La ocasión no puede ser más propicia, y más para nosotros, los que vivimos aquí en Hawaii, o en sus cercanías: mañana, martes 1 de julio de 2008, muchos empiezan sus vacaciones, y todo aquél a quien se lo permite la crisis (perdón, no: las dificultades económicas objetivas, p.e.) se dispone a abandonar su lugar de residencia habitual para trasladarse durante unas semanas hasta lugares más o menos cercanos, exóticos o peligrosos. Bien.

Habréis reparado en que he evitado el uso del verbo «viajar», a pesar de que la absoluta totalidad de quienes van a hacerlo estén convencidos de que eso es lo que van a hacer, y más si se atiende a la primera acepción que aparece en el DRAE: «Trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción». Y si así lo he hecho, es porque entiendo que el empleo de dicho verbo implica el de su sustantivo correspondiente, «viajero», y ahí sí que no. Porque opino que de todos ellos muy pocos son viajeros; la mayoría son turistas.

Paul Bowles, El cielo protector (1949; Ed. Anagrama, págs. 18-20):

Aun en sus breves períodos de vida sedentaria, [...] le bastaba ver un mapa para ponerse a estudiarlo apasionadamente, y entonces, en la mayoría de los casos, empezaba a proyectar un nuevo viaje imposible pero que a veces llegaban a realizar. No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. [...] otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan.

Aquí en los alrededores de Hawaii sabemos bien de qué habla Mr. Bowles. Sobre todo porque hubo un tiempo en que no había turistas, y sí viajeros. Ni siquiera sé muy bien cuándo cambió la cosa, aunque tengo mis intuiciones; lo que sí está claro (y de esto hemos hablado alguna que otra vez en clase) es que todo empezó en la primera mitad del siglo XIX, por culpa de los románticos (del norte y del centro de Europa).

Ellos fueron los primeros en abandonar sus ciudades, sus países de origen, y viajar a otros que consideraban más primitivos, salvajes, exóticos o, en definitiva, puros y libres, no diré que por placer, pero, desde luego, tampoco por obligación. Antes de los románticos, sólo viajaban los aventureros, los soldados y los comerciantes; la mayor parte de las personas morían sin haber abandonado nunca el lugar en que habían nacido. Sin embargo, la angustia que caracterizó a los románticos, su rechazo frontal a las normas de las burguesas sociedades en que vivían y a las que consideraban opresivas e hipócritas, los llevaron a romper con ellas y buscar nuevos aires; buscaron lugares en los que la vida no estuviera cuadriculada al milímetro y en los que se viviera en un estado de primitivismo edénico que llegaron a identificar con la auténtica y primigenia libertad del primer ser humano.

Los lugares que eligieron fueron los países y regiones ribereños del Mediterráneo y Oriente Próximo: España en general, y Andalucía en particular, Italia, Grecia, Marruecos, Libia, Egipto… se convirtieron en las nuevas tierras prometidas para aquellos primeros viajeros que buscaron romper con la hipócrita vida burguesa en la que se habían criado y por la que se sentían oprimidos, anulados como individuos.

De todo ello dejaron constancia en maravillosos libros de viajes, en muchos de los cuales, a pesar de sus buenas intenciones, no consiguieron la mirada limpia que pretendían y arrojaron toda clase de prejuicios sobre los habitantes de aquellos lugares a los que viajaron.

El resto de la historia es más conocido: a partir de la Segunda Guerra Mundial son los estadounidenses los que, afianzados en su poderío económico y su pujanza social, se lanzan a recorrer el mundo, y a ellos se unirán británicos, alemanes, suecos, franceses et alia una vez Europa llegue a superar las consecuencias del desastre. Conforme la mejora de la situación económica y de las condiciones de vida se vaya extendiendo a mayores capas de la población (esto es, democratizando), será mayor el número de gente que se puede permitir el (anteriormente considerado) lujo de viajar por ahí. Sólo que ahora ya son minoría los que viajan, y mayoría los que hacen turismo.

Por cierto, ¿sabéis que el precio que está alcanzando el petróleo está haciendo que esta situación vuelva a la era pre-turista? Quiero decir: hubo un tiempo, por si no me he explicado bien, en que sólo viajaban los que tenían capacidad económica para permitírselo (¿he olvidado mencionar que aquellos viajeros románticos solían ser miembros de las clases más acomodadas de sus respectivos países?), y ahora las compañías aéreas, ya de forma descarada y sin tapujos, están empezando a reflejar el precio del combustible en el precio de los billetes, los cuales pronto van a estar, de nuevo, al alcance sólo de unos pocos. Esto es, el hecho de viajar se está aristocratizando de nuevo.

 

 

( Si no puedes vencerlos, únete a ellos… )

 

Ayer de buena mañana, antes de que empezaran las calores (las climatológicas y las futboleras), estuve paseando por la playa con mi mujer. El sol no se mostraba aún inclemente, la temperatura era perfecta, y todavía no había empezado la invasión dominguera, si bien ya aparecían, acá y acullá, las primeras sombrillas y los primeros tenderetes de familias dispuestas a echar un buen día de playa en compañía de los suyos. Soplaba una ligera brisa matutina y el cielo lucía un precioso tono que parecía decir: «Mirad hacia arriba y entenderéis lo que signigica el término “azul celeste”. Venga, alzad los ojos». Algunos corrían por el paseo, otros montaban en bici; allí unos pocos paseaban a sus perros, mientras que allá otros tantos desayunaban en cualquiera de las terrazas que jalonan el recorrido que transcurre paralelo a la mar. No tengo dudas de que tuvo que ser en un momento así cuando Jorge Guillén escribió «Beato sillón» (Cántico, 1928-1950), cuyos versos finales rezan:

[...] No pasa
Nada. Los ojos no ven,
Saben. El mundo está bien
Hecho
. El instante lo exalta
A marea, de tan alta,
De tan alta, sin vaivén.

Y encima la selección va y le gana a Alemania en la final de la Eurocopa’08.

Lo siempre visto: la selección cagándola irremisiblemente, una y otra vez, una y otra vez, al menos desde que tengo memoria (futbolística). Y cada vez que se acometía una nueva competición se exhumaban los cadáveres, se sacaban los esqueletos del armario y empezaba el desfile de la Santa Compaña futbo-hispánica, no se sabe si con el ánimo de conjurarlos o con la intención de darles nueva vida: el gol de Platini a Arconada en la Eurocopa’84 (estaba yo terminando mi primer año en la facultad), el gol fantasma de Michel a Brasil, el gol que pudo ser y no fue de Cardeñosa, el codazo de Tassotti, la cantada de Zubizarreta… Ojú, menuda lista. Menos mal que, en medio de ese desierto, también viví, con mi padre y con mi hermano, la madrugada gloriosa en que Emilio Butragueño le endosó cuatro chicharitos a Dinamarca en el Mundial de México’86, y mi madre que salía a cada poco a mandarnos callar porque era muy tarde (¡lo era, voto a bríos!)y que, finalmente, acabó por unirse al jolgorio. La que había montada en el bloque era chica.

Lo nunca visto: el fútbol, estigmatizado por la gauche divine durante el franquismo y la transición como «nuevo opio del pueblo» (junto con los toros), ha obrado el milagro de que cualquier españolito pueda enarbolar una bandera de España sin miedo a ser tildado de fascista irredento. A ver cuánto dura…

Lo dicho: «El mundo está bien / hecho». A disfrutarlo, que a ver cuándo pillamos otra como ésta.

Seamos realistas: me da a mí que pocos de vosotros os vais a dejar caer por Hawaii durante las próximas semanas. Así que mientras llega el momento del reencuentro, os dejo con un genuino «golden oldie», una canción titulada «See you in September» (1959), de The Tempos. ¡Pincha sobre el reproductor y dale al play! ;)

 

 

I’ll be alone each and every night
While you’re away, DON’T FORGET TO WRITE

See you in September
See you when the summer’s through

If you are saying goodbye at the station
Summer vacation is taking you away

Have a good time but remember
There is danger in the summer moon above
Will I see you in September
Or lose you to a summer love?

Counting the days ’til I’ll be with you
Counting the hours and the minutes too

Have a good time but remember
There is danger in the summer moon above
Will I see you in September
Or lose you to a summer love?

Y ya que estamos, vamos a hablar de rock y escuela.

Es normal que, habiendo sido las manifestaciones más potentes de la cultura juvenil desde los años 50, el rock y el pop hayan tratado frecuentemente el tema de la escuela, y las relaciones entre ésta y sus distintos miembros (y miembras, me cago en…). Supongo que no hará falta reseñar aquí las canciones más recientes de gente como The Libertines, Belle & Sebastian, The Beastie Boys, The White Stripes, Marilyn Manson, Nirvana o My Chemical Romance, porque me imagino que las conoceréis mejor que yo. Así que os voy a dejar los títulos de algunos viejos clásicos que pienso que os serán desconocidos (fijo un límite temporal: los años 80). Buscad las letras en Google y veréis que las ganas de estar en otro sitio que no sea el aula no son, no han sido a lo largo de los años, sólo vuestras:

  • Chuck Berry, «School day (Ring! Ring! Goes the bell!)» (1957).
  • Jerry Lee Lewis, «High School confidential» (1958).
  • Gary U.S. Bonds, «School is out» (1961).
  • Connie Francis, «Vacation» (1962).
  • Alice Cooper, «School’s out» (1972).
  • Supertramp, , «School» (1974).
  • Ramones, «Rock’n'Roll High School» (1979).

