cirugía. Este procedimiento implica la colocación de electrodos dentro de diferentes zonas cerebrales, incluida el Área de Broca.
[…]
Los científicos identificaron patrones de actividad neuronal indicando procesos cerebrales léxicos, gramáticos y fonéticos alrededor de 200, 320 y 450 milisegundos, respectivamente, después de que se mostrase la palabra al paciente.
Según los autores, estos tiempos se registraron en todos los pacientes y permitieron establecer el tiempo de comprensión, elección y vocalización en seis décimas de segundo. “Estos resultados sugieren que el área de Broca computa diferentes pasos con una coreografía perfecta ajustada a un ritmo muy rápido, una danza que puede ser simplemente indetectable para los niveles de resolución de otros métodos usados con anterioridad”, asegura Eric Halgren.
[…]
Para registrar el lugar y la intensidad de la actividad cerebral en el momento del habla, los científicos usaron electrodos colocados dentro del cráneo de enfermos de epilepsia que iban a ser operados. Después, les hicieron un examen oral de lenguaje para constatar dónde se producía actividad. En cada prueba, los pacientes tuvieron que repetir palabras y que completar frases del tipo: “Todos los días ellos…”, “Esto es un…” o “Ayer él…” En total, les presentaron doscientas cuarenta palabras, tanto verbos como nombres, pero el tiempo utilizado por el cerebro no varió en función del tipo de palabra pronunciada

¿No os parece pasmoso?

Motivos para adorar Brasil

Domingo. 4 Octubre, 2009 at 15:30 | In General | 9 Comments
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  1. La arquitectura asombrosa de Oscar Niemeyer, creador de Brasilia.
  2. La selección femenina de Brasil de voley-playa.
  3. El fútbol elevado a la categoría de arte gracias a Pelé, Zico,Tostão, Sócrates, Falcao, Ronaldo, Kaká
  4. Las garotas (las de Ipanema y las otras).
  5. La música de Vinicius de Moraes, Antonio Carlos Jobim, Gal Costa, Elis Regina, Os Mutantes, Chico Buarque, Caetano Veloso, Toquinho, Heitor Villa-Lobos, Marisa Montes
  6. El volante de Ayrton Senna.
  7. El tanga.
  8. La muñeca de Oscar Schmidt Bezerra.
  9. La playa de Copacabana.
  10. La mirada de Sebastião Salgado.
  11. El estadio de Maracaná.
  12. El Cristo del Corcovado.
  13. La caipirinha.
  14. El cine desquiciado de Glauber Rocha.

Sobre los signos

Miércoles. 23 Septiembre, 2009 at 20:04 | In Bachillerato, Lengua | 5 Comments
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Charles Baudelaire, «Correspondances» (Les fleurs du mal, 1857):

«La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L’homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l’observent avec des regards familiers.»

Que viene a decir:

«La Naturaleza es un templo cuyos pilares vivos
a veces dejan escapar palabras confusas;
por ella pasa el hombre a través de selvas de símbolos
que lo observan con ojos familiares.»

El maldito oficial de la literatura moderna, Charles Baudelaire, acude en nuestro auxilio para presentar la idea central que intentamos exponer estos días en clase: vivimos rodeados de signos. Él acertó a expresarlo con la fórmula correcta: la vida del hombre discurre a través de una maraña de signos que lo rodean por doquier. Sobre la indispensable necesidad de saber enfrentarse a ellos para desentrañar su significado escribió el gran y minoritario Alejandro Rossi en «La doma del símbolo», (Manual del distraído, págs. 162-163):

