Cara A: Vinilos – Cara B: Salinger

Sábado. 30 Enero, 2010 at 1:37 | In Literatura, Música | 7 Comments
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Cara A: Vinilos

El otro día dejé escrito que, por primera vez en muchos años, había vuelto a comprar un disco de vinilo. Bien, eso no es cierto, o lo es sólo a medias, porque lo que compré fue un LP. Sin embargo, pasé por alto que las pasadas navidades -no éstas, las del 2008/2009- mi auto-regalo de Reyes fue una caja de coleccionista con los primeros singles de The Smiths, mi grupo favorito. Así que en realidad no hacía tanto tiempo que había comprado música en vinilo.

Por cierto, que ya he conseguido el repuesto que necesitaba para mi tocadiscos. Puede que Internet tenga aspectos discutibles, pero lo que nadie puede negar es el inmenso abanico de posibilidades que ha puesto a nuestra disposición. Os cuento.

Lo que necesitaba era una correa de goma que forma parte del mecanismo que hace girar el plato del tocadiscos (un Pioneer). La del mío estaba completamente pasada y dada de sí, por lo que el plato no conseguía girar a la velocidad adecuada en ningún momento. ¿Resultado? Sonido distorsionado y riesgo de deterioro de los discos. Ésa fue una de las razones por las que dejé de usar el tocadiscos. Así que el otro día, después de comprar el LP de Miles Davis, me decidí por fin a buscar el repuesto, y ya que estaba en ello, pensé también en adquirir otra aguja para sustituir a la original. ¿Queréis más resultado? Imposible conseguirlos en los servicios técnicos oficiales de la ciudad. Por tanto, acudo a Internet, pero nada. Después de mucho buscar y rebuscar, doy con un sitio ubicado en Irlanda donde afirman tener la aguja al precio de… ¡¡casi 60 euros!! Una locura. Y de la correa, nada de nada.

Otro sitio prometedor, en Valencia, pero tampoco. Ya estaba a punto de darme por vencido cuando fui a parar a una web escondida entre los miles de resultados de Google, pero que es la que ha resuelto mis problemas. El nombre era ya toda una promesa: Vintage Electronics. Se trata de un pequeño negocio situado en el no menos pequeño pueblo de Florissant, estado de Colarado (USA). Sin embargo, los tipos están absolutamente especializados en aparatos electrónicos antiguos y tienen todo tipo de repuestos. El paraíso de la electrónica analógica. Y lo que es mejor: venden a todo el mundo. Así que, después de una consulta por e-mail para confirmar que tenían lo que estaba buscando, he podido adquirir un juego de dos correas y la aguja por un precio que, incluido los gastos de envío desde Estados Unidos, no llega ni a la tercera parte de lo que costaba sólo la aguja en el primer sitio, el de Irlanda. Pasmoso.

Al cabo de una semana lo tenía todo en mi casa, en perfecto estado. La web de Vintage Electronics, además, ofrece otros servicios aparte de los repuestos: consejos de uso, compra-venta de equipos estéreos, manuales del usuario… Lo dicho: el paraíso de los equipos electrónicos analógicos.

Y ahora mi tocadiscos vuelve a ser el que solía. Os parecerá una chorrada, pero me ha dado alegría saber que vuelve a estar en buen estado y que puedo volver a utilizarlo cuando me apetezca. Llevaba unos cuantos años que para lo único que servía era para criar polvo, la verdad. Y como os decía, la diferencia de sonido es brutal. Ya sólo me faltaría volver a tener el mismo tiempo de que disponía cuando era (más) joven para dedicar tardes enteras sólo a escuchar discos, mirando las portadas, leyendo las letras, poniendo una y otra vez esa canción.

Cara B: Salinger

Ya habréis oído y/o leído que ha muerto Jerome David Salinger (1919-2010), más conocido como J. D. Salinger, uno de los autores «de culto» más leídos, venerados, analizados, vilipendiados, demonizados… a pesar de que su obra se componía de escasamente cuatro libros: El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad carpinteros la viga maestra. Seymour: una introducción (1963). Sumad un puñado de relatos publicados a lo largo de los años en distintas revistas literarias y tendréis la -escasa- obra completa de un escritor sobre cuyas figura y obra se han acumulado toda suerte de leyendas, rumores y especulaciones.

Salinger alcanzó la gloria con El guardián entre el centeno, que marcó a varias generaciones de lectores y escritores, y que seguramente habrá sido la que más hayáis oído mentar a raíz de la noticia de su muerte. Son tantos los mitos que corren sobre esta obra que mejor pasarlos por alto. El que tenga interés en saber, por ejemplo, que era el libro que estuvo leyendo de manera obsesiva el asesino de John Lennon durante los días en que planeó reventarle los sesos de un disparo a uno de los grandes mitos del siglo XX, que busque la historia completa por su cuenta.

Yo voto por rendirle homenaje citando algunos pasajes de su obra. Y deseando que, por fin, descanse en paz.

De El guardián entre el centeno (Alianza Editorial, 1988):

«Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas.» (pág. 97)

«Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no.» ( págs. 117-118 )

De Franny y Zooey (Ed. Bruguera, 1979):

«Quiero decir, ¿es preciso ser un maldito tipo bohemio o estar muerto, por el amor de Dios, para ser un verdadero poeta?» (pág. 24)

«No sé de qué sirve saber tanto y ser listos como una ardilla si no os puede hacer felices.» (pág. 120)

«A veces creo que el saber, al menos cuando es por el saber en sí, es lo peor de todo [...] el saber debe conducir a la sabiduría, ¡y que de no ser así, es una repugnante pérdida de tiempo!» (pág. 148)

«No puedes volver la espalda a los resultados de tus propios deseos.» (pág. 200)

P.S.: Por cierto, he encontrado este Dossier Salinger rebuscando por ahí. Parece interesante.

Vinilos

Domingo. 10 Enero, 2010 at 23:35 | In Música | 20 Comments
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Esta mañana, como cada domingo antes de desayunar, he bajado a comprar el periódico. Pero no ha sido lo único que me he llevado del kiosco. He comprado algo más, un objeto que hacía muchos años que no entraba en mi casa: un disco de vinilo.

«something close to pure spontaneity...»

El disco en cuestión es Kind of blue (1959), la obra maestra del genial Miles Davis, el «Picasso del jazz». Y en vinilo de 180 gramos, lo mejor de lo mejor. Pero eso es lo de menos. No voy a largaros el rollo sobre la importancia de este disco legendario, ni sobre el significado capital de la figura de Davis en la música popular contemporánea. Quia. Lo que me mueve a escribir es que con este disco he vuelto a revivir todo el ritual -hoy infelizmente perdido en la asepsia digital y emepetresvirtual que nos asola- que acompañaba al acto de escuchar música durante buena parte de mi vida.

En algún otro sitio dejé escrito que «hubo un tiempo en que un disco era un disco, un objeto físico, perceptible por los sentidos, y tenían cara A y cara B, y no como ahora, que es un concepto abstracto». Me ratifico. Casi todo lo que sé de música lo aprendí con los discos de vinilo (o, en su defecto, con las cassettes grabadas en casa… a partir de un disco de vinilo, claro). Ahora que tengo varios cientos de CD’s y dos iPod (uno de 60 y otro de 120 GB) apenas alcanzo a retener los nombres de los grupos nuevos que oigo; los títulos de las canciones, sólo una parte; saberse las letras… Eso ya pertenece al pasado.