Para el que tenga interés, hay algunas páginas por ahí que dan listas bastante más exhaustivas que ésta, que sólo pretende ser un divertimento de fin de curso.

Y hablando de listas y de otro que se divierte, Bob Dylan (renuncio al adjetivo) hace tiempo que «presenta» un programa en una emisora digital, llamado «Theme Time Radio Hour», y en él ha ido «pinchando» sus canciones favoritas. Muchas de esas canciones las ha programado en forma de listas temáticas, y la verdad es que abruma la sabiduría musical del buen señor: canciones sobre pistolas y sobre coches, sobre la luna y sobre el sol, sobre la risa y sobre las lágrimas, sobre Tennessee y sobre New York, sobre la Biblia y sobre Halloween… Si pincháis en este enlace, llegaréis a un sitio de la BBC en que el se recopilan estas listas de canciones. Sólo tenéis que pinchar en cualquiera de ellas y veréis abrirse un mundo nuevo de canciones y grupos por descubrir.

Lo dicho: os veo en septiembre, pero que conste que yo voy a seguir paseando por Hawaii estos meses, así que también os animo a que os deis una vueltecita por aquí de vez en cuando. Sabéis que seréis bienvenidos.

Feliz verano para todos  :D

El pasado 29 de abril se cumplió el 75º aniversario de la muerte de Constantino Cavafis, el poeta griego más importante del siglo XX (con permiso de Yorgos Seferis, Odiseas Elitis y Ányelos Siquelianós). Por ello, el Centro Cultural Provincial ha organizado un homenaje en el que se leerán algunos de sus poemas. La cita es el martes, 24 de junio, a las 20:00 horas:

Nosotros nos sumamos agregando un documento en formato PDF en la página Document. Se trata de la reseña biográfica que le sirve al también poeta y traductor Ramón Irigoyen para presentar la figura de Cavafis en la antología de poetas griegos Ocho poetas del siglo XX (Ed. Mondadori, 1989). Y, por supuesto, ofreciéndoos algunos de sus poemas.

«Deseos»:

Como cuerpos bellos de muertos que no han envejecido
y a los que, con lágrimas, en mausoleo espléndido encerraron
-jazmines en los pies y en la cabeza rosas-
así son los deseos que pasaron
sin tener cumplimiento, sin merecer
una noche de placer, o sin un alba luminosa.

(trad. de Ramón Irigoyen, Ed. Mondadori, 1989)

«Fui»:

No me até. Me abandoné del todo y fui.
Hacia placeres, ya reales,
o que me rondaban por el alma,
fui a través de la noche iluminada.
Y bebí vinos fuertes
como los que beben los bravos del placer.

(trad. de Ramón Irigoyen, Ed. Mondadori, 1989)

«Placer»:

La alegría y perfume de mi vida es la memoria de esas horas
en que encontré y me aferré al placer como lo deseaba.
La alegría y perfume de mi vida para mí que detesté
cualquier goce de amores rutinarios.

(trad. de Ramón Irigoyen, Ed. Mondadori, 1989)

«Media hora»:

Ni te tuve, ni he de tenerte
nunca. Unas vagas palabras, un contacto
como anteayer en el bar, y nada más.
Sí, aunque no quiero decirlo, dolor. Nosotros al Arte
entregamos nuestro espíritu, y ciertamente alguna
vez, casi creamos un placer
que parece como si fuese real.
Así en el bar anteayer -con la ayuda feliz
de un alcoholismo muy piadoso-
gocé media hora de pleno erotismo.
Y lo supiste, me parece,
y por ello te quedaste un rato más sólo para mí.
Tenía mucha necesidad de ello. Que
aquella fantasía, y aquella mágica bebida,
me permitieran ver tus labios,
me permitieran sentir tu cuerpo cerca de mí.

(trad. de José Mª Álvarez, Ed. Hiperión, 1976)

«Ítaca»:

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la empoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.

(trad. de José Mª Álvarez, Ed. Hiperión, 1976)

Y mi preferido, «En la medida que puedas»:

Y si no te es posible hacer la vida que deseas
intenta al menos esto
en la medida que puedas: no la envilezcas
en el contacto asiduo con la gente,
en asiduos ajetreos y chácharas.

No la envilezcas arrastrándola,
dando vueltas constantes y exponiéndola
a la idiotez diaria
del trato y relaciones,
hasta que se convierta en una extraña cargante.

(trad. de Ramón Irigoyen, Ed. Mondadori, 1989)

En la medida que uno puede, se consigue eso en tan escasas ocasiones… Pero es como cuando saludamos a alguien por la mañana con un «¡Buenos días!»: la expresión de un deseo, no la constatación de una realidad.

Os dejo con uno de los textos más reconocidos de Cavafis, «El dios abandona a Antonio». En palabras de Luis Cernuda, se trata «de una de las cosas más definitivamente hermosas de que tenga noticia en la poesía de este tiempo». Os dejo con la traducción del gran poeta José Mª Álvarez y, al mismo tiempo, con una imagen del agit-artista malagueño Rogelio López Cuenca, perteneciente a una serie de postales que se publicaron en el año 1998 con motivo de un congreso sobre Grecia. El texto que aparece en dicha imagen es el poema de Cavafis en su lengua original:

«El dios abandona a Antonio»:

Cuando de pronto a media noche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces,
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, nunca digas
que es un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno ha sido de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, mas nunca,
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despide a Alejandría que así pierdes.

(trad. de José Mª Álvarez, Ed. Hiperión, 1976)

Por último: si pincháis en este enlace, llegaréis a un sitio en el que se recogen cien poemas de Constantino Cavafis.

Parece que la web de Quimera. Revista de Literatura vuelve a estar operativa. A ver si esta vez dura.

En su número 295, el del mes de junio, Quimera publica un dossier dedicado al escritor Enrique Vila-Matas, una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea. Alguien que es capaz de proclamar en estos tiempos:

Escribir es corregir la vida, es la única cosa que nos protege de las heridas y los golpes que da la vida.

Pincha aquí si quieres leer una reciente entrevista con él.

Destacan también un artículo de Jaime Priede sobre el prolífico escritor holandés Cees Nooteboom, incansable viajero; y otro de la profesora Anna Gil Bardají sobre la recepción (¿os acordáis de que expliqué este concepto cuando el Quijote?) de la literatura marroquí en España.

Los ya habituales dibujos de Javier Montero en la sección «Antipersonajes» ilustran en esta ocasión el poema «Demonios interiores», de María Carrión:

Los demonios interiores no me dejan en paz en
todo el día. Soy víctima de emociones desgarradoras
más grandes que yo misma, que me hacen mucho
daño.
La cabeza se me dispara.
El fantasma de mi padre cobra vida en mi cerebro
y me tortura como no era capaz de hacerlo cuando
estaba entre nosotras.
A menudo, le recuerdo de joven, cuando yo era
pequeña y le adoraba con locura. Apoyaba la
cabeza en su vientre, mientras me contaba historias
de sus viajes por el mundo antes de conocer a mi
madre.
Los fantasmas sólo existen para hacerme mucho
daño.

Contra viento y marea. Contra viento y marea.
Contra viento y marea.

Me he convertido en un objeto inanimado en una
esquina de la imagen.

Apenas digo nada interesante, sólo doy indicaciones
concretas por el teléfono cuando no me queda
más remedio.

Odio que nadie me diga lo que tengo que hacer.
Soy invulnerable a tus encantos. No voy a
enamorarme de ti. Quiero que te desnudes y me
enseñes la herida que te has hecho para huir del
infierno que hemos creado.
Acuéstate a mi lado, pero no me toques.
Tu dolor me da fuerzas para seguir viviendo.

No tengo dudas de que tanto el texto como la imagen van a tocar las fibras más íntimas de algunos de nuestros turistas más habituales. ¿Me equivoco?

Por cierto, que ya que nos hemos referido por ahí a la revolución lingüística de los SMS y que he nombrado otros dosieres de Quimera, quizás os interese saber que el que publicaron en el número de enero de este año se titulaba «Nuevas tecnologías narrativas», y que es un apasionante recorrido por lo más avanzado y arriesgado que se está haciendo en la literatura actual, en relación con las nuevas tecnologías. El índice no debería dejarnos dudas sobre su contenido:

  • Vicente Luis Mora: «Literatecnias. Nuevas realidades tecnológicas y literaturas en proceso de cambio».
  • Laura Borrás: «Lit[art]ure. La litertura en tiempos de Internet».
  • Marco Kunz: «Ni hamburguesa ni magdalena. En torno a Afterpop. La literatura de la implosión mediática, de Eloy Fernández Porta».
  • Dj. Eloy Fernández Porta: «Real Time. Poéticas de la tecnología y el consumo».
  • Alberto Santamaría: «Zona de ansiedad. Algo sobre arqueología ciberpunk».
  • Bonus Track: «”La liga de los ceros” (Un relato de ficción bizarra), de Jeremy Robert Johnson».

Quedáis invitados a la fiesta.

 

P.S.: Musikboy ha escrito unas amables palabras sobre lo que hacemos aquí, en Hawaii. Si queréis leerlas, pinchad en el enlace.

A causa de la huelga de transportistas, la semana pasada no llegó a los kioscos la revista El Cultural, que cada jueves se publica con el diario El Mundo. Justo el día en que dedicaban el tema de fondo a debatir los pros y los contras de los SMS como nueva y arrolladora herramienta de comunicación. Así que me quedé con las ganas. En todo caso, os dejo sendos enlaces a la versión electrónica de los dos artículos más importantes, uno del académico Luis Mª Ansón y otro de Daniel Arjona, muy jugosos ambos. Y esta imagen:

L AÑO Q BNE MNDO STA VRSON A BR SI DJAIS D DR L MRGA

 

Volvemos a lo que decíamos el otro día de compartir los códigos.