«Si veo a un perro moviendo la cola, infiero su alegría; si me lame la mano, su ternura. Si me encuentro frente a un ataúd, pienso en un muerto. Un señor que camina por el corredor de un hospital vestido con una bata blanca y algún aparato colgándole del cuello, me sugiere un médico. Cuando los bomberos se precipitan por las calles, entiendo que se dirigen hacia un incendio. Las golondrinas anuncian el verano; el cielo cerrado, la lluvia; la presencia de Fulano, el bostezo fatal. […]
Es necesario que no sea una operación complicada reconocer, en una calle congestionada de autos, cuál de ellos es un taxi; es importante, a veces, identificar con rapidez a un policía y no confundirlo con un sacerdote o con un moralista. Un cierto sonido ululante debe hacerme entender de inmediato que se acerca una ambulancia y no evocarme la agonía de un elefante. Conviene que no sea una proeza descifrar el significado de las luces rojas, verdes y amarillas. En todos estos casos […] se lleva a cabo una brevísima aventura intelectual que consiste en interpretar unos signos. [...] para que algo sea un signo una cierta regularidad es indispensable.»

Os dejo con un signo artificial, comunicativo, visual e icónico:

Prohibido

Ojito con ignorar los signos...

Aloha.

Buen año a todos

Jueves. 17 Septiembre, 2009 at 18:52 | In Bachillerato | 4 Comments

Arranca otro curso y, de momento, veo que os tomáis muy a pecho las indicaciones que os hemos dado hoy en clase: esta tarde, y a pesar del viento de poniente que sopla con fuerza, en las fronteras de Hawaii se está registrando un intenso tráfico de pasajeros, aunque no hay atascos. Va bien la cosa.

Bueno, espero que, además de visitar los sitios de parada obligatoria, también os estéis animando a recorrer los distintos rincones de Hawaii, pues muchas y muy distintas son las bellezas que esconden. A mí no me queda más que desear que pasemos un buen año e insistir en que siempre seréis bienvenidos en las tierras y playas de Hawaii. No olvidéis que aquí siempre luce el sol.

Aloha.

P.S.: Creo que en las palabras de bienvenida del curso pasado acerté a expresar mejor mis (buenos) deseos, así que a ellas os remito. Pinchad aquí. Y también como el año pasado, algunos ya me habéis preguntado esta mañana por el título del blog. Vale. El que sienta curiosidad, que pinche aquí. Hasta mañana.

Nuevos criterios Selectividad

Miércoles. 16 Septiembre, 2009 at 19:28 | In Bachillerato, Educación, Lengua, Literatura | Leave a Comment
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Información IMPORTANTE para los alumnos de Comentario de Textos de 2º de Bachillerato: ya se han publicado las novedades que, en relación con la nueva Selectividad que se implanta a partir de este curso, afectan a la asignatura de Lengua Castellana y Literatura y, por ende, a la prueba de Comentario de Textos.

Si quieres obtener el documento directamente, pincha aquí. Si te interesa obtener más información sobre la prueba en general o sobre otras asignaturas, pincha aquí.

Y otra cosa también importante: para la primera clase del curso, que será el próximo lunes 21 de septiembre, todos los alumnos de Comentario de Textos de 2º de Bachillerato deberán traer consigo -previa impresión, claro- tanto este documento de novedades como el documento nº 1, titulado «Técnicas del Comentario de Textos (formato PDF)», que se encuentra en la sección «Comentario de Textos» de la página «Scriptorium» de este blog. Este enlace lleva derechito hasta allí.

Un saludo, y buen curso para todos.

Optación

Lunes. 7 Septiembre, 2009 at 19:49 | In Figuras retóricas, Literatura | 15 Comments
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24082009063 bis

Optación: Manifestación vehemente de un deseo.

Imprecación reload

Domingo. 30 Agosto, 2009 at 19:22 | In Figuras retóricas, Literatura | 14 Comments
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Ya lo dije el año pasado, pero no me importa repetirme:

Me cago en elcortinglés y en la puta vueltalcole.

Y añado al carrefú y a la gripe A.

Qué asco.