Cuando era joven, oír música implicaba una liturgia que empezaba con la admiración de la imagen de la carátula, que tantas veces era una verdadera obra de arte -Joy Division, Closer (1980), pongamos por caso. No os digo nada cuando se trataba de una carátula doble -The Style Council, Our favourite shop (1985)-, de un disco triple -The Clash, Sandinista! (1980)- o, en el colmo del paroxismo, de un disco doble con libreto incluido – The Who, Quadrophenia (1973)- o con la carátula troquelada -Led Zeppelin, Physical graffiti (1975). La leche…

Bueno, ahora que lo pienso, lo de oír música en aquellos días empezaba teniendo que mover el culo hasta la tienda para comprar el disco, para el que previamente había estado ahorrando, guardando algo del dinero que mis padres me daban para desayunar en el instituto o para salir el fin de semana. Ahí empezaba uno a valorar la música: comprar un disco suponía renunciar a unos cuantos bocadillos o a algún que otro cubata.

Cuando llegaba a la tienda, normalmente sabía lo que iba a comprar. Iba a tiro fijo. Pero eso no ocurría siempre. A veces simplemente iba hasta la tienda a ver qué novedades habían llegado y me tiraba un buen rato curioseando entre los estantes hasta que de pronto una portada me llamaba la atención. O un título. O el nombre descabellado del último grupo. Y compraba el disco.

Luego no veía el momento de llegar a casa mientras iba en el autobús, que era cuando aprovechaba para empezar a observar con detalle la carátula del disco. Y más si pillaba un asiento. Sacaba el disco de la bolsa, lo miraba de un lado, le daba la vuelta, leía los títulos de las canciones, los nombres de los componentes del grupo, el nombre del productor, el del ingeniero de sonido, el nombre del fotógrafo o del ilustrador. Sacaba después el disco de la carátula y, con un poco de suerte, la funda que contenía el disco no era una simple funda de papel blanco, sino que también iba ilustrada y recogía las letras de las canciones y los créditos completos del disco: colaboradores, músicos adicionales, instrumentos utilizados… Todo un mundo de información al que habría de volver repetidamente, cada vez que escuchara el disco, y que terminaría por ser la base de mi formación musical.

El rito continuaba una vez a solas en mi cuarto -si es que tenía la suerte de que mi hermano no anduviera jod***** por allí. Enchufaba el tocadiscos -un Marantz, ni más ni menos, ojo, que mi padre se había resignado a que su hijo adolescente le secuestrara del salón- y empezaba, de verdad, lo bueno.

Primero, levantaba la tapa del tocadiscos, tapa que era de… cristal, claro. Soy un dinosaurio, no lo olvidéis.

A continuación, limpiaba la aguja con una pequeña brocha que traía el tocadiscos, guardada en un estuchito de plástico rojo, y que todavía conservo.

Luego sacaba el disco de su funda, sujetándolo con las dos manos por el borde, o con una sola mano, abierta, extendida, con el dedo gordo por el borde y el corazón en el sello o etiqueta central del disco. Así evitaba dejar las huellas de los dedos impresas en el vinilo y que se ensuciara en exceso.

Después ponía el disco en el plato, no sin antes haberlo observado a contraluz para ver si tenía alguna huella o mota de polvo (esto era algo que hacía más con los discos antiguos o con los que me prestaban; los discos nuevos, como es normal, solían venir impolutos).

Si era menester, pasaba una bayetita -una amarilla que me habían dado en la óptica con mi primer par de gafas- sobre la superficie del disco mientras hacía girar lentamente el plato (para limpiar los discos antiguos, más baqueteados por el uso, solía emplear simplemente unas gotas de alcohol que cogía del botiquín familiar. Tras pasarles la bayetita quedaban niquelados).

El siguiente paso era ajustar la velocidad del giradiscos. Ya sabéis -digo yo-: 45 r.p.m. (revoluciones por minuto), para los discos sencillos, los impagables singles que te hacían brincar y soñar en el fin de semana; y 33 r.p.m. para los discos de larga duración, L.P. (Long Play), los elepés que contenían todas las canciones que tu grupo favorito había escrito SÓLO PARA TI.

Por último, levantaba el brazo del tocadiscos y lo llevaba lentamente hasta el borde del disco, lo que hacía que el plato se pusiera en marcha y empezara a girar.

Ya sólo quedaba depositar con delicadeza el brazo sobre el disco y escuchar el chisporroteo inicial del microsurco hasta que empezaba a sonar la música… Allí se acababan todos mis problemas de adolescente. Al menos, durante unos cuarenta minutos, que no era poca cosa.

Dependiendo del disco, la liturgia continuaba de distintas maneras: a) con el adolescente tumbado en la cama de arriba (eran dos camas literas), leyendo las letras de las canciones y/o repasando los créditos del disco, o quizás observando con mayor atención la imagen de la portada; o b) con el adolescente dejándose invadir por la música, poniéndola a toda pastilla para olvidar todo aquello que la música puede hacer olvidar a un adolescente, o para recordar cuanto es digno de ser recordado en el Planeta Adolescente.

¡Uff!

En estos días en que todo tiene que ser inmediato y, además, no ocupar espacio, suena a proceso largo y tedioso, pero se tarda más en describir cómo se escuchaba la música no hace tanto que en hacerlo. Aquellos visitantes de Hawaii que rondáis mi edad sabréis de qué va esta historia y estoy seguro de que alguno habréis esbozado una sonrisa cómplice, quizás melancólica.

Otros de entre los más jóvenes a lo mejor tenéis la suerte de que en vuestra casa aún queden unos cuantos discos de vinilo y un tocadiscos de cuando vuestros padres o hermanos mayores eran más jóvenes (creedme: lo fueron no hace mucho). Si aún no lo habéis hecho, no lo dudéis: metedle mano a esos viejos discos de vinilo. Descubriréis una nueva forma de oír la música.

Para aquéllos de vosotros que no tengáis ni tocadiscos ni vinilos en casa sólo puedo deciros que no sabéis lo que os perdéis. Ahora que han pasado los Reyes igual habéis dejado escapar la oportunidad de pedirles un «tocata» como Dios manda; bueno, pensad en el regalo de vuestro próximo cumpleaños. Quién sabe…

Y si estáis pensando que de dónde vais a sacar discos de vinilo a estas alturas, a lo mejor deberíais saber que el vinilo vuelve. Muchas tiendas vuelven a tener vinilos, y otras, por fortuna, nunca han dejado de tenerlos. Se están reeditando muchos discos antiguos en su formato original, y cada vez son más los artistas actuales que, además del consabido CD y de la inevitable descarga en iTunes, están sacando sus discos, otra vez, en vinilo. Si sois aficionados a la música electrónica y/o tenéis aspiraciones de Dj, supongo que sabréis que los Dj’s de verdad, los buenos, prefieren pinchar sus sesiones en discos de vinilo. Así que…

Volviendo a Kind of blue, el disco de Miles Davis no sólo ha hecho que de nuevo me siente a escribir, después de un cierto tiempo de desgana (pre)-(post)-navideña, sino que me ha recordado que mi viejo tocadiscos necesita una pieza de recambio para volver a funcionar como el primer día, aunque tal y como está mantiene el tipo con dignidad y se escucha como nunca lo hará ninguno de mis iPods.

Ya he encontrado un sitio en internet para adquirirla.

Aloha.

Por cierto, anteayer Elvis habría cumplido setenta y cinco años. Long life to the King!!

Esta mañana, como cada domingo antes de desayunar, he bajado a comprar el periódico.

Hasta el año que viene…

Jueves. 31 Diciembre, 2009 at 13:10 | In Literatura | 7 Comments
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Michel Houellebecq, Plataforma, Anagrama, Barcelona, 2002:

«Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos.» (pág. 86)

«la cultura me parecía una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas.» (pág. 280)

A ver qué nos trae 2010, y más vale que no sea como 2009…

El fondo del cielo

Jueves. 26 Noviembre, 2009 at 2:23 | In Literatura | 14 Comments
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Kurt Vonnegut.

Philip K. Dick.