Sandra:

Dejando a un lado la broma anterior, he tenido tiempo de pensar qué sería adecuado para premiar la sagacidad de quien ha sabido remontarse hasta los primeros años ochenta para contestar las preguntas que planteé hace unos días. Tenía que ser algo especial y que se relacionara con la naturaleza de esas preguntas y respuestas. Creo que lo tengo. Espero que te guste.

Mi premio especial se halla en el inicio de la novela Bélver Yin, de Jesús Ferrero (1981). Creo poder afirmar que esta novela marcó, como se suele decir, un antes y un después en mi temprana relación con la literatura. Cuando salió yo tenía dieciséis años y me la recomendó Paco, mi entonces profesor de Literatura y ahora amigo. La fascinación por la historia de los gemelos Bélver Yin y Nitya Yang fue absoluta. Aquello no tenía nada que ver con lo que estaba acostumbrado a leer, y, desde luego, rompía con toda la novelística española de las décadas precedentes. Ni compromiso, ni experimentación (¡por fin, gracias a los dioses!). Sólo una historia apasionante. Merced a Bélver Yin, leer una novela volvía a ser divertido.

1. EL NENÚFAR BLANCO

La Bachlienhué (o Hoasenchang), Nenúfar Blanco, fue una de las muchas sectas chinas en las que se aglutinaron los enemigos de la dominación extranjera.
La Bachlienhué, que como las otras sociedades secretas no excluía la guerra contra los extranjeros afincados en el imperio, perseguía el sueño de la hegemonía china, o mejor, de la libertad de sus colectividades (pues la filosofía taoísta negaba la preponderancia de una raza sobre otra).
El simple deseo no bastaba para entrar en ella; era necesario saber y poder. Saber interpretar los caracteres, el sentido literal y figurado de los libros sagrados, los trasfondos de la enseñanza taoísta, y la práctica de algunas fórmulas y ritos. Poder actuar, con total independencia, guardar la libertad de acción, y atreverse a romper, cuando la necesidad lo requería, con todos los lazos sociales y humanos.

Si ya la has leído, sabrás de lo que estoy hablando, Sandra. Si no, espero que lo hagas pronto y que te haga disfrutar tanto como a los miles de nosotros que nos confesamos sus devotos lectores.

Pues sí, el mini-quiz ya ha sido resuelto. No era fácil, pero Sandra ha contestado brillantemente a las preguntas que planteé en De blogum natura. Las dos canciones a las que aludía en el texto eran «Sildavia», de La Unión, perteneciente a su disco Mil siluetas (1984), y «Suddenly, last summer», de The Motels, de su disco Little robbers (1983). Incluso sabía que este último título aludía a una obra de teatro de Tennessee Williams. ¡Bravo, jovencita!

Así que ahora toca hacerle entrega de su premio. Lo malo es que, con esto de la huelga de los camioneros, aún no ha llegado ;) Así que, mientras eso ocurre, Sandra, te colocamos en la pole position de nuestra clasificación con el absoluto Número 1:

S A N D R A   

P.S.: Hace algunas horas, comentaba con Anna que en los 90 dejé de interesarme casi por completo por la música de los grupos españoles. Acabo de recordar alguna de las razones que me llevaron a ello. Estoy trasteando con el mando a distancia y me encuentro con una ¿actuación? de Dover, esa banda cuya supervivencia es uno de los grandes misterios del show-bizz hispano, en el chiringuito que se han montado los de la Cuatro para explotar a base de bien la bajapasión pseudonacionalista futbolera que nos arrastra en estos días (es para lo único que a los españoles nos interesa España; para otros asuntos, nos remitimos a la más absoluta de las incurias). ¿Esto es lo que ahora se entiende por «ser alternativos», hermanas Llanos y cia.? Manda coj****.

Alguien me ha hecho notar que, en realidad, desde el principio hemos relacionado más de una vez el rock con la literatura:

  •  En Fugit irreparibile tempus relacionamos el tópico virgiliano del Ubi sunt? con las canciones «Cemetry gates», de The Smiths, y «Time», de Pink Floyd.
  • También, en el mismo post, prometí tratar algún día la imagen de la Rueda de la Fortuna (recordad a Juan de Mena) con un viejo tema de The Rolling Stones. Queda pendiente.
  • El buda de los suburbios nos permitió abordar, a partir de un texto de la novela homónima de Hanif Kureishi, el nacimiento del punk y la actuación de una banda que era un claro trasunto de los Sex Pistols.
  • Hablé en Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy del tratamiento que, en su novela homónima, hace Eduardo Mendicutti de la experiencia mística, y eso me llevó más tarde a acordarme de Parálisis Permanente y su «Quiero ser santa».

Así que a nadie debe haberle pillado por sorpresa la iniciativa del anterior post, digo yo. Por cierto, recojo los guantes arrojados por Juanmi y por Sandra: hablaré de «Annabel Lee» (Edgar Allan Poe y Radio Futura) y de Lobo Hombre en París (Boris Vian y La Unión).

Me despido con el mini-quiz: ¿nadie se atreve? ¡Vamos, no es tan difícil (al menos, una de las canciones)! Si nadie acierta, el lunes por la noche daré las respuestas.

Señores viajeros por tierras de Hawaii: ampliamos nuestras fronteras. Empezamos aquí una nueva serie que se irá enriqueciendo en las próximas semanas, dedicada a señalar, explorar o explicitar las relaciones entre dos manifestaciones culturales tan poderosas como la Literatura y la música Rock, y tan aparentemente distantes en el imaginario popular. Hoy en día esto ya está más que estudiado y establecido, con múltiples trabajos interdisciplinares de toda laya; yo mismo llevo trabajando en este asunto desde el año 1996, cuando, en el centro en el que estaba destinado por entonces, organicé una serie de conferencias sobre el particular. Mi intención es ir señalando algunas de esas relaciones, así sean de carácter formal, temático o de personajes.

Iniciamos, pues, esta primera entrega con Villiers de L’Isle Adam (1838-1889) y con Radio Futura (1980-1992). Uno de los genios literarios más originales del siglo XIX y el mejor grupo de rock en la historia de la música popular española.

Juan María Matías Felipe Augusto, Conde de Villiers de L’Isle Adam, nació el 7 de noviembre de 1838 en el seno de una noble familia bretona. Su padre derrochó la fortuna familiar en todo tipo de aventuras a cual más incierta y quimérica, dejando a la familia en la ruina. Siendo un adolescente, Villiers de L’Isle Adam pasa unos años en París, donde entabla amistad con Charles Baudelaire y Richard Wagner, que quedan deslumbrados por el genio del joven y arruinado aristócrata, cuya carrera literaria comienza en 1862 con la novela Isis. A raíz de la muerte de su tía abuela, su sostén económico, la vida de monsieur de L’Isle Adam, ya hasta el fin de sus días, transcurre entre estrecheces pecuniarias cada vez más calamitosas (a punto estuvo de ser enterrado en una fosa común por no dejar con qué pagar una tumba individual; sus amigos lo evitaron organizando una colecta). Tantos años de miseria se cobraron el tributo final: Villiers de L’Isle Adam murió el 12 de agosto de 1889, de cáncer de estómago. En sus novelas, cuentos, poemas y obras de teatro nos dejó algunos de los momentos más brillantes del Simbolismo francés; destacan de entre todo ello dos obras: la colección de sus Cuentos crueles (1883) y la que hoy nos ocupa, La Eva futura, que apareció por entregas en 1885 en la publicación periódica La Vie Moderne y al año siguiente en forma de libro.

En La Eva futura (1998, Ed. Valdemar) nos reencontramos con el viejo tema de la Creación, con la añeja aspiración del hombre a ser Dios, a tener el poder de crear nuevas formas de vida. El gran inventor Thomas Alva Edison anuncia a la Humanidad la inminencia de una nueva era que viene marcada por la creación de Hadaly, la Eva del futuro, la mujer ideal de los tiempos modernos. Sólo necesita de la electricidad y de agua químicamente pura para cuestionar, más bien para ridiculizar, la supuesta perfección del orden natural, de las creaciones de la llamada Madre Naturaleza. ¿Y Dios? Dios es el Hombre. El Hombre es Dios. Ha conseguido hacer lo mismo que Él, pero superándolo.

Se trata de una de las obras claves de la Modernidad; uno de los principales teóricos y pensadores de nuestros días, Paul Virilio, ha dicho sobre ella (pincha aquí si quieres leer la entrevista completa):

Lo dramático del teatro, la danza y el body art, en el sentido que venimos hablando, es que prefiguran un límite. Plantean la cuestión del «hasta dónde». Es también una pregunta ética en el contexto de la ingeniera genética, ante los problemas del tráfico de seres humanos como materia prima mejorable, el cuerpo considerado como una materia prima, el cuerpo de la «hominicultura» como dicen algunos científicos. Por eso yo estoy enamorado de los cuerpos. Creo que junto al «SOS: salvad nuestras almas», deberían inventar también un «SOS: salvad nuestros cuerpos de la electrocución electromagnética». Todo el mundo debería releer el maravilloso libro de Villiers de l’Isle Adam, La Eva Futura, modelo de María, la «mujer eléctrica» de Metrópolis de Fritz Lang. El libro anticipa la superación del cuerpo por ondas corporales, por cuerpos de emisión y recepción. Y por tanto la cibersexualidad -pero también la cibersocialidad, la cibercultura en general…

Pues de un genio a otro(s). Del Simbolismo francés a la Movida madrileña. De Villiers de L’Isle Adam a Radio Futura.