La vida perra de Juanita Narboni

Domingo. 23 Agosto, 2009 at 19:57 | In Literatura | 8 Comments
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La vida perra de Juanita Narboni es uno de los títulos “malditos” de nuestra literatura, y su autor, Ángel Vázquez (Tánger, 1929 – Madrid, 1980), uno de los grandes desconocidos de la novelística española del último tercio del siglo XX. Si nos atenemos a la información que podemos hallar en el omnipresente Google, constataremos con desolación que sólo cinco “resultados” se ocupan del escritor nacido en el mítico Tánger internacional del período de entreguerras. Y si la búsqueda es sobre La vida perra…, la práctica totalidad de los sitios hacen referencia a la segunda (y, hasta ahora, última) adaptación cinematográfica que se ha hecho de la novela (en 2005), excepto un par de ellos que nos llevan a webs de venta de libros por internet y otros cuantos que repiten como papagayos el texto de la contraportada de la edición de Virginia Trueba para la Editorial Cátedra, que es la única disponible actualmente. Lo dicho: desolador.

Ángel Vázquez

Ángel Vázquez (1929-1980)

Y, sin embargo, no me cabe duda de que estamos ante una obra capital de la novelística española contemporánea, uno de esos casos en que casi cada nuevo lector que se acerca a la novela se convierte, ipso facto, en adepto. O en adicto. Y que se pregunta con asombro qué es lo que ha impedido a La vida perra… convertirse en un clásico ineludible para cualquiera que aspire a considerarse a sí mismo lector culto en nuestra lengua.

Porque lo tiene todo: un personaje inolvidable, una historia desgarradora y un lenguaje apabullante. La vida perra… es un monumento al español, particularmente al español meridional hablado por el pueblo, pero también es el arcón donde se ha guardado el yaquetía, «aquel castellano popular hablado en Tánger […] alimentado por la Baja Andalucía y, sobre todo, por los hebreos sefarditas […] que se alimenta del árabe y el hebreo, del caldeo en menor escala, y también del portugués, el francés y el inglés.» (pág. 36), y que no sé si actualmente se seguirá hablando todavía, pero que se me antoja ya extinto, como la presencia española en aquellos lares. El propio Vázquez afirma en la introducción al texto:

«Si esta novela ha sido escrita en un castellano nada ortodoxo es porque, precisamente, mi intención no ha sido otra que la de restituir, en lo posible, el lenguaje inmediato -el lenguaje hablado- de unos muy concretos y característicos habitantes de la ciudad de Tánger. [...] Según los eruditos, en el yaquetía se entremezclan, a decir verdad con muchísimo salero, el castellano antiguo con el hebreo, salpicado de árabe y de portugués [...] lo único que he hecho al escribir las desventuras de Juanita Narboni ha sido procurar recoger en directo -en lenguaje inmediato- lo que de yaquetía pueda haber en el hablar de un tangerino típico. Y he preferido que sea una mujer, una tangerina, porque de todos es sabido que las tradiciones suelen conservarse, al menos hasta hoy, más por vía femenina que por vía masculina.» (págs. 119-120)

De padres malagueños, Antonio Vázquez Molina (nombre verdadero de Ángel Vázquez) nació en Tánger el 3 de junio de 1929, hijo único de un hombre de carácter violento que pronto abandonó a la familia y de una mujer que sacó adelante su casa regentando un negocio de sombrerería que llegó a ser muy popular en la ciudad. Fue un niño de constitución enfermiza, tímido y solitario, que prefería quedarse en la tienda a salir a jugar con los otros chiquillos. Allí, oyendo la cháchara cotidiana de su madre, de sus amigas y clientas, se empapó de yaquetía.

Tuvo que dejar los estudios por causas económicas y desde entonces se convirtió en un autodidacta que leía constantemente cuanto caía en sus manos. Su otra gran pasión fue el cine, y de ella dejó muestras sobradas en sus novelas y cuentos («El hombre que estuvo enamorado de Bette Davis», 1966, p.e.). Mientras tanto, fue acumulando todo tipo de empleos, a cual más precario, y que intentaba compaginar con una ya irrefrenable necesidad de escribir. El alcohol es una constante en su vida.

En 1962 ganó el premio Planeta con Se enciende y se apaga una luz, si bien sus críticos nunca dejan de apuntar que fue de rebote; en efecto, otra había sido la obra ganadora, pero se supo que la autora había comprometido sus derechos con otra editorial y fue despojada del galardón, que pasó entonces a la novela finalista, la de Ángel Vázquez.