The Kinks.

George Clooney (el auténtico).

J. G. Ballard.

Dante Alighieri.

Lloyd Cole.

Vladimir Nabokov.

John Cheever.

François Truffaut.

Stanley Kubrick.

Las Torres Gemelas.

Bob Dylan.

Marcel Proust.

La Cienciología.

Jarvis Cocker.

El 11-S.

Pink Floyd.

David Lynch.

Mark Rothko.

Xenófanes de Colofón.

El Coyote y el Correcaminos.

David Foster Wallace.

Franco Battiato.

La invasión de Irak.

The Beatles.

Adolfo Bioy Casares.

Ray Bradbury.

Todo esto -y mucho más- se concentra en El fondo del cielo (Ed. Mondadori), la última novela, recién publicada, de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), uno de esos novelistas sobre los que se acumulan tópicos críticos mil veces leídos en las revistas y los suplementos literarios, tópicos que suelen echar para atrás al lector avezado, que tiende a sospechar si detrás de tanto halago no se encuentra, una vez más, la habitual maniobra publicitaria de unas editoriales que tienen que vender libros como otros tienen que vender yogures, ponderando las cualidades de su producto sobre los de la competencia, y haciendo de cada novedad editorial “la obra que la literatura estaba esperando“, “la novela que cambia radicalmente la narrativa de nuestros tiempos” o “el libro sin cuya lectura no se puede afrontar la experiencia de vivir en estos tiempos convulsos que nos han tocado en suerte“. En fin.

Y sin embargo…

A veces ocurre que cuanto se dice se corresponde exacta y milimétricamente con la realidad de lo que uno lee, y resulta que todo encomio es poco. Es el caso de Rodrigo Fresán, autor afincado en Barcelona a quien descubrí en 2003 a raíz de la lectura de su anterior novela, Jardines de Kensington (2003), que me puso tras la pista de uno de esos escritores a los que se ama y se odia con idéntica pasión: amor devoto que se les profesa por brindarte la oportunidad de leer una obra cuya lectura marca un antes y un después en tu experiencia como lector; odio sin paliativos porque esas novelas, esos relatos siempre son escritos por otro que no eres tú, que nunca vas a llegar a nada… En otro lado escribió Fresán sobre esto mismo, pero con más misericordia:

«existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.
Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? Y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!» (de «Apuntes para una teoría del lector», en La velocidad de las cosas, 1998; cito por la edición de Mondadori, 2002, pág. 15)

En un lugar distinto (Mantra, Ed. Mondadori, año 2001, pág. 127) ya había dejado escrito que:

«La literatura, si se lo piensa un poco, es la más democrática de las artes. Todos cuentan con los mismos medios. Lo único que se necesita es saber leer y escribir. El resto corre por cuenta de cada uno.»

Pues eso…

Rodrigo Fresán

¿Que qué ha escrito este hombre? Bueno, pues es autor de tres libros de relatos:

También de una recopilación de textos publicados en prensa:

Y de tres novelas, que ahora ya son cuatro:

El fondo del cielo no es una novela de ciencia-ficción, aunque toda ella aparece atravesada por la sci-fi. Como dice su autor, «es una novela con ciencia-ficción.» (pág. 263), producto de la devoción por un género del que Fresán se confiesa lector empedernido. Tiempo y espacio, pasado, presente y futuro, son ingredientes básicos de una novela que, lo confieso, no me ha captado en las primeras páginas, pero que después me ha agarrado por el cuello y me ha obligado a leerla de un tirón.

«Y es que en el pasado —llegando allí tanto tiempo después, porque lo terrible del pasado es que sólo podemos verlo desde el futuro— todos somos más sabios.
Viajando a lo que ya fue, comprendemos sin esfuerzo y contemplamos claramente errores que, es cierto, ya no podemos ni podremos corregir. Pero al menos accedemos al premio consuelo o al desconsolador castigo de saber exactamente cómo lo habríamos hecho mejor, cómo habrían cambiado para bien los resultados de haber podido alterar ciertos factores o tomado otras decisiones. De ahí que sean muchos los que, antes de hacer uso y, tal vez, volverse adictos a la poderosa droga del pasado, optan por otra droga: la del olvido.» (pág. 22)

Si me preguntáis por el argumento del libro, no sabría muy bien qué decir. Fresán escribe:

«Me gusta pensar en El fondo del cielo como en un conjunto de mensajes simultáneamente emitidos, como una trama que sólo quiere ser una sucesión de momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo.» (pág. 264)

Sé que hay dos protagonistas, Isaac Goldman y Ezra Leventhal, que son primos y están unidos por el amor a la ciencia-ficción, que les ofrece el refugio o el consuelo que la realidad les niega:

«hay otros —demasiados— como nosotros: jóvenes a los que el presente se les hace insoportable y entonces se evaden al futuro, a muchos futuros; porque la idea de que sólo exista un futuro se les hace insuficiente, insoportable. [...] Éramos pésimos deportistas, nos poníamos tan nerviosos en público, así que volábamos con nuestras mentes.» (págs. 68-69)

«nuestro amor por el futuro se debía a una ausencia absoluta de presente y no, como sucedió décadas después, a la presencia de un ahora que parecía invulnerable y eterno en su quietud y permanencia.» (pág. 104)

Como en todo buen relato que se precie, hay también una «ella», y os podéis imaginar que su imagen se clava en los tiernos corazones de ambos primos:

«se puede sobrevivir a la certeza de que una determinada mujer es la más hermosa que jamás se ha visto, sí; pero es tanto más difícil seguir viviendo luego de experimentar el convencimiento absoluto de que esa mujer es y será, también, la más hermosa que jamás se verá en toda la vida.» ( pág. 80 )

Aparece también un tal Jefferson Franklin Washington Darlingskill, tocado de delirios de grandeza y sobrino de Phineas Elsinore Darlingskill, un oscuro escritor de culto (Fresán tira de ironía: «hoy casi todo es un clásico de algo o un clásico para alguien», pág. 65). También está Evasión, una novela… Ajá, lo habéis adivinado: de culto. Y hay otros planetas, y otros mundos, y el fin del mundo, y muchos posibles finales del mundo, y una invasión alienígena aplazada sine die y todas esas cosas que dije al principio, y de regalo muchas otras cosas que hacen de la arquitectura de esta novela -como del resto de la obra de Fresán- un perfecto artefacto pop -y debéis entender cuánta admiración encierro en esta palabra- en cuya escritura, nacida de una imaginación desbocada y de un ilimitado poder literario, se ensamblan a la perfección recreaciones de películas, citas de libros y de versos y/o títulos de poemas y canciones -desde The Beatles o The Kinks a Lloyd Cole, pasando por Leonard Cohen, Pink Floyd, Talking Heads o Bob Dylan-, que trufan la lectura de guiños que, por lo demás, no estorban a quien no los pille y que, sin embargo, crean una cómplice cercanía entre lector y autor conforme se van sucediendo los distintos niveles de anagnórisis.

El tiempo -en cualquiera de sus versiones, identidades o máscaras- es otra de los temas recurrentes en El fondo…:

«Si el pasado es un país extranjero, entonces el futuro es una estrella lejana.» (pág. 69)

«Entonces, el feliz espanto de ver a alguien a quien no se ha visto hace mucho. Ver a alguien a quien no vemos desde hace años equivale a ver el tiempo. El tiempo que pasó, el tiempo que no deja de pasar.
La misma impresión que se siente al contemplar, por primera vez, el milagro creíble de un reloj abierto […] Ahí, todas esas minúsculas piezas, esos engranajes y resortes y tornillos impulsando, dentro de un espacio tan frágil y pequeño, la sólida inmensidad de los siglos.
Así, ver a alguien después de tantos años es como contemplar otra parte de ese mismo mecanismo. Una parte invisible pero que está allí, que no estaba al principio pero que no ha dejado de crecer: la parte que muestra lo que el tiempo le ha hecho a ese mecanismo. La brutal erosión de una caricia de años, una caricia que no cesa de acariciar sobre un rostro y una sonrisa.» (pág. 114)

En otro sitio (Jardines de Kensington, pág. 232) escribía Fresán sobre el carácter de lo literario en nuestros días:

«la literatura ha adquirido, como todo, la velocidad de lo pop y [...] los autores duran cada vez menos y se parecen cada vez más a rockers fugaces y descartables y aquí viene uno más, uno nuevo, uno más nuevo.»