Tenemos entre nuestras manos el segundo larga duración del grupo madrileño, La ley del desierto/La ley del mar (1984).

En él se incluye la canción «Hadaly»:

Miro una estrella lejana
y me pongo a pensar
que al llegar a mí
su luz puede haberse apagado ya.
Mas tú estás aquí, Hadaly,
con tu frescura ideal.
Hay en torno a ti un perfume
de misterio
y tu voz entona un canto
siempre nuevo.
Me enloquece la insinuación
de tu gesto eléctrico
y me abruma el roce exacto
de tu piel.
Sabes cómo hacer soñar y no
me podrías traicionar jamás.
Ven junto a mí, Hadaly,
con tu frescura ideal.
Con agua pura brindaré
por nuestro amor
artificial.

Fijaos, por ejemplo, en los primeros versos y después en lo que escribió Villiers de L’Isle Adam:

antes de que la Tierra fuera una nebulosa, los astros brillaban desde una eternidad. Alejados, muy alejados, su radiante fulgor, que recorre setenta y siete mil leguas por segundo, ha llegado a estas horas al sitio que la Tierra ocupa en el cielo. Algunos de esos astros se han apagado hace tiempo, antes de que sus problemáticos habitantes distinguieran este planeta. Sin embargo, el último rayo emitido por los astros enfriados debía sobrevivir a ellos. Así el postrer fulgor de aquellos hogares convertidos en cenizas llega hoy a nuestros ojos. El hombre que contempla el cielo admira, a menudo, soles que ya no existen, y los percibe gracias al rayo fantasma en la gran ilusión del universo. (pág. 249)

Inspirada en la protagonista y en ciertos detalles de La Eva futura, «Hadaly» fue una de las canciones más representativas de la segunda etapa del grupo, cuando consiguieron escapar de la ceguera de una compañía discográfica que los incluyó de hoz y coz en el fenómeno fans, como si fueran Los Pecos o Pedro Marín (¡¡¡¡¡de hecho, los anunciaban juntos!!!!!). A partir de este disco, Santiago Auserón, el cantante y responsable principal de las letras del grupo (se licenció en Filosofía por la Sorbonne de París), podrá dar cabida en sus textos a todo tipo de referencias e influencias culturales (literarias, pictóricas, cinematográficas, etc.) y , lo que dará lugar a una colección de canciones complejas, ricas en matices, alejadas por completo de la banalidad y la estulticia que tan a menudo se asocian con la música popular. Canciones inteligentes para gente inteligente.

 

En el post anterior, he recibido un comentario de una chica —que atiende al nombre de Nadia— que me ha desvelado la razón de algo que vengo observando en los últimos ocho o diez días: de todos los rincones hawaiianos, hay uno que recibe más visitas que ningún otro, con muchísima (pero que muchísima) diferencia: el post Sobre el Carpe diem. Al leer el amabilísimo mensaje de Nadia he entendido el porqué: está preparando las ya inminentes oposiciones de latín, y buscaba textos relacionados con el tópico horaciano.

Deduzco, pues, que el aumento de visitas que ha registrado el antedicho post tiene que ver con las búsquedas de otras personas en la misma situación que Nadia.

Espero que la información que hayan podido encontrar les resulte de utilidad. Ojalá. Si no fuera el caso, podrían hacérmelo saber por medio de los comentarios; igual tengo yo esa información que necesitan y puedo ponerla en el blog. Sin problemas. Si puedo echar una mano a alguien, estaré encantado de hacerlo.

Así que ahora no me queda más que desear mucha suerte a todas esas personas en la dura prueba que están a punto de afrontar. Ánimo.

«Las palabras vuelan. Lo escrito permanece.»

Éste es un apunte sobre la naturaleza del hecho comunicativo que se produce en un sitio como éste, en esto que en nuestros días (con permiso de John Barger y Peter Merholz) hemos dado en llamar blog. De ahí que Vuesas Mercedes me van a permitir que eche mano de mi latín macarrónico y parafrasee el título de la obra de Lucrecio, De rerum natura (que el Abate Marchena tradujo como Sobre la naturaleza de las cosas), para hablar De blogum natura, esto es, “Sobre la naturaleza de los blogs”.

El 17 de abril fui arrastrado hasta las playas de este Hawaii que, como Sildavia, «no se halla en los mapas». Desde entonces, para mi sorpresa, no he sido el único náufrago en esta isla, a diferencia de lo que le ocurrió a Robinson Crusoe; haciendo mías las palabras de don Luis de Góngora, no se puede decir que me haya sentido «náufrago y desdeñado, sobre ausente» (Soledades, I, 9). Esto ha sido así por vuestros constantes compañía, aliento y palabras. Y entre los que han frecuentado estos rincones hawaiianos más a menudo se encuentra mi buen y querido amigo Juanmi.

Hace algunos días, en este mismo lugar, tuve el placer de intercambiar algunos comentarios jocosos con él sobre un asunto que no hace al caso. Como todos los amigos que en el mundo han sido, manejamos ciertas claves particulares que, aparte de para nosotros mismos, no tienen sentido ni gracia alguna para los demás. Creados y pulidos con el paso de los años, esos guiños lingüísticos y kinésicos siempre son el indicativo del grado de complicidad y camaradería que se ha llegado a alcanzar con aquél a quien nos honramos en llamar “amigo”. Son las claves que utilizamos en el instituto cada día; son los guiños que nos acompañan desde hace ya más de veinticinco años que nos conocemos.

And suddenly, last summer. De repente, lo imprevisto: alguien ajeno lee lo que hemos escrito y lo interpreta; y su interpretación, al no contar con los códigos privados, se aleja de la intención comunicativa inicial. Con todo el derecho, está claro. En ese momento yo empiezo a darme cuenta de cuáles son las reglas que imperan en este territorio. Desde entonces, no he dejado de pensar en ello.

Porque resulta, y aquí viene mi reflexión, que estamos utilizando un medio de comunicación que elimina cualquier atisbo de privacidad, ya que éste es un sitio abierto a todo el mundo (literalmente), y, por tanto, todo el mundo tiene la facultad de intervenir. Cada cual con sus ideas, su forma de entender el mundo, su carácter, sus vivencias. Todo lo cual puede coincidir con las de quienes han dejado su huella por escrito. O no.

En ambos casos, el resultado puede ser fascinantemente enriquecedor:

  • multiplicidad de emisores y receptores que intercambian constante y casi simultáneamente sus papeles;
  • discusión de lo expuesto en el mensaje (confirmación y/o refutación);
  • ampliación de los límites iniciales del referente

Pero también puede ser peligrosamente frustrante:

  • pérdida de la carga significativa kinésica (gestos de rostro y manos, tonos, etc.);
  • necesidad evidente de explicitar los términos de lo que inicialmente era un acto comunicativo particular;
  • posibilidad de malentendidos y, por tanto, de actos de protesta, pacífica o no, por parte de quien pudiera sentirse aludido;
  • autocontrol de los emisores que, tarde o temprano, puede derivar en autocensura; esto es: en sumisión al lenguaje políticamente correcto y al buenismo del pensamiento único que hoy imperan en la sociedad occidental: No, de esto no escribo porque se pueden molestar los *****; de esto otro, tampoco, porque entonces se cabrean las *****… Y todo por el estilo.

Y todo por no reparar en que, aquí, uno no se puede expresar como lo haría charlando face to face con un buen amigo, sin intervenciones ajenas. Porque aquí rige un código comunicativo distinto, y el no respetarlo puede provocar perturbaciones, ruidos, en la comunicación: el mensaje puede sufrir una pérdida importante de información y llegar distorsionado hasta el receptor. Como sabemos de sobra, porque lo hemos estudiado (algunos incluso nos ganamos la vida enseñándolo), para que la información llegue a buen fin emisor y receptor deben compartir el código; si no, pasa lo que pasa.

Paréntesis: Esto de la necesidad de respetar el código vigente en cada ocasión, ¿os suena de algo, mis dilectos estudiantes? Fin del paréntesis.

La verdad es que es un tema lingüísticamente apasionante, que hace años que está siendo tratado en las principales universidades del mundo por filólogos, informáticos y neuropsicólogos. Ojalá yo fuese mucho más inteligente y erudito para expresar todo esto con la propiedad que requiere. Pero bueno, esto es lo que hay. Si fuese un experto en Teoría de la Comunicación a lo mejor me dedicaría a otra cosa. Chi lo sa

Os dejo con un mini-quiz: en este post he dejado caer, así como quien no quiere la cosa, un par de referencias a sendos grupos musicales de los años ochenta. Las preguntas son:

  1. ¿A qué dos grupos me estoy refiriendo?
  2. ¿Cómo se llaman las dos canciones a las que aludo?
  3. ¿A qué disco pertenece cada una de ellas?
  4. ¿En qué años se publicaron?

Premio asegurado. Sin bote.

Ahora que el curso llega a su fin, otro poema de José Agustín Goytisolo que igual os reconforta el ánimo, a los que sí y a los que no. Se titula “La mejor escuela” (de Taller de arquitectura, 1977; este dato me lo ha proporcionado la dulce y gentil Noelia, de Librería Rayuela, en Málaga, que se ha molestado en buscarme una información que yo no encontraba por ningún sitio; gracias, salerosa):

Desconfía de aquellos que te enseñan
listas de nombres
                               fórmulas
                                                  y fechas
y que siempre repiten modelos de cultura
que son la triste herencia que aborreces.