Con 1964 llega su segunda novela, Fiesta para una mujer sola. Pero es también el año en que fallece su madre y él se ve forzado a abandonar la casa familiar. Acogido por algunos amigos, acaba por abandonar un Tánger que ya distaba mucho de ese paraíso mítico de su infancia y adolescencia. Alcoholizado, sin dinero, con la ropa puesta y tres maletas llenas de libros, deja Tánger en 1965 y, después de andar por diversos lugares, se instala en Madrid, donde el cariño y la lealtad de un puñado de amigos incondicionales intentarán hacer su vida más llevadera.

Hacia finales de 1972 empieza a escribir La vida perra de Juanita Narboni, que verá la luz en 1976 y que, aunque seleccionada para el Premio de la Crítica de ese año, pronto cae en el olvido.

Pasa sus últimos años de vida con la salud cada vez más deteriorada y en una penuria económica irremediable. El 25 de febrero de 1980 quema dos novelas que no consigue terminar. Esa misma noche, un ataque al corazón se lo lleva por delante. Años después de su muerte, alguien escribió: «nadie se apercibió de que se acababa de morir el último escritor maldito de España» (José A. Gabriel y Galán, 1982).

No han cambiado demasiado las cosas desde entonces: Ángel Vázquez sigue siendo hoy carne de especialistas, un escritor prácticamente desconocido para el público hispánico, a pesar de la excelente edición de Virginia Trueba para la colección Letras Hispánicas de la Editorial Cátedra (de la que he extraído las citas y buena parte de los datos biográficos expuestos). ¿A qué se debe? Bueno, a lo mejor habría que ir a rebuscar en otros cajones los motivos de este si no aislamiento absoluto, sí al menos desconocimiento generalizado que sufren el escritor tangerino y su obra. Nos da en la nariz que tiene muchas papeletas para quedarse fuera de la foto quien siempre fue por libre, quien nunca quiso saber nada del mundillo literario, y menos viviendo en Tánger, y quien en 1976 es capaz de proclamar:

«No soy escritor político. No soy de derechas porque la derecha española la encuentro medieval, ni tampoco de izquierdas porque en España se me asemeja esta tendencia a la condesa Alexandra o a la familia Romanoff. En el fondo soy anarquista, sólo en el sentido de que hago lo que me da la gana y pretendo que me dejen en paz.» (pág. 26; lo suscribo palabra por palabra.)

Por si fuera poco, no alberga dudas en cuanto al ineludible compromiso social que se exigía a los escritores españoles de aquellos años. Describirá su primera novela (1962) en los siguientes términos (las negritas son mías):

«Novela objetiva, imaginativa, cursi y absurda, sin problema social porque soy pobre y las novelas de problemas sociales sólo las escriben los burgueses.» (pág. 30)

Si a lo anterior sumamos una conciencia atormentada pero implacablemente lúcida:

«Yo también soy un corrompido. Sin fe en Dios, egoísta y sin ninguna confianza en mí mismo. Homosexual, alcohólico, drogado, cleptómano…» (pág. 17)

…el resultado final sólo puede ser el que es: el de un escritor y una obra que han pagado con la marginación la osadía de haber rechazado toda clase de compromiso político y/o social en una época en la que éste era una categoría impuesta a la literatura que muy pocos tuvieron los arrestos de cuestionar. Va siendo hora de revisar el canon, digo yo. Que ya está bien de que la luz de los focos siga a gente -”escritores” es un término que les viene grande- cuyo mérito está más unido a unas circunstancias sociales y políticas ya superadas que a sus cualidades literarias.

Juanita Narboni

Dibujo de Ángel Vázquez

La vida perra de Juanita Narboni (1976) se ambienta, como queda dicho, en el Tánger internacional de los primeros decenios del pasado siglo, a cuya decadencia -como a la de la protagonista misma- asistimos a través de los ojos de Juanita.