Pues bien, Rodrigo Fresán parece decidido a desmentirse a sí mismo, porque, desde luego, no da la impresión de ser uno de esos one hit wonder, uno de esos autores imprescindibles un año y absolutamente olvidados al siguiente. La suya no puede ser considerada ya sino como sólida carrera literaria y cada libro que publica no hace más que confirmar su voz como una de las más ricas e interesantes (¡¡ay, caray, los manidos tópicos crítico-literarios!!) de la narrativa contemporánea, si no la que más. Abigarrado. Delirante. Alucinado. Culto. Tremendo. Pop. Pura literatura de ley de alguien que proclama con orgullo:

«Ser escritor no es una opción, es un destino.» (Jardines…, pág. 143)

Alguien que tiene la enorme capacidad de expresar en un puñado de líneas aquello que uno lleva media vida peleando por meteros en la sesera:

«Ya está.
Ya se apagó.
No hay más batería.
Out.
Off.
K.O.
Cierro el móvil y abro el libro y los libros nunca se descargan, los libros siempre funcionan, los libros siempre están tan dispuestos a ser leídos… Máquinas unplugged que se conectan instantáneamente a nuestros cerebros y nos poseen y nos invaden. Tal vez, ahora que lo pienso, los libros sean organismos extraterrestres. Seres que nos abducen y nos llevan a otros mundos, a mundos mejores, a mundos tanto mejor escritos que el nuestro.» (pág. 195)

O que enuncia la única bienaventuranza en la que nos sentimos incluidos los que somos… como somos:

«Bienaventurados aquellos que han leído mucho durante su infancia porque de ellos, tal vez, jamás será el reino de los cielos; pero sí podrán acceder al reino de los cielos de los otros, y allí aprender las muchas maneras de salir del propio infierno gracias a las estrategias no ficticias de personajes de ficción.» (Jardines…, pág. 39)

Una anécdota: conocí a Rodrigo Fresán en octubre de 2003, una noche en la que fue nuestro invitado en la tertulia literaria en la que milito y profeso desde hace ya… muchos años. Alto -muy alto- y afable, con gran sentido del humor y un don proverbial para la conversación. Fue un privilegio tenerlo con nosotros y charlar con él sobre la que entonces era su novela más reciente (Jardines…), y guardo alguna anecdotilla que estoy seguro él, dedicated follower de The Kinks,  no ha olvidado. Do you remember Village Green?

Aloha.

P.S.: Con éste tendría no para un capítulo, sino para un monográfico completo del universalmente aclamado coleccionable «Rock y Literatura». Amenazo: a lo mejor cualquier día me animo…

Más de cincuenta mil visitas. Un millón de gracias.

Jueves. 12 Noviembre, 2009 at 0:59 | In Literatura | 35 Comments
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Hace un año y pico -de ave, maestro Cunqueiro-, tuvimos la humorada de empezar a dibujar los contornos de un lugar que, concebido como punto de encuentro más allá del aula, sirviera para tratar de aquellos autores, obras, tópicos y/o movimientos estéticos a los que los temarios académicos que nos amarran no suelen conceder demasiada atención. A ese lugar lo llamamos Hawaii, ya sabéis por qué. Fue desde el principio territorio abierto y sus moradores sólo aspiraban a que, de vez en cuando, alguna vez, alguien tuviera la amabilidad de darse un garbeíto por allí.

Hoy vemos con pasmo y asombro infinitos que las playas, caminos y veredas de Hawaii han sido recorridas por más de… ¡¡50.000 visitantes!! Un enorme, emocionado y afectuoso GRACIAS es cuanto alcanzamos a decir en un momento que ni en nuestros sueños más delirantes habríamos podido imaginar.

Y como fuimos educados en el convencimiento de que es de bien nacidos ser agradecidos, para corresponder a tanta generosidad no se nos ocurre nada mejor que seguir compartiendo con vosotros algunas gotas de la única sangre que de verdad da calor a nuestras venas: el amor a la literatura. En esta ocasión reclamamos la compañía de uno de los más extraordinarios escritores del siglo XX, el portugués Fernando Pessoa (1888-1935), quien trae bajo el brazo su no menos extraordinario Libro del desasosiego. El texto corresponde al fragmento nº 45 y está sacado de la más reciente traducción de que disponemos hoy día, a cargo de Perfecto E. Cuadrado, publicada por la Ed. El Acantilado en 2002 (págs. 57-58):

45.
Vivir una vida desapasionada y culta, al relente de las ideas, leyendo, soñando, y pensando en escribir, una vida suficientemente lenta como para estar siempre al borde del tedio, lo bastante meditada como para no encontrarse nunca con él. Vivir esa vida lejos de las emociones y de los pensamientos, sólo en el pensamiento de las emociones y en la emoción de los pensamientos. Quedarse estancado al sol, doradamente, como un lago oscuro rodeado de flores. Tener, en la sombra, aquella hidalguía de la individualidad que consiste en no insistir en absoluto ante la vida. Ser en el agitarse de los mundos como una polvareda de flores, a la que un viento desconocido levanta en el aire de la tarde y el torpor del anochecer deposita al azar en cualquier sitio, imposible de distinguir entre cosas mayores. Ser esto con un conocimiento seguro, ni alegre ni triste, reconocido como el sol por su brillo y como las estrellas por su lejanía. No ser más, no tener más, no querer más… La música del hambriento, la canción del ciego, la reliquia del viandante desconocido, los pasos en el desierto del camello vacío sin destino…

Muy hawaiiano, ¿no?

Aloha a todos y una vez más: ¡¡mahalo!!

Vaya rachita…

Miércoles. 4 Noviembre, 2009 at 20:58 | In Cine, Literatura | 3 Comments
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El pasado 29 de septiembre, diez días antes de cumplir los cien años, el poeta José Antonio Muñoz Rojas dio su alma a quien se la dio, que decía Jorge Manrique. Y del fin de semana a hoy han ido desapareciendo el actor José Luis López Vázquez, Francisco Ayala, último miembro vivo de la Generación del 27, y Claude Lévi-Strauss, padre de la moderna antropología.

Demasiadas muescas en el revólver de la Parca.

P.S.: Hawaii se está convirtiendo en la sección de necrológicas de una gacetilla de pueblo. Caray…

Adiós a Campos Reina

Lunes. 2 Noviembre, 2009 at 22:25 | In Literatura | Leave a Comment
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El pasado miércoles 28 de octubre recibimos con estupefacción y profundo dolor la noticia del fallecimiento de Juan Campos Reina, escritor cordobés (Puente Genil, 1946) afincado hace muchos años en Málaga, a quien tuve el honor de tratar en diversas ocasiones.

Juan Campos Reina.jpg

Juan Campos Reina (1946-2009)

En lo estrictamente literario, fue una de las voces más profundas y personales de la narrativa española contemporánea. Se dio a conocer con la novela Santepar (1988), y desde entonces su voz literaria fue alcanzando una riqueza de matices y hondura de difícil parangón en el panorama narrativo actual. Dos ciclos novelísticos conforman el cénit de su carrera: de una parte, la llamada Trilogía del Renacimiento, compuesta por Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996), que lo hizo merecedor del Premio de la Crítica de Andalucía, y La góndola negra (2003); de la otra, el díptico narrativo La cabeza de Orfeo, compuesta por Fuga de Orfeo (2006) y El regreso de Orfeo (2006).