No aprendas sólo cosas
                                    piensa en ellas
y construye a tu antojo situaciones e imágenes
que rompan la barrera que aseguran existe
entre la realidad y la utopía:

vive en un mundo cóncavo y vacío
juzga cómo sería una selva quemada
detén el oleaje en las rompientes
tiñe de rojo el mar
sigue a unas paralelas hasta que te devuelvan
al punto de partida
coloca el horizonte en vertical
haz aullar a un desierto
familiarízate con la locura.
Después sal a la calle y observa:
es la mejor escuela de tu vida.

Va por vosotros. Y por mí, porque no he olvidado que una vez fui como vosotros.

Ustedes me van a perdonar la tontería, pero me imagino que a todo aquél que se mete en una historia como ésta de escribir un blog le hace ilusión comprobar que va teniendo cada vez más lectores. Si el día 15 de mayo recibíamos al “Turista Número 1000″, a los veintiocho días de abrir nuestras fronteras, hoy, 4 de junio, veinte días después de aquella efemérides, hemos duplicado ya el número de visitas, y compruebo que acaba de estar por aquí el “Turista Número 2001″.

Ofrecemos como premio dos hermosos poemas de Jesús Aguado (Madrid, 1961), una de las voces más personales y profundas de la poesía actual, además de una persona amable y generosa y de un conversador ameno y deleitoso. Son dos poemas largos, pero merecen la pena. De su libro Lo que dices de mí (Ed. Pre-Textos, 2002):

                      I

Lo que dices de mí:
un extraño camino que nunca he recorrido,
un camino que enlosan tus palabras
y que si miras bien se corresponde
con una de las líneas de tu mano.

Lo que dices de mí
                                eres tú misma,
eres tú de repente bifurcada,
una parte de ti que se queda a tu lado,
otra parte de ti que se viene conmigo.

Lo que dices de mí va borrando mis huellas.

Lo que dices de mí me prepara emboscadas.

Lo que dices de mí
es saliva y es tierra que amasas para darme
figura de caballo, figura de montículo,
figura de lunar, figura de tu espalda,
figura de cualquiera de mis dedos
cerrando uno por uno todos tus orificios
(más saliva y más tierra que coges para darme
figura de cabaña, figura de murciélago…)

Lo que dices de mí
es mentira que acierta a decir la verdad.

Lo que dices de mí
se acuesta junto a mí donde estaré,
se acuesta junto a un hueco que llama por mi nombre
y al que besa y aplasta hasta que nazco.

Lo que dices de mí
es telaraña, es red, pero tú no las tensas,
pero nadie las tensas pues nadie está al acecho,
es red, es telaraña frenando una caída
que no se ha producido.

Lo que dices de mí me desconoce
del modo más perfecto imaginable,
me desconoce más que el desconocimiento
que me tienen las vetas de una mina,
que me tienen los kraken,
que me tienen las aguas cenagosas,
que me tienen los cientos de tejados
que guarda el huracán en su gruta secreta.

Lo que dices de mí se va probando mundos.

Lo que dices de mí me multiplica.

Lo que dices de mí estira mis pulmones,
catapulta mis ojos,
despierta a los caimanes de mi sangre.

Lo que dices de mí me acelera y me vuelve
más lento.

Lo que dices de mí no lo dices de mí,
no lo dices siquiera, no soy yo,
es raíces de un árbol cuya fruta
se deshace en tu boca y la refresca,
es un malentendido que tu voz
provoca en nuestro sexo

(el fosfeno y la noche es lo que dices
cuando dices de mí no importa lo que digas.)

Lo que dices de mí no son tus opiniones,
es el dulce apagón de la conciencia,
es la locuacidad de lo que existe,
es un puente colgante entre nosotros,
son ardillas que roen las cuerdas de ese puente,
son cáscaras de nueces, un arca abandonada,
maderos embreados que alimentan el fuego
de un náufrago asustado.

Lo que dices de mí
                                es estaca que busca
con avidez al ávido corazón de ese muerto
que ronda mis castillos y se duerme en sus sótanos,
ese muerto no muerto que llamamos amor.

Lo que dices de mí no necesita
de mí para encontrarme.

Lo que dices de mí no se viene conmigo
a menos que yo firme una página en blanco.

Lo que dices de mí lo dices simplemente
con estar en el mundo, lo dice tu deseo,
esa energía pura que hace pasar las nubes.

Lo que dices de mí
                                obliga al horizonte
a tenderse a tus pies y lamerte sumiso.

Lo que dices de mí se escribe en las paredes
con tizones calientes de tus muslos.

Lo que dices de mí
                                es la jaula y el mapa
en el acto preciso de aprender
a vendarse los ojos y saltar al vacío.

Lo que dices de mí me pone en marcha,
un loco mecanismo
de huesos astillados como sables
que va retando a duelo a todos los que dicen
que nunca has dicho nada de mí, que estás callada,
que un mutismo feroz te ha comido la lengua.

Lo que dices de mí
                                es manada de lobos
hambrientos y atrapados en páramos nevados,
lobos que se devoran entre aullidos
mientras hila la luna bufandas para el No.

Lo que dices de mí me traduce a un idioma
que aún no conocemos.

Lo que dices de mí me resucita.

Lo que dices de mí:
una orquesta sonámbula
de músicos que tocan concentrados
y miran sin rencor sus partituras
mientras todo el pasaje
ya abarrota los botes salvavidas.

Lo que dices de mí me deja solo.

                      IV

Lo que dices de mí
me posee a horcajadas detrás de unos arbustos.

Lo que dices de mí
me aprieta la cintura en medio del océano.

Lo que dices de mí
me araña de los muslos a la nuca
mientras un elefante nos transporta en la selva.

Lo que dices de mí
me tira de los pelos en un piso catorce.

Lo que dices de mí
me saliva la oreja en un vagón.

Lo que dices de mí
me embadurna de aceites aromáticos
dentro de un telescopio enfocado a Saturno.

Lo que dices de mí
mordisquea mi sexo en la estela de un barco.

Lo que dices de mí
jadea en una mesa de un albergue.

Lo que dices de mí
se bebe mi sudor en la calle más céntrica
(en el escaparate de una agencia de viajes).

Lo que dices de mí
tapona con su lengua mi ombligo en una tundra.

Lo que dices de mí
se toca los pezones más allá del espejo.

Lo que dices de mí
dilata su vagina en el arcén
de una autopista en obras.

Lo que dices de mí
grita en un diccionario abierto por la «p».

Lo que dices de mí
se arquea hasta romperse en una alcantarilla.

Lo que dices de mí
me eriza en una lámpara.

Lo que dices de mí
me da masajes rápidos y suaves
en la fuente de un río.

Lo que dices de mí
te besa las axilas en el filo de un hacha.

Lo que dices de mí
acaricia tu pubis en una enredadera.

Lo que dices de mí
desoculta tu clítoris en un alto trapecio.

Lo que dices de mí
me gira y me retuerce en un vaso de vino.

Lo que dices de mí
me amorata en un puerto
asolado después de un maremoto.

Lo que dices de mí
olfatea mi semen dentro de un espejismo.

Lo que dices de mí
se pellizca la piel en un frutero.

Lo que dices de mí
pone un índice mío detrás y otro delante
en un viejo astrolabio.

Lo que dices de mí
pierde el conocimiento en un poema.

Tal día como hoy, un 3 de junio, pero de 1924, esto es, hace ochenta y cuatro años, moría en Kierling (Austria) el escritor checo Franz Kafka, uno de los pilares básicos de la narrativa del siglo XX. Uno, éste sí, de los indiscutibles. No doubt.

Así comienza su obra maestra, La metamorfosis (1915; traducción de Antonio Hernández para Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, 1988):

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin conciencia.

A partir de ahí, la pesadilla.

No voy a hacer exégesis del texto. El que quiera interpretaciones, que se lea el libro y se las curre solito.

Lo que sí voy a hacer es apuntar una curiosidad, en la que supongo que otros habrán reparado: fijaos en los apellidos de autor y personaje. Poseen la misma estructura: K/S - A - F/M - K/S - A Kafka/Samsa. Curioso, ¿no?

Por cierto, otra curiosidad: lo que se celebraba ayer, 2 de junio, era mi cumpleaños (bueno, al menos yo lo celebré). Y el de alguien que nació en 1740 y que respondía al nombre de Donatien Alphonse François de Sade, pero al que todos conocemos como Marqués de Sade.

¿Creéis en la metempsicosis? ;)

Entre los enlaces permanentes, acabo de incluir uno dedicado a “El camino del Cid“, un sitio absolutamente imprescindible para conocer todo lo relacionado con la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, en sus dos facetas, la histórica y la literaria. Contiene una gran cantidad de materiales didácticos (el texto del poema en versión modernizada, análisis literarios, actividades, videos…) y turístico-culturales (las rutas de las campañas militares, p.e.). Os invito a conocerlo.

También acaba de salir al mercado el DVD de una serie emitida hace un par de meses por TVE, llamada, precisamente, El camino del Cid. Son dos discos con cuatro capítulos cada uno, y vienen con un libro a modo de guía turística que nos lleva a conocer las localidades por las que pasó el héroe de Vivar en su destierro. Lo he encargado para la biblioteca del instituto, así que pronto estará a vuestra disposición.