«esta maldita casa que es como una tumba, en esta ciudad que es un cementerio, y yo una enterrada viva.» (pág. 382)

Víctima de una educación represiva y burguesa -una señorita de buena familia no puede…, una señorita de buena familia no debe…-, es una mujer que no ha conocido el amor y que ha terminado por convertirse en una solterona llena de prejuicios, pero también de sueños; de temores, pero también de anhelos; presa fácil de la cursilería, pero al mismo tiempo capaz de una estremecedora lucidez.

«La invención de mí misma es algo así como si yo me viera a través de un espejo: una tontona. Y por dentro… ¡Si supierais cómo soy por dentro! ¡Y la importancia que para mí tienen las pequeñas cosas y todo aquello que ha quedado atrás!» (pág. 243)

«Y si vieras la pena que siento por dentro, un estúpido amargor de boca y una sensación imbécil de desperdicio. Lo he desperdiciado todo: el tiempo, las palabras, y siempre por lo mismo, porque nunca me he atrevido a decir lo que siento. Es culpa mía. […] acabaré convirtiéndome en un personaje ridículo. Uno más de esta ciudad.» (pág. 170)

«Todo lo que estoy pasando ha sido siempre por culpa mía. Yo tengo la culpa de todo. […] Mejor que estoy no merezco estar.» (pág. 353)

Se trata de uno de los personajes más conmovedores de nuestra narrativa, y asistimos a su degradación con una mezcla de espanto y conmiseración no exenta, en ocasiones, de rechazo. La vida se le escapa a Juanita y ella se muestra incapaz de hacer nada por evitarlo. Siempre pendiente de las formas y del qué dirán, su vida es una sucesión de convencionalismos ante los que se muestra inerme.

«La tonta he sido yo, y no por prejuicios, sino por miedo. Miedo al qué dirán.» (pág. 244)

Juanita vive rodeada de espectros: el de una madre fallecida por la que profesa una veneración incondicional; el de un padre al que ella tilda de disoluto y que sólo le inspira desprecio; y el de una hermana huida de casa a la que reprocha su desparpajo social y el haber sido objeto de todos los mimos y caprichos por parte de su padre mientras vivía. La soledad en que vive Juanita, aliviada sólo por la presencia de Hamruch, la asistenta, va siendo cada vez más absoluta y es tanto más profunda cuanto que carece en todo momento del contrapunto de la voz ajena.

«tu vida ha sido siempre un teatrito de sombras chinescas. La mía, en cambio, sombras del pasado» (pág. 129)

«eres muy mala, Juani, muy mala y muy pérfida, y no mereces la amistad de nadie, ni el amparo de nadie, ni la ayuda de nadie, sólo mereces una cosa, sí, una cosa que te espanta más que los gatos, los cuervos y el viento: soledad.» (pág. 309)

En efecto, el rasgo discursivo más característico de La vida perra… viene representado por un monólogo dialogado que permanece inalterado a lo largo de toda la obra y en el que terminan por converger la voz interior de la protagonista y la voz externa, la social, hasta que las palabras que pronuncia Juanita se funden con las que piensa, en una suerte de magma lingüístico que se precipita hacia el delirio. Incluso cuando habla con otros personajes, la voz de la tangerina es la única que nos es dado conocer en toda la obra: sólo conocemos su mundo por lo que dice de él.

«Marinita, un beso. Perdona. No, no tengo prisa, atiende a esta señora. Anita, ¿quién es? ¡Ah, ya, la mujer del cónsul de Bélgica, Madame Cléron! Pachucha, gracias, mi reina, por preguntar por mi salud, muy mala cara debo de tener yo cuando tú me ofreces una silla. Si tú supieras…» (pág. 236)

A más de sola, Juanita es una mujer sexualmente frustrada, lo que la lleva a envidiar, incluso a odiar, a quienes, como su hermana, sí han disfrutado de los placeres -y las amarguras- del amor.