En la Trilogía del Renacimiento Campos Reina puso en pie, narrando la crónica de la familia Maruján, la historia del siglo XX en tres momentos claves: las primeras décadas del siglo, la época de los terribles conflictos bélicos y el despuntar del nuevo milenio. Con estas palabras comienza El bastón del diablo:

«Cuando Joaquín Maruján supo que, de madrugada, iban a darle el paseo, al caer la tarde pidió que José Heredia, su cuñado, le trajera a la prisión una lata de jalea de membrillo y la cuchara de plata que su madre, de niño, le había regalado.
José se presentó en la cárcel de la capital ya entrada la noche, después de que todos sus intentos de lograr clemencia para Joaquín fracasaran, y sin reparar en el riesgo que pudiera suponerle el parentesco y la amistad manifiesta con un hombre que tenía fama de agitador político y de masón.»

En cuanto a La cabeza de Orfeo, ofrece una suerte de recorrido erótico-sentimental del franquismo a través de otros dos miembros de la familia Maruján, su gran hallazgo literario:

«Yo era ya un empecinado pecador, que no es otro que el que siente, en vez de arrepentimiento, nostalgia de sus vicios.» (Fuga de Orfeo, pág. 35)

No tuve la suerte de frecuentar la compañía de Campos Reina sino en contadas ocasiones y aun así la impresión de esos encuentros permanece inalterable. Era una persona de trato afable y exquisita educación, equipaje humano que completaban una inteligencia preclara y una vastísima cultura. Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza una frase de uno de sus libros, y en ella creo que se retrata fielmente al hombre que tuve el privilegio de conocer:

«la tolerancia: esa suerte suprema de la vida.» (Un desierto de seda, pág. 79).

Aquí puedes leer una hermosa semblanza de Campos Reina.

Dicen que la muerte lo sorprendió trabajando en varias obras, entre ellas un ensayo dedicado a la cultura oriental, por la que sentía una admiración sin límites. Muchos de los que soléis pasear por Hawaii, me consta, sois igualmente devotos de lo oriental, sobre todo de lo nipón; pues bien, os dejo con un texto en el que Campos Reina celebra la nueva atracción de los jóvenes hacia los asuntos que vienen del que otrora fuera Imperio del Sol Naciente. Sirva como particular homenaje y quién sabe si también como acicate para que os acerquéis a la obra de un andaluz hondo que se ha ido como vivió: sin estridencias y lejos de los focos.

«Son ya numerosos los jóvenes andaluces que en los últimos años se sienten atraídos por la cultura del Japón como adelantados del Oriente que viaja hacia nosotros, tal como Europa viajó hacia Oriente durante siglos. El peso de Estados Unidos sobre la cultura de vanguardia española es determinante aún, pero no es realista pensar que las cosas van a mantenerse así cuando el dominio económico vaya trasladándose al este, impulsado por China, India, Japón y Corea, y esa especie exótica de Zúrich oriental que es Singapur.
Hace más de 20 años, me ganó para su causa la delicadeza de una cultura, de la que provienen también, en sus imágenes más impactantes y populares, las geishas, y los samuráis, y un arte poético, el del haiku, que ha calado hondo en nuestro país y, en concreto, asómbrense, entre jóvenes escolares andaluces, como los del colegio Clara Campoamor, de Lucena. Más de 90 de ellos, tras sentirlo como propio, hace dos años, incluso trasladaron sus composiciones a un libro, titulado Haikus del mal amor. Lo abría Luis Felipe Comendador, un estudiante de 2º de ESO, del curso 2003-2004, que cantaba la tragedia del 11 de marzo, en Madrid: “Pasó la muerte/ y no tuvo tus ojos./ Hay esperanza”.
Algunos pensarán que todo es producto de la moda, fomentada por varios libros de éxito llevados a la pantalla por americanos. Pero se equivocan. Son muchos los que se interesan por un Japón no falseado, por su cine, su cocina o el arte de la composición floral. Si sumamos que los libros clásicos japoneses han dejado de ser marginales aquí, pues se publican ya en las principales editoriales, no importa demasiado que, por ahora, el teatro noh y el kabuki, el té ceremonial, la pintura suiboku o la jardinería japonesa, tan relevante para la Historia, permanezcan en un segundo plano. Y no debemos olvidar que con todo ello viajan infinidad de productos industriales, desde el automóvil a la electrónica.
En una sociedad globalizada, que no ofrece muchas diferencias en la vida diaria de las principales ciudades, pues al fin las mismas firmas con sus marcas comerciales dominan las calles de Nueva York, de París o de Tokio, los jóvenes más inconformistas buscan salir de la rutina, la uniformidad y la miopía que quieren imponerles. Ante ellos se abre un puente que vuela hacia la pasión y el arte, frente a la barbarie de los dioses que regresan. De ahí que fijen su mirada, por un lado, en el refinamiento de la geisha y, por otro, en el samurái, una figura compleja, equivalente en parte a la del caballero medieval en Occidente, que tenía por emblema de su vida la flor del cerezo, hermosa como ninguna aunque efímera, que arrastra consigo el primer viento de primavera.» («Japón en Andalucía», publicado en El País, 1 de junio de 2007).

Descanse en paz.

The Cure y Albert Camus: Rock y Literatura (VI)

Jueves. 22 Octubre, 2009 at 23:49 | In Literatura, Música | 12 Comments
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Bueno, bueno, bueno.

Estrenamos hoy un nuevo capítulo de Rock y Literatura. Después de unos meses en barbecho, vuestra serie favorita regresa con más fuerza que nunca en su sexta entrega. En esta ocasión vamos a unir los nombres de dos de los grandes: los reyes siniestros por antonomasia, The Cure, y el Premio Nobel Albert Camus (1913-1960). Metámonos en faena con un breve apunte bio-bibliográfico del gran intelectual francés.

Albert Camus

Albert Camus (1913-1960)

Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Dréan (conocida en la época colonial como Mondovi), en Argelia, en el seno de una familia de humildes colonos franceses. Su padre muere durante la Primera Guerra Mundial, cuando el pequeño Albert aún no lleva ni siquiera un año in hac lachrymarum valle, y la madre arrambla con él hasta Argel. Estudia gracias a su maestro de la escuela primaria, Louis Germain (a quien siempre guardará eterna gratitud, hasta el punto de que, años después, le dedicará su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura), quien le da clases particulares de manera gratuita y le consigue una beca (aunque su familia hubiera preferido que el niño se pusiera a trabajar y se dejara de estudios ni zarandajas). Al acabar el bachillerato se diploma en Filosofía. Una tuberculosis le impide presentarse al examen de licenciatura.

Su primera obra, L’envers et l’endroit (El revés y el derecho), data de 1937. En esos años funda diversas compañías de teatro con las que recorre los pueblos representando obras de teatro clásico para los trabajadores. Por otro lado, se produce su abandono del Partido Comunista. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial intenta alistarse como voluntario pero es excluido por culpa de su delicada salud.

En 1940 se casa y se traslada con su esposa a París, donde trabaja en el periódico Paris-Soir. En 1943 empieza a dirigir Combat, el periódico clandestino de la Resistencia francesa. Un año antes publica una de sus obras más importantes, L’étranger (El extranjero), que es la que hoy nos convoca a esta mesa. En 1944 inicia su amistad con Jean-Paul Sartre, uno de los popes del existencialismo francés. El 8 de agosto de 1945, dos días después de los hechos y uno antes de que Nagasaki sufriera idéntica tragedia, Camus clama en un célebre artículo contra el bombardeo nuclear de la ciudad japonesa de Hiroshima. Es el único de entre los intelectuales occidentales que lo hace. Camus logra sustraerse a la locura colectiva que se desató en el mundo para proclamar: «Il va falloir choisir, dans un avenir plus ou moins proche, entre le suicide collectif ou l’utilisation intelligente des conquêtes scientifiques.»