Viene todo esto a cuento, ya lo sabéis, por haberse “celebrado” en 2007 el octavo centenario, esto es, el ochocientos aniversario de la fecha de redacción del único manuscrito que tenemos del Cantar de Mio Cid. Lo que es tanto como decir el ochocientos aniversario del poema. 1207-2007 ¿Y habéis oído o leído algo al respecto? Fueraparte lo que yo os expliqué cuando pusimos la lectura del primer trimestre, me imagino que poca, muy poquita, cosa más. Nada que ver, desde luego, con el bombardeo inmisericorde que sufrimos en 2005 a cuenta del Quijote, que bien hartitos que salimos del dichoso centenario, don Miguel y don Alonso me perdonen.

¿Y a qué se debe que nuestro país no sólo no haya celebrado a lo grande la existencia del primer texto escrito de nuestra literatura (ahora no me vengáis con lo de las jarchas, eso es otra historia), sino que haya preferido pasar de puntillas sobre el asunto de una forma absolutamente vergonzante? Pues habría que preguntárselo a los señores que dirigen la política cultural en nuestros días, que son los encargados de poner en marcha las iniciativas oportunas, o de canalizar las que surjan de la sociedad civil. Ellos sabrán. Yo sólo puedo intuir las razones, o imaginarlas. Y de todas las que se me ocurren, ninguna es literaria; sólo políticas.

Claro, cómo vamos a celebrar la milagrosa existencia (si tenemos en cuenta el tiempo que anduvo perdido) de un poema en el que se cuentan las correrías de un fulano que se dedicó a luchar contra los moros (¡uy, perdón, que esa palabra no se puede decir!) y, lo que es peor, a derrotarlos las más de las veces. Pero es que, encima, al muy hijo**** también le dio por derrotar al Conde de Barcelona cada vez que se le puso a tiro. ¡Pero si es que llegó a hacerlo prisionero, en el colmo de la desfachatez! Para terminar de rematar la faena, el de Vivar tuvo la “buena suerte” de que a Franco le diera por hacer de él un símbolo de una gloriosa España imperial que ya sólo existía en su imaginación calenturienta.

Mentes preclaras habrán dicho: “Uy, uy, uy, a éste mejor no meneallo, no vaya a ser que alguno se nos moleste, y tengamos bronca”.

Y así han ido las cosas, que incluso personas más que medianamente cultas a las que me honro en frecuentar ignoraban que el año pasado fuera la fecha que fue. Está claro que uno no tiene por qué saber ciertas cosas, que son más propias de los especialistas, pero ahí es donde tendrían que haber intervenido los poderes públicos. Digo yo. ¿O es que todo el mundo sabe en España, o sabía antes del 2005, que la primera parte del Quijote se publicó en 1605? ¡Venga ya! Si en cierta ocasión llegué a ver en la tele que, a la pregunta de: “¿Sabe usted quién es Cervantes?”, un individuo dijo con absoluta seguridad y convicción: “¿Cervantes? Sí, hombre, el portero nuevo del…” Y nombró a un equipo de Primera División cuyo portero, en efecto, se apellidaba Cervantes. El hombre tenía razón.

¿Os imagináis a los franceses, a los alemanes, a los italianos… ignorando avergonzados que en tal fecha se cumplen no sé cuántos años de la existencia de su primera obra literaria? Yo no, la verdad. Definitivamente: no tenemos remedio. Ni vergüenza.

Quiero ser santa

Quiero ser canonizada,
azotada y flagelada,
levitar por las mañanas
y en el cuerpo tener llagas.
Quiero estar acongojada,
alucinada y extasiada,
tener estigmas en las manos.
en los pies y en el costado.

Quiero ser santa.
Quiero ser beata.

Quiero estar mortificada
y vivir enclaustrada.
Quiero ser santificada,
viajar a Roma y ver al Papa.
Quiero que cuando me muera
mi cuerpo quede incorrupto,
y que todos los que me vean
queden muertos del susto.

Quiero ser santa.
Quiero ser beata.

¿Poesía mística? ¿Santa Teresa de Jesús? No: “Quiero ser santa” (1982), de Parálisis Permanente, uno de los himnos más emblemáticos de la llamada “movida madrileña“. La letra no requiere de ningún tipo de comentario; anda que no le habría encantado escribir algo así a la santa de Ávila.

Ahora, el 14 de mayo, se han cumplido veinticinco años de la muerte en accidente de coche de su cantante, Eduardo Benavente (1962-1983). ¿Habéis oído o leído algo en prensa? Casi seguro que no, a no ser en prensa especializada. ¡Hombre, si se tratara de algún otro de por ahí! No sé: Elvis Presley, Jimi Hendrix, Brian Jones, Keith Moon, Janis Joplin et alia. Cada año, cuando llega la fecha, puntualmente, nos informan del **** aniversario de la muerte de… Sin embargo, y recurriendo a una expresión muy manida ya: ¿qué hay de los mártires del rock español? No tenemos remedio.

Benavente fue uno de los personajes claves de toda aquella historia, y sin él las cosas habrían sido muy distintas. No sé si mejores o peores, pero muy distintas. Seguro.

Al final lo fueron. Sin él.

Recuerdo como si hubiera sido hoy mismo la mañana del día 15 de mayo, cuando nos enteramos de su muerte: estábamos en C.O.U (2º de Bachillerato en el sistema actual), y, por la razón que fuera, que no hace al caso, no habíamos entrado a clase, sino que nos habíamos quedado en el bar del instituto: Marcos, Ramón, Cecilia, Reme, Bernardo, José Manuel, Gema, José Antonio, Elena, José Luis, Carmelo, Mª del Mar… Una piarda en toda regla. Alguien le estaba echando un vistazo al periódico y de pronto un “¡Joder!” alto y claro, estupefacto, incrédulo. “Oye, que se ha matado el cantante de Parálisis Permanente”. Silencio.

Recuerdo a alguna de las chicas camino de los servicios, llorando a lágrima viva, y al resto, con la cabeza metida en el periódico para saber los detalles.

Recuerdo a todos con la certeza de que la vida había vuelto, una vez más, a ser lo que suele ser: injusta. Una mierda.

Aprendimos que podíamos ser héroes. Un día nada más. Y que merecía la pena:

Yo, quisiera poder
nadar, nadar bajo el mar.
Y nada, y nada nos alejaría.
Ser como delfines por siempre jamás.
Podemos ser héroes
un día nada más.
Yo sería el rey
y tú serías la reina.
Y nada nos separaría.
Seremos nosotros
un día nada más.
Podemos ser héroes
un día nada más.
Yo, yo puedo acordarme
estar contigo en Berlín.
Y nada, nada nos separaría.
Seremos nosotros
un día nada más
Podemos ser héroes
un día nada más.

(Versión del “Heroes” de David Bowie, 1977; incluida en el único LP de la banda, El acto, 1982).

Tranquilos, no me he vuelto majara. Al menos, no más de lo habitual. Éste es el título de una de las novelas más divertidas e inteligentes de Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1948), uno de los escritores más inteligentes y divertidos de la narrativa española actual.

Viene a cuento por el acercamiento que hemos hecho últimamente a la literatura mística (aparte de las notas de clase, ver el post del lunes 26 de mayo), y para quitarle un poco de seriedad al asunto, a ver si os relajáis un poco, que vaya como andamos con los nervios de un tiempecito a esta parte. El argumento de la novela, según la editorial que la publica (Ed. Tusquets, 1997):

Rebecca de Windsor, una hermosísima mujer dedicada con gran éxito al espectáculo, descubre un día ante el espejo que los años no pasan en vano y que el tiempo empieza a hacer mella en su cuerpo. Consciente de que alguien como ella, que siempre ha sabido imponerse al destino y que siempre ha querido -y conseguido- ser la primera en todo, no puede permitirse el lujo de no encontrar la vía más digna hacia un madurez superior, toma un buen día una firme determinación: emprender el camino de la santidad, elevarse por encima de los demás mortales y alcanzar las cimas hasta ahora sólo holladas por los místicos. Todo ello entraría en la más absoluta normalidad de estos tiempos de desconcierto, si no fuera porque Rebecca de Windsor, de hecho, fue durante treinta y siete años de su vida Jesús López Soler y porque nadie, ni siquiera ella, escapa a las muchas trampas de la memoria.

La voz en primera persona de Rebecca de Windsor (¡el nombre es un hallazgo definitivo!) guía al lector por el particular “camino de perfección” que emprende quien en otro tiempo respondiera a un nombre mucho menos glamouroso, y lo enfrenta a una visión absolutamente inédita de la experiencia mística (otra vez aquello de “Non nova…”).

La diferencia estriba en que la metáfora del amor humano a la que recurre constantemente un San Juan de la Cruz, en Yo no tengo la culpa… se transforma en recurso directo a la carnalidad en la “vía unitiva”. Ustedes me entienden.

La novela está trufada de referencias, directas o indirectas, a las grandes obras de la literatura mística española (Cántico espiritual, Noche oscura del alma, Subida al Monte Carmelo, etc.), y a sus dos principales autores, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Las negritas, para indicar dichas referencias, son cosa mía:

[...] en una noche oscura, y hallándome enfrascada en labores de mantenimiento con productos de doña Margaret Astor, tuve una iluminación.
A san Pablo, como era machito, la iluminación le llegó mientras galopaba camino de Damasco; yo la tuve mientras me desmaquillaba [...] creí que me moría por no morirme, menos mal que de repente una luz interior me iluminó [...] y pude oír que una voz misteriosa me llamaba a cuidar en prados deliciosos la belleza de mi alma, y me sentí arrobada, arrebatada, ajenada, arrancada de mí, y volé tan alto, tan alto que, ya digo, no me lo pensé dos veces y decidí que sería santa. La que más.
[...] yo no iba a contentarme con un estatus de santa de segunda categoría. Eso sin contar con que, en cuanto tuve la iluminación, supe que lo mío era ser amada en el Amado transformada. Qué bonito.
(págs. 11-12)

En la página 13:

De la ascética, que parece cosa de picapedreros y criadas, servidora no quería ni oír hablar.
Por eso, apenas logré recuperarme un poco del impacto de la iluminación, me dije: Rebecca, mimarás tu alma, emprenderás la subida al Monte Carmelo, surgirás radiante de la noche oscura, alcanzarás la séptima morada, flotarás en un no saber sabiendo y te fundirás como miel en los brazos del Amado.