«Ahora, cuando me toco las tetitas, me siento como disminuida. Y no soy tortillera, bien lo sabe Dios, que me gustan los hombres. Pero en silencio, con discreción, no como a mi hermana, que es de las que se meten en los portales.  Una buscona. Eso es lo que es.» (pág. 144)

«Sigo virgen, intocada. Ningún hombre me ha puesto sus asquerosas manos encima, ninguno.» (pág. 186)

Aflora entonces un apabullante sentimiento de culpa «por no ser como los demás, por no ser moderna, por pensar al revés, por no saber explicar ni entender nada, por ser torpe, por carecer de cultura, por su cobardía.» (pág. 50) que funciona en las dos direcciones: Juanita se culpa a sí misma por no ser como los otros, pero también culpa a los otros por haber convertido su vida en un cúmulo de exigencias al tiempo que de deseos insatisfechos.

«Lo que nunca fue asunto mío fue mi propia vida; ésa quedó destrozada, hecha jirones por los demás, que poquito a poco y a su modo, cada uno puso su granito de arena.» (pág. 371)

Enajenada, pero entre estremecedores destellos de lucidez, Juanita acabará por vivir una vida de ilusiones, entre espejismos del pasado y presencias fantasmales que impondrán su presencia en cada uno de sus actos, a cada minuto del día, hasta desembocar en un desgarrador final que deja al lector emocionalmente exhausto.

«Tú y yo, hija, somos las novias de la Muerte.» (pág. 263)

«No, no hay nada que hacer. Estás sola como la una. ¿Qué puedes esperar? No, no esperes nunca nada. Porque nada vendrá. ¡Qué ingenua eres, Juani! Te pasas la vida esperando. […] Juani, ¿cuándo te vas a dar cuenta de la realidad?» (pág. 337)

A pesar de lo dicho, en los últimos años se alzan cada vez más voces reclamando para Ángel Vázquez y su obra el lugar que en justicia les corresponde. Así, además de la edición de La vida perra… disponible en la Editorial Cátedra, el mercado editorial se ha visto enriquecido con El cuarto de los niños y otros cuentos (Ed. Pre-Textos, 2008), que recopila sus mejores cuentos, y hace pocos meses que la segunda novela de Vázquez, Fiesta para una mujer sola, ha conocido una nueva edición (Ed. Rey Lear, 2009), lamentablemente cuajada de erratas. Las cosas hay que hacerlas bien, caray… A ello hay que sumar la esporádica aparición, tanto en prensa especializada como en diarios de información general, de artículos que abordan, desde distintas perspectivas, la figura del autor y su escasa obra. Destaca en este sentido el magnífico acercamiento que supuso el monográfico «Ángel Vázquez y La vida perra de Juanita Narboni», emitido el 14 de abril de 2008 dentro del programa radiofónico Documentos RNE, de Radio Nacional de España. Puedes escucharlo íntegramente pulsando el reproductor (te recuerdo que puede que no funcione con versiones antiguas de Internet Explorer).

Mención aparte merece la web de Domingo del Pino, casado con una prima del malogrado autor, ya que en ella nos topamos de bruces con «Bárbara y los cisnes», un cuento inédito de Vázquez (finalmente incorporado a El cuarto de los niños…), amén de una recopilación de reseñas y artículos sobre su vida y su obra (sin enlaces, mera información bibliográfica) y unas cuantas fotos de carácter personal y familiar. Del Pino también reseña brevemente la publicación de El cuarto de los niños… y abre su archivo para compartir una carta privada de Vázquez (fechada en febrero de 1975), aunque su lectura sea un tanto dificultosa.