En 1952 se rompe su amistad con Sartre. Para entonces, Camus ya ha publicado algunas de sus obras fundamentales, como Caligula (Calígula, drama, 1944), La peste (La peste, novela, 1947), L’état de siège (Estado de sitio, drama, 1948) o L’homme révolté (El hombre rebelde, ensayo, 1951).

Paso por alto algunos episodios fundamentales de la biografía de Camus (su posición en la guerra franco-argelina, v.g., que hizo de él un apestado para los dos bandos en lucha). En 1956 publica La chute (La caída, novela) y al año siguiente, en 1957, recibe el Premio Nobel de Literatura. El 4 de enero de 1960 se mata en un accidente de coche. Fue enterrado en Lourmarin, un pueblecito del sur de Francia, donde descansan sus restos.

Situado al margen de las corrientes filosóficas de su tiempo (¡¡Anacharsis, ten piedad de mí por lo que pueda escribir a continuación!!), Camus se opuso tanto al cristianismo como al marxismo o el existencialismo. Cima de la conciencia moral del siglo XX ante una sociedad abocada al nihilismo (pensad en cómo quedó el mundo después de la Segunda Guerra Mundia, con las ciudades y los campos arrasados, los millones de muertos y el nuevo terror nuclear), el pensador francés luchó contra toda ideología que tendiera a corromper la esencia de lo humano, resistiéndose particularmente a la etiqueta de existencialista.

El pensamiento de Camus plantea una cuestión básica, el absurdo, ante la que sólo cabe oponer la rebelión. El absurdo nace del conflicto entre la necesidad humana de conocer su razón de ser y la ausencia de respuesta que el hombre obtiene del mundo en el que vive, cuyo sentido ignora por completo. El absurdo, vendrá a decir en El mito de Sísifo (1942), es la conciencia de la fractura entre el mundo y el espíritu. La manera de vivir el absurdo será, para Camus, la rebelión. La rebelión es conocer nuestro destino fatal y, sin embargo, enfrentarse a él. Es estar condenado a muerte pero negarse al suicidio.

«Aujourd'hui, maman est morte.»

«Aujourd'hui, maman est morte.»

La obra que hoy nos ocupa pasa por ser una de las más conocidas y, al mismo tiempo, polémicas de Albert Camus: L’étranger (El extranjero). Publicada en 1942, pronto se erige en uno de los clásicos fundamentales de la literatura del siglo XX (los franceses, tan modestos siempre, la eligieron en una encuesta el mejor libro del pasado siglo). Se trata de una de esas obras que no cesan de generar todo tipo de interpretaciones, debates y opiniones, no siempre a favor, of course. Su argumento es el siguiente:

Meursault, un hombre gris que lleva una existencia igualmente gris en un Argel aún francés, recibe un telegrama que le comunica la muerte de su madre. Fastidiado por la alteración de su rutina diaria que ello representa, se traslada hasta la residencia en la que ha fallecido la anciana, a un puñado de kilómetros de la ciudad. Allí asiste a los ritos funerarios sin demostrar la pena que se supone que aflige a un hijo que acaba de perder a su anciana madre. Al contrario, se muestra más bien indiferente, cuando no claramente molesto:

«Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas [...] el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá.» (pág. 17; cito por la novena edición de Alianza Ed., Madrid, 1979; la traducción es de Bonifacio del Carril. Las negritas son mías, as usual).

De vuelta en Argel, aprovecha los días que tiene de permiso para ir a la playa. Nada parece conmoverlo («Nunca se es completamente desgraciado», pág. 132). Traba algo parecido a la amistad con Raymond, un proxeneta que vive en su mismo edificio y que sostiene una terrible discusión con una de las prostitutas musulmanas a las que explota, y a la cual acaba apaleando brutalmente. Pasan los días y son todos iguales, como igual es la indiferencia de Meursault, incapaz no ya de sentir, sino ni siquiera de expresar o manifestar el mínimo sentimiento por nada o por nadie (cuando María, la chica con la que suele salir, le pregunte si quiere casarse con ella, su respuesta será: “Dije que me era indiferente y que podríamos hacerlo si lo quería“, pág. 52).

En el capítulo que cierra la primera de las dos partes de que consta el libro, la voz de Meursault cuenta que Raymond, María y él se dirigen a la playa a pasar el día. Hasta allí los sigue un grupo de tres árabes entre los que se encuentra el hermano de la prostituta a la que Raymond había maltratado. Se reúnen con Masson, un amigo del proxeneta, y los tres hombres caminan por la playa, hasta que se encuentran con los árabes. La pelea es inevitable, y Raymond, herido, es llevado al hospital por los otros. Cuando salen, vuelven a la playa y Meursault, bajo un sol de justicia -omnipresente en la novela-, sale otra vez a pasear. Porta consigo el revólver de Raymond, que se lo había dado antes de la primera pelea. Se tropieza nuevamente con el árabe que había herido a Raymond:

«Pensé que me bastaba dar media vuelta y todo quedaría concluido. Pero toda una playa vibrante de sol apretábase detrás de mí. Di algunos pasos hacia el manantial. El árabe no se movió. A pesar de todo, estaba todavía bastante lejos. Parecía reírse, quizá por el efecto de las sombras sobre el rostro. Esperé. El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las gotas de sudor amontonárseme en las cejas. Era el mismo sol del día en que había enterrado a mamá y, como entonces, sobre todo me dolían la frente y todas las venas juntas bajo la piel. Impelido por este ardor que no podía soportar más, hice un movimiento hacia adelante. Sabía que era estúpido, que no iba a librarme del sol desplazándome un paso. Pero di un paso, un solo paso hacia adelante. Y esta vez, sin levantarse, el árabe sacó el cuchillo y me lo mostró bajo el sol. La luz se inyectó en el acero y era como una larga hoja centelleante que me alcanzara en la frente. En el mismo instante el sudor amontonado en las cejas corrió de golpe sobre mis párpados y los recubrió con un velo tibio y espeso. Tenía los ojos ciegos detrás de esta cortina de lágrimas y de sal. No sentía más que los címbalos del sol sobre la frente e, indiscutiblemente, la refulgente lámina surgida del cuchillo, siempre delante de mí. La espada ardiente me roía las cejas y me penetraba en los ojos doloridos. Entonces todo vaciló. El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara. Y era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia.» (págs. 71-72)

La segunda parte se centra en el procesamiento al que es sometido un Meursault que debe rendir cuentas de su crimen ante la justicia y que sigue mostrándose indiferente ante todo lo que lo rodea: interrogatorios, abogado defensor, juez, testigos… Nada parece alterar su profundo hastío, el cual, no obstante, será uno de los instrumentos que, ante el tribunal, el fiscal usará más eficazmente en contra del reo, hasta el punto de que el propio Meursault reparará, durante el juicio, en que pesa más su condición de mal hijo que el crimen que ha cometido. También constatará que él, en cuanto reo, apenas importa para una maquinaria judicial puesta en marcha de manera inexorable:

«En cierto modo parecían tratar el asunto prescindiendo de mí. Todo se desarrollaba sin mi intervención. Mi suerte se decidía sin pedirme opinión.» (págs. 114-115)

Una maquinaria perversa capaz de tornar en agravante lo que fuera de una sala de tribunal sería considerado una virtud digna de encomio:

«Yo escuchaba y oía que se me juzgaba inteligente. Pero no comprendía bien cómo las cualidades de un hombre común podían convertirse en cargos aplastantes contra un culpable.» (págs. 116-117)

La lucidez con que afronta cuanto le está ocurriendo termina por devolver a Meursault a su anterior indiferencia:

«Me subió entonces a la garganta toda la inutilidad de lo que estaba haciendo en ese lugar, y no tuve sino una urgencia: que terminaran cuanto antes para volver a la celda a dormir.» (pág. 122)

Condenado a morir en la guillotina, fantasea en su celda con la idea de escapar o de recibir un indulto que nunca llega. Se niega a recibir confesión y rechaza cualquier intento de consuelo por parte del capellán:

«Y su voz tampoco vaciló cuando me dijo: “¿No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir por entero?” “Sí”, le respondí.
Bajó entonces la cabeza y volvió a sentarse. Me dijo que me compadecía. Juzgaba imposible que un hombre pudiese soportar esto. Yo sentí solamente que él comenzaba a aburrirme.» (pág. 137)

Ante la insistencia del sacerdote, Meursault termina por estallar en un arrebato de ira en el que, por fin, muestra sus sentimientos:

«Entonces, no sé por qué, algo se rompió dentro de mí. Me puse a gritar a voz en cuello y lo insulté y le dije que no rogara y que más le valía arder que desaparecer. Lo había tomado por el cuello de la sotana. Vaciaba sobre él todo el fondo de mi corazón con impulsos en que se mezclaban el gozo y la cólera. Parecía estar tan seguro, ¿no es cierto? Sin embargo, ninguna de sus certezas valía lo que un cabello de mujer. Ni siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía tener las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y hubiera podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto… y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años […] ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era privilegiado. No había más que privilegiados. También a los otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? [...] Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.» (págs. 140-142)

Agotado, ya sólo le queda esperar a que amanezca para que todo concluya. Las palabras que cierran el libro son sobrecogedoras:

«En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. […] Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.» (págs. 142-143)

Si habéis llegado hasta aquí, os estaréis preguntando qué tiene esto que ver con The Cure. Bien.

Me imagino que muchos de vosotros ya habréis ido a ver He’s just not that into you, una película que se exhibe estos días en nuestros cines y que algún lumbrera de los que tan sobrados andamos en España ha rebautizado como Qué les pasa a los hombres (dirigida por Ken Kwapis e interpretada por Jennifer Aniston, Ben Affleck, Drew Barrymore y Jennifer Connelly, entre otros).

Voy a suponer también que sabéis que la banda sonora de esta película  incluye «Friday, I’m in love», uno de los grandes éxitos de la carrera de The Cure. Es la que han usado en el tráiler, y era la primera canción de la cara A del segundo disco del doble LP Wish (1992). ¡Toma ya!

Lo que a lo mejor ya no sabéis es que el primer single que publicaron The Cure, allá por diciembre de 1978, se titulaba «Killing an arab» y estaba directamente inspirado por L’étranger, la novela de Camus de la que acabamos de hablar.

Portada del primer single de The Cure

Portada del primer single de The Cure

Como en el caso de la novela, la canción (que no fue incluida en el primer LP de la banda) se vio envuelta en la polémica desde el primer momento. Si aquélla fue objeto de innumerables discusiones por la aparente falta de humanidad de su protagonista, ésta otra fue acusada de racismo y de incitación al odio.

Standing on a beach
With a gun in my hand
Staring at the sea
Staring at the sand
Staring down the barrel
At the arab on the ground
I see his open mouth
But I hear no sound

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

I can turn and walk away
Or I can fire the gun
Staring at the sky
Staring at the sun
Whichever I choose
It amounts to the same

Absolutely nothing

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

I feel the steel butt jump
Smooth in my hand
Staring at the sea
Staring at the sand
Staring at myself
Reflected in the eyes of
The dead man on the beach

The dead man
On the beach

I’m alive
I’m dead
I’m the stranger
Killing an arab

No hay que ser muy listo para darse cuenta de con cuánta fidelidad evoca Robert Smith la escena del asesinato en la playa, que era justamente lo que pretendía. En 1991 declaró que la letra de la canción «was a short poetic attempt at condensing my impression of the key moments in L’Étranger (The Stranger) by Albert Camus». No parece que tuviera intención de atizar hoguera alguna. Sin embargo…

Vivimos unos tiempos en que a cualquier descerebrado le resulta sumamente fácil invocar presuntas intenciones injuriosas, difamatorias o ridiculizantes contra cualquier colectivo supuestamente marginado, ofendido o secularmente humillado. Ésas hogueras sí son fácilmente atizables, y pobrecito de ti si te ves en una de ellas, porque los guardianes de la corrección política imperante harán que desees no haber nacido. En el caso de la canción del grupo de Crawley, la cosa llegó a tal punto de estupidez que se vieron impelidos a poner una pegatina de advertencia en contra de la interpretación xenófoba de la canción en el disco recopilatorio que la contenía (Standing on a beach, 1986). Peor aún: hoy en día, cuando la banda toca la canción en directo, Robert Smith sustituye el verso «Killing an arab» por… ¡¡«Killing another» o «Kissing an arab»!!

En fin…

Por lo demás, desconozco si, cuando grabaron «Killing an arab», allá en los albores del movimiento punk, los miembros de The Cure eran conscientes de que estaban vinculando su nombre al del primer autor que enunción claramente el lema punk por excelencia.

¿Perdón? ¿Has dicho…?

Sí, en efecto, he dicho que la primera formulación del «No future» que los punkies escupieron con rabia sobre la sociedad británica de finales de los setenta se la debemos precisamente a Albert Camus, quien, en El mito de Sísifo. Ensayo sobre el absurdo (1942), dejó escrito:

«L’absurde m’éclaire sur ce point: il n’y a pas de lendemain. Voici désormais la raison de ma liberté profonde.»

Que viene a decir, sobre chispa más o menos:

«El absurdo me aclara este aspecto: no hay mañana. He aquí, de ahora en adelante, la razón de mi libertad profunda.»

No hay mañana: No future, avant la lettre.

Gracias por haber llegado hasta aquí. Aloha.

La velocidad del lenguaje

Domingo. 18 Octubre, 2009 at 15:20 | In Bachillerato, Educación, Lengua | 4 Comments
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El pasado viernes, 16 de octubre de 2009, el diario El Mundo publicó una noticia relacionada con un estudio que ha permitido determinar a qué velocidad se genera el lenguaje en el cerebro. Os dejo un extracto de la misma (como es habitual, las negritas son mías):