En la página 14:

[...] no existía para otra cosa que no fuera leer y leer [literatura mística], y desear encontrarme con fuerzas para ir en busca del Amado por los bosques y riberas, sin coger flores, sin echar cuenta de los bichos, sin temor a romperme las medias y sin arrugarme frente a ningún fuerte y ninguna frontera.

En otros momentos, recrea en pasajes absolutamente hilarantes el arrobo místico a lo Santa Teresa, o el ansia con que la Amada (ella, Rebecca) busca al Amado (varios a lo largo de la novela), hasta llegar a consumar la “vía unitiva”. Aparte de los rasgos más reconocibles de su prosa, y tras una aparente frivolidad literaria, hay que reconocerle a Mendicutti un dominio magistral de los conceptos y la terminología propios de la mística, de modo que jamás cae en la burla grotesca. Brillante en algunos momentos, exige del lector un mínimo conocimiento de dicha literatura mística para extraer todo el jugo de lo que a ratos se presume parodia, y a ratos se declara homenaje.

José Manuel Caballero Bonald, Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981):

La historia no se repite, se obceca.
(pág. 165)

 

Ahora que en clase hemos estado tratando la literatura mística del siglo XVI español (pues sí, este blog es así: aquí pasamos del tempus fugit a Morrissey y de éste a la mística en un pispás; ventajas de la cultura pop), acabo de poner en la página Document un nuevo texto en PDF: el prólogo de San Juan de la Cruz a su Cántico espiritual. En él manifiesta qué lo ha movido a escribir el poema, y desliza algunas de las claves que hemos ido explicando en los días pasados.

Me parece oportuno recordar ahora el pasaje en el que el autor abulense trata las llamadas “tres vías místicas“:

ARGUMENTO

El orden que llevan estas canciones es desde que un alma comiença a servir a Dios hasta que llega a el último estado de perfectión, que es matrimonio espiritual, y assí en ellas se tocan los tres estados o vías de exercicio spiritual por las quales passa el alma hasta llegar al dicho estado, que son purgativa, yluminativa y unitiva,  y se declaran acerca de cada una algunas propriedades y effectos della. El principio dellas trata de los principiantes, que es la vía purgativa; las de más adelante tratan de los aprovechados, donde se haze el desposorio espiritual, y ésta es la vía iluminativa; después déstas, las que se siguen tratan de la vía unitiva, que es la de los perfectos, donde se haze el matrimonio espiritual, la qual vía unitiva y de perfectos se sigue a la iluminativa, que es de los approvechados; y las últimas canciones tratan del estado beatífico, que solo ya el alma en aquel estado perfecto pretende. (pág. 129)

He mantenido la ortografía y el estilo del original. El texto está sacado de la magnífica edición del Cántico espiritual de quien fuera mi admirado maestro en la Facultad, don Cristóbal Cuevas García (Ed. Alhambra, 1979).

Para compensar el tono excesivamente encomiástico de ayer (soy un géminis puro, al fin y al cabo; ahora viene la de arena), os voy a contar una historia que algunos ya conocéis, pero aportando documentación visual absolutamente inédita. ¡Estreno mundial!

Día: Sábado, 7 de agosto de 2004.

Hora: Sobre las 17:00 horas, Zulu Time.

Lugar: Aparcamientos del FIB Heineken (Benicasim), haciendo cola (poca, la verdad; tienen una organización brutal) para entrar.

Hasta allí se han desplazado quien esto escribe y esposa para asistir al concierto cumbre de la que era la X edición del Festival Internacional de Benicasim: la actuación de Morrissey. La expectación es enorme, casi tanto como la solanera terrorífica que abrasa inmisericorde al personal. Yo le digo a mi oíslo: “No te extrañe que éste dé la espantá… No sería la primera vez. Acaba de tocar en Fuengirola, después de diecinueve años de no aparecer por España, así que sería muy raro que viniera dos veces en poco más de un mes. Con lo histérica y lo reinona que es…”

En esos momentos, el cielo debería haberme mandado un rayo en mitad de los dientes… Porque acerté de pleno. A las 20:00 horas, Zulu Time, abrieron las puertas de acceso al Escenario Verde (el importante del festival) y allá que todo el mundo corría para hacerse con un buen sitio. Todo está preparado para que a las 20:30 empiece su actuación el ex-cantante de The Smiths. Esta foto, inédita, la tomé nada más entrar al recinto, aunque ya se ve que hay más gente de la cuenta pululando por ahí:

Pues nada, ya sabéis, la comezón típica justo antes de que empiece un concierto: quédate aquí, cariño, que voy a por dos cervezas, oye, tío tienes fuego… Lo propio.

Mientras tanto, la chiquillería comenta emocionada: que si en no sé donde ha cantado tanto rato, que si más allá cantó tal canción en los bises… Enteradísimos de la historia. Entonces observo que empieza a haber extrañas “orchestral manoeuvres in the dark” encima del escenario, y le digo a mi donna angelicata: “Fíjate, están desmontando el escenario” - ”¡Venga ya, cariño!” - “Que sí, mira, ese tío está guardando una de las guitarras en un estuche, y el otro hace un rato que está trasteando debajo de la batería, y ya han desaparecido los platillos…” - “¡Es verdad!”.

Pasan los minutos y el personal parece no darse cuenta de lo que está pasando. Yo insisto: “No me lo puedo creer, que están desmontando…” Mi mujer intenta animarme: “A lo mejor es que han cambiado el orden de actuación…” - “Que no, coño, que están desmontando el escenario”.

En esto, uno de los chicos que tenía delante me oye y se me gira con los ojos desorbitados: “¿Quéééééééééé?”. Y yo: “Nada, que están desmontando el escenario. Que Morrissey no toca. Fijaos”. Comienza la agitación, el personal empieza a reparar en lo que está pasando, y cuando los rumores son ya imparables y el pasmo generalizado, empiezan los primeros silbidos. A las 20:25 horas, Zulu Time, aparece en las pantallas el anuncio oficial: Morrissey había sufrido un ataque de pánico a bordo del avión que lo traía desde Londres y habían dado la vuelta.

Lo que dio la vuelta inmediatamente fue la noticia: musikboy fue el primero en saberlo en Málaga, porque yo lo llamé con un pasmo que no me cabía en el cuerpo. Había gente tirada por los suelos, con la mirada perdida unos, llorando otros, cagándose en su **** madre la mayoría.

Ni siquiera el hecho de que Belle & Sebastian, que salieron después, hicieran una improvisada versión (sacaron la letra de internet y la imprimieron en el backstage, sobre la marcha) de “The boy with the thorn in his side” (The Queen is dead, 1986) mitigó la tremenda decepción.

Algunos prometimos no volver a gastar un euro en un disco suyo. Mentira. A la hora de la verdad, nos puede la afición. Es demasiado bueno, el cabrón.

Me quedó el consuelo de haberlo visto en el castillo de Fuengirola, unas semanas antes. Ésa era la actuación que devolvía a Morrissey a España, después de diecinueve años de ausencia. Para mí, en particular, tuvo la emoción añadida de ser el concierto del reencuentro: yo ya había visto a The Smiths en directo, en mayo de 1985, en Madrid, que fue uno de los dos conciertos que dieron en la única ocasión en que el grupo tocó en España. A partir de ahí, Morrissey juró que nunca más volvería a tocar en nuestro país (los motivos los explico otro día), y mantuvo su palabra durante casi dos décadas. Ahora, acaba de saberse que en julio vuelve a Benicasim y a Madrid. Habrá que ir, ¿no? :D

Hoy, 22 de mayo de 2008, cumple cuarenta y nueve años  el autor de la frase que os recibe a las puertas de Hawaii: “There´s more to life than books, you know, but not much more” (”Handsome devil”, 1983), Steven Patrick Morrissey, conocido en el universo mundo por su apellido a secas: Morrissey. No puedo condensar en un simple post lo que las letras de sus canciones han enriquecido, consolado, entristecido, definido, descrito mi vida desde el año 1983, cuando compré mi primer maxi-single de The Smiths, This charming man.

La imagen de la portada, tomada de la película Orfeo, de Jean Cocteau (1950), muestra al mítico Jean Marais reflejado en una lámina de agua. Y a partir de ahí nada fue lo mismo.

Si me tuviera que decidir por un solo disco… Mal asunto. A pesar de que The Queen is dead (1986) fue elegido el mejor disco de pop de la historia (clara demostración de la fidelidad incondicional de los fanáticos del grupo; en el post “Fugit irreparabile tempus” tenéis los datos exactos de la valoración de este disco), probablemente yo me quedaría con su primer LP, bautizado con el nombre del grupo (The Smiths, 1984). Ahí está todo lo que luego llegarían a ser. Un magnífico análisis de las canciones de este disco -en español, además- lo encontraréis pinchando aquí.