Por lo demás, y dejando de lado lo sorprendente de que un texto tan poco conocido haya dado lugar a dos adaptaciones al cine (la primera, dirigida en 1982 por Javier Aguirre e interpretada de manera estremecedora por la grandísima Esperanza Roy, es otra joya maldita de nuestra ¿cultura?; de la segunda no opino porque no la he visto), la sombra de La vida perra… se alarga, como en las horas finales de la tarde, hasta nuestros días, y el último ejemplo lo encontramos en Ganas de hablar, la más reciente novela de Eduardo Mendicutti (febrero de 2008), que se abre con una cita extraída de la obra de Ángel Vázquez: «¿Es que no te has dado cuenta que llevas años y años hablando con una muerta?» (pág. 387), y que, al igual que La vida perra…, se construye única y exclusivamente a partir de la voz de su protagonista, en este caso un viejo homosexual que atiende por Cigala. Mendicutti no ha perdido de vista el libro de Vázquez a lo largo de las trescientas siete páginas de su novela, lo cual no le resta mérito, antes al contrario, la dignifica en la grandeza de su modelo.

Aloha.

Cinco años

Miércoles. 19 Agosto, 2009 at 23:19 | In Literatura | 11 Comments

Cinco años son los que han pasado desde que el cáncer cercenó la vida de una de las mejores personas a las que he tenido el privilegio de llamar amigo, maestro, cómplice, consuelo. Éstas son las primeras palabras que escribo al respecto porque, simplemente, en todo este tiempo no me han salido.

Cinco años sin la generosidad infinita de tu corazón.

Cinco años sin compartir lecturas en noches que parecían no acabarse.

Cinco años en que ya nadie aboga por la vuelta a una literatura viril.

Cinco años sin “footin’ tonight”.

Cinco años que no nos pimplamos una botella de whisky en la paz de tu jardín.

Cinco años sin el refugio de tu hospitalidad.

Cinco años que no fumo John Player Special.

Cinco años en que no he vuelto a recitar poesía en público.

Cinco años sin una tumba a la que llevarte un ramo de flores.

Cinco años que sin tu amistad parecen una estafa.

Lou Reed compuso esta canción cuando murió el poeta Delmore Schwartz, con quien tanto quería. Hoy es para ti, Manolo.

MY HOUSE

The image of the poet’s in the breeze
Canadian geese are flying above the trees
A mist is hanging gently on the lake
My house is very beautiful at night

My friend and teacher occupies a spare room
He’s dead —at peace at last the wandering jew
Other friends had put stones on his grave
He was the first great man that I had ever met

Sylvia and I got out our Ouija Board
To dial a spirit —across the room it soared
We were happy and amazed at what we saw
Blazing stood the proud and regal name Delmore

Delmore, I missed all your funny ways
I missed your jokes and the brilliant things you said
My Dedalus to your Bloom, was such a perfect wit
And to find you in my house makes things perfect

I’ve really got a lucky life
My writing, my motorcycle and my wife
And to top it all off a spirit of pure poetry
Is living in this stone and wood house with me

The image of the poet’s in the breeze
Canadian geese are flying above the trees
A mist is hanging gently on the lake
Our house is very beautiful at night

La traducción, de Javier Calvo y Cruz Rodríguez Juiz, está tomada (sin permiso, por supuesto) del libro Lou Reed, atraviesa el fuego. Todas las canciones (Ed. Mondadori, 2000, pág. 242), y dice así:

MI CASA

La brisa trae la imagen del poeta
Gansos del Canadá sobrevuelan los árboles
Una neblina flota suavemente sobre el lago
Mi casa es muy bonita de noche

Mi amigo y profesor ocupa una habitación libre
Está muerto: por fin descansa en paz el judío errante
Otros amigos han llevado piedras a su tumba
Fue el primer gran hombre que conocí

Sylvia y yo sacamos la tabla de ouija
Para comunicarnos con un espíritu: planeó por toda la habitación
Nos divirtió y sorprendió lo que vimos
El orgulloso y regio nombre de Delmore resplandeciendo

Delmore, añoro tus curiosas costumbres
Añoro tus bromas y tus comentarios brillantes
Mi Dedalus a tu Bloom, ¡qué ingenio!
Encontrarte en mi casa hace que todo sea perfecto

En verdad, llevo una vida afortunada
Mi escritura, mi moto y mi esposa
Y para redondearlo, un espíritu de poesía pura
Habita conmigo en esta casa de piedra y madera

La brisa trae la imagen del poeta
Gansos del Canadá sobrevuelan los árboles
Una neblina flota suavemente sobre el lago
Mi casa es muy bonita de noche

Fue un privilegio.