«Han pasado casi ciento cincuenta años desde que el físico francés Pierre Paul Broca descubriese en 1865 el importante papel que desempeña en el habla una pequeña parte del cerebro llamada corteza frontal inferior izquierda (conocida hoy en día como “Área de Broca”). Desde entonces apenas ha habido avances científicos en la comprensión del mecanismo neuronal responsable de esta capacidad. […]
Una investigación publicada hoy en la revista Science ha revelado que esa zona cerebral es capaz de computar las tres tareas fundamentales relacionadas con el lenguaje: la identificación de la palabra, la elección de la forma gramatical correcta y la organización de los sonidos para expresarla. Además, los investigadores de la Universidad de California-San Diego (UCSD) y de la Universidad de Harvard han determinado que el cerebro humano apenas necesita 600 milisegundos —poco más de medio segundo— para realizar todas esas funciones.
Dentro de la neurociencia, el lenguaje está menos estudiado que las sensaciones, la memoria o el control motor. Las causas son muy sencillas: no existen modelos animales para investigar la expresión hablada —el ser humano es el único animal con tal capacidad […].
Un grupo de enfermos de epilepsia brindó una oportunidad única a la ciencia para aclarar los procesos que desencadenan el lenguaje. El equipo científico dirigido por el profesor del Departamento de Radiología de la UCSD Eric Halgren tuvo la inusual ocasión de registrar la actividad neuronal de tres pacientes de esta enfermedad durante el proceso de preparación para la cirugía. Este procedimiento implica la colocación de electrodos dentro de diferentes zonas cerebrales, incluida el Área de Broca.
[…]
Los científicos identificaron patrones de actividad neuronal indicando procesos cerebrales léxicos, gramáticos y fonéticos alrededor de 200, 320 y 450 milisegundos, respectivamente, después de que se mostrase la palabra al paciente.
Según los autores, estos tiempos se registraron en todos los pacientes y permitieron establecer el tiempo de comprensión, elección y vocalización en seis décimas de segundo. “Estos resultados sugieren que el área de Broca computa diferentes pasos con una coreografía perfecta ajustada a un ritmo muy rápido, una danza que puede ser simplemente indetectable para los niveles de resolución de otros métodos usados con anterioridad”, asegura Eric Halgren.
[…]
Para registrar el lugar y la intensidad de la actividad cerebral en el momento del habla, los científicos usaron electrodos colocados dentro del cráneo de enfermos de epilepsia que iban a ser operados. Después, les hicieron un examen oral de lenguaje para constatar dónde se producía actividad. En cada prueba, los pacientes tuvieron que repetir palabras y que completar frases del tipo: “Todos los días ellos…”, “Esto es un…” o “Ayer él…” En total, les presentaron doscientas cuarenta palabras, tanto verbos como nombres, pero el tiempo utilizado por el cerebro no varió en función del tipo de palabra pronunciada

¿No os parece pasmoso?

Motivos para adorar Brasil

Domingo. 4 Octubre, 2009 at 15:30 | In General | 9 Comments
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  1. La arquitectura asombrosa de Oscar Niemeyer, creador de Brasilia.
  2. La selección femenina de Brasil de voley-playa.
  3. El fútbol elevado a la categoría de arte gracias a Pelé, Zico,Tostão, Sócrates, Falcao, Ronaldo, Kaká
  4. Las garotas (las de Ipanema y las otras).
  5. La música de Vinicius de Moraes, Antonio Carlos Jobim, Gal Costa, Elis Regina, Os Mutantes, Chico Buarque, Caetano Veloso, Toquinho, Heitor Villa-Lobos, Marisa Montes
  6. El volante de Ayrton Senna.
  7. El tanga.
  8. La muñeca de Oscar Schmidt Bezerra.
  9. La playa de Copacabana.
  10. La mirada de Sebastião Salgado.
  11. El estadio de Maracaná.
  12. El Cristo del Corcovado.
  13. La caipirinha.
  14. El cine desquiciado de Glauber Rocha.

Sobre los signos

Miércoles. 23 Septiembre, 2009 at 20:04 | In Bachillerato, Lengua | 5 Comments
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Charles Baudelaire, «Correspondances» (Les fleurs du mal, 1857):

«La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L’homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l’observent avec des regards familiers.»

Que viene a decir:

«La Naturaleza es un templo cuyos pilares vivos
a veces dejan escapar palabras confusas;
por ella pasa el hombre a través de selvas de símbolos
que lo observan con ojos familiares.»

El maldito oficial de la literatura moderna, Charles Baudelaire, acude en nuestro auxilio para presentar la idea central que intentamos exponer estos días en clase: vivimos rodeados de signos. Él acertó a expresarlo con la fórmula correcta: la vida del hombre discurre a través de una maraña de signos que lo rodean por doquier. Sobre la indispensable necesidad de saber enfrentarse a ellos para desentrañar su significado escribió el gran y minoritario Alejandro Rossi en «La doma del símbolo», (Manual del distraído, págs. 162-163):

«Si veo a un perro moviendo la cola, infiero su alegría; si me lame la mano, su ternura. Si me encuentro frente a un ataúd, pienso en un muerto. Un señor que camina por el corredor de un hospital vestido con una bata blanca y algún aparato colgándole del cuello, me sugiere un médico. Cuando los bomberos se precipitan por las calles, entiendo que se dirigen hacia un incendio. Las golondrinas anuncian el verano; el cielo cerrado, la lluvia; la presencia de Fulano, el bostezo fatal. […]
Es necesario que no sea una operación complicada reconocer, en una calle congestionada de autos, cuál de ellos es un taxi; es importante, a veces, identificar con rapidez a un policía y no confundirlo con un sacerdote o con un moralista. Un cierto sonido ululante debe hacerme entender de inmediato que se acerca una ambulancia y no evocarme la agonía de un elefante. Conviene que no sea una proeza descifrar el significado de las luces rojas, verdes y amarillas. En todos estos casos […] se lleva a cabo una brevísima aventura intelectual que consiste en interpretar unos signos. [...] para que algo sea un signo una cierta regularidad es indispensable.»

Os dejo con un signo artificial, comunicativo, visual e icónico:

Prohibido

Ojito con ignorar los signos...

Aloha.

Buen año a todos

Jueves. 17 Septiembre, 2009 at 18:52 | In Bachillerato | 4 Comments

Arranca otro curso y, de momento, veo que os tomáis muy a pecho las indicaciones que os hemos dado hoy en clase: esta tarde, y a pesar del viento de poniente que sopla con fuerza, en las fronteras de Hawaii se está registrando un intenso tráfico de pasajeros, aunque no hay atascos. Va bien la cosa.

Bueno, espero que, además de visitar los sitios de parada obligatoria, también os estéis animando a recorrer los distintos rincones de Hawaii, pues muchas y muy distintas son las bellezas que esconden. A mí no me queda más que desear que pasemos un buen año e insistir en que siempre seréis bienvenidos en las tierras y playas de Hawaii. No olvidéis que aquí siempre luce el sol.

Aloha.

P.S.: Creo que en las palabras de bienvenida del curso pasado acerté a expresar mejor mis (buenos) deseos, así que a ellas os remito. Pinchad aquí. Y también como el año pasado, algunos ya me habéis preguntado esta mañana por el título del blog. Vale. El que sienta curiosidad, que pinche aquí. Hasta mañana.

Nuevos criterios Selectividad

Miércoles. 16 Septiembre, 2009 at 19:28 | In Bachillerato, Educación, Lengua, Literatura | Leave a Comment
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Información IMPORTANTE para los alumnos de Comentario de Textos de 2º de Bachillerato: ya se han publicado las novedades que, en relación con la nueva Selectividad que se implanta a partir de este curso, afectan a la asignatura de Lengua Castellana y Literatura y, por ende, a la prueba de Comentario de Textos.

Si quieres obtener el documento directamente, pincha aquí. Si te interesa obtener más información sobre la prueba en general o sobre otras asignaturas, pincha aquí.

Y otra cosa también importante: para la primera clase del curso, que será el próximo lunes 21 de septiembre, todos los alumnos de Comentario de Textos de 2º de Bachillerato deberán traer consigo -previa impresión, claro- tanto este documento de novedades como el documento nº 1, titulado «Técnicas del Comentario de Textos (formato PDF)», que se encuentra en la sección «Comentario de Textos» de la página «Scriptorium» de este blog. Este enlace lleva derechito hasta allí.

Un saludo, y buen curso para todos.

Optación

Lunes. 7 Septiembre, 2009 at 19:49 | In Figuras retóricas, Literatura | 15 Comments
Tags: ,
24082009063 bis

Optación: Manifestación vehemente de un deseo.

Imprecación reload

Domingo. 30 Agosto, 2009 at 19:22 | In Figuras retóricas, Literatura | 14 Comments
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Ya lo dije el año pasado, pero no me importa repetirme:

Me cago en elcortinglés y en la puta vueltalcole.

Y añado al carrefú y a la gripe A.

Qué asco.

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