Si tuviera que quedarme con una sola canción… elegiría muchas. Por ejemplo, “There is a light that never goes out”, de su LP The Queen is dead (1986):

Take me out tonight
where there’s music and there’s people
who are young and alive
driving in your car
I never never want to go home
because I haven’t got one
anymore

Take me out tonight
because I want to see people and I
want to see lights
driving in your car
oh, please don’t drop me home
because it’s not my home, it’s their
home, and I’m welcome no more

And if a double-decker bus
crashes into us
to die by your side
is such a heavenly way to die
And if a ten-ton truck
kills the both of us
to die by your side
well, the pleasure and the privilege is mine

Take me out tonight
oh, take me anywhere, I don’t care
I don’t care, I don’t care
and in the darkened underpass
I thought: “Oh God, my chance has come at last”
(but then a strange fear gripped me and I
just couldn’t ask)

Take me out tonight
oh, take me anywhere, I don’t care
I don’t care, I don’t care
driving in your car
I never never want to go home
because I haven’t got one, da, da, da…
Oh, I haven’t got one

And if a double-decker bus
crashes into us
to die by your side
is such a heavenly way to die
and if a ten-ton truck
kills the both of us
to die by your side
well, the pleasure and the privilege is mine

There is a light and it never goes out
There is a light and it never goes out
There is a light and it never goes out 

En español:

Sácame esta noche
a donde haya música y gente
que sea joven y esté viva
conduce tu coche
no quiero volver nunca, nunca, a casa
porque ya no tengo

Sácame esta noche
porque quiero ver gente y
quiero ver luces
conduce tu coche
oh, por favor, no me dejes en casa
porque no es mi casa es su
casa, y ya no soy bienvenido

Y si un autobús de dos pisos
se estrella contra nosotros
morir a tu lado
es una forma maravillosa de morir
Y si un camión de diez toneladas
nos mata a los dos
morir a tu lado
bueno, el placer y el privilegio son míos.

Sácame esta noche
llévame a donde sea, me da igual
y en el oscuro pasadizo
pensé: “Oh, Dios, por fin ha llegado mi oportunidad”
(pero entonces un extraño miedo se apoderó de mí y
no te lo pude pedir)

Sácame esta noche
llévame a donde sea, me da igual
simplemente conduce tu coche
no quiero volver nunca, nunca, a casa
porque no tengo
porque no tengo

Y si un autobús de dos pisos
se estrella contra nosotros
morir a tu lado
es una forma maravillosa de morir
Y si un camión de diez toneladas
nos mata a los dos
morir a tu lado
bueno, el placer y el privilegio son míos.

Hay una luz que nunca se apaga
Hay una luz que nunca se apaga
Hay una luz que nunca se apaga

Quien no haya sentido alguna vez algo así, nunca ha sido joven. El muy imbécil…

The Smihts cantaban en “Rubber ring” (1985): “Don’t forget the songs / that made you cry / and the songs that saved your life”. He aquí algunas de ellas:

“Reel aroun the fountain” (The Smiths, 1984):

It’s time the tale were told
Of how you took a child
And you made him old
[...]
Fifteen minutes with you
Well, I wouldn’t say no
[...]
But “Take me to the heaven of your bed”
was something that you never said

“You’ve got everything now” (The Smiths, 1984):

But I don’t want a lover
I just want to be seen
in the back of your car

“Pretty girls make graves” (The Smiths, 1984):

I’m not the man you think I am
I’m not the man you think I am
And Sorrow’s native son
He will not rise for anyone

“Hand in glove” (The Smiths, 1984):

I know my luck too well
And I’ll probably never see you again

“What difference does it make” (The Smiths, 1984):

All men have secrets and here is mine
So let it be known
For we have been through hell and high tide
I think I can rely on you …
And yet you start to recoil
Heavy words are so lightly thrown
But still I’d leap in front of a flying bullet for you
[...]
The devil will find work for idle hands to do
I stole and then I lied
Just because you asked me to
But now you know the truth about me
You won’t see me anymore

“I don’t owe you anything” (The Smiths, 1984):

Life is never kind
Oh, but I know what will make you smile tonight

“Heaven knows I’m miserable now” (1984):

In my life
Why do I give valuable time
To people who don’t care if I live or die?

“How soon is now?” (1985):

I am Human and I need to be loved
Just like everybody else does

Y se quedan tantas fuera…  En cualquier caso: Happy birthday, Mr. Morrissey! Y no deje usted nunca de escribir canciones que nos hagan llorar, canciones que salven nuestra vida.

P.S.: El crítico Chris Harvey acaba de publicar en The Daily Telegraph la lista de los cincuenta mejores compositores británicos de canciones de todos los tiempos: 1.- John Lennon. 2.- Kate Bush. 3.- Morrissey / Johnny Marr. Pulsa en el enlace para ver la lista completa (muy discutible, por otra parte, como todas las listas).

Sigo con Hanif Kureishi, pues el indicador de visitas de esta tarde me indica que, desde que he escrito el post anterior, ha tenido muchas lecturas. Otra de sus novelas importantes es El álbum negro, publicada en 1995, cinco años después que El buda de los suburbios y editada en España también por Anagrama (editorial que ha publicado toda la obra de Kureishi en España, que yo sepa). Ambientada en 1989, en la época posterior a la caída del muro de Berlín y en los estertores del thatcherismo, es mucho más oscura y amarga que la anterior. Mucho más lúcida. Algunas perlas:

todo el mundo insistía en afirmar su identidad, de hombre, mujer, homosexual, negro, judío, enarbolando cualquier rasgo distintivo que pudiera reclamar, como si la calidad de ser humano se perdiera al no llevar una etiqueta. (pág. 102)

No era agradable oír decir que la cultura no servía para nada, sobre todo si la gente no entendía su finalidad. Tal como estaban las cosas, la gente estaba continuamente informada de su propia inferioridad. (pág. 144)

Casi todas las novelas, como la mayoría de las vidas, podrían titularse «Las ilusiones perdidas». (pág. 171)

Cambiando de tercio, un comentario de Raquel a El buda hace un rato (al que ya he respondido en lugar y tiempo correspondientes) me ha llevado a plantear algunas cuestiones básicas. ¿Por qué no leemos a autores como Kureishi en clase, dice Raquel? Dejando a un lado el rollo estrictamente profesional (programación que hay que dar, contenidos mínimos, etc.), digo yo: ¿y qué necesidad hay de ello? Es decir, y sin pretender echar mano del cinismo: uno no puede esperar a que se lo den todo hecho, y menos en asuntos como éste. Es indudable que, en materia de estética, la amistad, la complicidad, el maestrazgo, son fundamentales: todos hemos aprendido porque alguien (un amigo, un familiar, un maestro) nos ha enseñado lo que desconocíamos, y todos hemos aumentado nuestro patrimonio cultural, humano, porque otros tantos nos han indicado nuevos autores, nuevos libros, nuevos discos o películas. Han abierto nuevos caminos ante nosotros. Y aquí entiendo que un sitio como este extraño Hawaii en que nos vamos adentrando poco a poco puede ser útil, interesante.

Pero no podemos olvidar, Raquel, nuestra propio papel en ese proceso: el descubrir las cosas por nosotros mismos, el placer de encontrar y afinar nuestro propio gusto, dejándonos llevar por la intuición, por un olor repentino al hojear un libro, por el tacto especial de una página, por el diseño de una portada o porque el nombre del autor o el título nos llaman la atención. Por la razón que sea. En ese hacerse uno mismo muchas veces llegaremos a callejones sin salida, o a sitios que no nos gustan o que no son lo que esperábamos. Maravilloso. Porque esos ¿errores? también conforman nuestro gusto y nuestra personalidad. No sólo importa saber lo que uno quiere; es casi más importante saber aquello que no queremos, lo que nos disgusta o nos aburre, para evitarlo. Hay tanto a donde acudir hoy día que saber por lo menos hacia dónde no queremos ir ya es bastante.

Igualmente es importante mantener intacta, en lo posible, la capacidad de sorprenderse y el deseo de descubrir cosas nuevas. Y no me refiero sólo a nombres nuevos o de actualidad. Descubrir a un autor clásico que uno no haya frecuentado es lo mismo que si fuera nuevo.

También cumple su función la prensa especializada (en ella incluyo lo que hay circulando por la web, que también hay material estupendo): revistas de literatura, suplementos literarios de los principales periódicos, boletines de novedades, programas de radio y tv… Cuando uno aprende a seleccionar (no hay dios que pueda con todo, es imposible), resultan de mucha utilidad. Como todo, es cuestión de práctica y de tiempo.

Por otro lado, hay gente que no tiene reparo en llegar y gritarte a la cara: “¡Tienes que leer no sé qué!”, como si no hacerlo fuera a arruinar tu vida y/o la opinión que dicho sujeto tiene de ti. Ese tipo de gente suele caerme mal, lo siento.

A veces me ocurre que alguno de mis alumnos, o algún compañero, me piden que les recomiende un libro, y es algo a lo que me suelo resistir, porque es como desnudarse ante los demás; estás diciendo: “Mira, yo leo cosas como ésta y me gustan”. Es como decirles “Así soy yo, éste soy yo”. Y eso es algo que da pudor. A mí por lo menos me lo da. Además, mi gusto no tiene por qué coincidir con el de otras personas, ni yo me considero tan importante que crea que mi opinión tenga validez para nadie que no sea yo mismo, así que… Suelo en esas situaciones cambiar la recomendación por un consejo: acostumbraos a ir a las librerías y dejáos llevar por vuestra intuición; coged los libros, hojeadlos, oledlos (el olor de un libro es fundamental, no os riais), sentid su peso en vuestras manos. Mirad los títulos, leed algún párrafo. Descubrid por vosotros mismos las maravillas que os aguardan en los estantes.

Nos vemos en Hawaii ;)