Por la lectura

Lunes. 17 Agosto, 2009 at 20:53 | In Literatura | 4 Comments
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Después de casi un mes de problemas informáticos de todo tipo (algún día alguien debería intentar convencernos de que es mera casualidad que todos los cacharros electrónicos empiecen a dar problemas exactamente a los dos años de haberlos adquirido), volvemos al tajo para difundir dos textos del gran José Luis Sampedro: el uno, a propósito del renovado interés por imponer a las bibliotecas públicas un canon de veinte céntimos de euro (0,20 €) por préstamo de libro. Un canon. Otro canon. Huuummm… ¿Os suena de algo? Hijos de la gran puta.

«Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!»

Gracias a Anne, que me lo ha pasado por correo. Y tú deberías hacer lo mismo: cópialo y pásalo. Que se entere todo el mundo. Panda de cabrones…

El otro, acerca de ese íntimo placer -del que alguna vez hemos hablado en Hawaii- que proporciona recorrer una librería en busca de ese libro que nos está esperando y en cuyas orillas estamos destinados a desembarcar.

¿Habéis navegado alguna vez en un velero a lo largo de la costa, movidos por una suave brisa que susurra en las velas, y viendo a poca distancia cómo van apareciendo y quedando atrás los detalles del litoral? Estáis viendo una playa con un círculo de casitas, blancas y rojas, al pie de un monte, pero dobláis un promontorio y el mundo cambia: es ahora un alto acantilado a pico sobre el mar con orilla de espumas embravecidas. Y más allá es un puerto, grúas alargadas al cielo, inmensos buques cargando… La vida se desliza ante nosotros.
Pues bien, ésa misma experiencia, pero mucho más rica, más llena de sorpresas, la vivo yo en las grandes librerías. Entro en una y me rodean los muros tapizados de estanterías llenas de libros y, aunque ellos no se mueven, mi lento paso va dejando atrás el universo de las matemáticas y el de la zoología, mientras se me ofrecen, en generosa variedad, los estantes de novelas extranjeras, títulos algunos que conozco, otros tan prometedores y sugestivos que me gustaría desembarcar en ellos, incluso al pasar acaricio un volumen, lo abro al azar, casi voy a caer… ¡pero es tan largo mi viaje, hay tantos horizontes alrededor que continúo! Ahora navego con cuidado, he de sortear islotes que se alzan en mi mar: mesas cubiertas de libros con portadas, fotos de autores, diseños atrayentes… No puedo remediarlo, cargo un libro en mi esquife y sigo, pues ahí veo relatos de viajes, fotos exóticas, mapas reveladores, cargo con otro: un bello recorrido por el Afganistán, sus montañas nevadas al fondo, sus caravanas en el desierto, las más preciosas sedas sobre el áspero lomo de camellos ¡me quedo con él, me quedo con él! Así podré viajar cuando quiera a donde nunca podría ir sin este libro, porque unos salvajes ya han destruido sus bellezas…
Esa navegación en la librería, en mi carabela de los descubrimientos, y esa conquista fácil de otros mundos, de otras vidas, que nunca conocería sin el libro es la fuerza, la magia, la salvadora vivencia de la lectura. Desde que, en mi infancia, Salgari me llevó a vivir entre los bucaneros del Caribe, hasta ahora en que puedo asomarme a las mitocondrias y su discutido misterio en las células, mientras yo no pierda los ojos ni la razón, la lectura llenará mis deseos, provocará otros y me descubrirá lo que no sospecho dando a mi limitada vida física perspectivas innumerables. ¡Desdichados los que se privan de estas navegaciones insustituibles, indispensables, enriquecedoras! ¡Abramos sus ojos a la lectura!

Los textos originales están a vuestra disposición en la página del autor, en la sección Miradas.

Aloha.

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